Me quedé tan pegada a la puerta como me fue posible. Tal vez la persona no me viera. No, eso era poco probable, teniendo en cuenta que segundos antes había estado golpeando la pared y tirando de las cadenas de la puerta. Bien podría también haber estado gritando: «¡Estoy atrapada en una biblioteca sola y estoy desesperada por salir!».
¿Cuál era mi plan entonces? Podría correr a algún lado. Encerrarme en una habitación. Aunque, hasta donde sabía, todas las habitaciones que tenían cerraduras ya estaban atascadas, conmigo fuera. Justo cuando estaba a punto de correr hacia algún sitio para encontrar un arma o dónde esconderme, él habló:
—No voy a hacerte daño. No sabía que había alguien más aquí. —Levantó sus manos y después, como si acabara de notar que sostenía un cuchillo, se agachó y lo guardó en su bota. Eso no me hizo sentir mejor.
—¿Qué estás haciendo aquí?
—Solo necesitaba un sitio en el que quedarme.
Genial. ¿Estaba atrapada en la biblioteca con un vagabundo? Un vagabundo con un cuchillo. Tenía el corazón en la boca.
Noté que él intentaba hablar con una voz tranquila, pero resultó ser áspera.
—Vamos a sentarnos en algún sitio a hablar. Voy a buscar mi mochila. La dejé sobre las escaleras. Y después bajaré, ¿de acuerdo? —Sus manos seguían en alto frente a él, como si eso debiera hacerme sentir perfectamente tranquila—. No llames a nadie hasta que hablemos.
¿Ha pensado que yo llamaría a alguien? Si hubiera tenido acceso a un teléfono no estaría atrapada aquí. Si hubiera tenido acceso a cualquier medio de comunicación, un cuerno, una máquina de código Morse (¿esas máquinas tienen nombre?), no estaría aquí. Pero no iba a revelar mi secreto.
—De acuerdo —asentí.
En el instante en que me dejó sola, corrí de nuevo escaleras abajo y atravesé las puertas de cristal. Si él estaba armado, yo también quería estarlo.
Me escondí detrás de una estantería al fondo. Mi respiración era fuerte e irregular y no podía ver nada. Busqué frente a mí y cogí el libro más grande que pude encontrar. En el peor escenario, podría golpearlo con él en la cabeza.
—¿Hola? —dijo desde el otro lado de la habitación.
—No te acerques.
—¿Dónde estás?
—Eso no importa. ¿Quieres hablar? Habla. —Si actuaba con rudeza, tal vez él pensara que lo era.
Su voz se volvió más fuerte, más clara, así que debía estar caminando hacia mí.
—No hay razón para tenerme miedo.
¿Por qué no podía simplemente quedarse en el otro lado de la habitación?
No necesitábamos estar tan cerca para hablar.
Al dar un paso atrás, mi rodilla golpeó la estantería y un libro tras otro comenzaron a caer al suelo con un fuerte estruendo. Aferré el libro con más fuerza y salí hacia la puerta. Pero él fue más rápido y me bloqueó el camino.
Sostuve el libro sobre mi cabeza.
—Detente —exclamé.
Él se acercó un paso. Le arrojé el libro. Él lo esquivó. Cogí otro de un estante cercano y lo arrojé. Ese golpeó su hombro.
—¿En serio? —dijo con las manos sobre la cabeza.
—Ya he llamado a la policía.
Él lanzó una maldición.
—Así que déjame sola. —Le lancé otro libro—. Estarán aquí en cualquier momento.
Ya estábamos más cerca y una de las lámparas que había encendido antes brillaba a nuestra derecha. Entonces me di cuenta: lo conocía.
—¿Edward?
—¿Te conozco?
Aún debía estar en la penumbra.
Aliviada, bajé el libro que sostenía. Edward Masen no hubiera sido mi primera opción de chicos con los que me gustaría estar encerrada en una biblioteca.
De hecho, si hubiera podido elegir a cualquier chico de mi instituto, probablemente él habría sido el último. Su reputación no era precisamente estelar. Había historias sobre él. Pero no era un extraño. Y yo no le tenía miedo, así que me relajé de inmediato.
—Vas a mi instituto.
No estaba segura de que él me conociera, como la mayoría de las personas del instituto. Yo trabajaba en el anuario y sacaba fotografías constantemente, así que estaba en todos lados, todo el tiempo. Era difícil no ser bastante conocida cuando tenía que estar involucrada en tantos eventos. Pero a él nunca le había sacado una foto. Él no estaba involucrado en nada. Bueno, al menos en nada patrocinado por el instituto.
Di un pequeño paso hacia delante, dentro del ligero resplandor de luz, para que pudiera verme mejor.
El reconocimiento atravesó su rostro. Su mirada fue desde mis hombros, mi cabello castaño, hasta mis botas negras y después subió a mis ojos. No pareció gustarle lo que vio.
—¿De verdad has llamado a la policía?
—No. —Pasé las manos por mis bolsillos—. No tengo teléfono.
Sus ojos analizaron mis bolsillos como si no me creyera, después asintió una vez y se acercó a la mochila que había dejado junto a una silla.
—¿Tú tienes? —Lo seguí.
—¿Si tengo qué? —respondió mientras abría la mochila.
—Un teléfono.
—No, no tengo.
Miré su mochila, desconfiando de que estuviera diciéndome la verdad.
—Solo necesito llamar a mis padres. Deben estar enfermos de preocupación. Nadie sabe dónde estoy. —Al menos eso creía, dado que nadie había venido a buscarme—. Solo lo usaré para decirles dónde estoy.
—No tengo teléfono. —Extrajo un saco de dormir de su mochila y lo extendió en el suelo.
¿Ha llevado un saco de dormir a la biblioteca? Él no estaba atrapado como yo. ¿Había planeado quedarse aquí desde el principio?
—Pero no eres un vagabundo —comenté.
—Nunca he dicho que lo fuera.
—¿Por qué estás aquí?
Él se metió en su saco de dormir y después se estiró y apagó la luz.
—¿Por qué te preocupaba que llamara a la policía? ¿Estás metido en algún lío? —insistí.
—¿Puedes callarte? Intento dormir.
Si no hubiera sentido todo mi cuerpo como gelatina, le habría dado una patada, pero en cambio, me acerqué a una silla, me senté y dejé caer la cabeza sobre mis rodillas. No debería haberme sorprendido. Edward era reservado en el instituto, un solitario; ¿por qué esperaba que me contara la historia de su vida entonces?
No tenía importancia. Yo estaba bien. Al menos estaba convencida de que él no intentaría matarme o lastimarme. A pesar de que Edward fuera… bueno, Edward… era mejor no estar atrapada ahí sola. Y él debía tener un teléfono móvil en esa gran mochila suya. Había llevado un saco de dormir, después de todo. Cuando se quedara dormido, revisaría sus cosas para encontrarlo. Una vez que tuve un plan de acción, me sentí mucho mejor.
Mi pecho se relajó lentamente y alivió a mis pulmones en llamas. Esto era lo más extraño que me había pasado jamás. Incluso podría ser una divertida historia más adelante. Mucho más adelante, cuando estuviera en casa con mis padres y en mi propia cama con mi bonito y cálido edredón.
Hacía frío aquí dentro.
Me estiré, después apoyé la cabeza en el reposabrazos de la silla y fingí dormir. No estaba segura de que él pudiera verme o de que estuviera mirando siquiera, pero quería que pensara que estaba durmiendo. Entonces, cuando me asegurara de que él también lo estuviera, encontraría su teléfono, llamaría a casa y todo esto habría acabado.
El reloj de pared anunciaba las 3:20. Mis ojos ardían por haber estado tanto tiempo despierta. Me preguntaba qué estarían haciendo mis amigos. Qué estaría haciendo Mike. Lo conocía desde primer año, me gustaba desde segundo y entonces, en mi último año, había decidido que era ahora o nunca.
Los dos nos iríamos a la universidad al año siguiente y quería ver si la tensión romántica que flotaba cada vez que él estaba cerca podría traducirse en una buena relación.
¿Había sido esa mañana cuando él me detuvo en el pasillo del instituto? Mi mente reprodujo ese intercambio:
—¡Bella!
Me di la vuelta, cámara en mano y le tomé una fotografía. Él era fácil de fotografiar, sus facciones eras suaves, abiertas, amigables. Su sonrisa encendía todo su rostro, hacía que sus ojos azules centellearan y que su piel oliva brillara.
—Debes tener más fotografías mías que mis padres —comentó él.
Probablemente las tuviera.
—No puedo evitarlo, la cámara te quiere.
—¿Acaso la cámara está invitándome a salir?
—La cámara no va a ningún lado sin mí.
Él alzó las cejas, como si quisiera que yo continuara con lo que estaba sugiriendo. Quería invitarlo a salir. Era cierto. Pero si iba a ser yo la que hiciera la pregunta, no sería en medio de un atestado corredor del instituto.
—Así que —continuó él—, estaba pensando en reunir un grupo para ir esta tarde a la biblioteca para hacer el trabajo que nos ha mandado el señor Smith. ¿Te sumas?
Probablemente debí haber dicho que no, pero cuando me ofrecen pasar más tiempo con Mike, siempre intento aprovecharlo.
—Sí… quiero ir. Tendré que hablar con Angela. Iremos a su cabaña con Jessica y Lauren.
—Vamos antes y después, de camino a la cabaña, podemos detenernos en el campamento y hacer una hoguera para celebrar que terminamos el trabajo.
—Lo tienes todo planeado. —Reí y empujé ligeramente su hombro.
—Así es. Entonces, ¿podrás convencer a las chicas?
—Sí. Haré lo posible.
—Sé que lo harás. Les preguntaré a Tyler y a los chicos. Te veo esta noche.
Y me vio, antes de dejarme atrapada en la biblioteca. Si Mike y yo hubiéramos estado encerrados en la biblioteca, en lugar de Edward y yo… esto habría sido divertido. A él ya se le habría ocurrido cómo deslizarse por las escaleras o cómo montarse en los carritos de libros por los corredores. Mike era el opuesto exacto de Edward. Mike sonreía fácilmente y bromeaba con frecuencia y, cuando estaba cerca, todos estaban riendo.
Edward era oscuro y serio, y parecía hacer mi situación más agobiante.
Mike. ¿Dónde estaba? ¿Habrá pasado algo malo? ¿Habrá pensado que lo he abandonado en la hoguera? ¿Por qué nadie había notado que yo no estaba?
No tenía importancia. Pronto tendría un modo de hacer que todos supieran dónde estaba. Pronto tendría un teléfono.
