Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, y la historia a Kasie West .
La escena a mi alrededor era confusa, borrosa. La sensación era familiar, pero mi mente no lograba distinguir qué era lo que estaba sucediendo.
Estaba en una habitación fría, sin puertas o ventanas. Era como un gran iceberg. En el instante en que lo pensé, las paredes se volvieron resbaladizas por el hielo y también el suelo. Todo estaba cubierto de hielo. Mis dientes comenzaron a castañetear tan fuerte que me provocaba dolor. Y después una fragancia masculina me envolvió. Como un abrazo de Mike. Y entonces Mike estaba ahí, abrazándome. La habitación de hielo desapareció, reemplazada por un campo verde sin fin. Estábamos de pie en medio, abrazándonos.
—Siempre me gustaste —susurró él—. No sé por qué hemos tardado tanto tiempo en admitirlo.
—Porque estaba asustada —respondí.
—¿De qué?
¿De qué estaba asustada? ¿De dejar que alguien se me acercara? ¿De darle el poder de lastimarme? ¿De perder el control? Las posibilidades no hacen tanto daño como las realidades. Las posibilidades son excitantes e infinitas. Las realidades son definitivas. Eso fue lo que siempre me detuvo con Mike, la idea de que si le decía cómo me sentía y él no me correspondía, eso sería todo. No habría más «y si», no más «tal vez», no más sueños.
Sueño. Eso es lo que era. Solo un sueño. Todo era solo un sueño.
Necesitaba despertarme.
Mis ojos se abrieron. El sol brillaba a través de las ventanas e iluminaba la habitación. La decepción cayó con fuerza en mi pecho. Soñaba. Pero estar atrapada en la biblioteca no era un sueño. Aún estaba aquí. Aún estaba atrapada.
Con Edward. Él ya no estaba acostado en el suelo. ¿A dónde había ido?
Me levanté de prisa y se me nubló la vista. Mientras me estabilizaba sentí cómo el saco de dormir resbalaba por mi hombro. Su saco de dormir. Él me había cubierto con su saco de dormir. Dejé que cayera hasta el suelo y después me quedé mirándolo allí, inútil. Inmediatamente extrañé su calor.
Eran las ocho de la mañana y estaba hambrienta. Nadie había ido a por mí.
—¿Es que el saco de dormir te ha ofendido?
Se me escapó un breve grito. Edward estaba sentado en una silla al otro lado de la habitación, con las piernas estiradas frente a él, cruzadas en los tobillos.
Vestía un pantalón vaquero y una camiseta negra de manga larga. Su cabello cobrizo estaba un poco húmedo, secándose en amplias ondas. Tenía una sombra de barba incipiente creciendo en el mentón. Sostenía un libro abierto presionado contra su pecho. La posición en la que estaba sentado: un hombro más bajo que el otro, el juego de sombras en su rostro, el contraste del libro rojo contra su camiseta negra… algo me hacía desear tener mi cámara.
—No deberías sorprender así a una chica.
—No me he movido.
—Lo sé. Estaba bromeando. Es solo que no te he visto al principio. Gracias… por el saco de dormir. —Una oleada de frío me atravesó y reveló que aún lo necesitaba—. Tengo que… ir al baño.
—No necesitas informarme.
—Solo estaba diciendo… bueno. —Me levanté, bajé la pierna izquierda de mi pantalón, que de algún modo se había levantado durante la noche, y salí hacia el baño. El asiento estaba frío y el espejo comprobó que estaba en un estado peor del que pensaba. Tenía máscara de pestañas embadurnada a cada lado de mi rostro, mis ojos color marrón parecían más oscuros de lo normal.
Mi cabello, en ondas perfectas el día anterior, era ahora una maraña descontrolada, y tres días sin lavarme la cara provocarían el peor brote de acné. Abrí el agua e hice mi mejor esfuerzo para limpiar los restos de máscara y enjuagarme la boca.
Me peiné el cabello con los dedos hasta dejarlo aceptable. Aún sentía dolor en el cuello por el ángulo extraño en el que había dormido y mi estómago no estaría contento conmigo si no encontraba comida en algún momento del día.
Estaba enfadada conmigo misma por haberme quedado dormida la noche anterior, en lugar de seguir adelante con el plan de encontrar el teléfono de Edward. ¿Por qué estaba haciendo eso tan difícil? ¿Por qué le importaba que las personas supieran que estábamos ahí? ¿Estaba en alguna clase de problema con la ley… otra vez? ¿Qué había hecho esta vez? Ni siquiera estaba segura de qué había hecho la primera vez. Los rumores decían que había golpeado a un tipo. No me habría sorprendido que fuera cierto.
Estaba temblando de nuevo. Había estado tan encantada con mi atuendo la noche anterior; una blusa color verde azulado, una bonita chaqueta ajustada y unos pantalones vaqueros. Pero en la biblioteca hacía calor mientras trabajábamos. Bochorno, incluso. Por centésima vez, deseé no haberme quitado la chaqueta y haberla guardado en mi mochila. No haber dejado mi mochila en el maletero del coche de Mike. Mi mochila. Si hubiera tenido eso toda la situación habría terminado. Aunque no estuviera mi teléfono, tendría todo lo necesario para pasar el fin de semana.
Seguro que había comida en alguna parte. Los bibliotecarios debían almorzar. Un área de descanso, ¿tal vez? En el tercer piso, la encontré: una cocina. No solo había una nevera, sino también dos máquinas expendedoras, una de refrescos y una de bocadillos. Eran crueles de verdad, la comida exhibida, sin forma de llegar a ella. Le di una patada a la máquina de refrescos al pasar y pensé en meter la mano por la abertura inferior, pero descarté la idea. Una vez leí una historia en internet en la que un hombre tuvo que ser rescatado por los bomberos porque se le atascó el brazo en una máquina expendedora.
La nevera, a diferencia de todo lo demás en la biblioteca, no estaba cerrada.
Era una enorme nevera para eventos. Casi había olvidado que las personas celebraban eventos y bodas en la biblioteca. La verdad es que era un edificio enorme e increíble que se había convertido en mi prisión. En el estante del medio había un trozo de tarta. Ni siquiera sabía por qué alguien lo guardaría, era muy pequeño. Pero lo comería con gusto más tarde.
Detrás de la otra puerta plateada, había un contenedor transparente de quién sabe qué, pero se podían ver los puntos oscuros de moho a los costados.
Además de eso, había dos bolsas de papel misteriosas. Saqué la primera, con la inscripción NO TOQUÉIS MI COMIDA escrita con rotulador, y miré el interior; una manzana y un yogurt, caducado una semana antes. Considerando la advertencia, había esperado encontrar algo más digno de ser robado. Cogí la manzana y dejé el yogurt para más tarde. En la otra bolsa había más fiambreras y una lata de refresco. Con cuidado levanté el envase plástico y lo destapé lentamente. No tenía moho, pero tampoco podía distinguir de qué se trataba. ¿Pasta? ¿Vegetales? Olerlo no ayudó. Aquello podía esperar. Cogí el refresco y dejé lo demás.
En el armario encontré unas tazas de café y dividí la bebida en dos. Los cajones no tenían utensilios, pero encontré un cuchillo plástico. Se rompió de inmediato cuando intenté cortar la manzana con él. Solo comería la mitad y dejaría el resto para Edward.
Lavé la manzana durante treinta segundos bajo el agua tibia, después le di un bocado. Nunca nada había tenido mejor sabor. Encontré algunas servilletas guardadas en un cajón y, cuando terminé de comer mi parte, envolví la mitad restante, cogí las tazas y volví a bajar las escaleras para enfrentarme a Edward otra vez. Si tan solo pudiera hacer que confiara en mí, no necesitaría revisar su mochila. Él me lo entregaría con gusto. Lo haría.
Yo era agradable.
A las personas les agradaba.
A Edward también le agradaría.
