Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, y la historia a Kasie West .

Había escuchado muchos rumores sobre Edward en los pasados dos años.

Angela, quien se enorgullecía de saber todo sobre todos, me contó la mayoría en murmullos apresurados cada vez que lo veíamos en el instituto. Él se había incorporado a mitad del segundo curso. Su asistencia era irregular.

Al comienzo del tercer curso pasó algunos meses en un centro de menores. Cuando regresó, tenía un tatuaje en el interior de su muñeca izquierda y estaba más callado que nunca. No tenía ningún amigo, hasta donde yo sabía, y nunca lo veía durante el almuerzo. Fuera del instituto, lo veía incluso menos. Una vez lo encontré en el cine con una chica que no había visto antes.

Él nunca se percató de mi existencia. No es que me importara. Él era solo otro chico del instituto.

Sabía que no quería reconocerme por la forma en que me miraba. ¿Sabía siquiera mi nombre? Me di cuenta de que no lo había dicho ni una vez. No estaba segura del modo en que seguirían las cosas cuando finalmente fuéramos descubiertos allí, pero mi mayor interés por el momento era decirle lo que quería escuchar.

—Nadie tiene que saberlo.

Él volvió a la lectura sin una sola palabra de agradecimiento. ¿Sabía cómo decir gracias?

Me incliné y desaté mis botas. Las había tenido puestas durante demasiado tiempo y me dolían los empeines. Me las quité, preguntándome si sería una buena idea. Solo llevaba un par de calcetines delgados y mis pies se enfriaron de inmediato. Los recogí sobre la silla y los envolví con el saco de dormir.

—Hay unas máquinas expendedoras en la cocina, pero no tengo dinero… ¿tú tienes?

Él se recolocó en su asiento, buscó en su bolsillo trasero y extrajo una cartera. La abrió y cogió un solo billete. No podía distinguir desde donde estaba sentada si se trataba de un billete de un dólar, de veinte, o algo intermedio.

—Supongo que todas tus pertenencias de algún modo acabaron en uno de esos cuatro coches que se fueron sin ti y no regresaron.

—Regresarán.

Una esquina de sus labios se elevó en una sonrisa. Ah, bien, yo le hacía gracia.

—Es todo lo que tengo —dijo mientras señalaba la mesa en la que había dejado el billete—. Úsalo sabiamente.

—No tengo hambre ahora, así que podemos esperar.

—¿La mitad de la manzana te ha llenado?

—Debemos racionar. Si hay que aguantar hasta el martes, tendremos que espaciar la poca comida que encontremos. —Un yogurt, el trozo de tarta, el recipiente misterioso y lo que el dinero pudiera comprarnos, eso era todo lo que teníamos durante tres días, o hasta que pudiera encontrar su teléfono.

Dejaría su mochila sola en algún momento.

—Doce horas atrapada en una biblioteca y ya eres una experta en supervivencia.

—Pareces disfrutar burlándote de mí —afirmé, cruzada de brazos.

—Estaba siendo sincero. Es decir, si alguna vez estuvieras en una situación de vida o muerte, ya has aprendido a lanzar libros y a ir en busca de comida.

Los libros que le había arrojado la noche anterior estaban en una pila desordenada detrás de él. Necesitaba arreglar eso.

—Bueno, si alguna vez tú estuvieras en una situación de vida o muerte podrías leer y repartir insultos.

—Estoy leyendo sobre cómo sobrevivir tres días viviendo con una chica rica malcriada.

¿Chica rica malcriada? Él no me conocía para nada. Mis padres tienen dinero, es cierto, pero son irritantemente buenos en hacerme trabajar para obtener las cosas.

—Teniendo en cuenta que no quieres que le diga a nadie que estuviste aquí, eres muy bueno haciendo que quiera hacer exactamente lo contrario.

Él soltó un resoplido.

—Sé por la forma en que me miras que no mantendrás la boca cerrada. Ya te he descifrado por completo.

—No sabes nada sobre mí.

—Todo lo que necesito saber está escrito en tu cara.

—En este momento lo único que mi cara puede estar revelando es que creo que eres un idiota.

Él inclinó su cabeza como si dijera exacto.

Uf. Nunca había conocido a nadie más frustrante. No podía creer que aún me quedaran tres días completos con él. Tenía que salir antes. Saldría antes.

Mientras tanto, no tenía que quedarme allí sentada a recibir insultos.

Caminé hasta el corredor acristalado. El cristal debía tener algún recubrimiento especial, porque no estaba empañado en absoluto, tampoco tenía nieve adherida en ninguna parte. Pero fuera había nieve por todos lados.

Me sorprendió la cantidad. Llegaba hasta las ventanas bajas que podía ver alrededor. Era mucha nieve. Tal vez por eso nadie estaba buscándome.

¿Estarían todos atrapados en la cabaña por la tormenta?

Mi mochila estaba en el maletero de Mike. ¿Mike no se dio cuenta de que no llegué allí cuando lo vio? Quizás él no abrió su maletero. Era la mañana del sábado. Probablemente aún siguiera en la cama. Cuando despertara y viera en su maletero… ¿abriría su maletero? Todo estaba muy jodido. Mi esperanza de ser rescatada antes del martes cuando reaparecieran los bibliotecarios se estaba desvaneciendo poco a poco.

No podía quedarme de pie en ese corredor mucho más tiempo. Estaba helado. Bajé corriendo, hasta la puerta del aparcamiento para echar otro vistazo. Nada había cambiado. Si empezaba a hacer aún más frío en la biblioteca, tendría que comenzar a hacer circuitos por las salas.

Sin deseos de volver a subir, me senté frente a la puerta e imaginé a Mike aparcando el coche, bajando y sonriéndome a través del cristal, como si todo fuera parte de una broma divertida. Todo en la vida era divertido para Mike.

Como el día anterior, cuando yo estaba buscando un libro de la Segunda Guerra Mundial en la sección de Historia de la biblioteca y Mike apareció detrás de mí:

—Creo que por accidente he cogido el libro que estabas buscando.

—¿Por accidente?

—Te escuché mencionar el tema de tu trabajo, seguramente se quedó guardado en mi subconsciente.

Sonreí y quise coger el libro que estaba sujetando. Él lo levantó lejos de mi alcance. Cuando me reí, lo volvió dejar a mi alcance, solo para volver a repetir el gesto. Suspiré y esperé que lo pusiese en mis manos, cosa que hizo.

—¿Crees que el señor Smith nos ha obligado a usar la biblioteca para este trabajo porque odia Google o porque es de la vieja escuela? —preguntó.

—Probablemente sea un poco de ambas, además de que sabía que así sería más difícil para nosotros. La verdad es que pienso que quería que pasáramos todo el fin de semana con esto.

—Probablemente no debimos escribir «la historia es algo del pasado» en la pizarra. Creo no le hizo mucha gracia.

—¿No debimos? —reí—. Tú escribiste eso. Yo pensaba escribir «historia escrito al revés es airotsih».

Nunca podría haber escrito eso. Ya me ponía demasiado nerviosa verlo a él haciéndolo.

—La mía también fue una broma. Creo que al señor Smith le gustó mi astuta observación sobre la asignatura que enseña —comentó Mike.

—Pareces gustarle —volví a reír.

—A todos les gusto, Bells. —Sus dedos acariciaron el libro junto a mi mano y me guiñó un ojo. Pudo haberlo dicho como un chiste, pero era real. A todos les gustaba Mike.

»¿Cuándo fue la última vez que estuviste en una biblioteca? —preguntó.

—Cuando era niña. Mi madre solía traerme a la hora de lectura que organizaba Mamá Oca aquí. La mujer vestía como una señora mayor. Aún no tengo ni idea de por qué la llamaban Mamá Oca. Tendríamos que investigar eso hoy. Olvida la Segunda Guerra Mundial. Esta es la información que realmente necesitamos.

—Muy cierto. Si la llamaban Mamá Oca, debería estar vestida como una oca, no como una mujer mayor. Busquemos a la bibliotecaria y pidámosle que nos ilumine. —Después se rodeó la boca con sus manos—.¡Bibliotecaria!

—Shhh —chisté.

—¿Qué? ¿He hecho algo mal? —murmuró entre risas.

—Tal vez deberíamos leer algo que realmente sirviera para poder escribir nuestros trabajos y salir de aquí.

—Cierto. El trabajo de Historia. En eso tenemos que trabajar. —Cogió un libro y pasó sus páginas, pero su mirada nunca se apartó de la mía.

Yo bajé la vista. Detrás de Mike, como a la altura de su cintura, parecía haber una cabeza sobre un estante, cercenada. Grité antes de reconocer que se trataba de Tyler. Mike se dio la vuelta.

—Vosotros dos tenéis que seguir con la lectura —comentó Tyler.

Mike cogió los dos libros entre los que asomaba la cara de Tyler y los usó como prensa para aplastar su cabeza.

—¡No aplastes a mi genio! —gritó Tyler.

—Eres un idiota —afirmó Mike.

Tyler no pudo dejar de reírse lo suficiente como para sacar su cuerpo del estante. Estaba segura de que estábamos a segundos de que nos expulsaran de la biblioteca.

—¿Qué estás haciendo?

Jadeé, expulsada de mi recuerdo por la pregunta de Edward. Giré en el suelo para ver por encima de mi hombro.

—Pareces tener el hábito de sorprender a las personas.

—Te he llamado dos veces. —Estaba en la puerta abierta al final del corredor, a diez metros de distancia.

—Ah, bueno, estaba pensando. —Como no dijo nada más, agregué—: ¿Necesitas algo?

—Hay un televisor en la sala de descanso. Pensé que querrías saberlo.

—¿Sala de descanso?

—Sí.

—No vi una sala de descanso cuando recorrí la biblioteca ayer.

—Supongo que te la perdiste, entonces. Aunque solo tiene canales locales.

Me levanté mientras él se alejaba. Era cerca del mediodía. No estaba segura de qué transmitían en los canales locales a esa hora, pero no me negaría a ver televisión. Di una vuelta a la esquina y me apresuré para alcanzarlo.

—Entonces, ¿qué hay? ¿Series?

—Es sábado.

Cierto. Nada de series. ¿Dibujos animados? Lo que fuera, sería algo.

—¿Conoces bien el horario de las series?

—De memoria —respondió sin expresión en su rostro.

Junto a la puerta a la que se acercó había una pequeña caja eléctrica.

Necesitaríamos alguna clase de tarjeta de empleado para abrir la puerta. Algo que no teníamos. A Edward eso no pareció importarle; movió un poco el picaporte, le dio un fuerte empujón a la puerta y se abrió. ¿Con cuánta frecuencia se había quedado en la biblioteca? Parecía conocer muy bien el lugar.

—¿Cómo has hecho eso?

—Es un edificio viejo. Algunas puertas son más fáciles de forzar que otras.

—¿Qué puertas? —lo seguí.

—Ninguna hacia el exterior.

Pero ¿qué había de las otras? ¿Alguna que pudiera tener un teléfono detrás?

Tendría que volver a probarlas todas más tarde.

Edward se detuvo frente a una máquina expendedora. Analizó los artículos en exposición detrás del cristal. Yo fui de inmediato al refrigerador que no había explorado aún. Lo abrí y no encontré más que viejos sobres de kétchup. Lo cerré con un suspiro y me uní a Edward frente a la máquina expendedora.

Aún no tenía idea de cuánto dinero tenía. ¿Podríamos conseguir una bolsa de pretzels o cinco? Pensé que, tal vez, podríamos votar por qué escoger, pero él deslizó su billete por la ranura y comenzó a presionar botones.

—No tengo ninguna alergia —comenté. Mi método pasivo agresivo de decirle que no estaba siendo considerado.

—Bien. —Fue todo lo que dijo mientras caía una bolsa de patatas fritas.

Sacudió la máquina, pero nada más se liberó con el movimiento. En la pantalla digital decía que aún le quedaban cuatro dólares. Presionó algunos botones más y cayó una barra Payday. Repitió la sacudida, con el mismo resultado.

Después retiró sus dos artículos de la abertura inferior, se hizo a un lado y me señaló para que hiciera mi elección. Ah. ¿Ese había sido siempre su plan?

¿Qué ambos pudiéramos escoger un par de cosas?

—Gracias —murmuré y me acerqué para ver mis opciones—. Te lo pagaré.

—No es necesario.

Escogí patatas y una Payday también. Supuse que el cacahuete era la cosa más cercana a algo saludable y sustancioso que encontraría en la máquina. Quedaba un dólar, así que me hice a un lado.

—¿Alguna preferencia? —preguntó mientras miraba las opciones.

—No, en realidad. —Me encogí de hombros.

—¿Algo que odies por completo?

Lo miré alzando las cejas y sonreí.

—En la máquina —agregó sin morder el anzuelo.

—No, lo que quieras.

Él escogió otra Payday. Probablemente una buena elección.

Era una habitación pequeña, por lo que había pensado que estaría más caliente que el área principal de la biblioteca. No lo estaba. Probablemente se debiera a que una ventana cubierta de hielo ocupaba una gran parte del muro trasero.

Edward cogió el mando del televisor colocado en un carro metálico. Me lo entregó y después dejó la habitación sin decir una palabra.

De acuerdo, supuse que no quería ver televisión, solo ponerme en cuarentena. Debía haber arruinado por completo su fin de semana. ¿Su fin de semana de qué? ¿Lectura? ¿Estar solo en una biblioteca? Tal vez había planeado robar algo allí y yo le había arruinado el plan. ¿Acaso la biblioteca tenía algo que robar?

Apunté el mando hacia el televisor y presioné el botón de encender. Pasé los canales: golf, tenis, dibujos animados y una película vieja. Lo dejé ahí, me senté en el sofá y abrí la barra Payday.

—¿Esa era la única opción? —preguntó Edward al regresar a la habitación.

Tenía puesta una sudadera y traía su saco de dormir rojo, que arrojó sobre mis piernas antes de sentarse en el lado opuesto del sofá.

Estaba tan sorprendida que tartamudeé un «N-no» y le entregué el mando.

Él cambió y se detuvo en los dibujos animados; Scooby-Doo. Yo me envolví en el saco. Desprendía una fragancia muy masculina, y me pregunté si así sería cómo olía de cerca Edward. Después me pregunté por qué me estaba preguntando algo así.

Vimos los dibujos animados en silencio durante unos cuantos minutos hasta que yo hablé.

—Uno pensaría que después de la milésima vez que el monstruo resulta ser una persona disfrazada, comprobarían si tiene una máscara primero.

—Y entonces sería un programa de dos minutos. —Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios. Quizá tenía sentido del humor después de todo.

Enterrado muy profundamente. Quizá en el fondo de su mochila. Su mochila. Estaba sola en la otra habitación, sin supervisión. Él acababa de abrir su golosina y de sentarse en el sofá. Incluso ha puesto los pies sobre la mesita de café. Tenía al menos diez minutos. Fingí estirarme. Había dado dos bocados a mi barra de cacahuete. Tenía que guardarla para después, de todas formas. La volví a guardar en su paquete y la dejé en la mesa junto con las patatas fritas.

—Regreso en un minuto. Baño.

—No tienes que…

—Cierto. No quieres saberlo.

¿Era tan difícil decir un simple de acuerdo? Estaba acostumbrada a decirles a las personas a dónde iba porque siempre estaba en grupo. Claro que eso no me sirvió de mucho la noche anterior. Quizá él no estaba acostumbrado a decir qué hacía porque siempre estaba solo. Al llegar a la puerta, miré por sobre mi hombro. Su atención estaba completamente centrada en la televisión. Eso me venía perfecto.