Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, y la historia a Kasie West .

Al llegar a la sección correspondiente de la biblioteca, la mochila de Edward ya no estaba donde la había visto por última vez. ¿La habría escondido?

Pero después me di cuenta de que solo la había metido debajo de una silla.

Me apresuré, consciente de que no tenía mucho tiempo, y me puse de cuclillas. La correa negra sobresalía, tiré de ella. Estaba atascada con algo, así que necesité unos cuantos tirones para liberarla. Escuché atentamente para asegurarme de que no estuviera acercándose.

Abrir esa cremallera fueron los cinco segundos más ruidosos de mi vida. Pareció resonar por toda la habitación mientras yo contenía el aliento. Miré por encima de mi hombro para asegurarme de que aún estuviera sola. Lo estaba. La mochila tenía todo lo necesario para pasar la noche: elementos de higiene (lo mataría por no decirme que tenía dentífrico), ropa extra, calcetines, algunas barras de proteínas (¿planeaba compartirlas?) y, finalmente, en el fondo de la mochila encontré lo que buscaba. Un teléfono.

Era un viejo modelo con tapa y, al abrirlo, la pantalla estaba negra.

No sabía cómo encenderlo. Presioné el botón lateral durante unos segundos. No ocurrió nada. Entonces probé con el botón con el dibujo de un teléfono verde. Nada tampoco.

—¿En serio? —dijo Edward a mis espaldas.

Me volví hacia él, aún en cuclillas, e inmediatamente perdí el equilibrio y caí sobre mi trasero. Su teléfono quedó frente a mí, a plena vista.

—Tienes un teléfono —dije—. Estoy atrapada aquí y tú tienes un teléfono.

—¿Has estado hurgando en mis cosas? —Era una pregunta, pero por la ira en su voz parecía más una acusación.

—Tuve que hacerlo, porque me dijiste que no tenías un teléfono, pero la verdad es que sí tenías uno. Solo quiero llamar a mi familia. Estarán muy preocupados por mí.

—Adelante. —Señaló el teléfono.

¿Era una clase de truco? Volví a mirar la pantalla negra.

—No puedo encenderlo.

—Exacto. —Lo arrebató de mi mano, volvió a meterlo en su mochila y lo cerró.

—¿Qué quieres decir con exacto? ¿Puedes encenderlo?

—No, no puedo. No le quedan minutos ni batería.

—Oh. —Seguía en el suelo, demasiado desanimada para levantarme—. Bueno, eso no es de mucha ayuda.

—Sabes, antes de venir aquí olvidé pensar en ti y en tus necesidades.

—¿Por qué guardarías un teléfono muerto? ¿Tienes el cargador aquí?

—Dímelo tú.

—¿Por qué me seguiste hasta aquí, de todas formas?

—Porque saliste de la habitación pareciendo culpable de algo, como si estuvieras a punto de cometer un crimen.

—¿Conoces bien esa expresión?

—Mantente lejos de mis cosas —dijo en voz baja, casi inaudible.

—Siento haber hurgando en tu estúpida mochila. Solo quiero salir de aquí. Mi familia debe estar muerta de preocupación. ¿Tu familia no está preocupada por ti?

—No.

—Estoy segura de que lo está. ¿Te has escapado?

—No.

—Entonces, ¿qué? ¿Solo te has ido? ¿Les parece bien que simplemente te vayas el fin de semana? ¿Que pases la noche en bibliotecas vacías?

—Me dejan ir y venir cuando quiera y yo no los acuso por la hierba que cultivan en el sótano. Nos va bien así.

Me quedé en silencio, estupefacta. Había escuchado que su madre era drogadicta, pero era difícil saber qué era rumor y qué realidad.

—¿Tus padres cultivan hierba en el sótano?

—Mis padres de acogida. Pero olvídate de lo que he dicho.

Por alguna razón estaba más sorprendida de que se tratara de sus padres de acogida que si se hubiera tratado de sus verdaderos padres.

—No me mires así. Es perfecto. La mejor situación que he tenido hasta ahora.

—Lo siento mucho. —¿La mejor situación que había tenido?

—¿Por qué? Tengo libertad. Yo lo siento por ti y tu patética vida predecible.

—Tal vez lo siento porque te ha convertido en un completo idiota.

—Mejor ser un idiota que una princesita inocente y malcriada.

Solté un suspiro de frustración. Ahí estaba esa palabra otra vez. ¿Por qué me molestaba? Yo no era una de esas chicas que necesitaban reformar a chicos arruinados. Me levanté, comencé a alejarme, pero antes de llegar muy lejos, regresé a su mochila, la abrí y dije:

—Cogeré prestado tu dentífrico.

Su expresión era mitad sorpresa y mitad enfado cuando salí otra vez, dentífrico en mano.

Al llegar al baño, apoyé la espalda contra la pared de azulejos fríos y me cubrí el rostro con las manos. Él no tenía teléfono, la única cosa que me había dado esperanzas. Definitivamente estaba allí atrapada.

Mientras mi respiración se aceleraba, me recordé a mí misma concentrarme en las cosas buenas. Tenía dentífrico. Y un televisor. Podría sobrevivir con eso.