Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, y la historia a Kasie West .

Mientras los créditos de la película pasaban por la pequeña pantalla en la sala de descanso, un recuerdo invadió mi mente. Algunas semanas atrás habíamos ido en grupo al cine. Mike, el primero de los chicos en llegar, pasó sobre toda una fila de personas para sentarse junto a mí.

—¿Este asiento está reservado para Angie? —me preguntó. Sí lo estaba

—No —respondí justo mientras Angela entraba y veía su asiento ocupado. La miré por encima del hombro de él y ella solo sonrió. Le debía una.

—Entonces, ¿estaba reservado para mí?

—Puede ser —le respondí y cogí un puñado de sus palomitas.

—El primero es gratis —dijo él.

—Ah, es verdad. ¿Y qué precio tiene otro puñado?

—¿Por qué no lo descubres? —dijo con las cejas en alto.

No le seguí la corriente y cambié de tema.

—¿Dónde están Tyler y los demás? —Antes de que Mike pudiera responder, los chicos entraron, riéndose.

—Mi madre va a matarlos —dijo Ben mientras intentaba ordenarse el pelo—. Estaba castigado.

—Por eso te secuestramos —afirmó Tyler—. Ahora puedes culparnos cuando ella se enfade.

—¿La funda de almohada era necesaria? —Ben seguía ordenándose el pelo. Mike estaba riendo y miré en su dirección.

—¿No querías ir con ellos a secuestrar a Ben? —pregunté.

—Quería llegar aquí temprano. —Se encogió de hombros.

¿Cuál era mi problema?, pensé mientras apagaba el televisor. Cada vez que estaba lejos de Mike, fuera de nuestras interacciones, podía ver las señales con claridad. Pero siempre que estaba con él, era como si mi cerebro tuviera un cortocircuito y no pudiera distinguir si yo le gustaba o no. Tenía que dejar de pensar tanto. Si contratara a mi padre para que le pusiera un eslogan a mi vida, probablemente sería así: «Sal de tu cabeza». O «No es tan malo como tu mente te hace creer». Pero esas simples frases eran mucho más fáciles de decir que de hacer.

Intenté obligarme a dormir. Estaba cansada. Me dolían los hombros, mis ojos ardían y mi cabeza palpitaba. Una siesta ayudaría. Pero habían pasado unas horas de mi pelea con Edward y me sentía mal por haberlo llamado idiota otra vez. Yo no me peleaba con nadie. Nunca había llamado idiota a alguien.

Odiaba los conflictos, pero él parecía sacarme de quicio. Pero pensando en los dos días que se avecinaban, con frío y sola, sabía que tendría que esforzarme más para congeniar con él.

Tendría que cerrar los ojos. Sus padres de acogida cultivaban drogas en el sótano de su casa. Eso ya era lo suficientemente malo, pero no podía ignorar la segunda parte de lo que había dicho. La parte de que lo dejaban ir y venir como quisiera. La verdad es que sonaba como libertad, pero realmente significaba que ellos no se interesaban por él, sino por el dinero que les proporcionaba alojarlo. Tenía la sensación de que, a pesar de su actitud frívola al respecto, él sospechaba lo mismo.

Mientras estaba ahí, recostada mirando la mesita de café que se encontraba frente a mí, vi un pequeño cajón. Me acerqué y lo abrí. Había solo un mazo de cartas adentro. Lo tomé y lo di vueltas una y otra vez en mis manos. Tardé cinco minutos en convencerme de que sabía lo que tenía que hacer.

Bajé las escaleras. Aún había luz fuera y la habría durante algunas horas más. La verdad es que se estaba más caliente en ese piso. Caliente era la palabra equivocada en realidad; menos frío era una mejor descripción. Edward estaba sentado exactamente igual que antes. Aunque esta vez su cabeza descansaba en su mano izquierda. Podía ver el tatuaje de su muñeca, pero no estaba lo suficientemente cerca para ver de qué se trataba. Él me miró por encima de su libro, como si esperara que yo dijera algo.

—Hola. —Fue mi patética reacción.

Como no dije nada más, él regresó a la lectura.

Decir hola no era mi razón para estar allí. Me forcé a decir las siguientes palabras.

—Encontré un mazo de cartas. —Él miró la baraja que comencé a girar en mis manos.

»Eh… ¿quieres jugar?

—¿A qué juego? —preguntó él.

—No importa. Al que quieras. —Sentí que si le decía la respuesta incorrecta no aceptaría.

—No tienes que hacer esto. —Suspiró.

—¿Hacer qué?

—Ya sabes qué.

Lo sabía. Sentía pena por él y podía verlo en mi rostro, igual que pudo ver mi desagrado y mi miedo la noche anterior. Al igual que supo que revisaría su mochila horas antes. ¿Realmente era tan transparente?

—Trátame como siempre lo has hecho.

—¿Y cómo es eso? —Hasta donde sabía, hasta la noche anterior, jamás lo había tratado de ningún modo.

—Ignórame. Dos días más y volverás a subirte a ese tren. Bien podrías mantener ese hábito.

—Eso es injusto —me quejé—, no te conocía. Tú no querías ser conocido. Y te diré que eres igual. Tú eres el que me ignora. Ni siquiera sabes mi nombre.

Esa última frase debió haberlo cogido por sorpresa, porque, por primera vez, su expresión cambió y me miró a los ojos. Con la guardia baja parecía más joven: grandes ojos color verde, cabello cobrizo ondeado, una expresión vulnerable en su rostro.

—Isabella.

Entonces fue mi turno de estar sorprendida. Habría jurado que tenía razón sobre eso. El repentino cambio de energía me quitó las ganas de pelear.

—Solo juega conmigo a algo estúpido. Estoy aburrida.

Él no se movió.

—Soy insistente.

—Más bien, irritante. —Esbozó apenas una sonrisa, pero se levantó y nos acercamos a una de las amplias mesas de roble.

Me senté frente a él y abrí la baraja. Mezclé las cartas y las repartí, cinco para cada uno.

—¿A qué estamos jugando? —preguntó él.

—Póker. De cinco cartas. —Mi padre tenía noche de hombres en casa y algunas veces me dejaba participar si alguno de los jugadores faltaba. Incluso me pasaba algunas cartas y me ayudaba a ganar algunas rondas. Estaba segura de que todos lo sabían, pero nos hacía reír.

—De acuerdo. —Edward cogió sus cartas, su aire de confianza desvanecido.

Tal vez estaba molesto por su mano. Yo también levanté la mía. Tenía un par de treses, un as de picas, un rey de corazones y dos de trébol.

Básicamente nada. ¿Tendría que quedarme un par bajo o esperar otro rey o as cambiando tres cartas?

—¿Quieres cambiar alguna? —pregunté.

—Yo… —Volvió a analizar su mano—. ¿Tengo que conseguir el mismo palo o hacer pares?

Pude sentir que mi boca se abría antes de poder detenerla. ¿No sabía jugar póker? ¿No era él quien había pasado cuatro meses detenido en un centro de menores? No es que supiera lo que ocurría allí, pero imaginaba que el póker era algo común.

—¿No sabes jugar?

—No.

—De acuerdo.

—No es tan sorprendente.

—Lo es un poco —dije riendo—. Eh… —Nunca antes había tenido que explicarlo—. Hay muchas versiones del póker, pero esta se llama póker de cinco cartas. Cada uno recibe cinco cartas.

—De ahí el nombre.

—Correcto. —Sonreí—. Y después puedes cambiar hasta tres de esas cartas por otras tres de la baraja.

—¿Tengo que cambiar?

—No. Cada mano tiene un valor diferente. A la mejor se llama escalera real. Es cuando tienes un diez, una sota, una reina y un rey del mismo palo. Puedes tener una escalera de color… —Me detuve, porque noté que explicarlo llevaría mucho tiempo. Además, él estaba mirándome inexpresivo.

Lo había perdido.

»Quizá solo deberíamos jugar y te lo explico sobre la marcha. De hecho, mostremos nuestras cartas en las primeras rondas y te diré lo que haría si tuviera esa mano.

»Entonces, veamos. —Puse mis cartas hacia arriba sobre la mesa—. Tengo un par de treses y realmente no mucho más. Aunque… el as es una carta alta, así que si ambos terminamos con la misma mano, yo podría ganar con el as. Pero si tú tienes algún par más alto, podrías ganarle a mis treses. Así que, estaba pensando en conservar las figuras y cambiar mis treses y mi dos. ¿Lo que digo tiene algo de sentido?

—Sí. —Él dejó sus cartas hacia arriba. Tenía dos sietes, dos jotas y un cinco.

—Maldito. Ya me estás ganando.

—¿Así que esta es una buena mano?

—Bueno, algo así. Es decir, es la tercera más baja. Hay siete manos que pueden ganarle, pero eso asumiendo que yo tenga una de esas siete. Una full house sería mejor. Así que, definitivamente cambia tu cinco y espera que llegue una jota o un siete. Pero en este punto, de cualquier forma es probable que le ganes a mi mano.

Él me pasó su cinco y yo le arrojé una carta, cara arriba, sobre las que tenía frente a él. Era un siete.

—Suertudo HDP —bufé.

—¿Acabas de llamarme HDP?

—Lo siento. Es lo que mi padre siempre dice a sus amigos cuando juegan. Olvidé su significado hasta que lo he dicho.

—Entiendo que acabo de mejorar mi mano —comentó al mirar sus cartas.

—Claro que sí. —Dejé mis dos y mi tres boca abajo junto a la baraja y cogí tres cartas más. Obtuve un par para mi rey, pero las otras dos fueron un ocho y una jota—. Así que, un par de reyes. Básicamente, la peor mano. Tú ganas.

—¿Qué gano?

—Bueno, si hubiéramos apostado algo, harías ganado la apuesta. Pero ya que no lo hicimos, tienes el honor de ganar tu primera ronda de póker.

Él no respondió.

—Entonces, ¿quieres jugar apostando algo? —pregunté y miré sus ojos.

—Ya sabemos que no tienes nada —dijo.

—Podemos jugar por secretos. Preguntas.

Tenía la sensación de que esa era la única manera en la que llegaría a conocer a Edward, porque ciertamente no tenía voluntad de compartir ninguna historia sobre sí mismo. Y, a pesar de que mi juicio decía lo contrario, sentía curiosidad sobre la razón por la cual él era como era; ese oscuro y antisocial solitario.