Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, y la historia a Kasie West .
¿Has estado haciendo trampa? —pregunté después de una hora de juego. Hacía tiempo que habíamos dejado de mostrar nuestras manos. Él comprendió el juego de inmediato. No sabía bien qué manos eran mejores que otras, así que lo suponía, pero eso no importaba: aun así me ganaba en casi todas las rondas. Me alegré de que hubiera rechazado mi oferta de jugar con secretos—. Ya sabías cómo jugar, ¿no es así?
—Nop.
—¿Estás escondiendo cartas en tu manga o algo? —Sin pensarlo, cogí su mano, giré su palma hacia arriba y pasé mis dedos por su muñeca. Podía ver su tatuaje claramente. Tres números: 14, 7, 14. Mis dedos recorrieron los números sin mi permiso… y sin el suyo.
—Yo no hago trampa —afirmó mirándome a los ojos.
—Era una broma. —Alejé mi mano.
—Quizá tienes que mezclarlas mejor. —Recogió sus cartas y me las devolvió.
Comencé a protestar, pero noté que estaba bromeando cuando se dibujó una sonrisa en sus labios. Una sensación de hormigueo subió por mis brazos.
Los froté; hacía más frío del que pensaba.
—Soy una gran mezcladora. Es solo que tú tienes suerte. Mucha, mucha suerte.
—Me has pillado. Soy el tipo más afortunado de la Tierra.
Su voz no sonó sarcástica, pero sabía que estaba siendo sarcástico. Y tenía razón. No tenía suerte fuera del juego de cartas. Además de eso, a pesar de que estaba ganándome con facilidad, el juego había hecho poco por su humor. Si algo había hecho, había sido volverlo más reservado.
—¿Qué representa? —Señalé el tatuaje con mi cabeza.
—Tengo otra sudadera.
Necesité un momento para comprender que no estaba respondiendo a mi pregunta con esa afirmación. Pero cuando noté que aún estaba frotando mis brazos en lugar de presionarlo para responder, asentí rápido, repetidas veces.
—Sí, tengo frío. Hace frío aquí, ¿verdad? ¿Crees que haya manera de arreglar ese termostato bloqueado?
—No lo sé. —Se levantó y caminó hacia su mochila, de la que sacó una sudadera gris para mí.
Si antes pensé que su saco de dormir tenía su aroma masculino impregnado, su sudadera bien podría haber estado sobre su cuerpo. Olía increíble. Me la puse y llevé el cuello a mi nariz antes de poder pensarlo mejor.
—Ha estado en mi mochila durante un tiempo —dijo como si pensara que me molestaba el olor, en lugar estar intentando contener un suspiro.
—No, está bien. Gracias.
Él volvió a sentarse mientras yo repartía otra mano. Desde el momento en que evitó mi pregunta, lo único que podía mirar era su tatuaje. Me preguntaba cuál era su significado, por qué no me lo contaba. Había tantas cosas que me preguntaba de él.
Levanté mi mano. Era amable por primera vez.
—¿Ya estás listo para jugar con preguntas? —arriesgué.
—¿Qué quieres decir?
—Si yo gano, puedo hacerte una pregunta que tendrás que responder honestamente. —Junté mis cartas para mirarlo—. Si tú ganas, tú puedes hacerme una.
—Te das cuenta de que he ganado las últimas nueve rondas.
—¿Nueve? ¿De verdad? ¿Has estado contando?
—Sí.
—Entonces no tienes nada que temer —reí.
Él levantó sus cartas y miró cada una.
—¿Entonces? ¿Eso es un sí?
—¿Por qué no?
Volví a desplegar mis cartas y traté de mantener mi rostro calmado, inexpresivo.
—¿Quieres cambiar alguna carta?
—Una.
Le deslicé una carta, después también cambié una. No pude evitar sonreír cuando me dio una full house. Él exhibió una escalera real y mi sonrisa se desvaneció.
—Así que, mi pregunta es: ¿Dónde crees que están tus amigos? Honestamente —preguntó antes de que le mostrara mis cartas siquiera.
La pregunta fue como un jarro de agua fría.
—¿Cómo sabes que has ganado?
Él apoyó los brazos sobre la mesa y señaló mis cartas.
Yo las dejé sobre la mesa. Su suposición era correcta. Él miró mis cartas, después de nuevo a mí, esperando.
—Te dije dónde creía que estaban: buscándome.
—¿Así que toda la parte de la honestidad de la apuesta era solo teatro?
—Bueno. La verdad… creo que pensaron que me fui a casa porque estaba cansada, molesta o algo.
—¿Y cómo habrías llegado a casa?
—Probablemente pensaron que llamé a mi madre o a mi padre.
—¿Por qué pensarían eso?
—Porque lo he hecho antes.
—¿Sueles abandonar a tus amigos sin decirle nada a nadie? —inclinó su cabeza.
—Tengo ansiedad. Entro en pánico. —Nunca antes le había dicho eso en voz alta a nadie más que a mis padres y a mi hermano. Mis amigos probablemente pensaran que tenía problemas de sueño, porque lo usaba como excusa para irme.
—¿Por qué?
—Por todo. Por nada. Generalmente puedo superarlo. Pero aprendí a darme cuenta cuando no puedo hacerlo y ese es el momento en que abandono la situación. —Mezclé las cartas y pensé en ponerle fin al juego, pero él ya me había hecho la peor pregunta posible; todo lo que siguiera sería sencillo. Y aún me estaba muriendo por descubrir algunas cosas sobre él.
Como él no dijo nada, agregué:
—Tomo medicación. No es gran cosa. —Mi medicación, que estaba en mi mochila, en el maletero del coche de Mike. No tomarla durante tres días no sería el fin del mundo, pero aun así, era algo más de lo que preocuparme.
Lo miré a los ojos, retándolo a hacerme exponer algo más. No lo hizo. Repartí otra mano. Él ganó de nuevo. Suspiré y esperé mientras se apoyaba en su silla y me miraba, como si la pregunta perfecta fuera a presentarse sola.
Nunca antes me había mirado durante tanto tiempo y no pude mantenerle la mirada. Comencé a trazar las vetas de la madera de la mesa. Era algo triste que para él fuera tan difícil pensar una pregunta para mí, cuando había un millón de cosas que yo quería saber de él.
—¿Por qué siempre estás escondiéndote detrás de tu cámara?
—¿Qué? —Mis ojos se dispararon hacia los suyos. Ni siquiera estaba segura de cómo responder a esa pregunta, porque era más como una falsa afirmación que una pregunta—. No lo hago, me gusta la fotografía. Fin de la historia.
Él asintió, después se echó hacia atrás, como esperando a que repartiera otra mano.
—Es así. Me gusta todo de ella. Me gusta capturar un momento por siempre en el tiempo. Me gusta ver las cosas desde otra perspectiva. Me gusta coger una parte de un todo, decidir qué sección será. Me gusta lo predecible de la cámara, que haga exactamente lo que quiero que haga. Me gusta capturar emociones, historias y momentos. —Él levantó un poco las cejas, como si la respuesta lo sorprendiera, pero como siguió sin decir nada, agregué—: No estoy escondiéndome de nada.
—Es bueno saber lo que te gusta —afirmó él.
—Lo es. —¿Cómo hacía eso? ¿Cómo me hacía decir tanto con tan poco esfuerzo? Respiré profundamente, calmé mi mente y repartí otra mano.
Mi mano era buena. Solo tenía que cambiar una carta. Cuando levanté la nueva, formó una full house. Mantuve mi rostro lo más tranquilo posible.
Él cambió tres y mi pie vibró nerviosamente mientras esperaba a que analizara su mano. Colocó dos pares boca arriba sobre la mesa.
—¡Ah! —exclamé al mostrar mis cartas—. Al fin.
Él cruzó los brazos sobre el pecho y se reclinó en la silla.
Había tantas preguntas que era difícil resumirlas en una. Mis ojos bajaron a su muñeca. La verdad es que quería saber lo que significaba ese tatuaje, pero ya no me había respondido una vez, por lo que tenía una fuerte sensación de que tampoco lo haría en esa ocasión, a pesar del hecho de que acababa de ganarle.
—¿Por qué estuviste en el centro de menores el año pasado? —Quizá respondiera esta.
—Pensé que todos conocíais esa historia.
—Sé los rumores, pero quiero la verdad.
—No deberías haber gastado tu pregunta. Los rumores son ciertos.
—¿Golpeaste a alguien?
—Sí.
—¿A quién? ¿Por qué? —insistí.
—Padre de acogida número tres. Porque lo merecía.
—¿Qué hizo?
—Era un cabrón.
—¿Por qué?
—Le gustaba golpear a su mujer. Quería que supiera cómo se sentía. Cuando la policía llegó, ella defendió a su marido y me entregó. Presentaron cargos.
—Eso apesta.
Él se encogió de hombros y me arrojó sus cartas. Después se levantó abruptamente.
—Tengo hambre. —Y con eso abandonó la mesa y se dirigió hacia las puertas.
Supongo que fui afortunada de que me respondiera a una pregunta. Debí haber sabido que la apuesta terminaría el juego.
