Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, y la historia a Kasie West .
O quizá nadie lo notaría. La había hecho sonar diez veces, después bajé las escaleras hasta la puerta principal, para esperar a que llegara alguien.
Pero una hora más tarde, la biblioteca no estaba inundada de ciudadanos observadores preocupados o de bomberos alertas. No, el camino de entrada solo tenía nieve perfectamente inalterada.
La habría hecho sonar veinte veces. O sin parar. Así alguien la escucharía.
Volví a levantarme despacio de la puerta de entrada, estaba a punto de subir las escaleras, cuando una idea me detuvo. Bomberos. Era una tonta. Era una biblioteca pública. Habría una alarma mucho mejor en ese lugar. ¿Por qué no lo había pensado antes?
Una palanca roja en una pared debía ser más fácil de encontrar.
Especialmente si tenemos en cuenta que debía ser fácil de encontrar en caso de emergencia. No ayudó que estuviera oscureciendo. Encontré la caja de cristal con el extintor detrás. La que decía «En caso de incendio, romper el cristal». Asumí que sonaría una alarma si rompía el cristal, pero me sentí mal al hacerlo si no había un incendio realmente. Tendría que haber una sencilla palanca en algún lugar. Algo del tipo de no romper cristales. Quizá estaba en el salón principal.
Edward estaba en su lugar habitual, con el libro en la mano, cuando entré. No se había movido. Después de verme dar una vuelta por la biblioteca, preguntó:
—¿Qué estás haciendo?
—Tengo un plan.
Uno que él probablemente odiaría, porque implicaba traer a las autoridades justo a nuestra puerta, pero no me había dicho por qué ese era un problema de todas formas, así que no me importaba. Fui hasta el mostrador de salida y busque un botón de emergencia debajo de él. ¿Todos los edificios los tenían o solo los bancos?
—¿Vas a compartirlo?
—Oh, ¿ahora quieres hablar?
Él no respondió y yo ya no quería jugar a su juego. Ese en el cual él hacía el mínimo esfuerzo y esperaba los mayores resultados. Yo tampoco tenía que hablar.
¡La cocina! Seguro que había una alarma de incendios en la cocina. Ese era el lugar en el que era más probable que comenzara un incendio. Me dirigí hacia allí. Escuché los pasos de Edward en las escaleras detrás de mí. Estaba pendiente de mí. Podía ver mi plan en tiempo real.
Tenía razón. Justo fuera de la cocina, en la pared, estaba mi faro rojo de esperanza. Solté un grito de alivio. Pero al acercarme a él, fui abruptamente tirada hacia atrás de la cadera.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó él.
—Salvándonos. —Me volví para encararlo—. Los bomberos vendrán, verán que hay alguien aquí y nos salvarán.
—Después de romper la puerta a hachazos. —Se interpuso entre la alarma y yo—. Sin mencionar que la alarma probablemente esté conectada a rociadores. ¿Tu familia va a pagar los daños?
Miré al techo. Seguro, había rociadores.
—¿Realmente no puedes aguantar dos días más aquí? ¿Es tan malo?
Pensé en el episodio que acababa de pasar, en el que sentí que estaban arrancándome el corazón del pecho. No quería vivir otro de esos.
—Sí. Lo es. Quiero volver a casa. Dudo que la alarma active los rociadores. Normalmente debe haber humo para eso. Hay una ventana junto a la puerta de entrada. Iré allí para decirles a los bomberos que no hay fuego, solo personas atrapadas. No romperán nada. Buscarán una llave o algo. —No estaba segura de que eso fuera verdad. Tal vez alguien intentaría entrar por detrás o por una ventana. Pero realmente necesitaba salir de aquí—. Muévete.
—Necesito poder salir sin ser detectado. No lo hagas. Por mí.
—¿Jugamos a un juego de cartas y crees que somos amigos?
—Soy un idiota. —Soltó una risa entrecortada—. Ambos sabemos eso, pero tú no lo eres. No traigas a los bomberos aquí.
—¿Por qué? ¿Cuál es el gran problema? ¿Qué estás escondiendo?
—No estoy escondiendo nada. Solo necesito no estar en sus radares.
—¿Y por qué esto te pondría en su radar?
—¿Un adolescente encerrado por accidente en una biblioteca con su mochila preparada?
—Puedes decir que ibas a casa de un amigo después de estudiar. Yo también tendría mi mochila aquí si no lo hubiera dejado en el coche de mi amigo.
—Me queda solo una oportunidad, ¿de acuerdo?
—¿Qué? ¿A qué te refieres?
—No quiero terminar en un hogar. Si me atrapan en un problema más, allí es adonde iré. No duraré ni un día allí. Tienen horarios y reglas. Necesito mi libertad.
—Entonces, ¿por qué estás aquí? Dime la verdad —Crucé mis brazos sobre el pecho y solté una bocanada de aire.
—¿Eso importa? —Pasó una mano por su cabello.
—Sí, puede ser la diferencia entre que haga sonar esa alarma mientras duermas o no.
—¿Estás chantajeándome por información?
—Llamémoslo compartir entre amigos.
Él negó con la cabeza y una sonrisa se apoderó de su rostro. Había algo muy satisfactorio en una sonrisa que debía ser ganada. Desapareció tan rápido como había aparecido.
—Mis cosas estaban en la puerta de mi casa. Me dirigía al cañón cuando comenzó a nevar. Eso es todo. ¿Dejarás la alarma en paz ahora?
—Espera… ¿qué? ¿Tus padres de acogida dejaron tu saco de dormir y tu mochila en la entrada? —¿Ese era el motivo por el que no tenía un cargador entre sus cosas? ¿Porque no había hecho su propia mochila?—. ¿Por qué hicieron eso?
—No lo sé. Probablemente tengan una reunión de Tupperware exclusiva para miembros esta noche. No hago preguntas. No me importa.
—Al menos te metieron un cepillo de dientes. —Estaba intentando encontrar algo positivo, cuando era obvio que no había nada bueno.
—Siempre tengo mi propia mochila preparada, lista para salir. Me gusta dormir en el cañón algunas veces. Es increíble estar allí arriba. Pero no me gusta dormir en la nieve.
—Así que viniste aquí.
—Sí. Misterio resuelto. Lo ves, no es tan sórdido como probablemente imaginabas.
No, en realidad era peor de lo que imaginaba. ¿Quién hace eso? ¿Quién dejaba a un adolescente en la calle para que se valga por sí mismo, para poder…? ¿Qué estarían haciendo para que no quisieran que él estuviese allí?
—¿Todo el instituto sabrá esto el martes o solo la mitad?
—No. Es decir, claro que no. No se lo diré a nadie. —Pero tal vez debía contárselo a alguien. A mis padres o algo. Él no debería tener que vivir así.
Mis pensamientos debían estar escritos por todo mi rostro, porque él me preguntó:
—Bella. ¿Parezco falto de cuidado?
Lo miré de arriba abajo. Él estaba bien. No parecía muerto de hambre.
Tenía un cuerpo delgado, pero fuerte. Su piel era homogénea, sin círculos oscuros debajo de los ojos ni nada. Su cabello era grueso. Estaba muy bien, de hecho. Realmente bien. Mis mejillas se acaloraron y abandoné mi análisis de inmediato.
—No. Estás… Es solo…
—Entonces, sigamos adelante. Estoy bien. —Señaló la alarma de incendios—. No la toques.
Su historia y el hecho de que realmente no estaba segura de que la biblioteca no acabaría inundada por los rociadores si hacía sonar la alarma, tomaron la decisión por mí. Podría quedarme allí. No era para tanto. Él tenía mucho más que perder que yo. Levanté las manos.
—De acuerdo.
—Dos días. Puedes aguantar dos días. Tengo algunas barritas de proteínas en mi mochila. Puedes quedártelas.
—¿Normalmente llevas tan poca comida para acampar? —No comería todas esas barritas sola. Me sentiría terrible.
—Normalmente no estoy encerrado dentro de un edificio. La verdad es que no había planeado lo de la biblioteca. Fue una decisión de última hora.
—¿Hace más calor aquí dentro que en la nieve? —pregunté mientras frotaba mis brazos.
Él sonrió.
—Al menos podríamos intentar subir la calefacción.
Estábamos hombro con hombro frente al termostato. Edward usó su cuchillo para forzar la pequeña cerradura. Y estaba presionando el botón de encendido, pero solo se encendía una luz y volvía a apagarse.
—Tal vez está programado para ciertas horas —arriesgó.
—Déjame intentarlo.
—¿Puedes presionar un botón distinto que yo?
—Tal vez. —Lo empujé con mi hombro. Presioné el botón hacia arriba repetidas veces, con esperanza de subir la calefacción, pero ni siquiera notó que yo estaba intentándolo. Abrí el panel. Detrás tenía instrucciones de cómo programarlo, pero incluso seguirlas no sirvió para nada.
—Puedes usar esta sudadera también si quieres —tiró de la que tenía puesta.
—No, estoy bien. Estoy bien por ahora. Solo es que creo que después hará más frío.
—Probablemente no esté apagada, solo baja. No querrán que se congelen las tuberías.
Él tenía razón, quizá eso era todo lo que se enfriaría.
—Odio tener frío. —Me encaré a él—. Odio especialmente tener las orejas frías. Tócalas.
—¿Tocar tus orejas?
—Sí.
—¿Por qué?
Cuando fue obvio que no lo haría por sí mismo, cogí sus muñecas y llevé sus manos a mis orejas. Estábamos uno frente al otro. Él era quince centímetros más alto que yo, así que levanté la vista para mirarlo a los ojos.
Sus manos estaban calientes, así que tuve la certeza de que mis orejas estaban tan frías como lo imaginaba.
—Lo ves. Frías.
Él no dijo ni una palabra, solo se quedó mirándome.
Me sentí tonta, así que di un paso atrás.
—Calcetines. Tal vez puedas prestarme un par de calcetines.
—¿Para tus orejas?
—Para mis pies. —Sonreí.
Él se aclaró la garganta y bajó la vista a mis pies, a mis calcetines apenas existentes.
—Sí. —Con un movimiento que me cogió por sorpresa, él me rodeó, me puso la capucha de la sudadera en la cabeza y ajustó las cuerdas, de modo que solo podía ver a través de una pequeña abertura—. Esto también debería ayudar. —Había un brillo provocador en sus ojos, uno que nunca antes había visto.
Reí, le di un empujoncito y me liberé de la capucha.
Una simple lámpara en el techo se encendió. No me había dado cuenta de la oscuridad que había. Ya habíamos pasado el día entero en la biblioteca.
Dos más y esto acabaría.
