Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, y la historia a Kasie West .
Por mucho que deseaba dormir en el sofá de la sala de descanso, hacía demasiado frío allí. Así que, allí estábamos otra vez, en el nivel principal de la biblioteca, rodeados de libros. Edward me había prestado un par de calcetines, también su saco de dormir y yo estaba en el suelo, subiendo esos calcetines todo lo que daban de sí..
—¿Qué has hecho con mi dentífrico? —preguntó desde el otro lado de la mesa. Desde que no hice sonar la alarma de incendios una hora atrás, la expresión de Edward parecía estar menos en guardia. Como si quizá confiara en mí un poco más. Era un buen cambio. Parecía como si tuviéramos alguna clase de pacto, como si ya estuviéramos en el mismo equipo, como si estuviéramos en esto juntos.
—Ah, está en el baño de chicas. La iré a buscar. —Comencé a levantarme, cuando él me detuvo.
—Está bien. Yo iré a buscarla.
—No puedes entrar al baño de chicas.
—¿Por qué no? —Sonaba divertido.
—Porque… porque… eh, supongo que puedes. Podemos hacer lo que queramos. ¡Tenemos nuestras propias reglas aquí! —Mi voz hizo eco en la habitación. Comencé a reír, no sabía si por cansancio o por aburrimiento, y no pude detenerme.
—¿Debería preocuparme?
—Nop —respondí entre risas—. Ve a lavarte los dientes en el baño de chicas. No te fijes en mí.
La última vez que había tenido un ataque de risa incontrolable, fue unas semanas antes, cuando mi hermano y yo nos comimos un tazón entero de masa de galletas, mientras mi madre estaba al teléfono. Ella regresó para ayudarnos a terminar de hornearlas y toda la masa había desaparecido. «Vais a poneros malos. Había huevo crudo ahí». Yo miré a mi hermano y probablemente fue la terrible cantidad de azúcar que acabábamos de ingerir, pero ambos comenzamos a reír. Mi madre seguía molesta mientras nosotros nos reíamos más y más. Al final se rindió y se unió a nosotros.
—Sigues riéndote —dijo Edward cuando regresó unos minutos después—. No ha sido tan gracioso.
—Lo sé. —Yo había quitado los almohadones de varias sillas y los había colocado debajo del saco de dormir. Me metí dentro y lo cerré bien hasta la barbilla—. Pero cuando empiezo, no puedo parar.
—¿Haces esto con mucha frecuencia?
—Solo cuando estoy cansada… o hiperactiva… o feliz. Ah, y a veces cuando estoy nerviosa.
—Así que la respuesta es sí. —Soltó una risita.
—Eso creo. —La risa volvió a empezar.
Él se estiró al otro lado de la mesa, hizo una bola con una camiseta y la puso debajo de su cabeza.
—Pero ¿alguna vez se detiene?
En la mayoría de los casos, en ese momento, la persona que estaba de testigo de mi ataque de risa ya se me había unido. Pero Edward no estaba contagiándose, lo que me hizo reír aún más.
—Estamos atrapados en una biblioteca.
—Buenas noches. —Se estiró hasta la mesa entre nosotros y apagó la luz.
—No eres divertido. —Mi risa fue bajando su intensidad en los minutos siguientes hasta que al fin se detuvo.
Intenté dormir, pero en cambio seguí acostada, mirando el techo. Quizá fuera el recuerdo de mi madre, o la oscuridad que ahora nos rodeaba, pero la preocupación se abrió camino en mi mente, se arrastró con libertad dentro de ella y desvaneció la ligereza anterior. Preocupación porque mis padres intentaran ponerse en contacto conmigo. Preocupación de que mis amigos pensaran que los había dejado. Preocupación de que a Jessica realmente le gustara Mike y de que acabase con él al decírselo en la hoguera. Mi mente no se acallaba. Intenté distraerme pensando en algo que pudiera hablar con Edward.
—¿En qué consistiría tu gobierno? —le pregunté.
—¿Qué? —respondió Edward desde la oscuridad.
—Además de poder cepillar tus dientes en el baño de chicas. ¿Cuáles serían tus reglas en nuestro mundo falso?
—Regla número uno. No hablar después de que se apaguen las luces.
—Yo vetaría esa regla de inmediato —reí.
Él soltó un fuerte bufido que pudo haber sido una risa, pero también un suspiro.
—Porque somos cogobernantes en el mundo de la biblioteca. —Giré de lado y me levanté sobre un codo, a pesar de que no podía verlo. Su cuerpo era una forma negra a cinco metros de distancia y traté de concentrarme en eso—. Mi primera regla serían los juegos. Tendríamos juegos.
—¿Juegos mentales?
—Tú eres bueno en eso —reí una sola vez—, pero no. Juegos reales.
—¿Como el póker?
—Sí, como el póker.
—Te gustan los juegos —afirmó.
—Sí. —Especialmente los juegos con muchos pasos e instrucciones, en los que puedo concentrarme en eso y no dejar que mi cabeza me gane. El solo hecho de estar hablando de reglas estaba relajándome. Las estructuras a veces me hacían sentir a salvo—. ¿Qué hay de ti? ¿Qué te gusta?
Pensé que él no respondería, algo que no me sorprendería, pero lo hizo.
—Caminar. La naturaleza.
—¿Y leer?
—Sí.
—Así que, ¿explorar lugares nuevos? —dije.
—Sí… eso creo.
—Esa puede ser la regla número dos. Debes leer en la biblioteca. Es decir, la regla no tiene ningún sentido, pero la conservaremos. —Él probablemente no podía ver mi sonrisa, pero incluso yo podía notarla en mi voz.
—No debería haber reglas en nuestro mundo —comentó él.
—Tienes razón. Esa será la regla número tres.
Esta vez sí se rio. Una risa cálida y profunda que hizo que se doblara mi sonrisa. Era la primera vez que la escuchaba y deseé que no fuera la última.
Volví a acostarme.
—Buenas noches, Edward.
—Buenas noches.
Cuando desperté, Edward ya no estaba en el mismo lugar. Me estiré. Teniendo en cuenta que había dormido en el suelo, he dormido bastante bien. He estado abrigada y cómoda. Una vez despierta, sentí un ligero dolor en mi estómago por el hambre y tenía que orinar, pero no quería salir del saco de dormir.
Permanecí donde estaba el mayor tiempo que pude, hasta que no logré aguantarme más.
Después de un paseo por el baño, cogí un vaso de agua, con la esperanza de que eso engañara a mi estómago para que pensara que no tenía hambre.
Funcionó un poco. Después regresé al mostrador de salida, en donde recordé haber visto algo el día anterior, durante mi búsqueda de la alarma.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Edward al entrar a la habitación y encontrarme detrás del escritorio, revolviendo una canasta de mimbre.
—Es la canasta de Mamá Oca.
—¿Y?
—La lleva a la hora de lectura cada semana. Lleva esos pequeños juguetitos que reparte a los niños. —Revolví algunos juguetes más—. ¿Por qué la llaman Mamá Oca de todas formas?
—Mamá Oca es una falsa autora de canciones de cuna.
—¿Autora falsa?
—Ya sabes, como Lemony Snicket.
—¿Quién es Lemony Snicket? ¿Y qué es un autor falso?
—Es una persona imaginaria a la que se le atribuye la autoría de un libro. Hace que la historia parezca más mágica.
—Ah.
—¿Y por qué estás tan interesada en los juguetes de Mamá Oca?
Mi mano se cerró sobre lo que estaba buscando.
—¡Ajá! —lo levanté en el aire y después lo arrojé sobre la pila de las otras cosas que había encontrado.
—¿Qué es eso?
—Una mano pegajosa.
—Vale. —Me arrojó una barra de proteínas—. Me voy a leer ahora.
—No, no lo harás. Estoy loca del aburrimiento
—Tal vez deberías cantar.
Mis ojos se fijaron en los de él. ¿Acaso me había escuchado cantando a todo pulmón el primer día? Claro que lo hizo.
—Sabes muy bien que no sé cantar.
Él rio y mis mejillas se sonrojaron.
—Estoy implementando la regla número uno —dije y cambié el tema. Abrí el envoltorio de la barrita de proteínas y le di un bocado—. ¿Ya has comido una de estas?
—Te dije que eran tuyas.
—No puedo comerme toda la comida. Tendré jaqueca por la culpa. —Corté un trozo y le di el resto a él.
—¿Jaqueca por la culpa?
—Son cosas que pasan.
—Deben ser cosas que no les pasan a las buenas personas —dijo y se metió la barrita de proteínas en la boca.
—Muy gracioso.
—¿Regla número uno? —preguntó, con la atención puesta de nuevo en mi pila de juguetes.
—Jugamos, comemos y después competimos. —Me reí—. Eso ha rimado totalmente.
Él puso los ojos en blanco, pero había una expresión divertida en ellos. Sí, no presionar la alarma fue lo mejor que pude haber hecho. Estábamos definitivamente en el mismo equipo desde entonces.
