Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, y la historia a Kasie West .

Estábamos en la parte superior de escaleras opuestas. Él tenía un Slinky verde dentro de su envoltorio y yo uno rojo.

—El que llegue hasta abajo primero, gana. Solo puedes tocarlo si se queda atascado —le grité al otro lado y mi voz hizo eco en el amplio espacio.

—Podría estar leyendo ahora.

—Y yo podría estar comiendo una comida casera ahora, pero los dos estamos haciendo sacrificios por el bienestar general.

—¿Vas a ser tan buena en esto como en el póker? —Él sonrió y abrió el envoltorio con sus dientes.

—¡Oye! Búrlate mejor después si ganas.

Ambos colocamos a nuestros Slinky en el primer escalón. Yo conté hasta tres y lo dejé ir. El suyo bajó tres escalones antes de caer entre los barrotes de la barandilla hasta el suelo de baldosas. Me reía mientras el mío seguía adelante.

—Sigues en el juego. Solo tienes que levantarlo y volver a colocarlo en el mismo escalón.

Él corrió por las escaleras más rápido de lo que esperaba y saltó sobre la barandilla. Levantó su Slinky y corrió de vuelta arriba. Nunca lo había visto tan animado como cuando regresó su Slinky al escalón y le dio un empujoncito para que siguiera adelante. Pero ya era demasiado tarde; yo había llevado el mío a la victoria antes de que el suyo pudiera bajar otros cinco escalones. Alcé ambas manos en el aire.

—¡La ganadora! ¿Quién se ríe ahora?

Él se cruzó de brazos y se apoyó contra la baranda, como si esperara que lanzara mi mejor tiro.

—¡He ganado porque soy la mejor! —dije débilmente.

—Veo que tienes mucha práctica.

—Gano siempre. Solo soy humilde al respecto.

Él soltó una corta risa y después levantó su Slinky del suelo.

—¿El mejor de tres?

—Claro. Como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.

Tras mi quinta victoria consecutiva, él se detuvo en la cima de su escalera analizando su Slinky.

—Quizá el mío está defectuoso.

—¿Esa es tu excusa?

—Si tuviera una moneda y un chicle … —Le dio la vuelta y tiró de la punta.

—¿Qué? —entorné los ojos.

—Si una de las puntas tuviera peso, iría más rápido.

—¿Y para qué sería el chicle?

—Tendría que pegar la moneda con algo.

—¿Y un chicle ha sido tu primera opción? ¿Ni cinta adhesiva ni pegamento?

—Intentaba pensar en dos cosas que realmente podríamos encontrar en este lugar.

—Pasemos al próximo juego antes de que comiences a buscar debajo de las mesas.

—¿Próximo juego?

—Sígueme.

Lo guie hasta el final del corredor, pasando por un busto de bronce del presidente de la universidad que solía albergar el edificio, después me di la vuelta. Los demás juguetes en sus envoltorios estaban en mi bolsillo y saqué los dos mini Frisbees que había encontrado. Cada uno tenía un lanzador de plástico.

—Así que, colocas el Frisbee en el lanzador y presionas el extremo. El que vaya más rápido gana.

—¿Hay algún secreto para que vaya más rápido?

—No lo sé. Tú pareces ser el que conoce todos los secretos. —Cuando me di cuenta de cómo había sonado, agregué—: Es decir, las monedas, el chicle; tal vez tengas una modificación también para esto.

—No tengo —respondió.

—Bueno, yo no he usado uno de estos desde que era pequeña, así que no tengo idea. ¿Quieres algunos tiros de prueba? —Pensé que diría que no, pero al abrir su paquete y mirar el disco azul que contenía, asintió con la cabeza.

Reprimí una risita. Se lo estaba tomando más en serio de lo que había pensado.

—¿Qué?

—Nada.

—No, pasa algo. ¿Qué?

—Eres competitivo.

—Yo no soy el que hizo un mohín cada vez que perdió una mano de póker—dijo con una sonrisa de suficiencia.

—Yo no he hecho mohines.

—¿Y cómo lo llamas entonces?

—Lo llamo mostrar mis emociones. —Lancé mi disco—. Deberías intentarlo.

—¿Qué son las emociones? —También lanzó su disco a volar por el corredor. El suyo aterrizó a varios centímetros del mío. ¿Cómo había hecho eso?—. Así que, ¿yo he ganado?

—¡No! Ese era un tiro de práctica. Querías un tiro de práctica.

—¿Y quién es competitivo?

—No lo soy. —Golpeé su hombro—. Solo me gusta seguir las reglas preestablecidas.

—Como quieras llamarlo. —Rio y levantó nuestros discos.

Cuando levantó la mano para presionar el lanzador, le empujé el brazo y su disco salió volando hacia la pared. Me gruñó, pero sus ojos estaban sonriendo.

Levanté el mío y no había notado que él se había movido detrás de mí, hasta que me levantó de la cintura y me giró para que apuntara en la dirección equivocada.

—¡Tramposo! —Lo acusé mientras mi disco rebotaba contra la ventana detrás de nosotros.

—Pensé que las distracciones estaban en las reglas preestablecidas.

—De acuerdo, bien, sin interferencias esta vez. Los lanzamos juntos.

Mientras los teníamos en alto, seguí mirándolo, esperando a que me empujara para desequilibrarme o algo. No lo hizo, pero yo me sentía desequilibrada y lancé a mi Frisbee demasiado alto. Él lanzó el suyo perfectamente, con mano firme, inalterada. Ganó la ronda.

—¿Ya es momento de implementar la regla número dos? —preguntó Edward después de dominar por completo en varias rondas el juego del Frisbee.

—¿Regla número dos?

—Leer.

—Ah —reí.

—O la número tres también estaría bien.

—Veté la número tres. El último juego. —Lo llevé del brazo hasta el corredor acristalado. El cristal, en el punto central del corredor, tenía incluso más brillo por la luz reflejada en el escenario cubierto de nieve del exterior.

Le entregué una mano pegajosa.

—Necesitamos un juego de desempate.

—¿Cuál es el juego?

—La mano que dure más tiempo pegada al cristal es la que gana.

—¿Qué gana? —preguntó.

—¿Quieres jugar apostando algo? ¿A cambio de otra verdad?

Él pellizcó la mano entre sus dedos, como si estuviera probando su poder de adherencia. Después asintió.

—De acuerdo.

Conté hasta tres y alcé mi mano por encima de la barandilla. Mi mano roja se pegó un poco más arriba de la arcada de la ventana. A su mano verde le quedó una porción del brazo sin adherirse por completo. Solo teníamos que esperar.

—¿Durante cuánto tiempo se adhieren? —preguntó él.

—Una vez mi hermano lanzó una al techo y se quedó allí durante dos días.

—¿Dos días?

—Pero no es lo normal. ¿Nunca has jugado con estas cuando eras un niño?

—No. No lo hice.

Me senté, me apoyé contra la barandilla y estiré las piernas frente a mí.

—Bonitos calcetines.

Sonreí. Había estirado sus calcetines sobre mis pantalones y, a pesar de que sabía que estaba ridícula, me mantenían algo más caliente.

—Gracias. Todos deberían usarlos así.

Él se sentó a mi lado, nuestros hombros casi tocándose. Parecía irradiarse una energía eléctrica entre los dos. Probablemente éramos las únicas fuentes de calor que podían encontrarse en ese corredor, lo que hacía que esa energía pareciera una fuerza tangible.

—¿Qué edad tiene tu hermano? —me preguntó.

—Está en el segundo año de la universidad. Diecinueve. Eso me convierte en la pequeña, con todos los divertidos rasgos de personalidad.

—¿Qué rasgos son esos?

—Agradable, motivada, perceptiva.

—¿Dejas que los rasgos te definan?

—No. Hay muchas características de los hijos menores con las que no tengo nada que ver. ¿Qué hay de ti? ¿Tienes hermanos? —Me he dado cuenta demasiado tarde de que era un tema sensible para él. Estaba en cuidado temporal. No sabía cómo funcionaba eso ni si había más de un niño.

—No. Supongo que eso me da todos los rasgos de hijo único.

—¿Qué rasgos son esos?

—Egoísta, reservado, apático. —Había una sonrisa en su rostro, así que supe que estaba bromeando, al menos en parte.

—Creo que quieres decir confiado, independiente, motivado.

—¿Lees muchos libros de psicología?

—Sí —con mi condición, sí, de hecho—, y mi amiga Angela es hija única. —Le gusta presumir sobre cómo eso le da ventajas en casi todos los aspectos de la vida. Excepto en humildad, siempre le remarco—. ¿Conoces a Angela?

—¿Es la rubia?

—No, esa es Jess. Angela es alta, de cabello negro.

—Tal vez si la viera. —Se encogió de hombros.

Él no conocía a Angela, pero ¿me conocía a mí? Siempre pensé que las personas conocían más a Angie.

Mis ojos pasaron de observar las manos pegajosas en la pared. La nieve estaba más alta de lo que la había visto en bastante tiempo.

—¿Crees que la señal de móvil pueda estar afectada por el clima?

—¿Por un poco de nieve? Lo dudo, ¿por qué?

—Es solo que… entiendo que mis amigos no estén preocupados si tal vez han pensado que me fui a casa. Pero no he llamado a mis padres en treinta y seis horas. Me sorprende que no estén rastreando la ciudad, buscándome. Ya habrían llamado a Angela a la cabaña a estas horas. Angela les habría dicho que yo no estaba allí y alguien habría descubierto que estoy aquí. No lo entiendo.

—¿En la cabaña? ¿En las montañas?

—Sí.

—Probablemente haya más nieve allí arriba.

—¿Así que quizá la recepción sea peor?

—Es posible. Si cayó una torre o algo.

—Si no pudieron comunicarse con nadie, habrán asumido que todos estamos atrapados por la nieve, ¿verdad? En realidad ya ha pasado antes; labparte de la nieve.

—Ahí lo tienes, misterio resuelto.

—Sí… supongo.

—¿Tienes otra teoría?

—No. —Él tenía razón. Estaban atrapados por la nieve. Mis padres asumieron que yo también lo estaba. Mike no abrió el maletero de su coche en todo el fin de semana, como para haber visto mi mochila. Era lo único que tenía sentido. Angela probablemente estuviera sentada en la cabaña con Jessica y Lauren, molesta porque las dejé plantadas. Todos nos reiríamos de eso cuando descubrieran la verdad. Que pasé el fin de semana en una enorme y escalofriante biblioteca. Realmente era una aventura nueva para mí.

—¿En qué otro lugar has pasado la noche? —le pregunté a Edward.

Él se quedó callado y, de pronto, noté cómo sonaba eso sin el contexto de mi proceso de pensamiento.

—Es decir, cuando no te quedas en casa y está nevando —me corregí.

—Esto no es un evento semanal ni nada parecido.

—Lo sé, pero sé que no es algo fuera de lo común tampoco. —Como su silencio se extendió, agregué—: Tienes razón, mejor no me lo digas o podría aparecer en tu próximo escondite.

El comentario le arrancó una pequeña sonrisa.

—Hay algunas iglesias que se quedan abiertas a veces. Y me he quedado antes en el instituto.

—¿Nuestro instituto? ¿De verdad?

Edward se movió a mi lado y su hombro acarició el mío y se quedó ahí. No me moví.

—Sí —respondió.

—¿Nunca te da miedo?

—No.

—¿Te da miedo algo? ¿Qué es lo primero que te viene a la mente cuando te digo el peor miedo?

Él pareció considerarlo.

—¡Di lo primero! Sin pensarlo, solo suéltalo.

—Compromiso.

—¿Como con una chica?

—Con lo que sea. Una chica, un gato, una clase. ¿Qué hay de ti? —preguntó antes de que le pidiera más explicaciones.

—No tener control.

—¿De qué?

—Chicos, gatos, clases.

Él sonrió.

—¡No lo sé! De todo, supongo. Si una profesora me llama o no en clase. Si mi madre puede conservar su trabajo. Es irracional, porque no tengo control sobre eso. Pero ese es el quid de la cuestión, supongo. Desearía tenerlo.

Mi trasero estaba dormido por el frío, pero permanecí inmóvil, observando las manos pegajosas en el cristal, deseando que la suya se quedara solo unos minutos más para que el juego pudiera durar más tiempo. ¿Cuál era mi problema? Treinta y seis horas y de pronto anhelaba contacto humano de cualquiera, al parecer. Me apoyé sobre mi mano derecha y rompí nuestra conexión. Podía ver mi propia respiración, nubes de aire blanco frente a mí.

Otro fragmento de la mano de Edward se despegó del cristal.

—Parece que la mía está a punto de caerse —dijo y se puso de pie.

—Quiero ganar sin trampas.

—Lo harás. —Retrocedió.

—¿A dónde vas? —le pregunté mientras se alejaba.

—Cuéntame quién ha ganado. Tengo frío.

—No puedes irte así sin más. ¿Y si se cae la mía?

—Pareces la clase de persona que confesaría eso.

—Puedo mentir.

—No, la verdad es que no puedes. —Se rio mientras seguía alejándose.

—Solo porque eres extrañamente bueno para leer expresiones faciales no significa que yo no pueda mentir —balbuceé, pero él ya se había ido y no estaba segura de que me hubiera escuchado. No sabía por qué intentaba asegurar que era una experta mentirosa, o por qué él me hizo pensar que ese era uno de mis objetivos. No lo era.