Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, y la historia a Kasie West .

Pasó al menos una hora más hasta que cayó su mano, seguida por la mía unos minutos después. Para entonces, mis manos estaban entumecidas y mis pulmones, helados. Mis dientes castañeteaban. Levanté las dos manos del suelo y regresé al salón principal de la biblioteca. No se estaba mucho más caliente.

—Yo he ga-ganado —tartamudeé hacia su lugar de lectura, después me dejé caer en la silla más cercana y apoyé los dos juguetes sobre la mesa—.Jódete.

—Estás mejorando con las burlas. —Sonrió. Tenía el saco de dormir a su alrededor. Se lo quitó y me lo ofreció. Como no me moví, él se levantó y caminó hacia mí.

—¿Ha valido la pena? —preguntó al dejar el saco sobre mis piernas.

—Depende de tu verdad.

—Ah, cierto, ¿cuál es tu pregunta? —regresó a su silla.

¿Cuál era mi pregunta? ¿No era por ese motivo que había esperado tanto tiempo en ese corredor helado? La verdad es que quería otra verdad suya.

Había tantas preguntas que podía hacerle; ¿cómo podía reducirlas solo a una?

—¡No soy tan interesante! —comentó cuando pasé demasiado tiempo en silencio.

—Solo un misterio —respondí y lo hice reír. La verdad es que me gustaba su risa.

—¿Y qué se supone que significa eso?

—Siempre estás solo, desapareces durante el almuerzo, nunca hablas, ni siquiera en clase, y no parece importarte lo que alguien piense de ti.

—Y yo que pensé que no habías estado prestando atención.

—Eres difícil de ignorar. —Cuando me di cuenta de cómo sonaba eso, agregué—: Todos están siempre hablando de ti… —mi afirmación fue de mal en peor. Me detuve en la mitad.

—Cierto. Así que, ¿tu pregunta estaba en alguna parte?

—¿Dónde están tus padres? —Al verlo estremecerse un poco, supe que yo era la persona más pesada del mundo. ¿Qué me hacía pensar que me había ganado esa información, incluso si ya estábamos en el mismo equipo?—. No tienes que contármelo. Puedo pensar en otra pregunta.

—Mi padre está físicamente ausente y mi madre mentalmente ausente. —Debo haber parecido confundida, porque aclaró—: Mi padre se fue cuando yo era pequeño. Mi madre es adicta a las drogas.

—Lo siento.

—No lo sientas. Como te dije antes, estoy perfectamente bien. Estoy en una situación buena de verdad. Y, el próximo año, estaré oficialmente libre de todo el sistema.

Él no tenía a nadie. Nadie con quien pudiera contar si estaba en problemas, nadie que lo ayudara si daba un paso en falso o perdía el rumbo. Estaba totalmente solo. Mis ojos se llenaron de lágrimas, que me esforcé en contener.

—No me asignes emociones —suspiró—. No creas saber lo que estoy pensando basándote en tus experiencias.

Intenté controlar más mi expresión. Tenía que hacer caso de su palabra.

Dijo que estaba bien. Probablemente estuviera bien. Estaba poniéndole emociones basándome en mi universo, no en el suyo.

—Lo siento.

—No lo sientas. —Volvió a tomar su libro y a enfocarse en la lectura.

Habían pasado horas. Estaba envuelta en el saco de dormir y mis dientes aún no habían dejado de castañetear. Me pregunté si sería por la falta de comida.

¿El cuerpo necesitaba comida para calentarse? ¿Qué había estado pensando al quedarme en ese corredor helado durante tanto tiempo? Edward no parecía tener frío para nada, ahí sentado leyendo sin parar.

—Ed-dward. —Me dolía la garganta.

—¿Sí?

—¿Cuáles son los síntomas de la hipotermia? Porque ya no siento mis dedos.

Él levantó la vista hacia mí, después volvió a bajarla.

—Ve a correr por las escaleras o algo.

—Correr por las escaleras… —Él tenía razón. Solo necesitaba hacer que mi sangre se pusiera en movimiento. Me levanté y caminé hacia las escaleras.

Aparecieron estrellas en mi vista por un momento, estaba mareada. Pero mantuve el equilibrio y llegué a las escaleras. El corredor estaba oscuro, el sol estaba poniéndose. Había estado en la biblioteca durante otro día entero.

Solo uno más. Y dos noches… ¿Por qué sonaba eso como una eternidad?

Comencé a subir lentamente los escalones, caminando por cada uno de ellos. A medida que las sensaciones volvían a mis extremidades, aceleré el paso. Mi mente comenzó a divagar. Extrañaba a mis amigos. Especialmente a Mike. Él me hacía reír. La semana anterior él había entrado al salón del anuario, en donde yo trabajaba en el ordenador, en la página de los Clubs. Se sentó, le echó un vistazo a la página en la que yo había pasado los últimos treinta minutos, y dijo: «Está perfecta, ahora vámonos».

«¿De verdad? No estoy segura de que sea muy buena».

«Todas tus fotografías son increíbles». Apenas la había mirado. «Ahora, ven conmigo». Me levantó del brazo y me arrastró fuera.

«Necesito guardar mi trabajo».

«Alguien lo guardará por ti. Tienes que llevarme a la sala de profesores y comprarme una gaseosa».

«No podemos entrar en la sala de profesores».

«Yo no puedo entrar en la sala de profesores». Se detuvo en la puerta.

«Pero tú puedes ir a donde quieras, al parecer. A los profesores les gustas.

Contigo a mi lado, puedo hacer lo que sea».

«No voy a entrar en la sala de profesores».

Él rio y después llamó a la puerta. Yo me quedé sin aliento, mi corazón se aceleró.

«¿Puedo ayudarlos?», preguntó la vicedirectora al abrir la puerta.

«Bella quiere una gaseosa», dijo él.

«No, yo…», balbuceé a través de mi garganta cerrada.

«Espera un segundo». Ella cerró la puerta y yo le lancé una mirada a Mike.

«¿Intentas hacer que me meta en problemas?».

«No te preocupes. No hay problemas aquí».

Él tenía razón. La vicedirectora regresó un minutos más tarde con una Coca-Cola. Cuando volvió a cerrar la puerta, me reí.

«¡Lo ves!, los profesores te quieren».

«Oh, por favor. Tú has escrito el libro sobre cómo cautivar a los profesores. Obviamente».

Él sonrió.

Mis pies con medias resbalaron en un escalón, me arrancaron con un sobresalto de mi recuerdo y estuve a punto de caer. Logré sujetarme de la barandilla y evitarlo. Mi estómago lanzó un largo gruñido y me pregunté si la actividad física haría que entrara en calor, pero también que tuviera más hambre. Me dirigí a la cocina y decidí tenía que calentar y probar la comida misteriosa. Lo único que había comido ese día era media barra de proteínas y había sido horas atrás.

Necesité un tiempo para descifrar el microondas. Calenté aquellos extraños alimentos más de lo necesario, con la esperanza de que eso matara cualquier bacteria que pudiera vivir en la comida vieja. Intenté no pensar en eso mientras llevaba una pequeña porción a mi boca. Sabía como a pasta con salsa marinera y estaba muy buena. No sabía si eso se debía a que no había probado una verdadera comida desde hacía un tiempo o si realmente era buena, pero tomé unos cuantos bocados más de todas formas.

Comí exactamente la mitad y le llevé el resto a Edward.

—¿Te has animado a probar lo desconocido? —preguntó él al aceptar la comida y mirar el recipiente como si no estuviera seguro de querer hacer lo mismo. Lo olisqueó.

—Sí. Está bueno. Cómetelo.

La comida y el ejercicio habían hecho lo suyo y mi mandíbula finalmente había dejado de temblar. Edward dejó su libro a un lado y dio un pequeño bocado.

—¿Qué crees que es? —le pregunté.

—¿Pasta? Pasta muy pasada.

—Me parece que está bueno. Probablemente porque tengo hambre.

Él le dio otro bocado, después apartó el recipiente.

—Puedes comerte el resto. No me gusta.

—¿De verdad? ¿Eres un crítico de comida ahora?

—Sí. Y esto es desagradable.

Cogí la pasta y recién cuando tragué dos grandes bocados pensé en lo que él acababa de hacer. ¿Solo había fingido que no le gustaba para que yo la comiera? Porque no era para nada desagradable. No estaba segura. No parecía algo que él pudiera hacer pero, de nuevo, él era diferente de lo que había creído originalmente.

—¿Alguna vez has estado en ese lugar de comida italiana en la calle Center? ¿Gloria o algo así? —le pregunté.

—No.

—¿Porque no te gusta la comida italiana?

—No es mi preferida.

Oh. Quizá realmente no le gustaba. Terminé el resto y deseché el recipiente vacío.

—Deberías trabajar en tu proyecto de Historia mientras estés aquí. Nosotros terminamos el nuestro el viernes.

—Sí. Buena idea. —Sabía que eso era lo último que haría. Me pregunté cómo serían sus calificaciones en el instituto. Faltaba demasiado, no podía imaginar que le fuera muy bien.

—Puedo ayudarte si quieres.

—Perfecto. Tú ve empezando, te alcanzaré en un par de horas.

—Muy gracioso. —Pateé su pie con una sonrisa.

Me acerqué a la pila de libros que le había arrojado la primera noche.

Algunos estaban abiertos boca abajo, con las páginas dobladas. Los levanté uno por uno, estiré sus páginas y los apilé con cuidado. Después los llevé hasta un carrito al final del pasillo. Ya había varios libros en el carrito, esperando para volver a su sitio. Libros con títulos como: Diez pasos para la rehabilitación, Hábitos de un adicto, La química del cerebro y las adicciones. No tenían que ser necesariamente libros de Edward; podrían haber sido de cualquiera, pero él había estado allí el viernes también, obviamente esperando a que la biblioteca cerrara. ¿Esa era la investigación que había estado haciendo en lugar del proyecto del señor Smith?

Él no quiere tu lástima, me recordé mí misma.

—Voy a prepararme para ir a dormir —le dije, después me di la vuelta y me dirigí al baño, donde él había comenzado a dejar todos los elementos de higiene que había llevado. Me tomé mi tiempo para acicalarme y después me metí en su saco de dormir.