Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, y la historia a Kasie West .

Me desperté por culpa de un sonido que no pude identificar al principio.

Alguna clase de tintineo. Necesité varios minutos de desorientación para darme cuenta de que era Edward, a cinco metros de mí, temblando mientras dormía. ¿Había estado conteniendo sus temblores por mí mientras estaba despierto? Intenté ignorarlo, consciente de que no querría que hiciera nada, pero me sentí culpable. Yo tenía lo único que había llevado para mantenerse abrigado. Salí del saco de dormir, abrí la cremallera y me arrastré hacia él, con el saco detrás de mí.

Cuando llegué a su lado, puse la mitad del saco sobre él y conservé la otra mitad. Él se despertó de inmediato… o tal vez no había estado del todo dormido para empezar.

—Estoy bien —balbuceó.

—Ese parece ser tu mantra. Acepta la mitad.

—No lo necesito.

—Cállate y cógela.

Él no discutió y finalmente la aceptó. Tenía frío. Ni siquiera estábamos tocándonos, pero la temperatura debajo del saco bajó notablemente con su presencia helada.

Él se rio un poco.

—¿Qué?

—¿Alguna vez le has dicho a alguien que se calle?

—Nop. Es como si tú sacaras esas cosas de mí.

—¿Cómo lo has sentido?

—Bien, la verdad.

Él volvió a reír y yo me acerqué un poco más, consciente de que mi temperatura corporal lo haría entrar en calor más rápido.

Estuvimos en silencio durante varias respiraciones. Respiraciones que podía ver como una neblina sobre nosotros, mientras estábamos tendidos de espaldas. Habíamos estado en la biblioteca durante dos días completos y, a pesar de que sentía que teníamos alguna clase de pacto, me preguntaba si él reconocería mi existencia fuera de esta situación.

—¿Ya somos amigos?

—Yo no tengo amigos.

Asentí, aunque estaba bastante segura de que él no podía verme.

—Pero… eres menos irritante de lo que imaginé que serías.

—Gracias. —Eso era probablemente lo más cerca que él estaría de hacer un cumplido, pero aun así estaba ofendida. No quería que él supiera eso, así que agregué—: ¿Me imaginas muy a menudo?

Había sido una broma. Pero la forma en que se quedó rígido a mi lado me hizo pensar que tal vez tuviera algo de verdad.

—Sí, todo el tiempo.

—Eso pensaba —dije. Fingí no saber que estaba siendo sarcástico.

—¿Es difícil para ti pensar que podrías no gustarle a alguien?

—Sí, de hecho.

—¿Por qué te importa tanto lo que las personas piensen?

Reflexioné sobre esa pregunta. ¿Por qué me importaba? ¿Porque me gustaba que las personas fueran felices? ¿Porque no me gustaba pensar que podía no gustarle a alguien?

—No lo sé. —Inhalé profundamente—. Me voy a dormir ahora que tus dientes ya no están castañeteando.

—Mis dientes no estaban castañeteando.

—Claro que lo estaban. Al parecer tienes algunos sentimientos a pesar de lo mucho que quieras negarlos.

Él no respondió nada.

—Buenas noches —le dije entonces.

—Buenas noches.

Me acerqué un poco más, porque su cuerpo aún estaba frío e intenté dormir. Mi mente no se calmaba. Pasaron cinco minutos, después diez. El minutero del reloj de pared sonaba como un tambor.

Deseaba que no me importara lo que otros pensaran de mí.

—¿Por qué no te importa?

—¿Qué?

—Lo que otros piensan de ti.

—Porque no tengo poder sobre lo que otras personas hagan… o piensen.

—Supongo que para mí es difícil aceptar que no tengo poder sobre eso. Es decir, creo que las cosas que hago pueden cambiar la opinión de las personas.

—Si algo me enseñó mi madre es que no puedes controlar a nadie más que a ti mismo.

La mención de su madre me arrancó de mis propios problemas. Pensé en esos libros sobre el carrito al otro lado de la biblioteca. Si realmente se hubiera rendido a pensar que podía ayudarla, no habría estado leyendo esos libros. Si es que él había estado leyendo esos libros. Podían ser de alguien más. La madre de Edward no era la única drogadicta de la ciudad.

—Si estás a cuidado temporal con los padres de la hierba en el sótano, ¿dónde está tu madre? ¿Recibiendo ayuda para sus adicciones para que puedas volver a vivir con ella?

Él soltó una risa entrecortada.

—Tendría que desear mejorar antes de recibir ayuda.

—¿Puede trabajar?

—Pasa de un pequeño trabajo a otro.

—¿Cuándo fue la última vez que la viste?

—Ha pasado un tiempo. —Se encogió de hombros, su brazo rozó el mío.

Estábamos tan cerca.

—Lo siento. Eso apesta.

—Podría ser peor.

—Podría ser mejor.

—Siempre podría ser mejor.

—Guau. Demasiada positividad.

—Sí, conoces mi reputación, el chico del póster del optimismo. Debe ser algo de los hijos únicos —dijo y yo sonreí.

—Lo siento —repetí, porque no sabía que más decir.

—Así es la vida.

Pero no lo era. Bueno, no era la vida de todos. Deseaba que no fuera su vida.

Giré de lado, enfrentada a él. Sabía que estaba cerca, pero no había anticipado que mi movimiento cubriría la distancia que quedaba entre los dos. Fingí que era algo voluntario y puse una mano sobre su pecho.

—Aún tengo frío —comenté, con la esperanza de que aceptara mi cercanía si era porque yo estaba sufriendo y no él. Él rechazó comida por mí, después de todo (o eso sospechaba). Me alegraba que no pudiera ver mi rostro, porque podría ver la verdad.

Él frotó mi antebrazo sin decir una palabra, como si esa simple acción fuera a darme calor.

Apoyé la cabeza sobre su hombro, preguntándome qué se había apoderado de mí. ¿Qué me había calmado tanto? ¿Cómo podía decirle a él lo que fuera que estuviera pensando? ¿Hacer lo que estuviera sintiendo? Tal vez porque él era el único cerca, pensé con una sonrisita.

Él se movió para que su brazo estuviera debajo de mi cabeza, su mano en mi espalda. Mi corazón se aceleró. Edward no tuvo ninguna reacción a mi cercanía. Su respiración era normal y también su ritmo cardíaco; lo sabía, porque lo escuchaba al tener mi oído contra su pecho.

—¿Conoces a Mike? —le pregunté.

—¿Tu novio?

—Él no es mi novio.

—¿Aún? —agregó él con las mismas palabras que yo había usado antes.

—Cierto. ¿Lo conoces?

—Pensé que ya habíamos establecido que no conozco a nadie.

—Creí que quizá él había compartido alguna clase contigo, antes.

—¿Por qué?

—Solo preguntaba.

—¿Solo te recordabas a ti misma que tienes novio? —Hizo una pausa, después se rio—. ¿O me lo estabas recordando a mí? Tú fuiste la que se ha acercado.

—No. —Mis mejillas se encendieron—. Yo no estaba… no. Solo me preguntaba qué pensabas de él.

—¿De Mike? ¿Por qué te importa qué pienso de él?

—No lo sé. No importa.

Se hizo silencio por varios minutos y creí que, tal vez, estaba quedándose dormido, pero entonces respondió.

—Newton parece agradable. Estuvo en mi clase de Inglés el año pasado. Nunca me pareció un idiota.

—Él es agradable. —La idea me hizo sonreír y cerré los ojos. Después de un momento de silencio, la respiración de Edward se volvió regular, elevaba mi cabeza con cada inhalación. Sentí que estaba a punto de dormirme, cuando vi su brazo izquierdo y su muñeca. 14 7 14.

—¿Qué significa tu tatuaje? —susurré. Si él ya estaba durmiendo, si no me había escuchado, lo dejaría pasar. Y pensé que no me había escuchado.

—Día de la Independencia —dijo entonces.

Me sorprendió que respondiera siquiera. Me pregunté si estaría medio dormido, con la guardia baja, no del todo consciente.

—Creo que te has pasado unos cuantos días de eso.

—Mi día de la independencia. El día en que dejé de interesarme, de preocuparme, de todo. El día en que probé la libertad por primera vez.

Lo hizo sonar como un buen día, pero lo que describió me hizo sentir triste.

Sonaba como el día en que se dio cuenta de que estaba solo en el mundo.

¿Cómo podía ser un buen día? Pero sabía que él no quería mi lástima, así que no se la ofrecí.

—¿Pasó algo ese día que hizo que te dieras cuenta de eso?

—Sí. —Fue todo lo que dijo.

—Libertad, ¿eh? ¿Así que cuando tengas dieciocho y te hayas graduado quieres largarte de aquí?

—Sí.

—¿A dónde quieres ir?

—Adonde sea. Saber que puedo irme cuando quiera, que nada me retiene aquí, es lo único que me mantiene cuerdo. Es por eso que un hogar me mataría.

El silencio nos rodeó. Él finalmente había dejado de temblar. Pensé en alejarme ya que él había entrado en calor, pero no pude.

—No le diré a nadie que estuviste aquí.

—Gracias —susurró él.

Sonreí. Así que sí conocía esa palabra.