Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, y la historia a Kasie West .

El peso del brazo de Edward enlazado a mi cintura me mantuvo quieta en mi sitio a la mañana siguiente. No quería moverme y despertarlo. Yo estaba sobre mi lado derecho, mirando hacia el otro lado. Él estaba detrás de mí, su respiración calentaba mi nuca. Intenté controlar el cosquilleo que estaba comenzando a recorrer mis brazos.

Fue la primera mañana que desperté antes que él. Era nuestro último día entero en aquel lugar. En unas veinticuatro horas, alguien abriría esas puertas y seríamos libres.

Edward se estiró a mi lado y yo volví a cerrar los ojos para que no pareciera que había estado despierta todo ese tiempo, disfrutando de su brazo a mi alrededor. Al principio, su brazo se ajustó en mi cintura, respiró profundo y después, como si se hubiera dado cuenta de lo que estaba haciendo, maldijo en voz baja y se alejó. El aire frío penetró mi piel, un despertador para más de uno de mis sentidos. No podía involucrarme de ninguna manera con el chico que acababa de decirme la noche anterior que no se comprometía con nada.

Tenía un tatuaje en su muñeca que lo marcaba como un solitario. ¿Qué me hacía pensar que yo sería diferente a todos los demás? No lo era. Solo estábamos tratando de pasarlo lo mejor posible en una situación que habíamos estado forzados a atravesar juntos. Todo eso era temporal. Cuando estuviéramos fuera, todo volvería a la normalidad.

Me estiré y me senté. Mi estómago rugió con fuerza. Puse una mano sobre él y me reí.

Él sonrió, algo que había estado haciendo con más facilidad que antes, sacó su última barrita de proteínas de su mochila y me la arrojó.

—¿Qué es lo primero que comerás cuando salgamos de aquí? —le pregunté.

—Donuts.

—¿En plural?

—Al menos cinco.

—Yo echo de menos lo salado, no lo dulce. Así que tal vez una hamburguesa con patatas fritas.

—Eso también suena bien.

—Todo suena bien —afirmé, cogí la mitad de la barrita y le entregué la otra mitad—. Bueno, excepto esto.

—Definitivamente no son donuts. —Él se comió la mitad de un bocado y habló con la boca llena.

—Aaah, una hamburguesa, patatas fritas y un batido, eso cubriría ambas necesidades.

Él asintió.

—Hay una hamburguesería a dos calles de aquí. Deberíamos caminar directos hacia allí cuando los bibliotecarios abran las puertas.

Él hizo una bola con el envoltorio y la giró entre sus manos.

—Podemos juntar todas nuestras cosas, bueno, tus cosas, esperar detrás de ese pilar en el aparcamiento y, en cuanto ellos pasen, salimos a escondidas.

Él inclinó la cabeza hacia mí.

—¿Qué?

—¿Saldrás de aquí a escondidas cuando alguien aparezca al fin?

—¿Qué más voy a hacer? ¿Sentarme aquí y esperar a que me encuentren? Después tendría que explicarles todo. Llamarían a mis padres. Tendría que esperar a que lleguen y explicarles todo otra vez. Eso me fastidiaría para siempre. Me muero de hambre.

—La comida es definitivamente la prioridad principal —Él rio. Un sonido al que aún no estaba acostumbrada.

—Más que principal —dije—. ¡Ah! ¿Alguna vez comiste un cronut?

—¿Cronut? No.

—Es un cruasán combinado con un donut. Son lo mejor del mundo. Te compraré uno de esos cuando salgamos de aquí. Oh, no…

—¿Qué?

—No tenemos dinero. ¿Cómo vamos a comprar algo sin dinero? —Pensé por un momento—. Tengo dinero en casa. Está a solo unos cinco minutos de aquí. Podemos hacer una caminata hasta mi casa, buscar dinero y después iremos a comer.

—¿Una caminata?

—O podemos tomar prestado el teléfono en la gasolinera y hacer que Angela nos recoja. Eso haremos. O podemos mendigar. Sostener un cartel en una esquina. Eso también es buena idea.

—Suena como un plan —comentó él.

—Se nos ocurrirá algo. —Me levanté y me estiré—. Estaremos comiendo lo más temprano posible mañana. —Y después vería qué precio tendría que pagar por ese fin de semana. Crucé los dedos pidiendo que mis padres creyeran que nos habíamos quedado atrapados por la nieve y no había forma de contactar con ellos. Si siquiera por un segundo se habían preocupado, tendría mucho que explicar y quería hacerlo con el estómago lleno.

Esa idea me bajó el ánimo varios niveles.

—Voy a buscar algo de comer. —Esperé que dijera algo como que no necesitaba saber todos mis movimientos, pero no lo hizo. Tal vez ya se estaba acostumbrando a tener a otra persona alrededor.

Bebí un largo trago de agua y después fui al baño a lavarme los dientes. Mi cabello era un desastre, mi rostro ya estaba completamente sin maquillaje y, con seguridad, tenía una espinilla formándose en mi mentón. Pero no me importaba para nada. Estaba relajada con Edward. Él se había convertido en mi amigo. Por mucho que él no quisiera, ya era uno para mí. Su pantalla de chico duro ya no funcionaría conmigo.

Regresé al salón principal y lo encontré vacío. ¿A dónde había ido? Yo podía estar acostumbrada a darle detalles, pero obviamente él a mí todavía no. Tal vez estaba en el baño.

Su libro yacía abandonado en la silla; Hamlet. Lo levanté, lo abrí en la página en la que lo había dejado y leí algunas líneas. Nunca había leído Hamlet. Cuando estaba a punto de cerrarlo, vi lo que había estado usando como señalador. Un sobre, con dirección, sello, listo para enviarlo. Pero era obvio que llevaba un tiempo así, tenía las puntas dobladas y un doblez por la mitad. Leí a quién se suponía que fuera, Elizabeth Masen. ¿Su madre? ¿Una tía, quizá? ¿A quién temía contactar Edward?

Cerré el libro y lo devolvió a la silla, después fui al mostrador de salida.

¿Por qué los bibliotecarios no tenían una provisión secreta de comida?

Comencé a revisar los cajones detrás del mostrador y encontré una gran bolsa de los juguetes que debían usar para llenar la canasta de Mamá Oca. Levanté la bolsa sellada e intenté verla de todos los ángulos; quizá hubiera dulces allí.

Coloqué la bolsa entera debajo de mi brazo y fui arriba.

En la sala de descanso puse una película, abrí la bolsa plástica y comencé a revisarla.

Edward llegó una hora y media más tarde y yo estaba recostada en el sofá con su saco de dormir estirado encima. Él colocó su Frisbee en el lanzador y disparó. Golpeó el lado de mi cabeza, porque fui demasiado perezosa como para liberar mis brazos y detenerlo.

—Ay —dije riendo.

—Lo siento, estaba apuntando a tu hombro.

—Entonces tu puntería no es nada buena.

Se detuvo junto al reposabrazos del sofá, cerca de mis pies y esperó a que yo le hiciera un hueco.

—Pero estoy cómoda —bromeé y, justo cuando estaba a punto sentarme para hacerle sitio, él levantó mis pies, se sentó en el almohadón debajo de ellos y los dejó caer sobre sus piernas.

A pesar de mi anterior declaración de que seríamos amigos, me sorprendió ese gesto. No pensé que lo hubieran convencido mis planes futuros aún. Tal vez sí.

—¿Qué es todo eso? —preguntó mientras señalaba la capa de juguetes en envoltorios individuales desparramada en la mesa de café.

—Nada de dulces. Eso es lo que es. ¿Acaso los bibliotecarios no saben que a los niños les gustan los dulces?

Él sonrió.

Me acerqué a la mesa y cogí uno de los elementos que no era dulce. Era una pulsera negra hecha de hilo.

—Dame tu muñeca.

—¿Qué?

Extendí mi mano y él puso la suya sobre mi palma. Entonces amarré la pulsera en su muñeca.

—Listo. Ahora tienes un recuerdo de nuestro tiempo en la biblioteca.

—¿Esperas que use esto?

—Sí, para siempre.

Sus ojos analizaron la mesa, hasta que se detuvo en algo que extrajo de la pila. Una pulsera como la suya, pero rosa. Y extendió su mano.

—¿Rosa? De eso nada, búscame uno negro también.

Él no se movió, su mano siguió esperando. Me quejé, pero cedí. Él hizo un nudo cuidadoso y después dirigió la atención a la película.

Yo también dirigí la atención a la película, Piratas del Caribe, con una sonrisa en mi rostro.

—¿Johnny Depp u Orlando Bloom? —le pregunté.

—Johnny —respondió él sin pedirme que aclare la pregunta.

—Sí, yo también. —Johnny siempre hace papeles excéntricos, diferentes, que me hacen sentir que, sin importar los problemas, hay lugar para todos en el mundo. La mano de Edward se movió del respaldo del sofá hasta descansar sobre mis tobillos. Y en ese momento, sentí que ese era mi lugar en el mundo.