Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, y la historia a Kasie West .

Cuando la película terminó, me senté y me estiré.

—Ahora vuelvo—anuncié.

—¿A dónde vas? —preguntó Edward cuando llegué a la puerta.

—¿De verdad quieres saberlo? —Me di la vuelta para ver una sonrisa burlona en su rostro.

—En absoluto.

Reí y salí sin decirle nada más, a pesar de que estaba segura de que realmente sentía curiosidad. Fui a la cocina y cogí la pequeña porción de tarta de la nevera, después la llevé de vuelta a la sala de descanso.

Aparté algunos de los juguetes, dejé la tarta en la mesa, me senté junto a Edward y volví a colocar la mitad del saco de dormir sobre nuestras piernas. La tarta estaba debajo de una cúpula plástica que esperaba la hubiera mantenido fresca durante el tiempo que había estado allí. Edward había encontrado un nuevo canal en la televisión y estaba concentrado en él.

—¿Qué estamos viendo ahora?

—Algún documental sobre Martin Luther King Jr.

—Ah, cierto. Es el día de Martin Luther King. Casi lo olvido.

—Que es por lo que la biblioteca está cerrada.

—Cierto. Perderemos parte del instituto mañana —afirmé.

—Trágico.

Yo faltaba bastantes días al instituto por la ansiedad, pero esto era diferente.

—Tú faltas mucho al instituto. ¿Por qué?

—Siempre tengo una razón —respondió.

—Eso ha sido vago y críptico. Te gustan esa clase de respuestas, ¿a que sí?

Él golpeó mi rodilla con la suya debajo del saco de dormir y no sabía con seguridad si ha sido a propósito o por accidente. Probablemente pensaba que era una buena respuesta a mi pregunta. Él señaló la tarta con la cabeza.

—¿Has traído eso como tortura o planeabas comerlo?

—¿Quieres tarta, Edward?

—Sí.

Me reí, me estiré y traté de sacar la cubierta de la tarta. Era casi imposible.

Edward no se movió para ayudarme y sentí cómo se burlaba de mí en silencio.

—Me comeré toda esa porción cuando logre sacarle la cubierta.

—Pero entonces tendrás una jaqueca de culpa.

Finalmente logré liberar la tarta, me llené un dedo de cobertura y la desparramé por toda su mejilla. Él intentó mirarme con seriedad, pero se disolvió en una sonrisa.

—¿De verdad? —Se dejó la cobertura allí, mientras yo cortaba la tarta en dos y comía mi parte. Era tan dulce que me dolieron las mejillas. Él también comió su parte, con la cobertura aún en la mejilla.

—¿Vas a limpiarte eso? —le pregunté.

—No.

Había una pila de servilletas sobre la mesa y le acerqué una.

—Pero así ya no te molestaría.

—¿Crees que ya me conoces muy bien, eh? Bueno, no es así. No me molesta para nada.

Él volvió a concentrarse en el televisor, haciendo como si ni siquiera sintiera la cobertura.

Suspiré y se la limpié yo misma. Nuestras miradas se encontraron mientras lo hacía, mi mano en su rostro, nuestros cuerpos cerca y mi corazón pareció detenerse.

Volví a sentarme, arrojé la servilleta sobre la mesa y me metí debajo del saco de dormir antes de hacer algo estúpido.

—Bueno, tú eres casi imposible de conocer, pero ya sabes eso. Lo haces a propósito.

—Hago pocas cosas a propósito.

—Eso me parece difícil de creer.

Su mano, que estaba sobre el sofá entre los dos, debajo del saco de dormir, rozó la mía. Tenía una extraña necesidad de cogerla, pero la resistí. Su pierna volvió a golpear la mía, pero esta vez se quedó presionada contra mí, su presión haciendo que mi mente se perdiera.

—Pero aún con muy poca ayuda por tu parte, creo que también te conozco bastante bien ahora —afirmé.

—Ah, ¿sí?

El volumen del televisor subió, a pesar de que ninguno de los dos había tocado el control remoto. Habían comenzado las noticias y tenían más volumen que el programa anterior.

—Encabezando las noticias del día, tenemos novedades sobre la historia que les presentamos anoche sobre el condado de Utah. Una persona desaparecida, presumiblemente fallecida, otra herida, después de que el coche que estaba conduciendo chocara en el Cañón Fork América y acabara en el río en la noche del viernes. Michael Newton iba camino a casa después de una fiesta con amigos. No está claro si hubo o no alcohol involucrado en el accidente. —Me ahogué al ver mi imagen en la pantalla—. Isabella Swan, alumna del último año de la secundaria en Timpanogos, no ha sido hallada. Sus pertenecías fueron encontradas en el coche de Newton después de que él fuera llevado al hospital en situación crítica. Se ha revisado el río durante los últimos días. Las autoridades temen, dadas las condiciones en las que ella podría encontrarse tras el accidente y las bajas temperaturas, que no haya sobrevivido al accidente. Los escuadrones de búsqueda han estado recorriendo el bosque que bordea el río, pero la búsqueda fue cancelada anoche cuando otra tormenta de nieve azotó la zona. Newton continúa en estado crítico en el Hospital Infantil de Salt Lake.

—Tienes que respirar. Respira profundo —decía una voz en mi oído.

Tomé una bocanada de aire. Mi corazón estaba acelerado y la sangre se acumulaba en mis oídos.

—… Si tienen información relacionada con esta búsqueda activa —continuó la mujer en la pantalla—, por favor comuníquense con el departamento de policía.

Mis padres pensaban que estaba muerta. La presión se acumuló en mi pecho, el dolor tomó el poder. Mis ojos no dejaron la pantalla del televisor a pesar de que ya habían pasado a otra historia. Estaba congelada en el sofá, incapaz de saber qué hacer a continuación. No estaba segura de recordar cómo moverme siquiera. Fue entonces cuando un fuerte timbre comenzó a sonar y hacer zumbar mis oídos. El ruido atravesaba la habitación y más y más allá, como mi despertador por las mañanas. Y, al igual que mi despertador, quería que se detuviera. Llevé las manos a mis oídos mientras me preguntaba de dónde llegaba el sonido. ¿Estaba en mi mente?

—¿Estás teniendo un ataque de ansiedad? —Escuché preguntar a una voz lejana detrás de mí—. ¿Qué haces normalmente cuando tienes uno? —Edward estaba frotando mi espalda.

Mi cerebro estaba demasiado confundido como para pensar con claridad.

Eso era peor que cualquier cosa que hubiera sentido antes. Necesitaba aire fresco. Necesitaba ver a mis padres. A mi hermano. A las personas que en ese momento pensaban que estaba muerta. Eso no estaba pasando.

—Tengo que salir de aquí —repetí una y otra vez. No podía dejar de decirlo.

—Bella. Tienes que respirar. Pon la cabeza entre las rodillas o algo.

—¿Por qué? —El mundo a mi alrededor estaba volviéndose negro.

—Bella, mírame.

Lo miré a los ojos. Eran intensos, centrados y más serios que antes.

—Vas a desmayarte si no bajas el ritmo de tu respiración.

—No. Me. Desmayo —dije entre respiraciones.

—Tal vez no ha pasado antes, pero estoy seguro de que no has tenido un ataque de ansiedad con el estómago vacío.

—Tengo que salir de aquí. —No llegaba suficiente aire a mis pulmones.

—Lo sé. Están en camino. Alguien está en camino. Espera.

Antes de que pudiera analizar el significado de esa afirmación, todo se volvió negro.