ULTRAVIOLENCE.

SPOILERS DEL CAP 291, TODAVÍA NO SALE Y YO YA LE HICE UN FIC, ESTOS ACONTECIMIENTOS ME TIENEN SDFLSFD¿


Este cuento debería comenzar con dolor,
pero todas las noches son dolorosas para él.
Y todo día que arrastra consigo el manto de sangre,
es doloroso también.

Entonces empieza así: el dolor es rojo.
Aunque los monstruos se oculten detrás de los contenedores de basura;
aunque le ofrezcan una cama caliente y un mendrugo de pan,
tiene peso, y siempre descose sus alas hasta que sangre.

Pero Keigo suspira,
frunce el ceño cuando lo comprende.
Que ha nacido de la inmundicia,
y la inmundicia lo verá irse.

El destripador es su padre,
el niño es un arsenal.
Tiene las manos de zarcillo trepador,
y su padre le entrega un hacha.

—Tienes que matar, Keigo. En este mundo injusto, solo el más fuerte sobrevive.

Keigo no lo cree, sigue sin creerlo cuando observa los cuerpos putrefactos desfilar fuera del armario. Su padre le muestra las partes del cuerpo, le muestra los nombres y le dice donde tiene que apuntar si quiere matar a alguien. Si solo quiere herirlo de gravedad, o si solo quiere herirlo lo suficiente para que no lo siga.

Pero es cuando el ave duerme,
agazapado en la ventana.
Que el susurro mudo lo persigue,
con voz de cuervo gemebundo,
le recuerda que fue él el que mató a todos.

—Papá… no quiero hacerlo —pero el matador no escuchará. Y la voz de granadas desparramadas en el suelo que Keigo tiene no hará eco en la casa: pues ya está inundada en las voces de las (sus) víctimas.

Pero no quiere hacerlo, se repite.

Se lo recuerda una vez más cuando su cabeza se estrella contra el piso.

.

.

.

Keigo es una sombra de arpía;
y encuentra en su muerte la victoria de la humanidad.
Pero su cuerpo le pide letanía,
y el enterrador no lo deja irse jamás.
Ya tiene los ojos de un asesino, después de todo.
Y su padre lo golpeará por la imprudencia,
no por desmembrar los cuerpos para comer(selos).

La rapiña crece,
entre los esternones de las vidas que arrebató.
Entre las primorosas alas bañadas,
en la sangre de sus víctimas.

—Los huesos de los niños se queman más rápido.

El matador asiente complacido. Y Keigo obtiene su primera misión: debe robarle a alguien,

lo más preciado que tenga.

.

.

.

Es el primer trabajo del niño,
si pierde será su error.
Si pierde la muerte viene por él,
y no está seguro de querer abrazarla.
Sus alas se quemarían demasiado rápido,
después de todo.

El destripador se lo dijo muy claro:
tienes que desmembrar, separar, serruchar, cortar,
roermordermasticardesmenuzar.
Lo que sea…
¡PERO HAZLO!

Y Keigo está demasiado asustado para decir que no.

—¿Qué es esto?

Le pregunta su padre, y Keigo teme de la respuesta.

Traga saliva, se para frente a él con las manos enguantadas llenas de sangre. Pero su padre solo sostiene una figura de plástico de un héroe. Está toda fea, tiene protuberancias naranjas en los ojos y el traje está mal confeccionado en la parte de atrás. Keigo lo ha visto un par de veces en la tele.

—Un… lo que… robé.

—¿Esto?

Y conforme la voz va bajando cada vez más, siente que la sangre le abandona el cuerpo.

Porque en este mundo injusto,
de atardeceres rosas y noches negras,
ningún héroe vino a salvarlo.
No la primera vez, ni la segunda.
¿Será este el castigo a su alma
por haber arrancado una vida?

¿La dicha de la naturaleza, tal vez?

La verdad es que Keigo le robó la figura a un niño en el parque, el niño no era más grande que él, y cuando Keigo le golpeó la nariz, la sangre empezó a manchar la figura, sus guantes y la camisa que usaba. Tuvo que correr mucho por las calles con gente demasiado ocupada como para prestarle atención,

a alguien que no fueran ellos mismos.

Así que Keigo llegó a casa y esperó paciente a que su padre terminara de golpear al hombre que tenía amarrado con cadenas en una esquina, que terminara de serrucharle las costillas todavía vivo, Keigo esperó hasta que el hombre dejó de gritar y se murió para mostrarle a su padre lo que había robado. Pero lo que obtuvo de su padre no fue el halago de cumplir su trabajo sino una brutal paliza por ser demasiado débil y robar algo sin valor alguno.

Y desde esa noche,
la arpía duerme,
abrazado al juguete.
Entendiendo muy tarde que lo único,
lo único que podía admirar
eran los ojos de plástico.
Y las llamas que no lo quemaban.

Pero una noche hasta el fuego imaginario se apaga.
Y el armario, con pesar, abre sus puertas intentando
que las voces no lo atrapen.

Hayashi.

Akira.

Rin.

Yuki.

Hana.

Hitoshi, Tanaka, Akashi, Ryo, AtsushiAiKIOMEGUMINARAYOSHIJOHIROHIROTOKINI.

Los nombres revolotean por la habitación, sobre la cabeza de Keigo hasta que en estampida pretenden cercenarle las alas para que no sea capaz de esconderse. Pero el niño, honestamente, no sabe cómo pedir perdón por una vida que él no eligió.

Una noche el silencio no calla.

Keigo terminó de arrancar la cabeza del cuerpo que está tendido sobre una mesa de plástico. Lo mira bien: la sangre cuajada, la saliva amarillenta, los ojos saltones por el esfuerzo. A Keigo le parece horrible, así que la lanza al fuego y ve los ojos y el pelo consumirse primero. Luego se queda observando hasta que los ojos le arden.

Este cuento no debería terminar con dolor,
pues el cuerpo solo pide descanso, ¡sangra!
Pero en cambio es su padre entrando al cuartucho,
para golpearlo con un mazo,
y luego quebrarle las alas hasta que solas se desprenden.
De esa espalda que sostiene el mundo.

Keigo por primera vez grita, horrorizado de encontrarse al borde de la muerte.

Papá,PAPÁPAPÁ POR FAVOR, PAPÁ, YA NO ME LASTIMES, SERÉ-SERÉ SERÉBUEN-

Keigo creció en una casa de muñecas,
donde el dolor era el principal ingrediente.
Vio a su padre golpear a su madre,
porque la amaba.
Hasta que un día decidió que la amaba,
tanto, que estaba mejor muerta.

Donde nadie más pudiera tenerla.

El descuartizador le susurró que lo amaba tanto como a su madre, y por eso le cortaba las alas. Para que nunca pudiera abandonarlo.

—En este mundo cruel, Keigo, solo nos tenemos a nosotros —le dijo él, mientras lo desplumaba con las manos y lo mantenía contra la madera mugrienta del piso para que no se le fuera a escapar—, es por eso que te hago esto, hijo mío, porque no sé qué haría si tú también me dejaras.

Y Keigo, espantado de la realidad, donde All Might nunca lo salvó, gritó hasta que su garganta no pudo más.

Excepto que sí llegó.

Pero no era All Might quien lo sostuvo en sus brazos como si fuera precioso.

Fue era figura de plástico mal hecha y francamente fea la que le cobijó cuando el mundo decidió darle la espalda como a la mayoría de los niños en su situación. Fue ese héroe de mirada intimidante el que decidió que él merecía seguir viviendo.

Fue Endeavor el que le dijo que todo había acabado.

.

.

.

Pero qué montón de mentiras.

—¡Endevor! Touy- —Keigo no podía oír bien de un lado, del izquierdo donde su papá lo golpeó con el mazo, pero por lo poco que entendió, es que ese héroe que tenía allí con él, acababa de perder a su hijo esa misma noche.

"¡¿Qu- cómo?!"

"A... al parecer estaba intentando soportar su quirk y…"

"¿Está..."

"Solo quedó uno de sus huesos, los huesos de los niños se incineran más rápido"

Takami dejó de oír cuando observó el cuerpo del matador en el piso, siendo esposado para que no lograra escapar, y cuyas alas eran atadas por las cuerdas que el salían de los dedos a un héroe que tenía un pantalón por camisa.

¿Sería esta la historia de su vida?

¿Logró vivir a costa de la muerte de otro?

Keigo mentiría si dijera que le importó. Mentiría si dijera que entendía el dolor en los ojos azules. Nunca fue capaz de entender que un padre podía sufrir por su hijo.

¿Sería un castigo divino por arrancar tantas vidas?

Keigo no tiene miedo de los sueños,
porque no sueña.
Y con el tiempo aprendió a temerle,
más a los muertos que a los vivos.
Sentado en soledad tiene miedo,
pues ha crecido sobre una pila de cadáveres,
que nadie más que él conoce.

—Los… héroes mienten…

Susurra Keigo esa noche, en los brazos de Endeavor, y en silencio pide perdón al niño que murió quemado en el dojo de los Todoroki. En silencio Keigo pide perdón a Touya por haberle arrebatado,

algo que fue preciado para él.

.

.

.

—¿Quién eres?

Pregunta la arpía.

Cuyas manos de zarcillo ya no pueden moverse y cuyas alas fueron incineradas hasta que de ellas no quedó ni el rastro de la sangre que las adornaba.

—Soy el niño que mataste esa noche —le cuenta el peli-negro, y Keigo siempre ha tenido problemas de oído—, el niño que tú y mi padre olvidaron esa noche. Touya Todoroki.

Y en silencio, la rapiña tiene miedo. No de Touya ni de Enji, no del fuego azul ni del fuego naranja: sino de sí mismo.

Por algo este canto es una injuria.

Un día en el campo de batalla,
la rapiña falaz caerá. No muerto,
pero preso de sus propios crímenes.
Un día las alas no volverán a nacer.
Un día Endeavor también le abandonará,
un día Touya cobrará la venganza,
por haber muerto por sus garras.

Y sus labios se moverán,
Keigo intentará pedir perdón,
en silencio, quizá por nacer.
Quizá por arrebatarle a Touya
a su padre. Pero Touya se encargará
de que la garganta se le incinere también.

Un día, Dabi hará que Endeavor caiga,
a miles de kilómetros de Keigo,
rodeado de la represalia pública,
de la que huyó por tantos años.

Un día Keigo no podrá salvar a Enji como Enji lo hizo con él. Un día Touya vivirá, no solo en la memoria.

Y vendrá Dabi el matador a asesinarlos.

Un día, Keigo gritará que no,
que no le roben,
algo que sea preciado para él…

Pero nadie lo va a escuchar.