Todos los personajes pertenecen a Sthephenie Meyer, y la historia a Kasie West.
¿Puedes escucharme? Abre los ojos.
Sentía que estaba arrastrándome para salir de un hoyo negro y realmente no quería hacer el esfuerzo. Sería más fácil quedarme en el fondo y dormir. Pero algo estaba irritando el puente de mi nariz y el contorno de mi boca y quería que se detuviera. Intenté tocar mi rostro, pero algo retuvo mi brazo.
—¿Puedes decirme tu nombre? ¿Qué día es?
Abrí los ojos y de inmediato volví a cerrarlos por el brillo, después intenté parpadear hasta que el halo desapareció. Estaba en la parte trasera de una ambulancia. Había una mujer de pie sobre mí, con el cabello recogido y una sonrisa en su rostro.
—Hola. Bienvenida de vuelta.
—Isabella.—contesté.
Tiré de la máscara de oxígeno y traté de sentarme. Ella me obligó a acostarme con cuidado desde el hombro.
—Quédate ahí hasta que lleguemos al hospital y el médico pueda revisarte.
Mi memoria estaba regresando. Lo que vi en las noticias. Me dolía el estómago. Busqué a Edward en el espacio a mi alrededor, pero todo lo que vi fueron tubos colgando de las paredes y cajas plásticas, presumiblemente llenas de elementos de primeros auxilios. Al otro lado, había un hombre sentado, pelirrojo, con un sujetapapeles. Edward debió poder escapar cuando apareció la ambulancia. Esa idea me ayudó a relajarme. No quería que él se metiera en problemas, como seguro lo estaría si la policía se involucraba.
Me quedé recostada, pero pude apartar la máscara de mi boca.
—No. Mi nombre es Bella. Es no sé qué día de enero. El día de Martin Luther King Jr. No recuerdo la fecha exacta. Estaba atrapada en la biblioteca. ¿Usted tiene un teléfono que pueda usar para llamar a mis padres?
—¿Cuál es el número? Haremos que nos encuentren en el hospital.
—Gracias.
Mi madre no lloraba normalmente, así que me sorprendió verla con lágrimas en los ojos. Me hizo llorar también. Estábamos llorando por diferentes razones. Ella lloraba porque su hija no estaba muerta. Yo, porque me sentía fatal por que ella hubiera pensado que lo estaba. Me abrazó con tanta fuerza, durante tanto tiempo, que finalmente el médico tuvo que decirle que tenía que ponerme un suero por la deshidratación.
—Mamá, estoy bien.
Ella respiró profundo y la vi retomar el control, secar sus ojos y sentarse.
—Lo sé, estarás bien. —Se dirigió al médico mientras la enfermera preparaba la aguja a mi lado—: ¿Cuándo podrá volver a casa?
En cuanto reciba el litro de solución salina y volvamos a comprobar sus signos vitales.
Mi madre asintió.
—¿Puedes quitarte eso, por favor, para que pueda ponerte la vía intravenosa?
Había olvidado que llevaba puesta la sudadera de Edward. El pensamiento me hizo mirarme los pies, en donde aún tenía sus calcetines, subidos sobre mis pantalones. Mientras mi madre permanecía de espaldas, saqué mis vaqueros y lo estiré sobre ellos. Y, en lugar de quitarme la sudadera como la enfermera me había pedido, levanté la manga. Aún tenía frío.
—¿Esto sirve?
Ella asintió mientras revisaba mi brazo izquierdo en busca de la vena perfecta. Yo miré para otro lado mientras ella levantaba la aguja y me distraje hablando con mi madre.
—¿Dónde está papá?
—En camino.
Inhalé aire entre dientes cuando la aguja entró en mi brazo. La enfermera tapó el lugar con cinta.
—¿Alguien tiene mis zapatos?
La enfermera y el médico intercambiaron una mirada que acabó en que ambos negaran con la cabeza.
—Veremos en la recepción —dijo la enfermera. Después ella y el médico nos dejaron solas.
—Probablemente sigan en la biblioteca —afirmó mi madre—. Dudo que alguien haya pensado en traer tus zapatos.
Podía imaginar exactamente dónde estaban, debajo de la silla, junto a la mochila de Edward. Tal vez él los había cogido cuando salió. Tendría que preguntarle eso en el instituto.
—¿Estás más preocupada por tus zapatos que por tu teléfono? —preguntó mi madre—. Impresionante.
—Cierto. Mi teléfono —no quería pensar en la mochila, en el maletero del coche de Mike y lo que había resultado de él. Pero sabía que tenía que hacerlo.
Ya le había explicado todo y mi madre parecía estar calmándose, era el momento de averiguar qué había ocurrido con Mike.
Pero antes de que pudiera decir algo, Emmett, mi hermano mayor, entró seguido por mi padre y me sacó la pregunta de la boca. La que era sobre Mike.
—¿Qué estás haciendo aquí? —le pregunté a Emmett —. ¿Qué hay de la universidad?
—Es día de fiesta. Afortunadamente se te creyó muerta en un día de fiesta o estaría perdiéndome el laboratorio de química por esto. —Cierto, era día de fiesta y por supuesto que mi hermano conduciría seis horas desde la Universidad de Nevada si creía que yo estaba muerta.
—No seas tan frívolo con esto. Es serio. —Mi madre le golpeó el brazo.
—Ya no es serio —dijo él y me abrazó—. Me alegra que no estés muerta.
—Sí, a mí también,
Él se aferró a mí y no me dejó ir hasta que lo aparté ente risas.
—¿Qué ocurrió? —Mi padre estaba sentado a los pies de la cama.
Tuve que explicar toda la situación otra vez. Lo único que excluí fue a Edward.
Le prometí que no le diría a nadie que él había estado allí y planeaba cumplir esa promesa.
—¿Cómo te estás sintiendo ahora, niña? —preguntó mi padre.
—Muerta de hambre. Un batido y unas patatas fritas probablemente me curen —le respondí mientras le hacía ojitos.
—Suena a que estás bien —dijo y revolvió mi cabello.
—Yo también me sentiría mejor con un batido —comentó Emmett —. Es decir, mi hermana estaba muerta esta mañana.
—¿Qué os parece esto como eslogan? —Mi padre levantó la vista, pensativo—. Batidos: curan el shock de creer a un ser querido muerto.
—Charlie, eres tan malo como los niños. —Mi madre puso los ojos en blanco.
—Vamos, Emm —dijo mi padre—. Batidos para todos. —Salieron y Emmett me levantó los pulgares por encima de su hombro.
Mi madre sujetó mi mano con tanta fuerza que mis dedos estaban poniéndose blancos. No tuve corazón para pedirle que aflojara el agarre. Me moví en la cama, las duras sábanas de hospital me provocaban comezón. El médico había dicho que podía irme una vez que toda la bolsa de solución salina colgada junto a mi cama se hubiera vaciado en mi brazo; pero supuse que eso llevaría su tiempo, ya que ni siquiera se había vaciado un cuarto.
—Mamá —dije, sin deseos de hacer la pregunta que sabía que tenía que hacer. No quería escuchar la respuesta. Quería fingir que todo estaba bien ya que estaba fuera de la biblioteca—. ¿Cómo está Mike? ¿Has escuchado algo?
—Lo último que supe es que sigue en estado crítico. No sé nada desde ayer. Estuve involucrada con el grupo de búsqueda.
—¿Grupo de búsqueda? —Necesité demasiado tiempo recordar que estaba refiriéndose a mí—. Oh. Cierto.
Sus ojos brillaron con lágrimas contenidas.
—Lo siento, mamá.
—No es tu culpa. Estoy tan feliz de que estés bien.
—Pero Mike. —Las lágrimas ahora estaban quemando en mis ojos.
—Lo siento, cariño.
—Él estará bien, ¿verdad?
Ella dio unas palmadas en mi mano, aflojándola finalmente, pero no respondió a mi pregunta.
—¿Puedo verlo? ¿Está aquí en alguna parte?
—Está en Salt Lake, en cuidados intensivos. Solo la familia puede verlo.
Asentí. Quizá podría enviarle flores o algo. Quizá podía llamar al hospital y ellos me dirían cómo estaba. Me dirían que él estaba bien. Porque él estaría bien.
Miré la bolsa transparente llena de solución salina, hasta que se abrió una rendija de la puerta y por allí apareció una taza blanca.
—Mirad quién ha venido a visitarme. Batido —comenté con una sonrisa.
Mi madre se volvió en su silla.
—Entra, Charlie, antes de que los médicos vean que estás contrabandeando aquí.
Mi padre entró, seguido por mi hermano, que tenía su propio batido.
—Contrabandearía lo que sea, donde fuese, por mi única hija.
—¿Durante cuántos días tendré a mis padres felices porque estoy viva? —Bebí un largo sorbo—. Necesito saber de cuánto tiempo dispongo para aprovecharme de vosotros.
Mi madre intentó mirarme seriamente, pero solo acabó viéndose obligada a controlar sus emociones otra vez.
Emmett puso los ojos en blanco y dijo falta mucho con los labios detrás de la espalda de mi madre.
—Bien, de acuerdo. No me aprovecharé de ti si eso hace que dejes de llorar.
—Solo estoy feliz —respondió ella.
Mi padre puso una mano sobre mi hombro.
—Lo sé —afirmé. Sabía que estaban aliviados, que sus vidas se habían arreglado. Pero para mí, parecía que la verdadera tragedia acababa de comenzar. Intenté mantener mi expresión de felicidad por ellos.
Mis familiares no fueron las únicas visitas en el hospital. Antes de que se terminara el litro de solución salina, Angela, Jessica y Lauren me visitaron también, dijeron que habían escuchado la noticia cuando se canceló la búsqueda.
—Pensé que te habías ido con Mike—murmuró Angela mientras las demás hablaban con mis padres—. Estaba segura de que lo habías hecho. Ni siquiera habíamos comenzado a encender el fuego cuando empezó a nevar con fuerza. Todos habíamos llegado y decidimos ir a la cabaña antes de necesitar cadenas para los coches. Mike fue el primero en irse.
—¿Por qué pensaste que me iría sin decírtelo?
—No lo sé. Fue una locura. Jess estaba gritando porque estaba mojada. Todos estaban riéndose. Yo te había estado presionando para que hablaras con Mike en la hoguera. Pensé que te habías ido con él. ¿Y sabes qué pensé para mí misma? Pensé «Adelante, Bells», estaba orgullosa de ti. Y después escuché las noticias y quedé devastada. Era mi culpa que estuvieras con él.
—No estaba con él.
—Lo sé, pero pensé que así era y que era mi culpa. Lo siento.
—Angie, espera. —Negué con la cabeza—. Aunque hubiera estado con él, no habría sido tu culpa. Fue un accidente. —Respiré profundo—. Gracias a Dios nadie estaba con él.
—Lo sé. Solo las chicas habían subido a su coche de camino al campamento y todas seguirían su camino hacia la cabaña.
—Pero Mike…
—Lo sé. Créeme, lo sé.
—¿Lo has visto?
—Está en cuidados intensivos. Sin visitas.
Suspiré. No podía ponerme nerviosa por él hasta que supiera algo. La cara de Angela reflejaba cómo me sentía; marcada por la preocupación. Mi cara debía estar igual, porque se deslizó a mi lado y envolvió mi cintura con sus brazos.
—Estoy muy aliviada de que estés bien —dijo.
—Nunca he estado en peligro. Estaba bien.
—Siento haberte dejado en la biblioteca. —Descansó su cabeza sobre mi hombro—. Soy una tonta.
—No, por favor, no te preocupes por eso. —Negué con la cabeza—. Fue culpa mía haber bebido casi la mitad de la botella de dos litros de refresco.
—¿De quién es esto? —preguntó mientras tiraba de la manga de mi sudadera.
Recordé lo fácil que era para Edward leer las mentiras en mi rostro y traté de calmarme al responder.
—La encontré en la biblioteca. Hacía demasiado frío allí. —Ella la olisqueó.
—Huele bien. Como…
Edward. Olía a Edward.
—A hombre —dijo con una risa—. Huele como a un chico. Un chico con una buena colonia.
—Pensé lo mismo cuando me la puse.
—¿Estabas aterrada allí? —Ella se sentó.
—No fue tan malo. —Retorcí la pulsera rosa que aún tenía en mi muñeca.
—Tendrás que contármelo todo cuando salgas de aquí.
—Lo haré. —Y lo haría. Le contaría todo en un par de semanas, cuando todo esto se desvaneciera y todos terminaran de hacer preguntas. Cuando Mike estuviera fuera de cuidados intensivos y bien. Cuando hubiera pasado el tiempo suficiente para que Edward viera que no iba a meterse en problemas por esto. Entonces se lo contaría.
Y estamos de regreso!! Primero que nada una disculpa por dejar de actualizar tanto tiempo, nunca me ha gustado encontrar por ahí fics sin terminar y pienso que deben sentir lo mismo. También desde que empecé esta ADAPTACIÓN me prometí a mi misma que terminaría, una sincera disculpa por el retraso y lo compensare subiendo más capítulos esta semana! Espero que disfruten el capítulo, capaz y más tarde subo otro... Hasta luego ;)
