"Este fic participa en el reto multifandom del foro Alas Negras, Palabras Negras."

Disclaimer: Yuri! on ice no me pertenece y no lucro con este fic, solo es entretenimiento

Prompt: Lluvia, pesimismo.


Las primeras gotas pasaron desapercibidas, pero cuando el cemento se llenó de pintitas oscuras fue difícil seguir ignorándolas.

¿Por qué, siendo solo una llovizna, Víctor sentía que había un aguacero cayendo sobre su cabeza?

Maccachin alzó la cabeza hacia el cielo encapotado, sacudió las orejas y no le dio más importancia, solo se incorporó para que su dueño le rascara detrás de las orejas. No había motivo para apurarse, solo eran unas indefensas gotitas, pequeñas y menudas, que dejaban puntos oscuros en su pelaje y el abrigo de Víctor. La llovizna los había atrapado en la banca, una banca gris en medio de una calle aún más gris. Se había acostumbrado a pensar en ella como su banca aunque al irse quedaba a la merced de cualquier persona. Cuando no estaba en el hielo y se aburría, él le ponía su correa a Maccachin y salían a caminar, sin importar que camino tomaran, de alguna manera siempre terminaban sentados en su banca.

En los veranos asistían con más frecuencia para ver las noches blancas. Había más personas en las calles pero mientras la ciudad siguiera activa Maccachin seguiría de pie, arrastrando a Víctor donde se le antojara y él se veía incapaz de negarle algo. Aunque siempre se marchaban antes de que comenzaran los fuegos artificiales y el alboroto de las personas, así Maccachin no soltaba esos quejidos lastimeros que le partían el corazón y Víctor podía evitar que las personas lo detuvieran cada siete segundos para fotos o autógrafos. Escapaban hasta la parte menos abarrotada de la ciudad y disfrutaban en silencio de un morozhenoe, viendo a los barcos pasar por los puentes.

Al llover el frío aumentaba en gran medida, casi comparado cuando llegaba el invierno y cubría la ciudad de un blanco manto de hielo. Sería bonito, si luego las calles no quedaran tan embarradas que era imposible caminar. Maccachin solía correr entre el barro y quedar con el pelaje espeso y húmedo, ladraba alegremente antes de volver a enterrarse por completo como si aún fuera un cachorro. Víctor le tomaba centenares de fotos sin importar si se repetían y no le importaba que después tendría que desembarrar su pelaje y limpiarlo hasta que volviera a estar mullido y rizado, Yakov se echaba a gritar cuando Maccachin se lanzaba hacia él ladrando para llenarle la cara de besos y estropearle el anticuado abrigo. Viendo que Víctor no hacía nada para corregir a su perro se aseguró de mantenerse alejado de ellos por esas épocas.

Recuerdos bonitos, recuerdos vacíos. Parecía que todo eso había ocurrido hace una vida entera, como si la lluvia se los hubiera llevado arrastrando.

Víctor se puso de pie antes que la lluvia empeorara, Maccachin ladró y los dos se dirigieron de vuelta a casa. Hacia tanto frío que para quien no estaba acostumbrado dolía respirar. Le daba igual, su vida había estado fría desde hacía tanto tiempo: por el hielo, la soledad, las frías medallas de oro, las sonrisas deslumbrantes que se veía obligado a dar al público que transmitían una calidez glacial. Sonreía como un autómata, sin emociones, solo por cortesía. Sus sonrisas verdaderas solo le pertenecían a Maccachin y al hielo… pero al hielo que había conocido cuando era joven, el que le había enseñado que se sentía la libertad antes de volverse su prisión. Amaba el hielo y era una de las pocas razones por las que seguía patinando, pero el público siempre pedía más, con la misma facilidad con la que ahora adoraban al Víctor que estaba en el hielo igual podían desecharlo cuando ya no los satisficiera, olvidarlo, abandonarlo…

Bastaron unos ladridos para que regresara a la realidad. Maccachin lo observó con reproche y gimoteó tirando de la correa. Inclemente, la llovizna aumentó su fuerza. Acelerando el paso Víctor deseó tener un paraguas, otra vez se había plantado en medio de la vereda gris, una parte insignificante de una enorme ciudad gris bajo un cielo aún más gris. Tal vez fuera algo contagioso, sin los trajes con piedras preciosas y sin medallas de oro en el cuello, solo con un abrigo oscuro, la plata de su cabello perdía luz hasta volverse gris. Como si la lluvia lavara el color del mundo, su mundo. Últimamente, hasta el pelaje marrón de Maccachin parecía gris.

¿Eso sería normal?

Antes patinar podía haber sido la respuesta. Perderse entre sus pensamientos, el frío que irradiaba la pista, el sonido de las cuchillas y las esquirlas del hielo que desprendía con cada paso. Antes patinar parecía ser la respuesta para cada cosa, o la forma de evitar algo desagradable, molesto.

Víctor se hubiera reído: ya sabía la desagradable verdad. Estaba cayendo y ni siquiera Yakov podría ayudarlo, ya había pasado ese punto. Le había advertido que se concentrara en la realidad, porque esa falta de propósito pronto terminaría por consumirlo. Y no, cuidar a Maccachin no era un propósito válido.

Mira a tu alrededor, Vitya. El hielo siempre se derretirá y tú con él.

Le había advertido de tantas cosas, solo había escapado como si voltear la cara ante lo inminente lo desapareciera.

Ni siquiera se dio cuenta cuando habían llegado a casa, las llaves se le cayeron tres veces antes de que pudieran entrar. Algunas gotas seguían sobre los espesos rizos de Maccachin, quien se sacudió sin ninguna consideración. Con la lengua afuera trotó hacia algún lugar en el interior del departamento. Se detuvo cuando vio como Víctor permaneció quieto en el umbral.

En unos días debería volver a pelear por otra medalla de frío oro, una vez que se uniera a sus otras medallas perdería su brillo, no se perdería la emoción: no podía perderse algo que no existía. ¿Qué importaba? La lluvia no se llevaba sus problemas, solo la felicidad y se acumulaba para ahogarlo.

Maccachin corrió a su lado gimoteando, Víctor acarició su cabeza luchando contra el picor en los ojos.

¿De qué servía otra medalla si no podía llenar el vacío que quedaba en su vida? Patinar lo había salvado hace tanto tiempo, le había dado todo y más. ¿A cambio de qué? Solo por otra medalla dorada, y otra y otra. No caía ninguna lágrima. Seguía haciéndolo porque no había otra cosa que hacer, igual que una máquina: solo por deber, sin significado. Tampoco podía darse el lujo de perder, solo lograría decepcionar a todos. Estaba atrapado, nadie podría escucharlo. Igual que el clima; todo rodeado de nubarrones, incertidumbre y esperanzas olvidadas, ahogadas en el sonido de la lluvia.

Dentro del departamento no podía sentir las gotas que caían en las calles, pero no importaba: seguía lloviendo en su interior.


Morozhenoe: Un tipo de helado ruso que es muy solicitado durante esas fechas.

Bueno, quería escribir sobre Yuuri, pero de alguna manera termine escribiendo de Víctor. Me cae bien, por así decirlo, es divertido, pero prefiero a Yuuri. Y ese(a) Maccachin es un amor.

Muchas gracias por leer.