Todos los personajes pertenecen a Sthephenie Meyer, y la historia a Kasie West.
—Estas flores parecen demasiado animadas, demasiado coloridas —comenté, incapaz de salir del coche, a pesar de que Angela había apagado el motor hacía dos minutos y el coche se estaba enfriándose lentamente.
—Creo que esa es la intención. No vamos a un funeral, Bella.
—Lo sé —asentí. Las palmas de mis manos estaban sudando. Respiré profundamente unas cuantas veces. Él estaba bien. Mike estaba bien. Abrí la puerta y la empujé—. Vamos.
La mujer en el mostrador de información nos señaló el camino a la unidad de cuidados intensivos y nos advirtió que eso era lo más lejos que llegaríamos si no éramos familiares. Era suficiente para mí.
Angela cogió mi mano mientras dábamos la vuelta a la esquina.
Reconocí a los padres de Mike de inmediato por la fiesta del verano anterior; ambos eran altos y atractivos, como su hijo. Estaban sentados en una esquina de la habitación, con algunas otras personas que no reconocí a su alrededor.
Parecía que sus cuerpos y las sillas en las que estaban sentados se hubieran convertido en uno, como si hubieran estado allí sentados durante años. Había un televisor en una esquina, pero nadie lo estaba mirando. Se formó otro nudo en mi pecho.
—No deberíamos estar aquí. Me siento como si los invadiera —susurré—.¿Crees que están molestos conmigo porque yo estoy bien y él…?
—No has hecho nada malo. —Angela tiró de mi brazo para forzarme a verla—. Creo que estarán felices de que te intereses por Mike y de que estés aquí para ver cómo está. Estás rompiendo con la monotonía de su día.
—Tienes razón.
—Por supuesto que tengo razón. —Avanzó, llevándome con ella.
La madre de Mike apenas miró a Angela antes de encontrar mi mirada. El tallo de una de las margaritas en mi mano se rompió. Aflojé la presión.
Ella se levantó y se llevó las manos a la boca. El padre de Mike la miró y siguió su mirada hacia mí. Nos ofreció una sonrisa dudosa. Y después la madre de Mike comenzó a esquivar personas y sillas hasta quedar frente a mí.
Me sentí a segundos de desmayarme, a pesar de que solo me había desmayado una vez.
Extendí las flores sin convicción, sin poder hablar. Angela me salvó.
—Señora Newton, sentimos lo que ha pasado con Mike y solo queríamos decirle que estamos pensando en él.
A pesar de que Angela fue la que habló, los ojos azules de la madre de Mike no se apartaron de los míos y se rasgaron con una sonrisa.
—Bella —dijo.
—Sí, hola. —Así que sí me recordaba.
—Bella. —Repitió y me tomó de los hombros, con las flores aún en mis manos entre las dos.
Esto estaba empezando a ser extraño. Asentí.
—Estoy tan feliz de que estés aquí. Mike habla mucho de ti.
—¿Sí? —Siempre había tenido la esperanza de que hablara de mí con alguien. Nunca imaginé que fuera su madre.
Me aferró en un abrazo y su barbilla se enterró en mi frente. Las flores, que apenas había destruido antes, ya estaban aplastadas. Cuando me soltó, aún sin reconocer la presencia de Angela, comenzó a llevarme hacia el grupo de personas en la habitación. La seguí impotente y miré a Angela con expresión de por favor, no me abandones. Ella lo comprendió y se quedó cerca de mí.
—Jason —dijo la señora Newton cuando llegamos junto a su esposo—. Ella es Bella
—Sí. —Una sonrisa apenas visible apareció en su rostro—. Te recuerdo de una fiesta en nuestra casa, es bueno verte.
Extendí las flores aplastadas, con esperanza de que alguien las cogiera. Él lo hizo.
—Gracias.
—Bella quiere ver a Mike —afirmó la señora en voz alta.
—Ah, no. Está bien, sé que solo puede pasar la familia. Solo quería saber cómo estaba.
—Sí, solo la familia, prima Bella —dijo y me guiñó un ojo.
—¿Qué? —No sé por qué lo he dicho. Comprendí lo que implicaba de inmediato. Solo estaba sorprendida. ¿Por qué querría que yo viera a Mike?
Mi pregunta fue respondida minutos más tarde, después de que Angela me diera un abrazo, de que el señor Newton estuviera de acuerdo con la mentira—sus cejas solo se elevaron ligeramente por la sorpresa—, después de que le fuese a la enfermera con la historia de ser la prima, a pesar de mis manos sudorosas. La señora Newton enlazó su brazo con el mío con complicidad mientras seguíamos a la enfermera por el corredor.
—Los primeros días son muy importantes para Mike—murmuró—. Lo han puesto en un coma inducido hasta que se reduzca la hinchazón en su cerebro. Quizá su novia sea la medicina que necesita.
—No… es decir, no somos… nosotros nunca… no estamos juntos.
—Lo sé, pero era solo cuestión de tiempo, ¿cierto?
Tragué saliva. Sí, solo era cuestión de tiempo. Él me gustaba. Así que podía olvidarme de la presión que estaba sintiendo para ser lo que su madre quería que fuera; alguna clase de sanadora milagrosa. Podía intentar olvidar los nervios que siempre sentía al ver a alguien enfermo y desamparado. En ese momento él me necesitaba. Nos detuvimos frente a una puerta y la enfermera la abrió. Su madre me sonrió y las dos entramos.
La habitación estaba en silencio, a excepción de un pitido proveniente de la máquina junto a la cama de Mike que sonaba a un ritmo regular. Pero incluso eso sonaba distante mientras lo miraba. Había un largo corte en su frente, suturado y cubierto por lo que parecía yodo. Tenía sensores de control del corazón en el pecho y un tubo saliendo de su boca. Sus ojos estaban hinchados y tenía algunos rasguños en sus brazos. Intenté no dejar que el ardor en mis ojos se convirtiera en lágrimas.
—Ve a sentarte junto a él. Déjalo escuchar tu voz —dijo su madre.
Esa mujer había visto demasiadas películas.
—No podemos quedarnos mucho tiempo —continuó—. Quieren dejar que su mente descanse y demasiado alboroto en la habitación parece aumentar su ritmo cardíaco. Pero puedes quedarte algunos minutos.
Algunos minutos alcanzaban. Mi ritmo cardíaco ya estaba lo suficientemente acelerado por los dos.
—No tengas miedo de tocarlo —dijo y me guio hacia su brazo, que estaba a mi lado.
Me senté y observé su brazo, sin seguridad de querer hacerlo. Pero ella estaba a mi lado, llena de esperanza. Así que me acerqué y coloqué mi mano en un espacio libre de su piel, entre un rasguño y la sonda. En verdad quería que Mike supiera que sus amigos estaban ahí y pensando en él.
—Oye, Mike. Soy Bella. —Me sentí intimidada al hablarle con público.
Su madre debe haberlo sentido, porque dijo: «Te daremos unos minutos».
Después le dijo a la enfermera que tenía unas preguntas y ambas salieron al corredor.
Esperé a que se cerrara la puerta y después aclaré mi garganta.
«Hola. He venido a verte». No estaba segura de qué decir, pero continué de todas formas. «No estás muy mal. Solo un poco peor que la vez que pasaste por el lavado de coches sin tu coche». Me reí al recordar ese día. Habíamos visto un campo cubierto de lodo de camino a casa para almorzar. Angela dijo algo acerca de que era una pena que no estuviéramos en su cuatro por cuatro.
Mike tenía ese brillo pícaro en sus ojos y dijo: «¿Quién necesita un cuatro por cuatro?». Y procedió a conducir en círculos por el lodo. Solo que se le olvidó subir su ventanilla. No solo el coche quedó cubierto de lodo, sino que él también. Y fue entonces que tuvo la idea de caminar por el lavado de coches de la gasolinera antes de regresar al instituto. Las cerdas de los cepillos dejaron algunas marcas en su rostro y cuando se liberó de ellos parecía una rata ahogada.
«¿Recuerdas eso, Mike? ¿El lavado de coches? Una de tus tan brillantes ideas que resultó no ser tan brillante como pensaste que sería. Tienes que despertar y hacerme reír. Tuve un fin de semana terrible. Seguro que no tan terrible como el tuyo, pero aun así». Apreté su brazo, luego dejé caer la mano sobre mis piernas. «Estarás bien. Angie también está aquí. Ella vino a verte. Pero ella no es tu prima como yo, así que…», suspiré. «No es tan divertido hacer chistes cuando no puedes oírlos». Fue bonito verlo, escuchar los pitidos de su respiración en la máquina, ver subir y bajar su pecho, a pesar de saber que era una máquina la que hacía que eso sucediera. Él estaba vivo y estaba agradecida por ello.
Cuando regresamos a la sala de espera, Angela enlazó su brazo con el mío y ya no lo soltó. La madre de Mike me abrazó y susurró:
—Vuelve pronto, por favor.
—No quiero ocupar el tiempo familiar —respondí.
—No, por favor. —Cogió mis hombros con demasiada intensidad—. Dame tu número de teléfono para poder mantenerte al día.
—Volveré en cuanto pueda —afirmé después de que intercambiásemos números.
Angela me alejó y nos mantuvimos en silencio mientras caminábamos hacia el coche. Cuando al fin estuvimos dentro del coche, con las puertas cerradas y el motor encendido, ella habló.
—¿Cómo está?
—No lo sé. Bien, supongo. Es decir, está en cuidados intensivos, así que estoy segura de que hay muchas cuestiones internas, pero parecía como si pudiera levantarse y salir caminando si quisiera.
—¿Tú estás bien?
Estaba preguntándome lo mismo, esperando que las lágrimas que estaba conteniendo finalmente cayeran. Las seguí conteniendo a pesar de que me dolían la garganta y el pecho.
—Eso creo.
Angela asintió y miró hacia atrás por encima de su hombro para salir del aparcamiento. Cuando estuvimos en la calle, camino a casa, volvió a hablar.
—Fue extraño que su madre te hiciera entrar. Como si tuvieras alguna clase de poder sanador.
—Lo sé. Realmente extraño.
—¿Cuándo volverás a visitarle?
—No lo sé. Esta semana en algún momento. Tengo que estar ahí por él… y tal vez por su madre también. —Suspiré—. Me siento culpable.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Por la misma razón que tú te sentiste culpable cuando pensaste que yo estaba en el coche con él.
—Que él estuviera allí no es tu culpa.
—Si no fuera por mí, él no habría estado en el cañón ese día. —Subí mis pies al salpicadero y me abracé las rodillas contra el pecho—. Me siento culpable de que él pueda haber chocado pensando que yo no quería verlo en la hoguera. Que me había ido a casa.
—Bella, te quedaste atrapada en una biblioteca. No fue tu culpa.
—Tal vez no, pero puedo estar ahí para él ahora.
—Tal vez realmente puedas ayudarlo. —Angela sonrió—. Su madre actuó como si fueras el amor de su vida. —Acarició mi hombro—. Debe haber hablado mucho sobre ti.
—Cierra la boca. —Mis mejillas se sonrojaron y escondí el rostro entre las rodillas.
—Te encanta. —Rio—. Bellla y Mike. Sí, pasará.
Una imagen apareció en mi mente, no una de un Mike recuperado y caminando fuera de ese hospital conmigo, sino una de los ojos de Edward, mirándome desde el otro lado de la biblioteca. Intenté deshacerme de ella.
—Sí, sí, pasará. —Pasaría. Era lo que siempre había querido.
y Continuamos ...
