Todos los personajes pertenecen a Sthephenie Meyer, y la historia a Kasie West.

Si tan solo pudiera hablar con Edward y asegurarme de que estaba bien, tal vez mi mente habría dejado de pensar en él cuando no se suponía que debiera hacerlo. Además, ya éramos amigos y estaba preocupada por él.

Quería que él se sentara con nosotros durante el almuerzo, que se juntara con mis amigos, que no estuviera solo. No estaba segura de que fuera a llevarse bien con mis amigos, pero valía la pena intentarlo.

Pero no podía encontrarlo por ninguna parte en el instituto. Era como si tuviera el superpoder de desaparecer de la faz de la Tierra cuando quisiera.

En el almuerzo, escaneé la cafetería mientras me sentaba con mis amigos.

No es que hubiera visto a Edward allí antes, pero valía la pena echar un vistazo.

Él no era precisamente predecible.

—¿Qué otras comidas te recuerdan a los no muertos? —preguntó Tyler.

Estaba haciendo una lista para planear la fiesta.

—Esto parece un poco no muerto —comentó Angela sosteniendo un bastón de zanahoria—. Como dedos o algo.

—Me refiero a buena comida —dijo Tyler.

—Escuché a unas chicas hablando de esta fiesta en la clase de Literatura.—Jess le arrancó el bastón de zanahoria a Angela y le dio un bocado—. ¿A cuántas personas invitaste?

—A cuántas personas no invité es la pregunta.

La idea de estar rodeada por una mayoría de extraños en una casa con música a todo volumen hizo que mi interior se tensara.

—Tyler. No quiero una fiesta.

—Bueno, eso está muy bien, pero ya está decidido. Necesito tu aporte de comida ahora.

—Esto parece demasiado esfuerzo —comentó Ben—. ¿No podemos simplemente llevar lo que sea y decir que es bueno?

—Sí, ese plan me gusta más —afirmó Tyler mientras señalaba a Ben.

—¿Tus padres están de acuerdo con esto? —preguntó Angela con los ojos en blanco.

—Sí, les dije que lo hacía para celebrar el regreso de Bella y les pareció bien.

—No me uses de excusa para dar una fiesta —protesté.

—Usaré cualquier excusa que se me pueda ocurrir. —Rio.

—¿Cuándo es el asunto, por cierto?

—Sábado. Así que será mejor que vayas o mis padres pensarán que les he mentido.

—Uff. —Aparté su brazo.

—Así me siento unas diez veces al día con Tyler. —Rio Jessica.

Sonó la campana. Vacié la bandeja de mi almuerzo en una bolsa de papel y me dirigí al cubo de basura.

—Estás muerto para mí —le dije mientras me alejaba.

—Tú estás no muerta para mí, querida.

Angela se apresuró para reunirse conmigo y fuimos juntas a la clase de Política.

—¿Él ha estado en el hospital? —le pregunté.

—¿Tyler?

—Sí.

—Eso creo.

—¿Está negando lo de Mike o solo es extremadamente optimista?

—Creo que esta es la forma en que puede controlarlo.

—Sí, es probable. —Tropecé con una bandeja de almuerzo que alguie había dejado en el suelo junto a la puerta.

—Pero ¿hay alguna razón por la que tú no eres optimista respecto a la recuperación de Mike?

Porque la señora Newton dijo que él estaba en un coma inducido por medicamentos. Eso significaba que los médicos estaban preocupados, ¿no es así? Pero ¿en qué ayudaría a mis amigos saber eso?

—No. Él estará bien. Solo que no tengo ganas de celebrar una fiesta justo ahora.

—Tenemos que celebrar las pequeñas cosas, ¿no es así?

—¿Ahora mi regreso de la muerte es una pequeña cosa? —Sonreí.

—Tan pequeña. —Ella rio—. Es decir, vamos, solo estabas encerrada en una biblioteca.

Sonreí y choqué su cadera con la mía. Podía guardarme mis dudas y dejar que mis amigos dieran una fiesta. Tal vez eso era lo que todos necesitaban.

Algo de esperanza.

La ropa limpia estaba acomodada en pilas sobre la mesa de café cuando atravesé la puerta de casa, después del instituto. Cogí las dos pilas que me pertenecían y me dirigí a mi habitación para dejarlas.

—Bella. —Mi padre me detuvo en el pasillo, con otra cesta de ropa en sus manos.

—Ah, hola. Quería preguntarte si puedo volver al hospital hoy.

—¿No estuviste allí ayer?

—Sí, pero… —Me detuve cuando vi que estaba sosteniendo la sudadera de Edward.

Debe haber visto mi expresión, porque preguntó:

«¿Esto es tuyo?».

—La encontré entre los objetos perdidos en la biblioteca. —Seguí adelante con la mentira que había comenzado con Angela—. Hacía frío y decidí ponérmela. Yo la guardaré. —La cogí de sus manos, pero él no la soltó al instante.

—Tal vez podríamos devolverla.

—Yo puedo hacerlo —dije y finalmente la liberé. La dejé sobre mi brazo y seguí caminando con las dos pilas que ya tenía en las manos.

—Pensé que quizá fuera de ese chico —comentó él.

Me detuve repentinamente y volteé rápido, la sudadera se resbaló de mi brazo y cayó en un montículo a mis pies.

—¿Qué chico?

—El chico que el médico dijo que estaba contigo cuando llegó la ambulancia.

Me quedé muda de la sorpresa.

—Tal vez él también escuchó la alarma —agregó mi padre—. Y pudo entrar en la biblioteca de algún modo para ayudarte. No me dieron todos los detalles. Pero creo que la policía debe tener sus datos.

—¿Policía?

—Estabas realmente desconectada, ¿no es así? —Mi padre rio ligeramente y acarició mi mejilla con su mano—. Me alegra que ahora estés bien. Me gustaría darle las gracias a ese chico y saber más detalles. Quizá llame para averiguar cómo hacerlo.

Tal vez yo llamaría para averiguar cómo hacerlo. Edward podía evitarme en el instituto, pero no podía evitarme si me presentaba ante su puerta.

Necesité algunas llamadas telefónicas, pero finalmente pude convencer a un oficial de policía de que me diera la dirección que Edward les había dejado.

Después me encontraba de pie en su entrada, secando mis manos, que estaban comenzando a sudar, en mis pantalones.

La puerta se abrió con un crujido y apareció una mujer no mucho mayor de treinta. Su cabello era multicolor y vestía una camiseta demasiado grande sobre unos pantalones vaqueros.

—¿Puedo ayudarte?

—Hola. ¿Edward está aquí?

—¿Está en alguna clase de problema?

—No, solo quiero hablar con él.

—Él ya no vive aquí. —Sus ojos pasearon por todo mi cuerpo.

Mi boca se abrió y volvió a cerrarse.

—¿Qué? ¿Dónde vive?

—¿Quién eres tú?

—Una amiga. —Cambié el peso de un pie a otro y sonreí, a pesar de que no tenía la mejor sensación sobre esa mujer—. Tengo algunas cosas suyas.

Una cosa, en realidad, su sudadera, y solo era una excusa conveniente para verlo.

—¿Qué cosas? Probablemente sean mías. Se llevó muchas cosas mías.

—No, son suyas. ¿Tiene su dirección? —Estaba irritándome más a cada segundo.

—Los Servicios Sociales no me la dieron. Solo sé que lo llevaron a algún hogar de acogida.

Cerré los ojos y respiré para calmarme. Así que lo habían enviado a un hogar de acogida por mi culpa. Por ayudarme.

—Creo que usted sabe dónde es el hogar, pero quizá debería llamar a Protección de Menores y hablarles sobre ese dinero extra que cultivan en su sótano. —¿Acababa de decir eso?

—¿Estás amenazándome, niña?

El miedo recorrió mi espalda. Nunca había hecho algo como eso y estaba segura de que mi rostro lo reflejaba, pero estaba desesperada.

—Sí.

Ella balbuceó algo para sí misma y cerró la puerta de un golpe en mi rostro.

Yo solté un gruñido de frustración y le di una patada a la puerta. Solo necesitaba alejarme y olvidarme de todo aquello. Edward se metió en ese lío por desviarse del plan. Él estaría bien. Pronto tendría dieciocho y entonces podría alejarse de todos como siempre quiso.

Necesitaba ir al hospital. Allí era a donde mi padre me había dejado ir. Allí era donde debía estar. Me di la vuelta y, cuando apenas había bajado los dos escalones de cemento agrietados, la puerta volvió a abrirse. La mujer me arrojó un papel arrugado y volvió a cerrar inmediatamente. También echó la llave.

Observé el papel en el suelo, junto al felpudo en forma de flor, y pasé sobre una regadera verde. Lo recogí, lo estiré y le sonreí a la dirección escrita en él.

Probablemente no debería haberme sentido tan feliz por chantajear a alguien a cambio de información, pero considerando a la víctima, no me sentía tan mal. Lo encontré. Y él nunca tendría que saber cómo.