Todos los personajes pertenecen a Sthephenie Meyer, y la historia a Kasie West.
El encargado del hogar era un hombre rubio, alto, con una sonrisa agradable, a diferencia de la última madre de acogida de Edward. También parecía haberse arreglado a conciencia esa mañana en lugar de acabar de salir de la cama. Tenía un ligero rastro de una barba en crecimiento en el mentón.
—¿Estás aquí para ver a Edward?
—Sí.
—Tendrá que incumplir su horario por ti —dijo al ver su reloj—. Ahora es el momento de los deberes. Tiene tiempo libre después de las cuatro.
Edward debía odiar eso, estaba segura, tener su vida cronometrada minuto a minuto. Comprobé mi teléfono móvil. Eran las 15:45.
—¿Tengo que esperar o él puede salir un poco más temprano hoy, ya que yo no lo sabía?
—Solo esta vez. Deja que lo busque.
—Gracias. —Aferré su sudadera en mis manos. Había una polilla posada en la madera del marco de la puerta y la observé mover sus alas sin volar.
Edward apareció en la puerta, con el cabello desarreglado, vestido con una camiseta arrugada y unos pantalones deportivos cortos. Estaba descalzo y, alrededor de su muñeca, tenía la pulsera negra que yo había atado.
Mi pecho cerrado se relajó. Quería levantar la manga de mi sudadera y mostrarle que también tenía la mía. No lo hice. Solo le di su sudadera.
—Pensé que debía devolvértela.
Él la cogió y sentí la extraña necesidad de quitársela de nuevo, de aferrarme a ella, de quedármela.
—¿Y mis calcetines? —preguntó.
—Ah. Cierto. Me olvide de ellos. Te los traeré la próxima vez.
—Está bien. Puedes quedártelos.
—¿Acaso tú cogiste mis zapatos? —Como pareció confundido, agregué—: Eran botas negras.
—Porque eso aclara las cosas. —Rio él.
—¿Puedes imaginarlos ahora?
—No, yo nos los cogí. Es probable que sigan en la biblioteca.
Correcto. Aún estaban en la biblioteca.
Edward permanecía de pie en el marco de la puerta, como si estuviera listo para cerrarla sin pensárselo dos veces. Busqué en mi mente otra razón para evitar que lo hiciera.
—Así que, un hogar de acogida, ¿eh? —Fue la estúpida solución que se le ocurrió a mi mente.
—Los sueños sí se hacen realidad —afirmó y miró la puerta.
—Se suponía que te irías.
—¿Qué?
—Cuando llegara alguien, se suponía que te esconderías y después te irías. Eso fue lo que hablamos.
—¿Estás enfadada conmigo por esperar cuando estabas desmayada?
Noté que estaba enfadada. Él estaba allí, donde no quería estar y era todo por su culpa.
—Sí. Tenías que haberte ido.
—Me alegra que me creas capaz de dejar atrás a una chica que perdió la conciencia en el suelo. —Él rio ligeramente.
—Yo habría estado bien. Me habrían encontrado. Pero ahora todo está mal y tú estás aquí y eres desdichado.
—Bella, para. No tienes que sentirte culpable. No estaré aquí durante mucho tiempo.
Deseé tener su habilidad para leer las expresiones faciales, porque la suya era tan estoica que no podía saber si lo que estaba diciendo era cierto.
—Pero no lo entiendo. ¿Por qué te castigaron por ayudarme?
—Mi madre de acogida dijo que yo había escapado para no meterse en problemas por haberme echado.
—Mi padre no sabía que tú estabas conmigo, pensó que habías llegado con la alarma.
—Le di la misma información a la policía. Los servicios sociales me regalaron este increíble castigo.
—Esto es una mierda —protesté.
—No pasa nada—afirmó y se encogió de hombros.
—¿Cómo es que no has estado en el instituto?
—He estado por ahí.
—Pensé que podrías sentarte con nosotros en el almuerzo… si quieres.
Eso fue lo peor que pude haber dicho. Su expresión pasó de ser la del Edward que llegué a conocer, a ser cerrada otra vez. Como si hubiera presionado el botón de «borrar».
—No necesito que me consigas amigos, Bella. Estoy bien. —El corredor a sus espaldas era oscuro y parecía estar succionándolo—. Será mejor que regrese al horario de tarea obligatorio.
No quería que él se fuera como sea que estuviera sintiéndose. Necesitaba que se quedara solo un poco más, así que lancé:
—Mike está en coma. No lo sacarán hasta que esté mejor.
—Lo siento. —Eso volvió a detener su retroceso.
—Su madre piensa que soy la clave para salvarlo.
—¿Qué quieres decir?
—Fingió que yo era su prima y yo me senté a su lado y hablé con él. Y ella quiere que regrese y lo haga de nuevo. Como si fuera un amuleto mágico o algo. —Me reí nerviosa, sorprendida de haberle dicho eso—. Pero no es gran cosa. Quizá pueda ayudar.
—No tienes que regresar, Bella.
—Quiero hacerlo. —Mis hombros se relajaron un poco.
—Espero que él mejore.
—Yo también. —Di una patada a la esquina del felpudo—. Si alguna vez necesitas un descanso… tengo un coche. —Como no dijo nada, agregué—:Puedes cogerlo prestado o algo. —Tal vez Edward no quería juntarse con mis amigos, pero nosotros aún éramos amigos. Él seguía llevando la pulsera. Eso tenía que significar algo. Y, como una amiga, sabía algunas cosas sobre él, como el hecho de que necesitaría salir de aquel lugar de vez en cuando. Un coche ayudaría con ese tema.
—¿Coger prestado tu coche? Estoy seguro de que a tus padres les encantaría eso.
—Estarían de acuerdo. —No estarían de acuerdo.
—No necesito tu coche, pero gracias. —Él movió su mano hacia arriba en la puerta y su expresión parecía preguntar si ya había terminado con mi arrebato.
—De acuerdo… —Me mordí el labio—. Bueno… te deseo mucha suerte.
—También para ti.
—Adiós, Edward. —Di un paso atrás.
—Adiós.
Él cerró la puerta y eso fue todo.
Comencé a alejarme, pero dudé, pensando que había olvidado algo, mis brazos se sentían vacíos, pero después recordé que solo era la sudadera, así que bajé de la entrada y me alejé. Tal vez esa pulsera no significara nada después de todo. Edward no necesitaba mi amistad. No necesitaba nada, podía dejar de preocuparme por él.
Otro capítulo más, sinceramente espero que los esten diafrutando! Nos leemos!
