Todos los personajes pertenecen a Sthephenie Meyer, y la historia a Kasie West.
Mi padre estaba sentado en el sofá combinando calcetines cuando atravesé la puerta. El televisor estaba encendido (lo que explicaba por qué tardaba tanto en realizar esa sencilla tarea) y lo puso en pausa para recibirme.
—¿Cómo ha estado el hospital?
—Al final no he ido. Fui a dejar esa sudadera en su lugar. —Eso no era mentira, a pesar de que sabía que él asumiría que había ido a la biblioteca.
—Ah, qué bien. Edward. Su nombre es Edward. —Buscó un calcetín en la pila de la mesa de café.
—¿Qué?
—La policía me dijo quién era el chico que te ayudó. Le escribí una carta. La van a enviar por nosotros.
—Eso es genial.
Él levantó un dedo, como si se le acabara de ocurrir una idea.
—¿Quieres añadirle algo?
—¿A la carta?
—Sí.
—Sí, papá. —Sonreí al pensar que podría ser divertido.
Él dejó los calcetines que tenía sobre las piernas en el sofá a su lado, después guio el camino hacia la cocina, en donde sacó un papel doblado del interior de un sobre. Leí las palabras, que en su mayoría hablaban de lo agradecido que estaba de que Edward escuchara la alarma y fuera a ayudarme.
Que ese acto le había demostrado que Edward tenía un carácter fuerte. Tomé la pluma negra de la pesa y agregué las palabras Mi héroe, y después firmé con mi nombre.
Mi padre lo leyó, con una arruga formándose entre sus cejas.
—Eso no suena muy sincero.
—Lo es.
Mi padre volvió a doblar la carta y la devolvió al sobre.
Me pregunté si debía haber escrito algo más. Se suponía que mis palabras debían ser graciosas, pero sonaban amargas. Me di cuenta de que seguía enfadada con él por haberse dejado atrapar, por hacerme a un lado en el hogar y en el instituto, por ser capaz de cerrar la puerta con tanta facilidad.
—Tengo algunas tareas fotográficas que hacer. ¿Puedo ir al parque un rato?
—Claro.
En mi habitación, colgué la bolsa de mi cámara sobre mi hombro, cogí mi chaqueta y mi bufanda y me dirigí al garaje por mi bicicleta. Cuando salía hacía algunas tomas de exterior, así que me pareció mejor idea llevar la bicicleta que ir en coche.
Me detuve en el parque. Incluso con la nieve aún en el suelo, estaba lleno de niños abrigados. Dejé mi bicicleta en los portabicicletas, deambulé bajo el aguanieve y encontré un grupo de árboles pelados.
Al colocar mi ojo en el visor, suspiré. Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que miré el mundo a través de su lente. Ayudaba a aclarar mi mente, a enderezar mi pensamiento. Al mirar los afilados ángulos de los árboles, con el fondo lúgubre, supe que estaba dejando que mi vida se saliera de foco. Tenía que enfocarme en lo que importaba: Mike.
Angela no fue conmigo al hospital en esa ocasión y, mientras caminaba hacia la entrada. Me pregunté si sería un error ir sola. Ya era demasiado tarde par cambiar de opinión; la señora Newton acababa de verme desde el otro lado de la habitación. Se levantó más rápido de lo que creía posible y cortó en medio de una oración la conversación con la mujer a su lado para apresurarse hacia mí.
—¡Bella! Me alegra tanto que hayas regresado. ¡Ocurrió lo mejor después de que te fueras el otro día! Él presionó mi mano.
—¿Está despierto?
—No, aún no se ha despertado, pero es la primera vez que hay señales de que es posible que lo haga.
—Eso es genial.
—Fuiste tú.
La miré durante un buen rato antes de hablar.
—No. Fue su mano la que presionó. Estoy segura de que fue por usted. Él no se movió antes por mí.
—He estado aquí durante días y nada. Tú estuviste unos minutos y… —Dejó de hablar y me abrazó—. Eres como un milagro. Regresaste de la muerte y ahora estás aquí para compartir el buen karma.
—No estaba muerta.
—Van a dejar de darle la medicina que lo mantiene dormido. —Ella ignoró mi comentario—. Y así comprobarán si se despierta.
—¿Lo harán? Eso es increíble.
—Cuando se despierte podrán evaluar mejor las cosas. Ver la gravedad de sus lesiones. Vamos. Tienes que verlo.
Sus ojos estaban menos hinchados en esa ocasión, solo que con menos hinchazón, podía ver la falta de color a su alrededor con más claridad. Al igual que el día anterior, ella me dejó sola en la habitación con él. Me senté y fue como si mi cuerpo recordara exactamente cómo se suponía que debía actuar en ese lugar, porque de inmediato se puso en alerta. Detente, le dije a mi cuerpo. Estás bien. Mira dónde está él.
«Oye, Mike. ¿Qué has estado haciendo?». Sonreí. «Lo sé, mis chistes están volviéndose más aburridos». Volví a poner mi mano sobre su brazo. «Seguro que estás aburrido. Es decir, si es que estás consciente. Debería leerte o algo.
¿Eso es lo que se suele hacer cuando un amigo está en tu situación? Parece que eso siempre pasa en las películas. ¿Qué es lo que te gustaría que te leyera en todo caso? No sé qué te gustaría». Para ser honesta, no sabía muchas cosas importantes sobre Mike. Es decir, sabía las mismas cosas que todos los que se juntaban con él: le gustaba el baloncesto, las bromas y era muy listo. Pero nunca habíamos tenido una conversación profunda.
«Tal vez debería preguntarle a tu madre si tienes un diario. Podría leértelo. A menos que tengas una objeción. ¿No?». Suspiré. «Lo siento, la verdad es que mis bromas están empeorando».
Miré atrás por encima de mi hombro, hacia la puerta. Habían pasado algunos minutos. Me sorprendió que su madre aún no hubiera regresado a decirme que el tiempo se había terminado. Ese era el tiempo que había estado antes. Tal vez se habían aprobado visitas más largas en las últimas cuarenta y ocho horas. Porque él apretó una mano. Miré su mano por un momento, después coloqué la mía debajo.
«¿Mike? ¿Puedes escucharme?». Cerré mi mano sobre la suya y contuve la respiración mientras esperaba sentir algo.
Nada.
«Hay un partido de baloncesto esta noche». Le conté. «Angela y los demás irán. Me dijeron que te salude. Se supone que iré después». Recorrí con mi dedo el botón rojo para llamar a la enfermera junto a su cama.
«¿Recuerdas cuando querías ser la mascota y recibiste esa amenaza «anónima» que todos sabíamos que era de la mascota del año anterior? Y entonces caminaste por ahí diciéndoles a todos que aun así serías la mascota, a pesar de que ahora era cuestión de vida o muerte». Me reí. «Fue sensato por tu parte que finalmente desistieras. ¿Realmente querías hacerlo o siempre fue una broma?». Esas eran la clase de cosas que debí haberle preguntado antes.
La clase de cosas que no parecieron importantes, pero que, al pensar en ellas, me hubieran dado información sobre quién era él… quién es él. Esas eran las cosas que le diría cuando despertara. ¿Por qué no le había hecho esas preguntas antes? Estaba interesada en él. ¿No debía haber deseado saberlo todo sobre él?
«Yo no quiero ser una mascota. Me sentiría muy intimidada al estar así vestida frente a todos. Pero tú serías un buen lobo gris, porque estoy bastante segura de que te encanta ser el centro de atención. Y nunca parece preocuparte lo que nadie piense. Me pregunto si el disfraz dará demasiado calor. Me daría claustrofobia. ¿Sabías eso sobre mí, que me da pánico estar en lugares pequeños? Pero ¿dónde no me da pánico estar, por cierto?».
Eso fue lo más cerca que había estado de hablar con mis amigos sobre mi ansiedad. Puse los ojos en blanco.
«No puedes contar esto como una confesión, Bella. Él está en coma».
Balbuceé por lo bajo.
Mi estómago soltó un largo quejido y lo cubrí. Mi teléfono decía que eran las siete. Dejé que mis ojos recorrieran la habitación, que observaran cada máquina, las paredes blancas, el tictac del reloj. Mi estómago volvió a rugir, así que me levanté.
«Te veré el lunes, Mike».
Le envié un breve mensaje a su madre. Sí, estaba evitándola. Ella me hubiera pedido un informe de los avances y odiaba no tener nada que decirle.
Solo necesitaba salir de allí.
