Todos los personajes pertenecen a Sthephenie Meyer, y la historia a Kasie West.
La música estaba demasiado fuerte cuando arranqué mi coche y me hizo saltar. Me apresuré a bajar el volumen y conduje fuera del aparcamiento, hacia el instituto. La mera idea de ir al partido de baloncesto hacía que mi interior se revolviera. No quería ir. Habría demasiado ruido, muchas personas y sería agobiante. No sabía si podría controlar eso después de salir del hospital. Pero les dije a mis amigos que iría, así que tenía que hacerlo.
Siempre podía irme si lo necesitaba.
Cuando llegué al partido, ya había pasado más de la mitad. Encontré a Angela, a Jess y a Lauren en medio de la tribuna, con el numero 4 pintado en las mejillas.
—¿Todas estáis apoyando a Alec? ¿Cómo hará para elegir solo a una de vosotras? —Reí. Alec era la estrella del equipo de baloncesto. Le había hecho su fotografía para el anuario, pero fuera de eso solo habíamos interactuado mínimamente.
—Compartiremos —dijo Jess, justo antes de levantarse y gritar cuando nuestro equipo marcó. Intenté concentrarme en el partido, pero el gimnasio estaba demasiado atestado y había más ruido de lo habitual. El jaleo hizo que mi pecho vibrara y mis ojos se humedecieran.
—¿Estás bien? —preguntó Angela junto a mi oído.
—Sí. —Yo había puesto mis codos sobre las rodillas y la cabeza sobre las manos—. Solo estoy preocupada por Mike.
—Hazme saber si la preocupación funciona y me uniré a ti.
—A veces creo que funcionará. —Le sonreí.
—Solo piensa en los batidos que estaremos tomando en media hora —dijo con una mano sobre mi espalda—. Esa es la solución a todos los problemas.
Quizá los batidos fueran la solución a todos los problemas, porque en el instante en que puse un pie en Iceberg, las cosas parecieron estar mucho mejor. O más silenciosas, al menos. Pedí un batido grande de chocolate y patatas fritas. Mientras me sentaba con mi pedido, recordé que esa era la comida que Edward y yo habíamos planeado comer en cuanto escapáramos.
—¿Por qué estás sonriendo? —preguntó Angela al sentarse junto a mí.
—Porque esto es genial.
—Lo es, ¿verdad?
No había tenido oportunidad de hablar con Angela sobre Edward, pero podía hacerlo entonces. Después de todo, lo peor ya había pasado: Edward estaba en un hogar de acogida. Que hablara con Angela no podía cambiar mucho.
—Y…
—¿Y qué?
—En la biblioteca…
—Edward Masen—dijo ella.
—¿Qué? ¿Cómo es que…? —Me detuve al verla mirar hacia la puerta.
Mis ojos siguieron de inmediato su mirada, hacia donde Edward y algunas personas más estaban caminando hacia el mostrador. Mi corazón se detuvo.
—¿Con quién está? —preguntó Angela. Nunca lo había visto con nadie. Ese es su padre?
—Es su padre de acogida. —O su padre de hogar, no sabía cómo era el título oficial, pero era el hombre que había abierto la puerta y había buscado a Edward cuando fui a su casa el otro día. Estaba hablando con el cajero y despué le entregó su tarjeta de crédito.
Me quedé sentada, alerta, con el batido aferrado entre mis manos, esperando a que Edward se diera la vuelta y me viera. Podía saludarlo con la mano. Él podía responder. Eso me demostraría que él no intentaba deshacerse de mí, como me pareció ese día en la puerta.
Finalmente se dio la vuelta, pero sus ojos recorrieron la habitación, solo se detuvieron en mí durante un segundo antes de seguir de largo. Totalmente ignorada. Me recosté en mi asiento. Sin duda él no tenía ningún amigo.
