Todos los personajes pertenecen a Sthephenie Meyer, y la historia a Kasie West.

Ya había dejado a Angela en su casa y estaba camino a la mía cuando vi una cafetería abierta y giré hacia su aparcamiento. Estaba muriéndome de hambre.

La chica de dentro estaba fregando el suelo.

—¿Está cerrado?

—No.

Primero había pensado comprar un sándwich, de pavo y aguacate quizá, pero mientras me acercaba a la caja noté un recipiente de cristal iluminado con bocadillos de pastelería en su interior. No había mucho, las sobras al final de un largo día, pero por algún motivo aún quedaban dos cronuts en una bandeja. Mi cuerpo pareció soltar un suspiro de alivio al verlos, ante el recuerdo que inspiraban. Si el recuerdo de una conversación con Edward podía relajarme tanto, ¿cómo funcionaría una verdadera conversación con él?

—¿Ya sabes qué quieres? —preguntó la chica que dio la vuelta al mostrador.

—Sí, me llevaré esos dos.

Ella los envolvió, yo pagué y después corrí a mi coche.

.

El cuidador de Edward levantó las cejas al abrir la puerta.

—Has regresado —dijo.

—Sí, aquí estoy. Soy Bella, por cierto. Creo que no me presenté la última vez.

—Hola, Bella. Soy el señor Cullen. Supongo que te veré mucho por aquí.

—Para disgusto de Edward, así es —respondí sonriente.

—Adelante —él sonrió también y abrió más la puerta.

Lo celebré en silencio y lo seguí al interior.

Había bastante movimiento en la casa, pero estaba organizada. Un banco con percheros cubría la pared a mi derecha en la entrada, había abrigos y sombreros colgando de él y zapatos debajo. Me pregunté cuántos chicos vivirían allí realmente. Me pregunté si algunas de esas cosas serían de Edward.

—Sígueme.

Pasamos por cuatro o cinco puertas antes de llegar hasta la última. Estaba entreabierta y pude ver una litera en la pared del fondo. El señor Cullen tocó la puerta.

—¿Sí? —contestó una voz que no era la de Edward.

—Hola, Jasper. —El señor Cullen empujó la puerta—. Edward, tienes visita.

—¿Quién? —Su voz llegaba de una parte de la habitación que no alcanzaba a ver.

Jasper estaba mirándome con una media sonrisa

—Bella —respondió el señor Cullen.

—No digas nada o te arrepentirás; ella está justo ahí —comentó Jasper, pero no supe si Edward había hecho algún gesto o algo.

Edward apareció en la puerta, una vez más con expresión ni sorprendida ni feliz de verme. Sus ojos fueron a la bolsa de cronuts en mi mano y de regreso a mi rostro.

—Puede quedarse hasta las ocho treinta —dijo el señor Cullen y después se alejó.

—¿Qué? —le gritó Jasper—. ¿Por qué ellos no tienen que seguir las reglas? —Como el señor Cullen no respondió, Jasper se levantó y lo siguió con fuertes protestas.

Me metí en la habitación de la que Edward no había salido. Era pequeña, solo tenía la litera y dos escritorios.

—¿Qué reglas estamos rompiendo? —pregunté.

—El tiempo libre se termina a las ocho en días de instituto.

—Oh. —Miré mi teléfono. Eran las ocho y diez—. ¿Te han dado veinte minutos extra?

—Sí, al parecer has cautivado al señor Cullen.

—No fue difícil —dije con la mano en la boca, como si estuviera compartiendo un secreto—. Puedo enseñarte.

Él sonrió y todo su rostro se transformó.

—Te traje el cronut que prometí —dije antes de que Edward cuestionara mi presencia allí—. No llegamos a comerlo al salir de la biblioteca.

—No lo prometiste.

—Bueno, te hablé de ellos, así que es correcto que te lo trajera.

Caminé hasta su escritorio con determinación. Él se alejó varios pasos para que no chocásemos. Los dos nos encontrábamos frente a su escritorio y dejé la bolsa sobre él, junto a su libro.

—Sigues leyendo Hamlet —comenté.

—El libro de nunca acabar.

—No lo he leído. —Lo cogí y recorrí sus páginas. El libro naturalmente se abrió donde el sobre dirigido a Elizabeth estaba metido entre dos páginas. Él aún no lo había enviado. Lo miré a los ojos.

Si creía que Edward había cambiado sus costumbres privadas en las últimas semanas y que de pronto, por voluntad propia, compartiría conmigo de qué se trataba esa carta, estaba equivocada. Señaló la bolsa sobre el escritorio con la cabeza.

—¿Realmente vamos a comer?

Dejé el libro, abrí la bolsa y saqué un cronut.

—Aquí lo tienes. El paraíso. —Él dio un paso más cerca y mi piel cobró vida.

—No parece que vaya a cambiar mi vida.

—No critiques el cronut hasta que lo pruebes. —Él aceptó el desafío y le dio un bocado.

—Bastante bueno —dijo con la boca llena.

—¿Bastante bueno? ¿Bastante bueno? Es lo mejor. —Cogí el mío y lo comí en cuatro bocados, después suspiré feliz—. Nunca podrás volver a comer un donut.

—¿Me has arruinado?

—Sí. —Observé su mano mientras terminaba el suyo—. Aún la llevas puesta —dije en voz baja.

—¿Qué?

—La pulsera. —Eso tenía que significar algo. Él me necesitaba de verdad como amiga en su vida. Levanté mi brazo y liberé la mía de debajo de la chaqueta—. Yo también.

—Soy muy perezoso para buscar unas tijeras.

Correcto. Edward llevaba un cuchillo dentro de su bota. No le creí ni por un segundo. Pero sí creí que era demasiado orgulloso o reservado o algo para admitir que necesitaba un amigo.

Cuando levanté la vista, él estaba mirándome. Fijé mis ojos en los suyos, decidida a no apartar la mirada. Era más fácil decirlo que hacerlo. Sus ojos eran de un color verde profundo, y tan penetrantes que parecían ver a través de mí. Yo tenía razón. Había algo cuando estaba cerca de él, de quien me había visto en mi peor momento, que hacía que me relajara.

—Me iré en seis meses. —Suspiró con frustración—. No deberías volver.

—Lo sé. No quieres tener ningún vínculo —respondí. Tendría que probar algo diferente con él si quería su amistad.

—Yo no tengo ninguno. Me preocupa que tú sí.

—Yo no tengo vínculos. —Solté un suspiro burlón—. Solo eres una buena distracción para mí. Necesito una distracción. —Eso podría funcionar si lograba controlar la expresión de mi rostro.

—Distracción.

—Estuve en el hospital. Ese ambiente me estresa; personas enfermas, la presión de curar a alguien milagrosamente. Sería bueno tener a alguien fuera de ese círculo para hablar, para pasar el rato. Sin expectativas. Sin presión. Cero compromisos. —Y todo eso era verdad. Tal vez por eso pareció creerme.

Él asintió. Estábamos cerca. Muy cerca. Debí haber dado un paso atrás, pero por primera vez en toda la semana, la tensión de mis hombros y de mi cuello se había ido, así que me quedaría donde estaba. Aunque eso significara que Edward me observara. Aunque eso incluyera sentir su familiar fragancia a suavizante y a perfume. Aunque eso me hiciera sentir el calor de su cuerpo irradiando sobre el mío.

Sujeté los extremos de su camiseta y me sorprendí a mí misma por esa acción. Él no se alejó y el resto de la tensión de mis hombros bajó por mi espalda. Él deslizó un brazo alrededor de mi cintura y me dio un abrazo, presionada contra su cuerpo. Su movimiento me sorprendió y jadeé, pero no me alejé. Los amigos se abrazan, podíamos abrazarnos. La rigidez de sus hombros pareció aflojarse también mientras permanecíamos así.

Levanté la vista hacia él. Su rostro, apenas a centímetros de distancia, parecía tan calmo como yo me sentía. Estaba acercándose a mí, olía delicioso, pero yo lo interrumpí:

—Pero sin besos. Solo amigos.

—¿Amigos?

—No. Los amigos son vínculos, ¿cierto? Así que no, somos distracciones. Amigos distraídos.

—De acuerdo. —Se detuvo, con expresión divertida.

—Y los amigos distraídos no se besan. —¿Por qué no podía dejar de hablar?—. Los chicos se involucran cuando me besan.

—Sin besos entonces. —Una verdadera sonrisa ocupó su rostro. Su voz era baja y áspera y quería arrojar mi regla por la ventana de inmediato. La única regla que sabía que me protegería del trato que acababa de hacer.

—Regla número cuatro.

—De acuerdo. —Rio ligeramente.

—Solo una distracción —dije mientras me enderezaba y me alejaba de él. Le sonreí—. Una muy buena.

—¿Solo una distracción? —Él me cogió por la cintura, evitando que me alejara aún más.

—Podemos hacer la regla número cinco «sin compromisos» si estás preocupado —asentí.

Edward sonrió y volvió a acercarme a su cuerpo.

El señor Cullen cumplió con su palabra y me echó exactamente a las ocho y media. Se aclaró la garganta con fuerza mientras caminaba por el pasillo, después llamó a la puerta y dijo: «Se acabó el tiempo libre». Cogí la bolsa vacía de la pastelería, hice una bola con ella y me despedí.

—Gracias. Nos vemos después.

No miré atrás. No quería saber si Edward se arrepentía de nuestro nuevo arreglo. No tenía importancia. Él necesitaba un amigo en ese momento, quisiera o no admitirlo. Y también yo, alguien que despejara mi mente de todo lo que me estresaba. Pero mi verdadero compromiso, mi foco, tenía que estar en Mike y en ayudar a que se recuperase. Eso funcionaría a la perfección.