Todos los personajes pertenecen a Sthephenie Meyer, y la historia a Kasie West.

Llegué al instituto un poco más temprano al día siguiente y esperé en el aparcamiento a que llegara Tyler. Él siempre aparcaba en el mismo sitio, en la última fila, mirando hacia fuera. Lo observé mientras daba marcha atrás en mi plaza de aparcamiento. Él se estiró hacia el asiento del acompañante, cogió su mochila y salió del coche. Yo también lo hice. Tenía que arreglar las cosas con él. Él no solo había sido el amigo de Mike toda la vida, sino que en los últimos meses, yo sentí que también nos habíamos hecho amigos. No me gustaba que estuviera enfadado conmigo.

—Oye —le dije y le ofrecí mi puño para chocarlo.

Él solo lo miró y yo dejé caer mi mano a un lado.

Pero sí dijo «Hola» mientras seguía caminando.

—Tyler —igualé su paso—, yo no pedí verlo. Lo siento. Su madre me dijo que tú eras su primera elección, pero le preocupaba que pudieras hacer bromas. —No había nada malo en una pequeña mentira piadosa sobre sentimientos heridos,¿verdad?

—Vale —respondió. No fue la reacción que esperaba

—¿Estás molesto porque no has podido verlo o porque yo pude hacerlo?

—Ambas.

—¿Por qué?

—Porque no creo que seas buena para él. Mike pensaba otra cosa, así que me pidió que tratara de averiguarlo. Y lo hice, he estado intentándolo. Lo intenté más desde que está en el hospital, con la esperanza de que él lo sienta de alguna forma, o al menos que el universo lo note, pero aún no siento que seas buena para él. Has estado jugando con su cabeza durante meses.

—¿Jugando con su cabeza?

—Así es, no te importa. Desapareces constantemente. Escapas. Haces que Mike te persiga. Di una fiesta para ti y desapareciste. Es como si te creyeras demasiado buena para nosotros.

Mi boca se abrió por la sorpresa, sin palabras al principio. ¿Así era como mis amigos veían mi ansiedad? ¿Pensaban que yo me creía demasiado buena para ellos?

—No, no es así. Para nada. Tengo otros problemas, pero nunca pensé eso. Nunca. —Necesitaba tragarme mi orgullo y explicar más, hablarle de mi desorden de ansiedad, pero parecía que él no me escuchaba, porque siguió adelante.

—Él siempre está buscándote, persiguiéndote. Escapando contigo. Como hizo en la hoguera.

—No estuve en la hoguera. Nunca aparecí. Vosotros me dejasteis en la biblioteca.

—Pero si no tuvieras un historial de desapariciones…

—Él se habría marchado de todas formas. Como hicisteis todos.

—Pero cuando te descubrieron en la biblioteca y supe que no habías estado en la hoguera, me di cuenta de que él estaba siguiéndote. Y si no lo hubiera hecho, no habría tenido tanta prisa. Habría ido con más cuidado.

—¿Crees que es mi culpa que él esté en el hospital? —Mi corazón pareció detenerse en mi pecho.

—Solo digo…

Dejé de caminar, mis ojos ardían. Él se volvió ligeramente, me dio un apretón en el hombro y siguió caminando. Me quedé allí, en medio del aparcamiento, viendo cómo se alejaba.

Necesité unos minutos para decidir si me quedaría en el instituto o si regresaría a mi coche, conduciría a casa y me metería en la cama. En casa, le daría vueltas a las palabras de Tyler todo el día. Darían vueltas y vueltas en mi mente. Necesitaba hablar con Angela, Jess y Lauren. Asegurarme de que Tyler fuera el único que sentía eso.

Pero mientras tanto, necesitaba una distracción. Alguien con quien no tuviera que hablar de ese problema. Alguien que, con certeza, no pensaba eso de mí.

—Edward —lo llamé. Lo encontré junto a los autobuses, diez minutos antes de que comenzaran las clases.

Él asintió.

—Oye, ¿podemos hablar? ¿Puedo hablar contigo? —le pregunté, sin aliento.

—Eh… —miró a los estudiantes que nos rodeaban.

También miré alrededor, en busca de algún sitio con más privacidad si eso era lo que él necesitaba. El invernadero era lo más cercano, poco utilizado en invierno. Sin decir otra palabra, caminé hacia allí y esperé que él me siguiera.

También tenía esperanza de que estuviera abierto. Lo estaba, y él me siguió.

Entré.

Hacía más calor que fuera, el aire húmedo y con olor a tierra. Filas de macetas negras, llenas con plantas mayormente de un amarillo reseco, cubrían las mesas.

—Dime algo feliz —dije al volverme a verlo.

—¿Me has confundido con alguien más?

—He tenido una mañana horrible. —Su sola pregunta mejoró mi humor.

—Pero apenas son las siete y media.

—Lo sé.

—¿Qué ha sucedido? —Él movió una maceta y se sentó sobre la mesa.

—Cosas estúpidas. No quiero hablar de eso. Necesito despejar mi mente de eso.

—¿Con tu distracción? —Se señaló a sí mismo.

—Exacto.

Él sonrió y se apoyó atrás sobre sus manos. Cuando estaba así, con la guardia baja y abierto, era tan mono. De acuerdo, incluso cuando era intenso y cerrado era mono.

—¿Qué? —preguntó.

—Quiero sacar mi cámara. —Me di cuenta de que también estaba sonriendo. Aferré la correa de la bolsa de mi cámara.

—¿Por qué?

—Porque eres muy fotografiable. —Edward rodeado de plantas secas, el sol brillando atenuado a través de la ventana empañada detrás de él.

Él alzó las cejas.

—Es verdad.

—No estoy seguro de que deba sentirme halagado después de que te viera haciéndole una fotografía a una araña hace unas semanas.

—¿Cómo sabes a qué estaba haciéndole fotografías hace unas semanas?

—Pasé justo a tu lado. Tu visión es limitada detrás de tu cámara.

No lo había visto en absoluto. Mi visión era limitada detrás de la cámara, enfocada, despejada. Esa era una de las razones por las que me gustaba.

—No era una araña. Era su tela. Estaba congelada. Y era increíble. Tendré que mostrarte cómo salieron esas uno de estos días. —Hice una pausa—.Cualquier día. Deberías venir a mi casa. A mis padres les encantaría.

—Tus padres… me enviaron una carta.

—Lo hicieron. Eres su héroe. —Me reí. Había olvidado esa carta.

—Pensé que esa habías sido tú.

—Sí. Sí, lo eres. —Volví a reír.

—Suenas casi tan sarcástica como imaginé que sonabas cuando lo leí.

—Estaba enfadada contigo cuando lo escribí.

—¿Por qué? —Pareció entretenerlo mi idea.

—No querías verme.

—Te gusta hacer suposiciones.

Mi corazón dio un brinco y lo regañé por esa reacción. Habíamos establecido una regla. Él no quería un compromiso y yo tampoco.

La campana sonó a través de todo el campus. Levanté la vista, pero después volví a él, sin moverme.

—Así que, sea como sea, tienes que conducir a mi casa y… espera, ¿puedes conducir? —pregunté de pronto.

—Una vez conduje el coche de mi madre desde la esquina hasta nuestra entrada, cuando tenía trece.

—Guau. Eso es impresionante.

—Choqué con dos buzones.

—Oh, no. Así que es por eso que no querías coger prestado mi coche.

—Esa es una de muchas razones —sonrió.

—Voy a enseñarte a conducir. Te encantará la libertad que te da. —Me sentí mal de que nadie en su vida le hubiera enseñado a conducir y, al mirar adelante, no parecía que nadie fuera a hacerlo. Era una habilidad que necesitaría si quería ser tan libre como soñaba ser.

—Esa no suena como una de tus mejores ideas. —Seguía sentado, apoyado atrás sobre sus manos.

—Es una excelente idea.

—¿No tienes que irte? —preguntó mientras sacudía algo de tierra de sus manos.

—¿Tú no tienes que irte?

—Podría quedarme aquí todo el día —respondió.

—Yo también podría —contraataqué.

—¿En verdad? —Su sonrisa cubrió su rostro.

—Ah, crees que me conoces muy bien ahora, ¿eh? ¿Crees que llegar tarde a clase me molestaría?

—Sí. Odiarías hacer que tus profesores se enfadasen contigo.

Lo miré con los ojos entornados, pero después lo admití.

—Tienes razón. Tengo que irme. —Corrí hacia la puerta, pero cuando ya casi había llegado, volví sobre mis pasos y lo abracé—. Has hecho tu trabajo a la perfección. Gracias.

Él se rio y me rodeó con sus brazos. Como estaba sentado sobre la mesa, mi cabeza encajaba a la perfección debajo de su barbilla. Cerré los ojos y suspiré. Quise soltarme, pero él me retuvo. Al principio creí que quizá necesitaba un abrazo más largo, pero cuando su cuerpo comenzó a temblar por su risa silenciosa, supe que lo estaba haciendo para molestarme.

—La campana de retraso va a sonar —le dije.

—Lo sé.

—Déjame ir, capullo.

Me soltó y me dirigí a la puerta. Le ofrecí una sonrisa sobre mi hombro mientras lo hacía. Él aún no se había movido para salir, pero tenía una sonrisa relajada en su rostro.

Solo una distracción, me recordé a mí misma mientras corría a mi siguiente clase