Todos los personajes pertenecen a Sthephenie Meyer, y la historia a Kasie West.
El señor Cullen debía haberle dicho quién era, porque Edward llegó a la puerta listo para salir: vaqueros, zapatos y la chaqueta. Cerró la puerta tras de sí y se dirigió directo a mi coche.
—Hola —saludó.
—Hola —respondí al acercarme a él.
—¿Un mal día? —le pregunté cuando estuvimos en el coche.
—Ahora irá mejor
Cogí el volante, no quería ver la expresión que acompañaba esas palabras.
Los dos seguíamos con la necesidad de no tener sentimientos. Había visto a Mike ese día, eso había reafirmado la confianza en que él mejoraría y que todo regresaría a ser como se suponía que debía.
No estaba segura de a dónde conducía, hasta que me detuve frente a la biblioteca. Edward también pareció sorprendido por mi elección.
—¿Tienes deberes que hacer? —preguntó.
—Tengo unos zapatos que recuperar.
—¿Aún?
—No ha pasado tanto —aparqué en el aparcamiento.
Caminamos juntos hacia la puerta. El primer salón en el que entramos estaba vacío y eso me recordó la sensación de las primeras horas en la biblioteca. Pero cuando llegamos al salón principal, había varias personas dando vueltas, lo que me hizo sentir que las cosas eran mejores, diferentes.
—¿Estás bien? —quiso saber él.
Asentí. Caminamos por el corredor acristalado y por las escaleras, hasta el nivel principal. Busqué bajo la silla primero, con la esperanza de no tener que preguntarle a nadie. No estaban allí. Pensé por un momento mientras recordaba a Edward leyendo en esa silla, el lugar en el que habíamos compartido el saco de dormir justo abajo. Me pregunté si Edward estaría recordando lo mismo. Nuestras miradas se encontraron.
—Deberíamos ver si hay manzanas para robar en la cocina —murmuré.
Él sonrió.
Cogí aire y caminé al mostrador de salida. La chica detrás de él esperó a que yo hablara.
—Dejé un par de botas negras aquí. ¿Alguien las ha devuelto?
—Botas negras… —buscó debajo del mostrador y apareció con mis botas, que colocó sobre él.
—Entonces, así es cómo son unas botitas —comentó Edward en voz baja a mis espaldas.
—Tú debes ser la chica que se quedó encerrada aquí el fin de semana pasado —afirmó la chica con expresión seria.
No estaba preparada para que me llamara la atención de ese modo. Asentí.
—Tú madre nos ha dado una lista con nuevos procedimientos para la hora de cierre.
¿Cómo respondería a eso? ¿Ella estaba enfadada conmigo?
—Probablemente sea algo bueno —dijo Edward, cogió mis botas y se alejó.
No podía creer que mi madre hubiera hecho eso. De acuerdo, en realidad sí podía creerlo. Estaba en su naturaleza, pero estaba muy avergonzada.
Antes de que llegáramos a las escaleras y al corredor acristalado, Edward habló.
—¿A quién le importa lo que piense? Ella no es nadie. No te preocupes por eso.
No sé si pensó que no podía con las escaleras, pero me llevó hasta el ascensor y presionó el botón.
—No me importa —le aseguré. Realmente estaba bien.
La luz parpadeó, las puertas se abrieron y entramos. Justo cuando él estaba a punto de presionar el botón de la planta baja, yo presioné el del piso más alto y las puertas se cerraron.
—¿Has estado en el campanario? —le pregunté. Él aún tenía mis botas, así que las cogí y las aferré contra mi pecho.
—No, no he ido.
—Deberías.
Teniendo en cuenta que solo tenía que subir dos plantas, el ascensor tardó una eternidad. Cuando las puertas finalmente se abrieron, salimos. Me pregunté si la puerta del campanario seguiría abierta o si tendríamos que dar la vuelta y regresar abajo. Empujé la barra metálica y se abrió con un fuerte chirrido. Estaba oscuro en esa ocasión, así que saqué mi móvil y encendí la luz del flash. Las escaleras hasta la cima no se veían menos inestables que la última vez que las subí. Y, con los dos en ellas… reí nerviosamente con cada escalón.
Llegamos a la cima y abrimos la puerta. Di una gran bocanada de aire fresco. El búho de madera de la barandilla nos miraba mientras los dos nos sentábamos en el pequeño espacio, mirando hacia el tejado empinado. Como casi no había sitio para los dos, permanecimos con las rodillas pegadas.
—Bonito, ¿eh? —apagué la luz de mi teléfono móvil, las luces de la calle eran suficientes para iluminar ligeramente el lugar.
—Sí. Me sorprende no haber visto esto. Ya había estado en la biblioteca antes de nuestro fin de semana.
—No me digas. —Fingí sorpresa. Él sonrió, después levantó la vista.
—Hiciste sonar esta campana una noche, ¿verdad?
—Nadie la escuchó.
—Yo la escuché. No estaba seguro de qué era.
—Era yo.
Sentada allí, me di cuenta de que la torre probablemente estuviera prohibida para visitantes. Si nos pillaban estaríamos en problemas.
—Bueno, quería mostrártela. Deberíamos irnos.
—¿Porque estás preocupada o porque tienes algún lugar a donde ir?
—La primera.
—Te preocupas demasiado.
—Lo sé. Como que es lo mío.
Mis brazos descansaban sobre mis piernas, que estaban flexionadas contra mi pecho. Él recorrió mi antebrazo lentamente con un dedo. Cerré los ojos, dejé que toda la tensión del día, de haber regresado a la biblioteca, se alejara de mí.
—Estoy intentando controlar las cosas. Ha sido difícil. Será mejor cuando las cosas vuelvan a la normalidad. Ahora son demasiadas.
—¿Qué ocurrió esta mañana antes del instituto? —Edward se estiró y sujetó la barandilla que estaba detrás de él, como si estuviera considerándolo.
—Nada. —Suspiré, no quería entrar en eso. La sola idea de lo que Tyler me había dicho me hacía estremecer.
—¿No me lo vas a contar?
—Un juego a cambio de un secreto —dije con un puño en alto.
—¿Un juego?
—Piedra, papel o tijera. El ganador consigue un secreto del perdedor. —Quería arriesgarme por la posibilidad de hacerle una pregunta a él. Tenía algunas que realmente deseaba que respondiera.
—De acuerdo. —Sonrió.
—¿El mejor de tres? —pregunté.
—Claro.
Él ganó la primera ronda con una piedra que aplastó mi tijera. Protesté, después volví a prepararme. En la segunda ronda escogí papel y él repitió la piedra. Estábamos empatados. Él había hecho dos piedras seguidas. ¿Lo haría una tercera vez? Me miraba con calma, sin revelar nada. Edward era impredecible, así que haría algo diferente. Aunque, más impredecible sería que hiciera lo mismo por tercera vez.
—Uno, dos, tres. —Conté y puse papel. Él tenía una piedra otra vez—. ¡Ja! Gané.
—Lo hiciste. —Pareció impresionado.
—¿Quién diría que eras tan malo en este juego?
—¿Has estado practicando formas de burlarte?
—Solo porque no dejas de perder. Estoy practicando mucho.
—¿Cuál es tu pregunta? —Él sonrió con suficiencia y volvió a tomar la barandilla sobre su cabeza.
Mis ojos fueron a su brazo izquierdo. A su tatuaje. ¿Tatuaje o Elizabeth?
—¿Por qué no le has enviado la carta de tu libro a Elizabeth? —le pregunté.
—Porque… —Su sonrisa se disipó y pasó las manos por su cabello—. Uf, eres una persona horrible, ¿lo sabes? —lo dijo con una sonrisa así que solo asentí.
—Sí, lo soy.
—¿Ves esto? —Extendió su mano, con la palma hacia arriba
—Sí. —Mis ojos fueron a su tatuaje.
—Esta fue nuestra última cita en los juzgados. Mi madre había tenido meses para cambiar. Pasó por tres programas diferentes de rehabilitación, seis citas en los juzgados, dos internamientos. Y, mientras estábamos sentados en los juzgados, yo en un lado, ella en otro, el juez le preguntó si escogía las metanfetaminas sobre mí. Lo hacía. Fue la última vez que le hablé.
—¿Ella perdió los derechos sobre ti ese día?
Él asintió brevemente.
—Lo siento, Edward.
—Ya te lo dije, ese fue el día en que finalmente la solté. Soy libre.
No le creía más de lo que le había creído la primera vez que me lo dijo.
Todos necesitamos a alguien con quien contar.
—¿Y la carta?
—Es todo lo que aún necesito que me responda.
—¿Elizabeth es tu madre?
—Sí.
—Y entonces, ¿por qué no puedes enviarla?
—Porque ella pensará que intento volver a ponerme en contacto con ella y no es así.
—¿Y qué intentas hacer?
—Tener información básica que los niños con padres tienen sobre sí mismos.
—¿Y por qué te importa lo que ella piense, entonces?
—No me importa.
—Entonces envíala.
—Lo haré. —Levantó la vista hacia mí a través de sus pestañas—. Y ya has obtenido demasiada información por esa victoria.
Tenía tantas preguntas para seguir haciéndole, pero las dejé ir por el momento. A pesar de que parecía estar completamente en calma, comprendía lo emocionalmente agotador que podía ser hablar de cosas como esa.
—Totalmente.
—¿Harás que me gane mi pregunta ahora?
—Supongo que no. —Fingí un suspiro—. Ya que, técnicamente, tú has respondido dos. ¿Cuál fue tu pregunta?
—¿Esta mañana…?
—Ah, cierto. Esta mañana… —Lárgalo, Bella. Él acaba de decirte lo que pasó el peor día de su vida; puedes contarle esto—. Tyler me dijo que yo era la razón por la que Mike está en el hospital.
—¿Quién es Tyler? —preguntó él, con la mirada endurecida.
—El mejor amigo de Mike.
—¿Y por qué él piensa algo tan estúpido?
—Porque siempre estoy desapareciendo o buscando un lugar donde esconderme o refugiándome en una esquina en las fiestas y él me dijo que Mike siempre sentía la necesidad de correr detrás de mí. Y que es lo que estaba haciendo cuando acabó en el río; corriendo detrás de mí. Tyler básicamente me odia ahora.
—¿Y entonces le hablaste sobre tu ansiedad?
—No. No quería usar eso como defensa. Y hacer que pareciera que estaba inventando excusas. Realmente no quiero que me traten diferente.
—Es un argumento estúpido.
—Gracias.
—Me lo contaste a mí.
—Pero mis amigos no son tú.
—¿Y qué significa eso?
—Tú has… tú has visto cosas que ellos no. Me preocupa que no lo entiendan.
—Tal vez deberías confiar en ellos.
—Pero no tengo idea de cómo reaccionarán.
Él asintió lentamente.
—¿Qué?
—Es decir, no puedes controlar cómo reaccionarán. Te preocupa que no les gustes.
—Sí. —Arranqué un pequeño fragmento de pintura descascarada sobre mí cabeza.
—Tienes que contárselo.
—Lo haré cuando tú envíes tu carta.
—Bien jugado. —Asintió con la cabeza.
La corriente de aire que entraba por la puerta aún abierta aumentó y me hizo temblar.
—Mis orejas están frías —dije.
Un extremo de sus labios se elevó en una media sonrisa, pero no se movió.
—Vamos. —Me apoyé en la barandilla para ponerme de pie.
Él también se levantó y, mientras encendía la luz de mi móvil y giraba para bajar las escaleras, él se puso frente a mí. Jadeé, sorprendida. Él colocó sus manos sobre mis orejas. Estaban calientes.
—No me molesta ser tu distracción, pero no siempre estaré aquí.
—Lo sé. —Y él tenía razón. Tenía que confiar en mis amigos y asegurarme de poder resolver las cosas por mi cuenta antes de que él realmente desapareciera. Tenía que asegurarme de no necesitar más una distracción.
