Todos los personajes pertenecen a Sthephenie Meyer, y la historia a Kasie West.
Entre la visita al hospital y a la biblioteca, había estado fuera mucho más tiempo del que les había dicho a mis padres. Abrí la puerta de entrada, con mis botas bajo el brazo y la cerré lo más silenciosamente posible, con la esperanza de que, si me metía en mi habitación, ellos pensarían que había estado allí todo el tiempo. Pero cuando me volví, mi hermano estaba de pie en la entrada, apoyado contra la pared, mirándome.
—¡Emmett! —exclamé—. ¿Qué estás haciendo aquí?
—Las clases del miércoles se cancelaron y, ya que solo tengo clases lunes, miércoles y viernes, pensé que podría cogerme el viernes y convertirlo en una semana libre.
—Debe ser bueno estar en la universidad, con tus propias reglas, siendo tu propio jefe. —Lo miré con suficiencia.
—Parece que alguien más que conozco es su propio jefe también. ¿Qué es eso de haber salido toda la noche?
—Aún no son ni las nueve. —Puse los ojos en blanco—. Y solo estaba salvando al mundo y a un paciente a la vez.
—Lo siento. —Frunció el ceño—. ¿Él aún no está bien?
—En realidad, Edward está mucho mejor.
—¿Quién es Edward?
—¿Edward? ¿He dicho Edward?
Emmett alzó las cejas y asintió con la cabeza.
—Quise decir Mike. Ha salido hoy de cuidados intensivos. Los médicos dicen que las cosas van bien. Así que, con suerte las cosas solo mejorarán a partir de ahora. —Estaba divagando, por lo que me detuve.
—Me alegro por Mike. Ahora, ¿quién es Edward?
Mis mejillas se sonrojaron.
—Vaya —comentó Emmett.
—No, no es nada. Es un amigo.
—Ja. Eso no es lo que parece. Quiero conocer a este amigo.
—No seas tan hermano. —Golpeé su brazo.
—¿Por qué traes zapatos en la mano? —Me interrumpió mientras comenzaba a escapar por el corredor.
—Se habían quedado en la biblioteca. Los he recogido hoy.
—¿Es la primera vez que regresas?
—Sip.
—¿Y lo controlaste bien?
—¿Por qué no iba a hacerlo?
—Ah, no lo sé, la última vez que estuviste en la biblioteca te desmayaste por un ataque de ansiedad.
—Pude controlarlo. —Con ayuda.
—Solo un aviso —señaló a la cocina con la cabeza—, mamá estaba preocupada por tus emociones y porque has estado visitando demasiado el hospital. —Y esa era otra razón por la que me costaba hablar con mis amigos; ya tenía a demasiadas personas preocupadas por mis emociones.
—Mírate, llevas en casa quince minutos y ya eres mi espía.
—En realidad llevo en casa dos horas. —Miró su reloj—. Tú no has estado aquí.
—Detalles, detalles. —Crucé el pasillo hasta llegar a mi habitación.
—Me debes algo de tiempo de hermanos de calidad —gritó detrás de mí—. No actúes como si no estuviera aquí.
—Mañana escogeré el color del esmalte de uñas.
—Oye. Yo elijo mi propio esmalte de uñas —dijo él. Sonreí y cerré la puerta detrás de mí, después me desplomé en el suelo. Sentía una jaqueca que se formaba detrás de mis ojos. Esperaba poder dormirme temprano esa noche, sin reproducir y reproducir el día en mi mente durante horas, como le gustaba hacer a mi cabeza algunas veces.
Tyler staba de pie en la punta de la mesa en el almuerzo al día siguiente, como si estuviera dirigiendo una reunión. Yo tenía un dolor de cabeza persistente del día anterior y parecía que eso solo lo haría empeorar.
Él golpeó la mesa con el puño para llamarnos la atención.
—Mike salió de cuidados intensivos ayer, pero su madre pidió que solo vaya un visitante por día. Le enviaré un mensaje a cada uno de vosotros ahora con el itinerario para los próximos siete días. Si no podéis ir el día que os he asignado, tratad de encontrar alguien con quien cambiar. —La versión seria de Tyler me sorprendía. No estaba acostumbrada a ella.
Mi móvil vibró por el mensaje recibido. Abrí el itinerario:
Hoy: Eric.
Miércoles: Jessica.
Jueves: Ben.
Viernes: Tyler.
Sábado: Angela.
Domingo: Lauren.
Lunes: Bella.
¿En serio? ¿Él iba a jugar a esto? Era evidente que seguía enfadado conmigo. El resto del grupo estaba ocupado hablando y cambiando días. Miré a Tyler. Él fingió inocencia.
—Yo cambiaré contigo —propuso Angela.
—Pero tú aún no lo has visto.
—Está bien. Él preferiría verte a ti.
—No sé si él sabrá a quién está viendo. Está bien. —Podía controlarlo si eso hacía que Tyler se sintiera mejor.
—Tal vez comience a mejorar y su madre permita más visitantes.
—Esperemos —asentí.
Cuando sonó la campana y todos recogieron sus cosas, Tyler se quedó atrás hasta que solo quedamos los dos.
—Es justo, Bella—afirmó—. Ya que lo has visto muchas veces.
—Estoy de acuerdo. Buen trabajo —respondí. Era obvio que quería que me molestara con él, pero yo estaba centrada en reparar nuestra amistad.
No podía ver a Mike, pero eso no significaba que no pudiera tener noticias de él. Lo necesitaba por mi salud mental. Así que, a la mañana siguiente, encontré a Eric antes de la primera clase. Estaba en su casillero, metiendo más papeles en un espacio ya repleto de un revoltijo papeles.
—¿Cómo estaba él?
—¿Qué? ¿Quién?
—Mike. Tú lo viste ayer, ¿cierto? ¿Cómo estaba él?
—Ah. Hola, Bella. Es bueno verte esta mañana también.
—Hola, Eric. —Sonreí—. ¿Cómo ha ido tu mañana hasta ahora?
—Ha estado bien. Me quedé dormido y…
—Eric. Vamos. —Le di un golpecito en el brazo.
—Estaba bien. —Rio—. Muy cansado, pero parecía estar bien. El médico dijo que debería estar más y más despierto cada día.
—Eso es bueno. Muy bueno. —Seis días más hasta que pudiera verlo yo misma. Podría aguantar seis días más.
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Llevé la cámara a mi ojo y giré la lente a un lado y al otro, haciendo que Emmett pasara de estar borroso a nítido una y otra vez.
—No estarás haciéndome una fotografía, ¿o sí? —preguntó él desde su lugar en el sofá a mi lado.
—No te preocupes, diva. Sé que te gusta arreglarte el pelo antes.
—En realidad, no para tus fotografías. —Apuntó el mando hacia el televisor y lo apagó—. Tienes un modo de capturar las cosas que hace que siempre estén bien.
—Gracias. —El cumplido me pilló por sorpresa.
—Hablo en serio. ¿En eso piensas para la universidad? ¿Fotografía?
—No. Para nada, es demasiado…
—¿Arriesgado?
—Sí.
—¿Y qué hay de malo en los riesgos? ¿Qué hay de malo en escoger la opción incierta? La que no has planeado a fondo.
—Sabes qué hay de malo en eso. Me estresaría demasiado. Necesito seguridad.
Él hizo un gesto hacia mi cámara y se la entregué. La llevó a su cara y tomó una fotografía, después observó el resultado en la pantalla con expresión de descontento.
—Solo digo que tienes talento.
—Eres mi hermano preferido.
—Siempre.
Le quité mi cámara.
—Pensé que irías al hospital hoy —comentó él.
—Hoy es el día de Jess. —Me quejé y traté de no pensar en eso.
