Todos los personajes pertenecen a Sthephenie Meyer, y la historia a Kasie West.
—¿Mike te ha hablado? —pregunté, sin poder creerlo aún. ¿Por qué Jessica no estaba brincando de la alegría como yo quería hacer? ¿Por qué no nos había llamado la noche anterior?—. ¡Son noticias increíbles! —Mi cuerpo se llenó de alivio.
—¿No lo había hecho antes? —Jess abrió su bolsa de bocadillos y se encogió de hombros.
Las cuatro, Jessica, Lauren, Angela y yo, estábamos sentadas juntas en la cafetería. Los chicos estaban en alguna reunión de almuerzo de baloncesto.
Yo había dejado de comer en el momento en que ella dio la noticia.
—¿Qué dijo?
—No mucho. Solo hola y preguntó cuánto tiempo había estado allí.
Intenté controlar el pequeño rastro de celos de que Mike le hubiera hablado a Jessica primero, de habérmelo perdido, y enfocarme en la enorme alegría de que hubiera hablado por empezar.
—¿Se lo contaste a su madre?
—¿Se suponía que tenía que hacerlo?
—No, está bien. Estoy segura de que ella lo sabe. ¿A quién le toca hoy? —En lugar de esperar una respuesta, abrí el mensaje de Tyler.
—Ben —dijo Lauren al mismo tiempo que yo.
—¿Creéis que Ben cambiaría conmigo? —pregunté.
—Probablemente no —respondió Jessica.
Me quejé. ¿Por qué le había dado el poder de hacer el itinerario a Tyler en el hospital? Había intentado ser amable, pero no había servido de nada.
—¿Quieres que hable con Tyler?—Angela acarició mi brazo. Todos mis amigos también pensaban que Tyler no había sido razonable.
—No. —Porque, si tenía que ser honesta, aún tenía algo de miedo de que a Mike realmente no le importara verme. No estábamos juntos, nunca lo habíamos estado. ¿Qué me hacía pensar que era especial?
Me crucé a Edward en el pasillo después del almuerzo y le pasé una nota. Una nota que decía que me viera entre la sexta y la séptima hora en el sitio en el que me encontraba en ese momento; detrás de la cafetería. No había anticipado los cubos de basura y el hedor que emitirían.
Edward dio vuelta a la esquina, su paso lento y confiado. Miró los basureros cuando me alcanzó y alzó las cejas.
—Esperaba que me ayudaras a encontrar mi aparato dental. Creo que fue arrojado a la basura.
—¿De verdad? —La expresión placentera se esfumó de su rostro.
—No —reí.
Él sonrió.
Sujeté las solapas de su chaqueta y tiré de él para acercarlo.
—Hola —dijo él en voz baja.
—Hola. —Suspiré.
—¿De verdad usas un aparato? —preguntó.
—Solo por la noche. —Le sonreí ampliamente—. ¿Qué hay de ti? ¿Alguna vez llevaste bráquets?
—Eso no fue precisamente prioritario para ninguno de mis padres de acogida.
—Bueno, entonces tuviste suerte, tienes unos dientes muy bonitos.
—No los has visto lo suficientemente cerca, entonces. —Se encogió de hombros.
Incliné la cabeza y él me ofreció una sonrisa falsa que me hizo reír. Sus incisivos superiores se superponían un poco y los inferiores estaban un poco más torcidos, pero no molestaba en absoluto.
—Tenía razón, muy bonitos.
—No eres buena mintiendo —dijo él mientras sujetaba los lados de mi suéter en mi cintura.
Su brazos me hacían sentir ligera sobre mis pies, como si no estuvieran tocando el suelo. Me equilibré apoyando las manos sobre su pecho.
—Entonces ya no debes ser bueno leyéndome, porque no estoy mintiendo. Por otro lado, yo soy excelente leyéndote a ti. Como en ese juego de piedra, papel o tijera al que jugamos. Te leí como un libro abierto.
—Trabajaré en mi cara de póker. —Rio.
—Deberías venir hoy después del instituto.
—¿A tu casa?
—Sí, mi hermano está en la ciudad. Creo que te gustará.
—Nadie me gusta, ¿recuerdas?
—No creo que eso sea cierto. —Di un pequeño paso al frente.
—Me gustan las distracciones —afirmó él.
—A mí también. —Era evidente que él no quería conocer a mi hermano, probablemente pensara que eso era un compromiso o algo—. De acuerdo, bien, hay un parque junto a mi casa. ¿Tienes mi dirección? Estaba en el sobre que mis padres te enviaron.
Él asintió.
—¿Te veo en el parque? ¿A las cuatro?
—Lo intentaré.
—Esfuérzate.
Él sonrió y pude leer su rostro. Decía que no iría. Fingí no notarlo. No lo dejaría escapar tan fácilmente. Si él no quería ir, tendría que saber que yo estaría sentada, con frío, esperándolo.
Edward y yo dimos la vuelta a la cafetería y volvimos a entrar por la puerta principal juntos. Yo le dije «Adiós», él se despidió con un gesto de la cabeza y seguimos nuestros caminos separados. Fue entonces cuando vi a Angela contra un casillero, mirándome. Le sonreí.
—Suéltalo. Ahora —dijo después de cogerme del brazo y arrastrarme al baño más cercano.
—¿Soltar qué?
—Ya sabes qué. Te vi pasarle una nota después del almuerzo. ¿Cómo lo conoces?
Revisé debajo de cada cubículo para comprobar que estuvieran vacíos.
—Estuvo en la biblioteca conmigo. —Ya no tenía sentido mantenerlo en secreto.
—¿Edward?
—Sí.
—¿Edward Masen?
—Sí —respondí con más énfasis.
—Él estaba en… —Frunció el entrecejo por la confusión—. Espera… ¿Estaba en la biblioteca contigo? ¿Todo el fin de semana? ¿Atrapado? ¿No estabas sola?
—Estábamos atrapados juntos.
—¡NO PUEDE SER!
—Sí… puede ser.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Lo siento. Él me hizo jurar que lo mantendría en secreto. Larga historia.
No apropiada para el baño.
—¿Me lo contarás todo más tarde?
—Sí.
—¿Él fue…? —Buscó una palabra para completar la frase.
—Él fue agradable, divertido.
—¿Divertido?
—De acuerdo, no divertido como Mike. Fue un poco frío al principio. Pero después de un tiempo él fue… divertido.
—Eso es una locura. Conoces a Edward Masen ahora. Nadie conoce a Edward Masen—Se apoyó contra el lavabo—. Conoces a Edward Masen. —Se detuvo ahogada—. Espera. ¿Conoces, conoces a Edward Mason? ¿Vosotros habéis…?
—No.
—Uh. —Ella sonrió—. Él tiene que ser bueno besando, ¿no lo crees? Esos labios, esos ojos.
—Para. —Le di un golpecito en su brazo. No podía pensar en besarlo. Ya me había prohibido hacer eso. Ella analizó mi rostro y supe que mis mejillas estaban sonrojadas.
—Te gusta —murmuró.
—No, no me gusta. A él no le gusta nadie y no es material para novio. Para nada.
Ella no pareció creerme.
—Bells, ¿qué hay de Mike? Él te necesita ahora. Aún está recuperándose, después tendrá rehabilitación y tendrá que regresar a la vida, y las emociones negativas podrían tener un efecto perjudicial en él.
—Lo sé. —Mi mandíbula se tensó—. No voy a ir a ningún sitio. No hay nada entre Edward y yo.
—¿Y por qué estás pasando tiempo con él?
—Es solo una distracción.
—La televisión es una distracción. Edward es una adquisición hostil.
—Él no ha adquirido nada. —Nada en absoluto. Él quería marcharse lo más pronto posible, sin compromisos, y yo solo necesitaba algo para mantener mi mente ocupada. Las cosas pronto volverían a la normalidad
