Todos los personajes pertenecen a Sthephenie Meyer, y la historia a Kasie West.

Me quedé atrapada en el tráfico al salir de Salt Lake. Eran apenas las 3:45. Pensé que no me pillaría el tráfico de la hora punta, y eso convertiría mi viaje de cuarenta y cinco minutos en una hora. Froté mi cuello.

Y fue entonces cuando recordé a Edward y mi encuentro con él. Cuatro en punto en el parque junto a mi casa. Lo había olvidado por completo por las noticias de que Mike quería hablar conmigo. ¿Por qué Edward no tenía un teléfono al que pudiera llamar? Yo era una persona horrible.

No, todo saldría bien.

Edward no estaría allí. Lo había visto en sus ojos más temprano. Él no iría. ¿Cómo podría llegar hasta allí, aunque quisiera? No tenía coche y no sabía conducir.

El reloj del salpicadero marcaba las cinco y media cuando llegué a mi vecindario. Por lo visto, el tráfico no tenía relación con la hora punta; había ocurrido un terrible accidente. Llamé a mis padres para que supieran que estaba bien y que llegaría más tarde de lo normal.

Reduje la velocidad al pasar junto al parque, solo para asegurarme. Al principio creí que tenía razón y me relajé en mi asiento, pero después vi una figura, vestida con un abrigo oscuro, sentada en un banco junto a las hamacas. Jadeé, aparqué contra el cordón y apagué el motor. ¿Él había venido?

El parque estaba vacío mientras caminaba hacia él; demasiado tarde para los niños que normalmente lo visitaban. Edward estaba leyendo, iluminado por el brillo de las luces de la acera y en mi mente se reprodujo una imagen suya en la biblioteca, con tanta intensidad que tuve que detenerme un momento. Me deshice de ella.

—Lo siento —le dije.

—Hola. —Levantó la vista, sus ojos se encontraron con los míos.

No parecía enfadado.

—¿Cómo has llegado hasta aquí?

—¿Cómo llegué a existir o…?

—Gracioso. —Me senté a su lado en el banco y él cerró su libro, aún Hamlet, y lo dejó junto a él—. ¿Alguien te ha traído?

—Cogí el autobús.

—¿Cogiste el autobús por mí?

—Cojo el autobús para todo, no lo analizo demasiado.

—Demasiado tarde, yo ya lo analicé.

—¿Y qué has descubierto?

—Que te prometí que te enseñaría a conducir, debí convertirlo en una regla.

—Tú y tus reglas.

Nos miramos a los ojos, al parecer ambos recordábamos las reglas que habíamos establecido antes: sin vínculos, sin besos. Aún estábamos bien en ambos frentes. Su mirada no dejaba la mía. ¿O no?

—¿Cómo está Mike?

—¿Qué? —Parpadeé y aparté la vista de su mirada intensa.

—Allí estabas, ¿verdad? En el hospital.

Yo asentí.

—La madre de Mike me envió un mensaje de última hora y tuve que ir. Él estaba preguntando por mí.

—Eso es bueno —dijo, a pesar de que sus hombros estaban tensos.

Intenté pensar por qué podrían no gustarle las noticias. ¿Por qué estaba diciendo lo opuesto a lo que sentía?

—Aún está dolorido, supongo. Y probablemente tenga que hacer rehabilitación. Así que pasará un tiempo antes de que regrese a casa.

—¿Estás contando cuánto tiempo me necesitarás cerca?

—Yo… no. Somos amigos, ¿verdad? Tú puedes…

Él me interrumpió riéndose.

—Era una broma.

—Ah, bueno. —Me apoyé en el respaldo—. Pero sea como sea, pensaba mantenerme lejos del hospital mañana, porque es el día de Tyler.

—Tyler … el chico que te culpó por el accidente de Mike.

—Correcto. Quería darle su tiempo, pero Mike me pidió que vaya. Me hizo prometerlo. Así que siento que debo hacerlo.

Él se adelantó y apoyó los codos sobre sus rodillas, como si estuviera pensando. Habló un minuto después.

—Entonces, estás intentando controlar tu ansiedad actuando como si no la tuvieras.

—¿Qué?

—Sabes que el hospital te estresará mañana, especialmente con Tyler allí.

—Sí.

—Pero en lugar de quedarte en casa por el bien de tu propia salud mental, irás allí porque alguien más espera que lo hagas.

—No puedo dejar de vivir mi vida.

—No es algo que tú quieres hacer. Estás preocupándote por los sentimientos de alguien más en lugar de preocuparte por los tuyos.

—De cualquier manera, estaré sentada en mi casa preocupándome por Mike que se estaría preguntando por qué no estoy allí o estaré en el hospital preocupándome de que Tyler esté molesto porque yo estoy allí.

—Porque no se lo has contado. Si les contaras que tienes ansiedad, ellos no se preguntarán por ti cuando no te presentes a algo o cuando tengas que irte antes. Y tú no te preocuparás por ellos. Ellos te entenderán. Se sentirán mejor y tú también. —Levantó las manos y negó con la cabeza, como si estuviera molesto consigo mismo por algo—. ¿Sabes qué? No importa. No es asunto mío.

—No. Tienes razón. Se lo diré. —Exhalé frustrada.

—Ahora estás diciendo eso porque crees que estoy molesto.

—¿Lo estás?

—Eso no importa, Bella. —Puso sus manos sobre mis mejillas. Estaban heladas—. Descubre lo que tú piensas. —Sus ojos iban y venían entre los míos. Mi temperatura pareció aumentar algunos grados—. Descubre lo que tú quieres —repitió, con más suavidad.

Y entonces se levantó y se alejó. Y yo solo me quedé sentada y lo dejé ir, sin siquiera ofrecerme a llevarlo. Tal vez ambos necesitábamos algo de espacio de todas formas. Para poder seguir las reglas.

Doblé las rodillas sobre el banco, con sus palabras dando vueltas en mi cabeza. Lo que dijo tenía sentido. Pensé en todas las veces que, durante los últimos meses, había ido a sitios para complacer a otros a pesar de saber lo que me provocaría: juegos de baloncesto, fiestas y tal vez hasta hospitales.

No era que quisiera dejar de hacer esas cosas por completo, pero necesitaba interpretar mejor mis propias emociones, no marcharme de los lugares después de tener un ataque, sino antes. Cuidar mi salud mental. Pero no necesitaba contárselo a mis amigos para hacer eso. Solo necesitaba ser mejor para decidir por mí misma. Para no hacer cosas que no quería hacer.

Deslicé las piernas hasta el suelo y, cuando estaba a punto de levantarme, vi que el libro de Edward seguía sobre el asiento. Él se había marchado hacía mucho. Se lo daría en el instituto al día siguiente. Lo abrí, curiosa y tal, como había pensado, la carta seguía ahí. Volví a leer la dirección. Salt Lake. ¿Su madre vivía tan cerca y él no la había visto en años?

Abrí la aplicación del mapa en mi móvil y busqué su dirección. A quince minutos de distancia. Bloqueé la pantalla y volví a analizar el sobre. La dirección del remitente no era familiar. Por supuesto, no era su dirección actual, pero tampoco la anterior. Me pregunté cuántas veces habría tenido que mudarse. Con cuántas familias había tenido que vivir.

La luz de la entrada estaba encendida y brillaba con un anaranjado pálido mientras me acercaba a mi casa. Parecía tan tentadora. Mi casa. Abrí la puerta y escuché a mi familia en la cocina, riendo, y el sonido del entrechocar de platos. Cerré la puerta detrás de mí y fui a reunirme con ellos. Me detuve de inmediato al ver a mi madre y a mi hermano alrededor de la isla de la encimera de la cocina, comiendo los restos de lasaña, mientras mi padre lavaba los platos.

—Preparemos galletas —propuso mi hermano.

—Te comerás toda la masa —respondió mi madre.

—¿Y?

—Yo también quiero comerme toda la masa —dije. Todos levantaron la vista. Mi hermano habló primero.

—Ya era hora de que llegaras. Ven aquí a pasar algo de tiempo de calidad conmigo.

—Eres muy mandón. —Dejé el libro de Edward sobre la mesa y me uní a ellos en la isla. Saqué un tenedor del cajón y lo hundí en los restos de lasaña.

—¿Qué te parece un plato? —dijo madre.

—Hay ensalada también. Está en la nevera. —Antes de que pudiera terminar mi bocado de comida, mi padre ya tenía una bolsa hermética gigante llena de ensalada y mi madre un plato.

—Gracias. —Acepté las dos cosas y pasé los treinta minutos siguientes respondiendo preguntas sobre Mike mientras preparábamos galletas.