Todos los personajes pertenecen a Sthephenie Meyer, y la historia a Kasie West.

El suelo de baldosas era demasiado blanco en el hospital y me pregunté cómo lo mantenían limpio con tanto trasiego. Después de salir de la habitación de Mike, recorrí dos corredores y conté cien baldosas hasta que mis nervios se calmaron. Estaba pensando en diferentes productos de limpieza que podrían usar, cuando un par de pies entraron en mi línea visual. Levanté la vista y me quedé sin aliento.

—¿Edward? ¿Qué estás haciendo aquí? —Miré por encima de mi hombro para comprobar que no tuviéramos audiencia. Cuando vi que no teníamos, lo abracé, lo que hizo más para relajarme que contar las cien baldosas del suelo.

—Pensé que podrías necesitar a tu distracción —respondió y correspondió a mi abrazo.

Me reí, pero después me di cuenta de que, incluso con esa sonrisita en su rostro, estaba hablando en serio.

—Espera, ¿no vienes a visitar a nadie? ¿Realmente estás aquí por mí?

—Hablaste de promesas y mejores amigos peleando y de venir de visita fuera de tu turno; no lo sé. Apenas te escuchaba, pero pude presentir que habría estrés en tu futuro.

—¿Apenas me estabas escuchando? —La verdad era que estaba ahí por mí. Estaba más que sorprendida—. ¿De verdad? Suena a que estabas escuchándome perfectamente.

—No te acostumbres. —Me miró desde arriba.

Volví a abrazarlo, pero me aparté rápidamente al oír pasos. Tyler pasó junto a nosotros, me miró a los ojos y alzó las cejas. Balbuceó qué mono por lo bajo y siguió caminando.

—Tyler —dije a sus espaldas—, ¿conoces a Edward? Va a nuestro instituto. Es voluntario en el hospital.

Él apenas se dio la vuelta, saludó con la mano y siguió su camino.

—¿Ese es el mejor amigo del novio que te odia a muerte?

—Sip. —Él estuvo en silencio durante tres respiraciones.

—¿Esto ha ayudado? —agregó.

Yo reí sin humor.

—¿Voluntario en el hospital? —comentó Edward sin dejar de mirar a Tyler—. Probablemente debiste decir que cumplo servicio comunitario obligatorio. Habría sido más creíble.

—No es cierto.

—¿Quieres que lo amenace para que guarde el secreto de mi lado filántropo?

—No.

—¿Podemos salir de aquí entonces?

Dudé, me pregunté si debería ir a contárselo a Mike antes de que Tyler lo hiciera. Adelantarme a él. O, quizá, una mejor jugada sería no mencionarlo en absoluto y actuar como si no fuera gran cosa si Mike comentaba algo.

—Yo me voy —Edward señaló con la cabeza y su sonrisa desapareció.

—No —dije con determinación—. Vamos. —Caminamos hacia la salida. –¿Cómo crees que mantienen estos suelos limpios? —le pregunté.

—¿Un buen conserje?

Sonreí porque había respondido a mi pregunta en lugar de burlarse de mí por ella.

—¿Cogiste el autobús hasta aquí?

Él asintió.

—¿Cómo consigues dinero para el billete del autobús?

—A la antigua usanza.

—¿Interceptando a conductores de tren? ¿Robando bancos?

Su sonrisa regresó, lo que era mi objetivo. Sus sonrisas difíciles de ganar me hacían sentir que lograba algo que no muchos podían.

—Cortando el césped. Limpiando ventanas.

—He estado cerca. —Aplaudí y le ofrecí una sonrisa radiante—. Ha llegado la hora.

—¿De qué?

—De que aprendas a conducir.

Mi cuerpo se sacudió hacia delante y mi cabeza casi golpeó el salpicadero.

—Despacio con el freno. No hace falta pisarlo a fondo.

Estábamos en el aparcamiento del instituto. Era el único lugar que se me había ocurrido que fuera lo suficientemente amplio y no tuviera demasiados obstáculos.

Edward soltó el freno y el coche avanzó. Volvió a pisarlo y, una vez más, mi cuerpo se sacudió hacia delante. Pero esta vez, el cinturón de seguridad se ajustó demasiado, y yo jadeé.

—Lo siento —se disculpó él. Nunca antes lo había visto tan fuera de lugar o inseguro. Edward siempre imponía presencia. Una presencia segura.

—No pasa nada. Lleva tiempo acostumbrarse a lo sensible que puede ser el pedal del freno.

—Soy malísimo. Voy a cargarme tu coche.

—No vas a cargarte mi coche. —No estaba segura de que él entendiera lo que decía, porque me estaba riendo demasiado.

—¿Este va a ser uno de tus ataques de risa? —Me miró serio.

—Solo conduce. —Señalé al volante—. Ya te acostumbrarás.

—¿A conducir o a que te rías de mí?

—A ambas.

Él volvió a avanzar, con una expresión de confusión y nervios en su cara.

Una sensación de afecto reconfortante se apoderó de mí. Sentí que conocía a Edward bastante bien, pero aún quería saber más de él.

—¿Qué edad tenías cuando tu padre se marchó?

—Cuatro. Demasiado joven para recordarlo mucho.

—¿Y fue entonces cuando tu madre comenzó a…? —No quería completar esa oración.

—¿Drogarse? —Él la terminó por mí.

—Sí.

—No. Eso fue más adelante, cuando su madre murió.

—¿Y cuándo se involucraron los Servicios Sociales?

—Cuando tenía trece. —Acarició su muñeca izquierda con el pulgar.

—¿Ahora tienes diecisiete?

—Sí.

—¿Ella era una buena madre antes de todo eso?

—Era la mejor madre que sabía ser.

—Supongo que eso es todo lo que cualquiera de nosotros puede ser. —Extendí mi mano y presioné su rodilla.

—¿Intentas confundirme? ¿Como en el lanzamiento de Frisbees?

—¿Está funcionando? —Sonreí al recordar nuestra competición en la biblioteca.

—Ya hemos establecido que eres una distracción.

Volví a poner mi mano sobre mi falda. Las mejillas me dolían de tanto sonreír. Edward dio dos vueltas al aparcamiento, más estable en cada una de ellas.

—¿Cómo es el hogar? —le pregunté.

—¿Alguna vez te has sentido atrapada?

—Sí, tengo ansiedad. —Lancé una risa corta.

—Cierto.

—Lamento que te sientas así.

—Deja de disculparte.

—Cuando me siento atrapada, ansiosa, pienso en los momentos en los que he sido más feliz.

Él se atrevió a apartar la vista del camino oscuro frente a él para mirarme a los ojos. La intensidad de su mirada me dejó sin aliento. Y entonces volvió a enfocarse en el exterior. Casi me disculpo, pensando que podría haber tocado un nervio sensible con mi comentario, pero me mordí la lengua.

Los nudillos de Edward se volvieron blancos sobre el volante y yo miré a través del parabrisas. Otro coche entró al aparcamiento, al menos a treinta metros de distancia. Él pisó el freno y me lanzó hacia delante.

—En serio, Edward. Vas a matarme.

—¿No es eso lo que intentaba decirte?

Me reí mientras veía cómo el coche giraba en U frente a nosotros y volvía a salir del aparcamiento. Me estaba riendo demasiado, lo notaba. Él me hacía feliz. Sentía como si estuviera resplandeciendo por dentro, como si quisiera vivir en ese momento por siempre. Jugué con la pulsera rosa que seguía firmemente atada a mi muñeca, respiré profundamente y dejé escapar lo que pensaba.

—Definitivamente te he agregado a mi archivo en las últimas semanas.

—¿Qué archivo? —preguntó él.

—El de los recuerdos felices. En el que busco en mis momentos oscuros —le dije con calma.

Una sonrisa borró su dura expresión, antes de que se desvaneciera y él fingiera que yo no la había visto. Pero sí la vi. Y la agregué al archivo.

—Los recuerdos felices no pueden sacarte de todo. —Parecía estar hablando desde la experiencia. Detuvo el coche y accionó el freno de mano, después se volvió hacia mí—. ¿Dejé mi libro en el parque ayer?

—Sí. Yo lo tengo, lo olvidé. Te lo llevaré al instituto el lunes.

—De acuerdo.

Apoyé mi cabeza en el asiento, mirándolo. Sus ojos estaban fijos en los míos. Eran intensos. Nunca antes me había sentido tan expuesta. Como si él estuviera mirando dentro de mí.

—¿Qué? —preguntó él.

—Gracias por venir esta noche. Lo necesitaba.

—Claro. —Recorrió la línea de mi barbilla con un solo dedo y me hizo temblar—. Siempre estás fría —comentó.

—No estoy fría. —Mis ojos no dejaron los suyos.

Estaba cerca. Demasiado cerca. Pero no me alejé. De hecho, yo fui la que acortó la distancia entre los dos. Me contuve para no acercarme más. Respiré su aliento. Y después fue él quien comenzó a acercarse, sus labios a centímetros de encontrar los míos.

—A diferencia de ti, yo no sigo las reglas. —No me dio oportunidad de responder. Sus labios se unieron a los míos y me robaron la fuerza de voluntad. Me acerqué más a él. Intenté llevar mi mano derecha a su cabello, pero el cinturón de seguridad me impidió acercarme más. Busqué a ciegas el botón para liberarme, sin deseos de apartarme para encontrarlo. Él fue más rápido. Soltó mi cinturón, después me atrajo más hacia él.

Mis manos encontraron su cabello, su cuello, sus hombros. Sus manos alcanzaron mis caderas, me levantaron y me deslizaron por encima del salpicadero hasta su regazo. No había espacio suficiente entre él y el volante, pero eso no me detuvo. Mis codos descansaban sobre sus hombros mientras nuestro beso se hacía más profundo.

Y después, un claxon sonó, fuerte y persistente. Jadeé y me alejé. Me di cuenta de que había sido yo. Mi espalda estaba presionando el claxon. Me reí mientras maniobraba para regresar a mi asiento. El silencio llenó el ambiente.

Sentía mis labios irritados; mis mejillas, calientes.

—Ya has caído —le dije mientras volvía a abrochar mi cinturón—. Hay un vínculo en tu futuro, te lo advertí.

Él sonrió y abrió la puerta del coche. Cuando llegó a la puerta del pasajero y la abrió para mí, me di cuenta de que debíamos cambiar de asiento. Yo tenía que conducir. ¿Cómo haría para conducir? ¿Cómo haría siquiera para caminar hasta el otro lado del coche con mis piernas temblorosas? Pero cuando salí, él no se movió para dejarme pasar. Me presionó contra el coche y volvió a besarme, con sus cálidas manos sobre mis orejas. Me puse de puntillas para corresponderlo. Su calor recorrió mi cuerpo y llegue a pensar que explotaría de felicidad. Finalmente empujé su pecho y rompí el beso.

Estaba sintiendo demasiado, demasiado rápido.

De alguna forma lo llevé a casa, con piernas temblorosas y todo, y apenas cruzamos dos palabras por el camino. Cuando me detuve frente al hogar, él se acercó, me dio un beso ligero en la mejilla y después otro en los labios.

—Nos vemos —dijo con voz grave y se marchó.