Todos los personajes pertenecen a Sthephenie Meyer, y la historia a Kasie West.

—De acuerdo, Bella, siéntate sobre mis piernas y Angela, empuja la silla lo más fuerte que puedas —dijo Mike.

Estábamos fuera del hospital. Había dejado de nevar y habíamos llevado a Mike con su silla por la acera hasta el parque del hospital. Él había decidido que la acera tenía el ancho suficiente y la inclinación adecuada para ser la rampa perfecta.

—¿Por qué mejor no pruebas esas? Están hechas especialmente para sillas de ruedas —señalé las hamacas en la zona de juegos.

—¿Eres una gallina, Bella?

—De hecho, sí. Parece que sería bastante doloroso golpear mi cabeza contra ese poste de allí.

—Iré con o sin ti, así que será mejor que me protejas —dijo al posicionar la silla de ruedas.

—¿Con mi cuerpo?

—No dejaré que te hagas daño.

Había tantas cosas mal en esa escena, de las cuales la menos importante era estar subiéndome al regazo de un paciente en recuperación. Angela se mantuvo en silencio durante todo el intercambio y, cuando la miré en busca de ayuda, ella pareció notar mi incomodidad.

—Yo lo intentaré primero para ver si es seguro.

—Nop, Bella y yo primero.

Angela me miró y abrió bien los ojos, casi como si me instara a decir que no.

Abrí la boca para hacer precisamente eso, pero después cometí el error de mirar al rostro esperanzado de Mike y dije «Vale».

Mike palmeó su regazo con las dos manos.

—Siento que voy a hacerte daño —apoyé una mano en el reposabrazos—.¿Sientes dolor en las piernas?

—No. Mis piernas están ilesas. No vas a hacerme daño.

Respiré profundamente y subí a su regazo.

—Ay. —Inhaló entre dientes. Yo me levanté de un salto, pero él me cogió de la cintura, riéndose—. Solo estoy bromeando. Siéntate.

Tenía el corazón en la garganta y había pasado tanto tiempo desde la última vez que formé parte de una de las «aventuras» de Mike que ya había olvidado que así era cómo me sentía siempre en ellas; al borde del pánico.

Me senté de todas formas, un brazo alrededor de sus hombros y el otro incómodamente en mi espalda, sujetando el reposabrazos. Se estaban formando gotas de sudor en mi labio superior mientras me imaginaba bajando a toda prisa por la acera y lastimando a Mike otra vez. Su madre me mataría.

—De acuerdo, Angela, danos impulso —se inclinó a la derecha y quitó la traba de la rueda.

Ella se acercó a la silla y me miró una última vez, como preguntándome si realmente quería hacerlo. Cerré los ojos y asentí. Sentí cómo avanzaba la silla de ruedas. Después los volví a abrir para poder ver si en algún punto tendría que saltar.

—Estás muerto para mí —le murmuré a Mike.

Él rodeó mi cintura con un brazo y rio.

Cuando comenzamos a coger velocidad, la risa de Mike se redujo a una risita nerviosa. Eso no ayudó a mi ya vívida imagen de cómo acabaría aquello.

Como si lo supiera, alcanzamos una zona plana, chocamos contra una protuberancia en la acera, la silla se elevó por un segundo en el aire.

Aterrizamos en el suelo y nuestras cabezas se chocaron. La silla finalmente se detuvo al llegar a una porción de césped al final de la acera.

—¿Estás bien? —le pregunté. Salté de sus piernas y examiné su cabeza donde la mía la había golpeado.

—Estoy bien. Tengo una cabeza dura.

Me palpitaba la sien, pero resistí la necesidad de frotarla. Deseé que no se hiciera una magulladura. Debí haber sido buena fingiendo, porque él no me preguntó si me había hecho daño.

—¿Estáis bien? —Angela llegó corriendo hasta nosotros. Pensé que estaba mirando a Mike, pero estaba preguntándomelo a mí.

—Estoy bien. Estoy bien.

—Subidme de nuevo. —Mike elevó las manos en el aire—. Es tu turno, Angela.

—No creo que sea buena idea —le dije. Seguramente un chico que acababa de darse un golpe en la cabeza no debía arriesgarse tanto.

—Estás arruinando la diversión.

Intenté pensar si alguien le habría dicho que no a las hazañas de Mike antes del accidente. Siempre estaba proponiendo aventuras alocadas y siempre le seguíamos la corriente, con mi ansiedad de compañera.

—Te empujaré en las hamacas. —Volví a proponerle.

—Después de una vuelta más con Angela.

Y se hizo exactamente como él quiso. Primero se deslizaron por la colina, conmigo en la cima, mi preocupación manteniéndolos a salvo, después él y su silla de ruedas en la hamaca especialmente diseñada.

Estaba claro que estaba cansado, pero necesité otros diez minutos convencerlo de que deberíamos regresar.

—Fue la mayor diversión que he tenido en mucho tiempo —dijo mientras lo llevábamos de regreso a su habitación—. No quiero que termine.

—No es tu último día de diversión, Mike —le respondí—. Habrá muchos más. Tienes que tomártelo con calma.

—Sí, mami —se burló, pero se dio la vuelta y me dio una palmadita en la mano.

Me sentí como su madre durante la hora que habíamos pasado y no me gustó. No me gustaba tener que ser la razonable, pero alguien tenía que hacerlo.

Lo devolvimos a su habitación, se lo entregamos a su verdadera madre y nos marchamos.