Todos los personajes pertenecen a Sthephenie Meyer, y la historia a Kasie West.

Mi madre estaba esperándome en mi habitación cuando llegué a casa.

—Hola, ¿qué sucede? —le pregunté.

—¿Qué ha pasado? —Ella inclinó la cabeza y analizó el lado de mi rostro.

—¿Qué? —Levanté la mano y sentí un chichón en donde mi cabeza había chocado con la de Mike—. Ah, juegos de sillas de ruedas que salieron mal. ¿Dónde están papá y Emmett?

—Minigolf.

—¿Emmett está enfadado conmigo? No he pasado mucho tiempo con él esta semana.

—Él estará bien. ¿Cómo estás tú, Bella?

—Estoy bien. —Después decidí ser honesta, porque sabía que ella podía notarlo—. Algo estresada últimamente.

—Eso pensaba. Quizá sea momento de que te tomes un descanso. Unos días sin hospital, amigos o instituto. Quédate en casa y relájate.

Eso sí que sonaba bien, pero no aliviaría mi mente.

—Has estado tomando tu medicación, ¿verdad?

—Sí. —No podía imaginar cómo me sentiría sin ella—. Creo que mucho de esto es circunstancial y espero que cuando Mike salga del hospital, las cosas estén bien otra vez.

—¿Estás cuestionándote lo que sientes por él?

—Estoy cuestionándome todo.

—No hay nada de malo en pensar las cosas. Pero es importante que tomes la decisión que sea buena para ti.

—Él está en el hospital.

—Lo sé. —Ella sonrió—. Y eso te hace sentir culpable. Pero más allá de eso, tienes que vivir tu vida, no la de él.

—Lo sé. Gracias, mamá.

Desaté mis zapatos y estaba quitándomelos cuando ella se dirigió a la puerta.

—Ah. —la llamé—. ¿Has visto un libro? ¿Hamlet? Lo dejé en la cocina antes de ayer.

—Creo que sigue ahí.

—Gracias. —Dejé mis zapatos en el armario y fui a la cocina en calcetines.

Cogí el libro que estaba en la mesa. Casi por costumbre, pasé las páginas en busca de la carta. No estaba ahí. Volví a pasarlas, sin otro resultado.

—¡Mamá! —Esto no era bueno. Revisé la encimera. Había una pila de correspondencia junto al teléfono, la revisé, pero no encontré nada. Busqué en el suelo debajo de las alacenas, incluso saqué el cubo de la basura y comencé a revisarlo.

—¿Qué estás haciendo? —Mi madre apareció en la cocina.

—Había una carta. Me falta una carta.

—Cálmate. La encontraremos. ¿Cómo era?

—Como una carta. Un sobre blanco con algo escrito.

Mi mano tocó los restos pegajosos de macarrones con queso. La sacudí y abrí el agua para lavármela con jabón. Necesitaba una bolsa vacía para poder pasar la basura. Me dirigí a la despensa.

—¿Tenía sello?

Me detuve y me volví para ver el rostro preocupado de mi madre.

—Sí… ¿por qué?

—Pensé que buscabas una carta. Como una hoja escrita.

—No… entonces, ¿la has visto?

—La he enviado.

—¿Qué?

—Estaba allí, sobre la mesa, dirigida y lista para irse. Pensé que tal vez uno de los amigos de Emmett de los tuyos necesitaba enviarla.

—No, estaba en el libro.

—No, no estaba en un libro. —Ella frunció el ceño—. Estaba sobre la mesa.

—Ay, no. —Debió caerse—. Él va a matarme.

—¿Quién va a matarte?

—¿Cuándo la enviaste? ¿Ayer?

—Sí.

—Iba a Salt Lake. ¿Crees que ya haya llegado?

—Probablemente.

—Maldición, maldición, maldición. —Se me ocurrió una idea salvadora—.Tengo su dirección. En mi teléfono. La busqué en mi teléfono. —Corrí a mi habitación y volví a ponerme los zapatos—. Tengo que ir a hablar con ella.

—¿Hablar con quién? —preguntó mi madre desde la puerta de mi habitación.

—Con su madre. Tengo que hablar con ella. Quizá me devuelva la carta. Voy a arreglar esto.

—Bella, no creo que debas ir a ningún sitio tal y como estás ahora.

—Mamá, por favor. Si no lo hago voy a volverme loca. A volverme loca de verdad —aseguré—. ¿Puedes confiar en mí? Tengo que hacer algo.

—Enséñame tus manos.

Las extendí frente a mí. Sorprendentemente, estaban tan firmes como era posible.

—Llámame de camino a casa —asintió.

—De acuerdo. ¡Gracias! —Le di un beso en la mejilla y salí corriendo.