Todos los personajes pertenecen a Sthephenie Meyer, y la historia a Kasie West.

El complejo de apartamentos estaba en una parte escalofriante de Salt Lake. Era bueno que mi madre no supiera a dónde iba, porque de ningún modo me lo habría permitido. Otra cosa buena: aún era temprano por la tarde, así que el paisaje no era tan escalofriante como debía ser al caer el sol.

Atravesé las amplias puertas de cristal y subí algunos escalones anchos. El ascensor no parecía funcionar muy bien, así que seguí por las escaleras hasta el cuarto piso. El corredor olía a moho y a canela, lo que me dio algo de náuseas. Pasé por una maceta volcada en medio del corredor, con tierra desparramada por la alfombra. Al llegar a la puerta, me sequé las manos sudorosas en los pantalones.

La mujer que abrió la puerta tenía el cabello y los ojos de Edward. Por favor, que esto salga bien.

—Hola.

—¿Puedo ayudarte?

Miré al interior del apartamento por encima de su hombro. Quizá podría ver una pila de correspondencia en algún lugar. No la vi. Todo lo que vi fue un monoambiente bien ordenado. Había un pequeño sofá con una manta tejida al fondo. Una biblioteca con libros cuidadosamente organizados. Una cocina con encimeras limpias y una tetera sobre la vitrocerámica. Todo estaba en su lugar. No sabía qué estaba esperando, pero no era eso. No una mujer con mirada clara y aspecto saludable, con un pulcro monoambiente.

—Ehh. ¿Ha recibido el correo hoy?

Ella soltó un leve jadeo y supe que la había recibido. Supe que ella sabía que estaba ahí por eso.

—Mi madre le envió esa carta por accidente. Él no está listo para recibir ninguna clase de respuesta ahora. ¿Puede respetar eso?

—Pasa. —Ella abrió la puerta por completo.

Pasé. Nos sentamos juntas en el sofá. Yo desesperada, ella tranquila. Como Edward.

—Conoces a mi hijo —afirmó.

—Así es. Él olvidó un libro en mi casa con esa carta en su interior. Él no sabe que usted la tiene.

—Demasiado bueno para ser real. —Ella sonrió con tristeza.

—¿Usted iba a responderle?

—Por supuesto, ya he comenzado a hacerlo —dijo y levantó un papel de la mesa de café junto a nosotras, que no había podido ver desde la puerta. De abajo, sacó el sobre de Edward. Tenía rasgado el extremo por donde la había abierto. Ella recorrió con su dedo la dirección del remitente—. No tenía idea de dónde estaba.

—Él ya no está ahí. Vive en otra casa.

—¿Cómo está?

—Él está… —Mi corazón resonó con varios latidos fuertes—. Increíble. Tiene un hijo increíble.

—Eres su novia. —Volvió a levantar la vista hacia mí—. No lo había notado.

—No. No lo soy. Edward no… —él no forma vínculos, estuve a punto de decir, pero en su lugar terminé con—, él no quiere eso.

—Lo lamento.

Ella obviamente sabía que yo quería algo con Edward. Y sí lo quería, me di cuenta, mientras estaba allí sentada, desesperada por recuperar la carta por él.

Desesperada por arreglar la situación. Finalmente supe lo que quería y lo agridulce que parecía en ese momento.

—Y, ¿qué necesitas de mí…? —Ella estaba esperando mi nombre.

—Bella —le informé.

—Bella, ¿qué puedo hacer por ti?

—No enviar lo que sea que esté escribiendo. No aún, al menos. ¿Me daría una semana para contarle lo que ocurrió?

—Por supuesto. —Ella sonrió y supe que Edward también había heredado eso de su madre—. Pero después puedo enviarle esto, ¿verdad? He cambiado mucho y me gustaría que él lo supiera. Además, él hace preguntas legítimas aquí. Preguntas de las que necesita respuesta, incluso si no quiere tener nada que ver conmigo.

—Sí. Debería enviarla en una semana.

—¿Podrías escribir a dónde debo enviarla? —Tomó el bolígrafo de la mesa de café y me la entregó.

Observé el bolígrafo. Tal vez debía dejar que la enviase a la dirección escrita en el sobre. Eventualmente se la enviarían a él, supongo. Pero eso solo sería retrasar lo inevitable. De cualquier manera, tendría que decirle lo que había hecho cuando le devolviera el libro sin la carta. De esa forma, con una carta de ella en las manos, él vería que su madre había cambiado. Esa mujer no era la misma que se había alejado de Edward. Y, con ese tatuaje grabado en su brazo, él nunca habría enviado la carta por sí mismo. Las cosas pasan por una razón. Quizá esto también. Quizá esto lo ayudara con sus problemas con el compromiso. Conmigo.

—¿Por qué no lo ha buscado durante todos estos años? —le pregunté mientras cogía el bolígrafo y el sobre.

—No lo merecía. Yo estaba esperándolo. Bella, aún recuerdo el día en que la policía vino a mi casa para alejarlo de mí. Un oficial tenía mis metanfetaminas; el otro, a mi hijo. ¿Sabes sobre qué oficial me lancé? No me merezco ser la primera en buscarlo. Pero ahora sé que él lo deseaba. Que él también ha estado pensando en mí.

Se me cerró la garganta al escuchar la historia, me recordó a lo que ella había hecho, a quién yo le era leal. Le devolví sus cosas.

—No sé su dirección de memoria.

Ella pareció saber que no estaba siendo honesta. Sostuvo la carta en alto.

—Él ha preguntado por su padre. Necesita saberlo.

—Se la enviaré después de hablar con él. —Moví la cabeza. O, mejor aún, dejaré que él la busque. Tenía una semana para decirle lo que había hecho y, con suerte, él se lo tomaría a bien y querría la carta de su madre—. ¿Tiene un teléfono en el que podamos contactarla?

Ella asintió y lo escribió en un trozo de papel.

—Fue un placer conocerla. —Guardé el papel en mi bolsillo y sonreí.

—Para mí también, Bella.

.

.

.

—Y después dijo: «Emmett, tú eres el chico más honesto, listo y divertido de todo el universo».

Levanté la vista del menú que había estado mirando en la cafetería con Emmett. De acuerdo, tal vez había estado mirando más allá del menú.

—¿De verdad dijo eso? —Él me arrojó el papel de su sorbete.

—He estado esperando toda la semana y aún no estás pasando tiempo real conmigo.

—Lo siento. Lo siento. Pero ¿ves eso? —Señalé el espacio por encima de mi cabeza.

—No.

—Bueno, lo siento. Es una bomba de tiempo. Está descontando los segundos hasta el momento en que le regrese a Edward su libro sin la carta.

—¿Y cuándo será eso?

—¿Nunca? ¿Puedo no decírselo nunca?

—Cuanto antes se lo digas, menos ansiedad sentirás.

Le había contado a mi hermano lo sucedido. Sobre todo, porque mi madre les había anticipado a él y a mi padre la historia de la carta y todos querían que los pusiera en contexto cuando regresé a casa. Ya había pasado todo un día y aún no podía calmar el pavor de hablar con Edward sobre lo que había hecho.

—Lo sé.

—¿Debería llevarte a su casa?

—No. —Señalé el menú—. No, tú te vas esta noche. Tengo tiempo de hablar con él. Así que termina tu historia. Esa chica de la que estabas hablándome, obviamente es muy lista si dijo esas cosas sobre mi hermano. La apruebo.

—No las dijo exactamente, pero las vi en sus ojos.

—Apuesto a que sí. —Reí.

—Y sé que es la indicada para mí —dijo en un tono anticuado.

—¿Lo sabes? —Quería volver a reír, pero me contuve—. ¿Así sin más?

—Bueno, no así sin más, pero fue casi así de fácil. ¿El amor no debería ser fácil?

—¿La quieres?

—No, pero me refiero al hecho de enamorarse. ¿No debería ser fácil?

—Sí, definitivamente no debería ser algo planificado.

—Exacto. No es algo que tengas que analizar una y otra vez. Si estás enamorado, deberías saberlo.

—¿Ahora eres un experto en el amor? —Sonreí, cerré el menú y miré alrededor en busca de la camarera.

No es que estuviera dudando de lo que había descubierto en casa de la madre de Edward. Sabía que me gustaba Edward. Solo deseaba que Emmett lo hubiera conocido. Quería una segunda opinión. Todos los demás estaban del lado de Mike.

La imagen de Edward sosteniendo mi rostro en el parque y diciendo descubre lo que tú piensas, apareció en mi mente. Sus ojos verdes mirando a los míos con tanta intensidad. No necesitaba que otras personas me dijeran lo que ya sabía.

—Sé lo que pienso —dije en voz alta.

—¿Ah, sí? —Emmett levantó la vista de su menú.

—Él me gusta. Mucho.

—¿Edward?

—Sí —respondí.

—¿Y no te importan los efectos colaterales que esa decisión tendrá con tus amigos?

—No me importan.

—Bien por ti —Él sonrió.

—Sin importar lo que pase con Edward, Mike no es bueno para mí. Deseé que lo fuera durante tanto tiempo que ignoré la forma en que me hace sentir cuando estoy con él; siempre al límite, preocupada por lo que hará o dirá a continuación. No noté la diferencia hasta que conocí a alguien que me ayuda a relajarme.

Solo me quedaba asegurarme de no haber estropeado todo. Y necesitaba decirle cómo me sentía. Eso tampoco sería una tarea fácil; convencer al chico que no forma vínculos de que podríamos ser diferentes. Retorcí la pulsera rosa en mi brazo. Pero tenía que intentarlo.