Todos los personajes pertenecen a Sthephenie Meyer, y la historia a Kasie West.

El lunes, mientras cogía Hamlet de mi mesita de noche, repasé por millonésima vez cómo sería el día. El espejo de cuerpo entero detrás de mi puerta me mostró lo nerviosa que me sentía por lo estaba a punto de hacer.

Estaba a punto de devolverle el libro a Edward sin la carta en su interior. Así era como comenzaría la conversación. Quizá volviera a llevarlo al invernadero.

¿A quién le importaba si teníamos que perdernos la primera hora? Podríamos hablar de eso. Después le diría que me gustaba.

Estiré mi jersey azul, uno de mis favoritos, y arreglé uno de mis rizos sueltos. Sí, había puesto atención extra a mi aspecto ese día. No había nada de malo en intentar distraer al chico al darle noticias impactantes.

Pero Edward no estaba junto a los autobuses, donde siempre lo veía por las mañanas. Y mi búsqueda por los pasillos del instituto tuvo el mismo resultado. Di la vuelta a la esquina, pensando que podría intentar encontrarlo en su clase de primera hora, cuando casi choco con Tyler.

—Bella —dijo, muy formal.

—Sí, ¿Tyler?

—Hoy es tu día en el hospital. Aún planeas ir, ¿verdad?

—En realidad, hoy me viene fatal. ¿Sabes si alguien querrá cambiar?

—¿En serio? ¿Tienes que ver a alguien más? —Me miró con la misma expresión petulante que en el hospital, cuando me vio con Edward.

—No, es solo… —Eso era exactamente lo que planeaba hacer—. No importa. Iré. —Necesitaba hablar con Mike de todas formas. Podría hablar con él primero.

—No, si eres demasiado buena para que se te asigne un día, entonces puedo encontrar a alguien más.

—Tyler. Para ya, ¿vale? Iré.

—Vale. —Levantó las manos en señal de rendición—. Porque a pesar de todo, a Mike pareces gustarle.

—Eres un idiota, ¿lo sabes?

—Solo cuando creo que alguien está jodiendo a mi amigo.

Quería discutírselo, pero yo estaba a punto de joder a su amigo y eso hizo que mi interior se retorciera de culpa. Tuve que recordarme a mí misma que era mi vida la que tenía que vivir. La de nadie más. Hablaría con Mike esa tarde.

Mike y sus padres estaban jugando a un juego de mesa cuando entré a la habitación. Supe que Mike estaba siguiéndoles la corriente por la expresión de su rostro. La bandeja extendida sobre su cama era demasiado pequeña para el tablero, pero El juego de la vida estaba colocado lo mejor posible sobre ella.

—¡Bella! —exclamó él y el pequeño coche con las personitas encerradas voló sobre sus piernas.

—Hola.

—Ven a jugar con nosotros. —Colocó un pequeño coche verde en el tablero y le agregó una personita de color rosa. Cogí una silla y su padre me entregó un fajo de dinero y una tarjeta de profesión: «Profesora». Cuarenta y siete mil dólares de salario.

La estructura del juego calmó un poco mis nervios y, en poco tiempo, estaba riendo con Mike.

—Quiero cambiar de carrera —anunció diez minutos después, cuando llegó a la casilla correspondiente.

—Pero eres un cirujano y tienes el mayor salario posible en el juego —le dije.

—No baso mis decisiones en el salario, Bella. Las baso en satisfacción laboral y estoy insatisfecho. Estoy demasiado tiempo lejos de mi mujer y mis gemelos. Necesito un cambio en mi vida.

—Siempre tienes que ser feliz con tu elección laboral. —Su mamá rio—.Una sabia decisión.

—Pero hay que decir algo sobre seguridad también —insistí.

—Muy cierto —coincidió el padre de Mike.

—Escucháis eso, ¿papá, mamá? Bella es una cazafortunas. Si no le llevo a casa mucho dinero, será infeliz.

—Lo siento, Mike, pero estoy subida en mi propio coche, con mi propio marido encastrable azul y llevo a casa un salario de profesora. Abandonar tu carrera de cirujano no me afectará a mí.

—Te afectará, totalmente. —Me lanzó su tarjeta de cirujano como un frisbee.

—¿Qué quieres ser realmente cuando crezcas? —le pregunté, al darme cuenta de que eso era algo más que no sabía de él.

—Piloto de motocross.

—¿De verdad?

—No, pero suena divertido. Tal vez lo haga en mi tiempo libre.

—¿Qué quieres hacer tú cuando crezcas? —me preguntó el señor Newton.

—Creo que quiero ser psicóloga. —Porque eso era seguro y para nada arriesgado. Mi psicóloga me había ayudado tanto con el pasar de los años, que quería ayudar a otros.

—No sabía eso —dijo Mike—. Pensé que harías algo relacionado a la fotografía.

—Sí, yo…

—Psicología es una buena opción —afirmó su padre—. Mike necesita decidirse.

—Oh, por favor, tengo diecisiete. Tengo toda la vida por delante.

—Sí, así es. —Su madre acarició su brazo—. Eres afortunado.

Allí sentada, en el hospital, con su familia, no pude evitar pensar que era realmente afortunado por haber sobrevivido al accidente de coche y que estaría bien. Ambos estaríamos bien.

—Es tiempo de tu tortura diaria. —Un hombre con una larga bata blanca entró en la habitación—. Análisis de sangre y rehabilitación.

—Pero mi chica está aquí, ¿no pueden esperar?

¿Mi chica? ¿Él acababa de llamarme mi chica? No me podía creer que él hablara de esa forma sin comentarlo conmigo primero. No es que me sorprendiera. Mike parecía hacer muchas cosas sin pensarlas primero.

—Te daré treinta minutos —dijo el médico.

—Treinta minutos. Eso significa: todos los adultos fuera de la habitación—pidió Mike.

Su madre sonrió, pero levantó el tablero y lo dejó a un lado, junto con el bate de béisbol de Tyler. Y todas las tarjetas de buenos deseos y dibujos de los que acaba de percatarme. Yo nunca le llevé nada. Mi estómago comenzó a tensionarse por la anticipación de estar a solas con Mike y por la conversación que finalmente debíamos tener.

La puerta se cerró detrás de sus padres y yo me giré para encararlo.

—¿Cómo va la rehabilitación?

—He envejecido sesenta años en dos semanas. Necesito un andador y un tubo de oxígeno.

—¿Y el dolor? ¿Cómo va eso?

—Analgésicos una vez al día, doctor. ¿Por qué estás tan seria?

Porque no quería enfrentar lo que tenía que hablar con él. Ni siquiera estaba segura de cómo comenzar. Quizá no tenía que hacerlo. Quizá él ya tenía algo de información.

—¿Has hablado con Tyler?

—Sí, el viernes. Seguramente recuerdas que actuamos como idiotas.

—Lo recuerdo. ¿No has hablado con él desde entonces?

—No, ¿por qué? —respiré profundamente.

—¿Conoces a Edward? ¿Del instituto?

Su expresión se frunció como si estuviera pensando.

—¿Edward Masen? ¿El drogadicto?

—Él no es un drogadicto.

—¿Qué pasa con él?

—Bueno, él estaba en la biblioteca con…

La puerta se abrió y Tyler apareció.

—Escuché que te liberan de este lugar el miércoles.

—¿Regresas a casa el miércoles? —Mi mirada pasó de Mike a Tyler y volvió a Mike–. No me lo dijiste.

—Estaba a punto de hacerlo. Oye, Bella, el miércoles regreso a casa.

—Eso es genial. Realmente genial.

—Estoy de acuerdo —asintió Mike.

—Yo también —Tyler deslizó una silla de ruedas por la habitación y se sentó frente a mí, junto a Mike—. Así que, el viernes por la noche es el partido de baloncesto, pero el sábado por la noche daré una fiesta de Mike es libre. En mi casa. ¿Te apuntas?

—Ya que mi nombre está en el título, mejor que lo haga. —Mike sonrió.

—¿No es demasiado para ti, demasiado pronto? —le pregunté.

—¿Conoces a mi doctora, Tyler? Doctora Swan.

—Muy gracioso, pero hablo en serio.

—Sé que lo haces. —Cogió mi mano—. Pero estaré bien —después se dirigió a Tyler—. ¿Aún hay nieve en esa colina en tu jardín trasero?Tenemos que ir al depósito de coches antes del sábado.

—Sí y sí.

Ya se había terminado mi conversación con él durante ese día. Tenía la sensación de que Tyler estaba ahí a propósito. Yo había invadido su día, así que él estaba haciendo lo mismo. Pero estaba bien; mi conversación con Mike podía esperar. Tal vez hasta después de la fiesta. Mike tendría una semana excitante. No tenía que fastidiársela.