Capítulo 1
Surrey, 1869.
Querida Hinata
Permíteme que empiece este escrito disculpándome por no haberte enviado ninguna carta en los últimos tiempos y aún más cuando tú las mandas religiosamente cada semana. Sé por mi hermana que has estado muy preocupada por mí, pero las cosas han estado algo revueltas en el Down.
También me excuso de antemano por el dolor y la aflicción que sé que voy a causarte: en mi mente, he repasado millones de veces lo que quería decirte, pero no es fácil para mí plasmarlo en palabras. Sabes de sobra que no soy bueno en ese tipo de cosas y, aunque siempre has sido muy comprensiva en estos temas, desearía poder hacerlo con un poco más de elegancia, pero me temo que eso no será posible; al fin y al cabo, una mala noticia sigue siendo mala por mucho que se disfrace. He de admitir con culpabilidad que debería haber hablado claro hace mucho, pero la cobardía es una enfermedad que ataca por sorpresa: hace tiempo te hice una promesa que en estos momentos soy incapaz de honrar. Reconozco que era sincero cuando la hice, pero algo en mí ha ido cambiando y por fin soy capaz de ser franco, aunque te parta el alma: no puedo seguir adelante con nuestro compromiso, no puedo casarme contigo.
Como he dicho con anterioridad, y aunque ahora te cueste creerlo, en aquel momento te lo pedí de corazón, comprometido en cuerpo y alma. Sin embargo, mis sentimientos han ido cambiando, pues ahora la idea del matrimonio me oprime, me asfixia. Me considero un hombre honorable, por lo menos hasta ahora, por lo que debería seguir adelante con los planes, pero pienso que eso te causaría más dolor y haría de nosotros un matrimonio desgraciado. No te lo mereces, no quiero arrastrarte a eso y, aunque no lo creas, profeso por ti un franco destruir tus planes de futuro, tus sueños, pero sé que con el tiempo comprenderás que fue la decisión más acertada. Es por eso que pongo fin a cualquier tipo de contacto entre nosotros. Te lo ruego, demos esto como acabado y no me escribas má no lo hago solo por mí, lo hago por los dos.
Naruto Uzumaki.
— ¡Bah! —murmuró Hinata con cierta aprensión en el pecho, mientras estrujaba la carta entre sus manos. La había leído docenas de veces, pero aun así no podía evitar sentir un doloroso pinchazo en elcorazón cada vez que releía esas mezquinas palabras.
¿Cómo podía no ser así? Había perdido al que creía estar destinado a ser su compañero para toda la vida, el hombre que amaba, el hombre que había conseguido despertar su corazón.
Y ni siquiera había tenido la decencia de decírselo de frente.
Hinata se enjugó las lágrimas con el dorso de la mano y trató de alisar el papel. No iba a deshacerse de él, no todavía. En especial, cuando el dolor era tan agudo y persistente. Aquella era la prueba deuna traición y la guardaría hasta que pudiera retomar su vida.
"¿Será eso posible?», se preguntó entonces con angustia. ¿Habría undía en que pudiera mirar atrás y no sentir que su mundo se desmoronaba? Un día en que ya no se lamentara por la injusticia que significaba arrebatarle la única posibilidad decente de ser feliz y que ya no pensara que sus sueños se habían hecho añicos.
Daría lo que fuera porque aquello se hiciera realidad. Miró la carta con aire crítico. Por mucho empeño que pusiera era imposible quitar las arrugas, así que decidió guardarla en el cajón del pequeño escritorio de su habitación y tratar de olvidarla aunque fuera por un instante.
Hinata intentó contener otra oleada de lágrimas. Naruto Uzumaki no lo merecía. Para nada. Solo era el hombre más desalmado que había tenido la desgracia de conocer. Si lo pensaba con detenimiento había resultado ser peor que Toneri , pues al menos este último había sido transparente. En cambio, su antiguo prometido había jugado con ella de un modo inimaginable: entusiasmándola, cortejándola y haciendo que se enamorara de él para terminar robándole cualquier esperanza de futuro.
¿Acaso era necesario ser tan cruel e insidioso? Hinata no sabía si era parte de su carácter —uno que no había descubierto hasta entonces—o lo había hecho para regodearse con alguno de sus amigos.
"Y qué más da!». El daño ya era profundo. Desechando los pensamientos negativos que cruzaban por su mente—con asiduidad— y haciendo un esfuerzo por recuperar la serenidad, Hinata se recompuso. Se alisó la falda del vestido marrón y se echó un chal por encima al sentir un repentino ataque de frío.
Lo mejor era dejar el dolor atrás. Lástima que fuera más sencillo pensarlo que hacerlo.
Luego bajó las escaleras de madera y se reunió en el salón con sus padres, sentados junto a la chimenea. Ambos hacían una buena pareja con sus más de treinta años de matrimonio. Su vida tal vez resultaba monótona, a la vez que apacible, pero había sido su elección. Su madre, serena y bondadosa, levantó la vista del bordado y vio la expresión de su hija. Por mucho que tratara de fingir, no podía engañarla.
— ¿Has estado leyendo la carta otra vez? —le preguntó con preocupación
—. Eso te hace daño. Su padre dejó a un lado el libro que leía y la miró con un aire inquisidor.
—¿Es cierto? Hinata suspiró con cierto cansancio.
—Sí —susurró, al tiempo que se sentaba en una butaca
—, pero ya no lo voy a hacer más.
Vio a su madre fruncir los labios, nada convencida.
— ¿Qué quieres decir?
—Es hora de cerrar este capítulo de mi vida —aseguró con más calma de la que sentía. Sabía que sus padres sufrían por la situación, por ella, pero Naruto la había engañado y no había nada que pudiera hacerse para remediarlo.
Cuando su padre, Hiashi Hyuga, se enteró de la desagradable noticia, partió de inmediato rumbo a Londres para hablar con la hermana y el cuñado, pues no podía costearse un viaje a Malta. Había dejado atrás su habitual calma y se mostró ansioso y receloso en todo momento. Era normal que exigiera explicaciones: su hija era lo más importante de su vida.
Karin y Suigetsu Anderson fueron bastante comprensivos dada la situación y se mostraron dialogantes en todo momento. No buscaron excusas ni defendieron el comportamiento de Naruto. Tampoco es que apoyaran su decisión. Sin embargo, no había nada que pudieran hacer para remediarlo. Naruto era un adulto, libre de tomar aquella resolución y solo intervendrían si la virtud de la muchacha había sido tomada.
Como eso nunca ocurrió y solo habían disfrutado de unos apasionados besos, el destino de Hinata quedó marcado.
—Seamos realistas —continuó ella
—. Tengo veintiséis años, sigo siendo soltera y las posibilidades de que algún día me case son cada vez más escasas. No me hago ilusiones en ese sentido, por lo que no puedo permitirme el lujo de sentarme a llorar por mis desgracias. Es obvio que Naruto no es lo que creíamos, pero no voy a permitir que eso me arruine la vida. A partir de hoy voy a intentar ser feliz con lo que tengo. Doy gracias por ello.
La señorita Hinata Hyuga no fue nunca una muchacha hermosa. Ni siquiera podía considerársela bonita, por lo que desde su discreta presentación en sociedad había pasado inadvertida para los solteros, incluso para los más despreciables caza fortunas, pues su dote era más bien... limitada. Los más allegados afirmaban que su rostro poseía "personalidad» aunque ella sabía bien que era un eufemismo para no llamarla fea. Su rostro era demasiado pequeño y sus ojos demasiado saltones con un color gris plateado para nada peculiar, para el arquetipo de belleza que la sociedad victoriana consideraba hermoso. Por consiguiente, a nadie parecía importarle un bledo que fuera una muchacha cariñosa y de buen corazón. Eso lo dejaban para los pobres. Con bastante bochorno por su inexistente éxito, empezó a odiar las cenas y los bailes que se ofrecían hasta que conoció a Sakura. Desde entonces, su mejor amiga. Ambas eran de edades similares y también carecía de belleza alguna, por lo que desde un principio sintieron que eran almas gemelas.
Sin embargo Hinata, a la edad de veintiún años ya había recibido su primera oferta de matrimonio de la mano del heredero de su padre. Como Benjamin Fullerton, un barón rural, no tenía más que una hija, a su muerte, el título pasaría al hijo de un primo suyo, Toneri Otsutsuki, con el que apenas mantenían contacto. Hinata lo encontró desde un primer momento de lo más odioso e insoportable, por lo que cuando le pidió que se casara con él para que todo quedara entre familia, lo tuvo muy claro: lo rechazó.
Sus padres pudieron haberse enfadado con ella por haber perdido, según se mirase, una buena oportunidad, pero eran de la misma opinión, por lo que el presunto caballero fue rechazado por partida doble. Desde entonces, no se le había acercado ningún hombre más...Hasta que llegó Naruto Uzumaki.
—Me alegro de que tomes esta sabia decisión. —Su padre pareció
— ¿Entonces volverás con Sakura?
—Sí, es lo mejor que puedo hacer. Desde hacía muchos años pasaba largas temporadas en casa de su amiga. Era como una más en aquella gran familia y también la consideraba su hogar. Intentaba repartir su tiempo entre Londres y Surrey porque, aunque quería a sus padres, la vida junto a ellos le parecía, debía admitir, un tanto aburrida. Había poco que hacer aparte de dar largos paseos y relacionarse con los vecinos y, aunque en la ciudad las cosas tampoco eran tan diferentes, en la casa de la familia Doyle siempre había actividad debido a las frecuentes visitas de los hermanos y cuñadas de Sakura.
— ¿Y cuándo volveremos a verte?
—En poco tiempo, lo prometo.
—Podrías traer contigo a Sakura —sugirió su madre un poco más animada—. Nos vendría bien organizar alguna cena con los amigos.
La familia Fullerton, aunque descendía de un gran linaje, sea sentaba en la parte baja del escalafón por su modesto poder económico. Entre sus amistades se encontraban personas de otra clase distinta: los burgueses, entre los que había abogados, comerciantes y algún que otro terrateniente con su misma situación. A Hinata no reimportaba en absoluto, se sentía cómoda en su papel. Eran lo que eran y no necesitaba de un conde o un marqués para sentirse más a gusto. Que el padre de Sakura fuera conde no era más que una casualidad, pues la querría lo mismo aunque fuera la hija de un lechero.
Vivir con ellos le había hecho conocer gente y experimentar situaciones que, con toda probabilidad, le hubiera sido imposible realizar si nunca hubiese salido de Surrey. Les estaba muy agradecida por esas vivencias, pero ella era una persona sencilla y no necesitaba de lujos para vivir. Eso lo demostraba el hecho de haberse enamorado de Naruto y soñar para ellos una vida tan idílica como la de sus padres, en la que el dinero no era lo más importante. Gracias a ello, su infancia había sido maravillosa.
—Te prometo que en mi próxima visita Sakura vendrá conmigo. —Y acto seguido la señora Hyuga empezó a enumerar todo lo que había que preparar para la visita de la muchacha—. Le escribiré una carta y le informaré de mis planes —murmuró Hin, pero nadie pareció escucharle. Su padre volvía a estar inmerso en la lectura y su madre se levantó para hablar con la cocinera sobre nuevos platos con los que agasajar a la futura invitada.
