Todos los personajes pertenecen a Sthephenie Meyer, y la historia a Kasie West.
Edward estaba de pie en la entrada de mi casa cuando llegué. Una embarazosa oleada de alivio recorrió mi cuerpo. Él estaba ahí. Yo lo necesitaba y él estaba ahí. Después recordé que tenía que hablarle primero, antes de poder decirle que era increíble. Mis ojos se posaron en su libro, que estaba sobre el salpicadero de mi coche. Lo metí entre los asientos y bajé la ventanilla.
—Sube. —No quería arriesgarme a que mis padres nos interrumpieran.
Él me escuchó, subió al asiento del acompañante y yo conduje, sin destino en mente.
—Me preocupó que estuvieras enfermo hoy. No te vi en el instituto. Me alegra mucho verte. He tenido un día muy extraño. Unos días muy extraños, de hecho. Necesito hablar de eso. —Puse mi mano sobre la suya, pero él no la cogió ni se movió en absoluto. Su mirada estaba fija al frente. Su expresión era oscura.
—¿No querías que entrara y conociera a tu familia? —preguntó.
—¿Qué? No. Sí quería. Quiero. Me encantaría que los conozcas, pero necesito hablar contigo.
—Para por aquí. —Señaló un complejo de oficinas. Entré en el aparcamiento y me detuve frente a la consulta de un dentista.
—¿Ha ocurrido algo? ¿Todo está bien en el hogar? ¿Estás bien? —Me acerqué, rodeé sus hombros con mis brazos y le di un beso en la mejilla. Si necesitaba despejar su mente de algo, lo ayudaría encantada. Podría servirme de distracción también. Él estaba tan rígido como le era posible, sin moverse para corresponderme en absoluto, sin siquiera descruzar los brazos de su pecho—. ¿Edward? ¿Qué sucede? —Tiré de sus brazos, jugando.
—Viste a mi madre.
—Ah. —Ah. Toda esa ira estaba dirigida a mí. Me hundí en el asiento. ¿Quién se lo había dicho? Se suponía que yo se lo diría. Había planeado hacerlo con tacto—. ¿Sí?
—¿Le enviaste mi carta?
—No… yo no. Mi madre la envió por accidente. Se había caído del libro. Ella la vio en la encimera así que la envió. Lo lamento mucho.
—Pero ¿tú casualmente recordabas su dirección?
—No, la busqué en mi móvil cuando la encontré, porque sentía curiosidad por saber dónde vivía. Y después, cuando la carta fue enviada… Probablemente suene increíble, pero juro que no se trató de ningún plan organizado ni nada. Todo fue un gran accidente.
—Pero tú planificas todo. Haces reglas para todo.
—No, no para todo.
Él no me miraba, solo mantenía la vista en el parabrisas, como si eso fuera todo lo que podía hacer para contener su ira.
—¿Que subieras a tu coche y condujeras hasta la casa de mi madre fue un accidente?
—Bueno… no esa parte. Para ese entonces estaba tratando de arreglar el error.
—Ese fue el error.
—Lo sé. —Mi pecho estaba cerrado, se me había cortado la respiración.
Pero no quería usar eso como excusa para no tener esa conversación, así que traté de controlarme.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Ella.
—¿Tú madre? —Me quedé sin aliento—. ¿Ella te lo ha dicho? ¿Ella ha ido a tu casa?
—Sí. Con la carta en mano y me contó todo sobre su nueva amiga Bella.
—¿Cómo te encontró?
—Siguió el rastro de la dirección del remitente.
—Pero se suponía que no iba a hacer eso. Dijo que solo quería enviarte una carta con cosas importantes que necesitabas saber sobre ti mismo. Y que esperaría hasta que yo volviera a comunicarme con ella. Esperaría hasta que pudiera hablar contigo.
—Ella miente. Todo el tiempo. Hace lo que sea necesario para obtener lo que quiere.
—Lo lamento mucho. Solo quería arreglar las cosas.
—¿Por qué? —Finalmente me miró y deseé que mirara para otro lado.
Había mucho odio en sus ojos.
—No lo sé. Quería ayudar. —Una lágrima se me escapó y la sequé rápidamente—. Ella dijo que había cambiado. Yo… —¿En qué estaba pensando?
—No soy tu caso secreto de caridad, Bella.
—¿Secreto? No eres un secreto.
—¿No lo soy?
—Yo… —No a propósito. Pensé que él no quería ser visto conmigo en el instituto—. Le hablé a Angela de ti… de nosotros. Y a mi hermano.
—Mantente fuera de mis asuntos —dijo él—. Dijiste que solo era una distracción. Sin vínculos. Esto va más allá de ser un vínculo si sientes la necesidad de arreglar mi vida.
—No te preocupes, ya me has curado de querer cualquier vínculo. —Asentí y más lágrimas cayeron de mis ojos.
Él abrió la puerta del coche, salió y la cerró de un golpe. Después se alejó.
Yo me quedé allí, el corazón me dolía tanto que me sentía como si alguien lo estuviera apretando con el puño. No me fui hasta que calmé mi corazón acelerado, lloré todas mis lágrimas y cualquier sentimiento que tuviera por Edward con ellas. Tal vez me había hecho un favor.
