Capítulo 2
— ¡Hinata! No sabes cuánto te he echado de menos.
Sakura Doyle la abrazó con fuerza y le besó las mejillas con entusiasmo aun cuando Hinata todavía no había tenido tiempo ni desquitarse el sombrero. Había estado esperando la llegada del carruaje desde hacía más de dos horas, impaciente por reencontrarse con su mejor amiga.
En este tiempo que habían estado separadas la había echado mucho de menos. Además, seguía preocupada por ella.
¿Cómo se hallaría su estado de ánimo?
— ¡Sakura!
—Deberías haberme dejado ir a hacerte compañía a casa de tus padres, habría podido ayudarte en tu desconsuelo —afirmó sin perderla alegría por el rencuentro—. A veces eres tan tozuda…
Hinata sonrió. ¡Deirdre lo era mucho más que ella!
Iba a contestar, pero antes miró a su alrededor. El mayordomo ordenaba a los lacayos que se ocuparan del equipaje que había traído desde Surrey y Hinata pensó que no quería hablar de su desdicha en medio del vestíbulo.
Bajó la voz hasta casi convertirla en un susurro.
—Lo siento, pero no creo que hubieras podido hacer nada. Su semblante se entristeció durante unos segundos, antes de decirse a sí misma que no iba a dejarse vencer con tanta facilidad.
—Por lo menos habría estado a tu lado haciéndote compañía en vez de atormentarme en solitario —insistió la otra—. He sufrido mucho por ti.
Hinata sabía que su amiga lo decía de verdad. Ambas estaban muy unidas y la consideraba casi como una hermana.
—Te lo agradezco, de verdad —le aseguró—, pero ahora no quiero hablar de eso. —Hizo un gesto con la mano para acompañar sus palabras.
Sakura se arrepintió de haber sacado aquel tema tan espinoso. Y eso que se había prometido no hacerlo.
—Oh, lo siento. No lo había pensado.
—No pasa nada —musitó Hinata, al tiempo que cogía una de las manos de Sakura y se la estrechaba. Fue un gesto reconfortante para ambas—. Ahora he vuelto y eso es lo que importa.
— ¿Se puede saber qué hacéis las dos ahí paradas? —protestó Sharon, la madrastra de Deirdre, con una sonrisa pintada en sus labios —. Lo más seguro es que Hinta quiera refrescarse un poco.
Su aparición fue recibida con agrado, pues no había nadie en esa familia a la que no quisiera. Los Doyle eran muy especiales para ella y la habían acogido como si se tratara de un miembro más.
—Lo que me vendría bien —dijo con todo el buen humor del que fue capaz— es una buena taza de té. —Quería hacer ver a todos que un compromiso roto no era el fin. Si se lo creían los demás, a lo mejor conseguía hacerlo ella.
Se quitó el dolmán y el sombrero con cintas rojas que hasta entonces llevaba puesto y se los entregó a la doncella que esperaba paciente en un rincón.
—Pasemos al salón.
Sakura se colgó de su brazo y no la soltó hasta que las tres estuvieron instaladas cómodamente en los sofás de aquella acogedora estancia.
— ¿Nos contarás cómo te encuentras o prefieres que charlemos de temas más mundanos? —preguntó, entonces, con tiento—. Si quieres puedo relatarte el bochornoso incidente de Shion Bersk en Hyde Park.
Hinata pareció interesada. No era cruel ni una persona que disfrutara de la vergüenza de los demás, pero aquella joven en particular había sido muy grosera con Sakura y ella misma por su aspecto. La había pillado mofándose de su falta de belleza en un par de ocasiones, en el pasado. Y la dama había procurado no ser demasiado discreta .
Así que cualquier incidente que hubiera sufrido era demasiado jugoso como para pasarlo por alto.
—Cuenta —dijo intrigada.
—Tampoco es que sea gran cosa —le advirtió al ver el brillo en sus ojos.
—Si ha bastado para bajarle esos humos, para mí es suficiente. Sharon prefirió no regañarlas porque sabía que aquella mujer se lo tenía merecido. No encontraba que fuera decente burlarse de alguien por su aspecto. Hinata o su hijastra no serían agraciadas, pero tenían otras virtudes.
—Estábamos paseando por el parque —comenzó diciendo—. Apoca distancia estaba Shion Bersk caminando con su flamante marido y con aquella pose tan soberbia que suele lucir.
—Sé lo que quieres decir —añadió Hinata, cabeceando.
—Pues bien, apareció un perro salido de la nada y nadie le hizo mucho caso... hasta que pareció interesado en el dobladillo del vestido de Shion. Deberías haber estado ahí. Era como si lo encontrara de lo más apetitoso y comenzó a tirar de la tela. —Sakura hizo una breve pausa y continuó por donde lo había dejado—. Ella empezó a chillar ya revolverse a un lado y al otro mientras su esposo trataba de deshacerse como podía de aquel perro con pinta de vagabundo. Otros caballeros se acercaron a ayudar. No sé. —Se encogió de hombros—.Supongo que el perro debió asustarse al ver tanta gente, porque de repente la soltó y Shion perdió el equilibrio, para terminar cayendo debruces al suelo.
— ¡No puede ser!
—Te lo aseguro. De bruces al suelo.
— ¿Tú lo presenciaste?
—Ajá —sonrió con picardía—. Y procuré hacerle saber, en nuestro siguiente encuentro, lo graciosa que aquella escena había sido y lo mucho que me había reído.
— ¡Sakura! —exclamó Hinata con fingido horror—. Ese comportamiento no es propio de una dama. Parecía que quería amonestarla, pero de pronto empezó a reír sonoramente .Era la primera vez que lo hacía, tras lo acontecido con la carta de Naruto, así que se permitió disfrutar de aquella liberadora sensación.
Por desgracia, el alivio que le causó la distracción no fue duradero y en su estómago volvió a instalarse aquel malestar que parecía decidido a seguirla a todas partes.
Sakura, que la conocía bastante bien, se dio cuenta del cambio producido en su amiga.
— ¿Naruto? —preguntó con franca preocupación, porque sabía que el silencio se debía a que Hinata estaba pensando en él. Esta asintió, aunque tardó unos segundos en contestar.
—No voy a engañaros, me siento tan dolida que a veces creo que el corazón se me romperá en mil pedazos. Pasará mucho tiempo antes de que me recupere...—dudó—, o quizás no lo haga nunca, pero ahora lo que necesito es no pensar más en ello. Deirdre y su madrastra estuvieron de acuerdo.
—No había tenido la oportunidad de decirte cuánto ciento lo sucedido —dijo esta última—. Solo quiero decirte que la familia entérate apoyamos y nos tienes aquí por si nos necesitas.
Y Hinata estaba muy agradecida por esas palabras. Tener el respaldo de la familia Doyle y saber que podía contar con ellos, al igual que con sus padres, era significativo. Por lo menos poseía otro tipo de amor; un amor realmente importante.
—Entonces no vas a querer saber que Naruto... —Sakura se interrumpió abruptamente al ver la expresión severa de su madrastra. Ups», se dijo. Acababa de meter la pata. Su amiga les pedía que no hablaran más del asunto y a ella se le ocurría mencionar al hombre causante de su desgracia. Sakura estaba pensando cómo cambiar de tercio cuando Hinata se le adelantó.
— ¿Naruto? ¿Qué ocurre con él? La joven suspiró.
—Eh... no, nada —intentó disimular—. No me hagas caso. ¿Quieres que te cuente otra cosa divertida?
—Sakura... —le advirtió con expresión severa. Esta miró a Sharon y esperó ansiosa su beneplácito. Había hablado de más, aunque en realidad no quería esconderle nada a su amiga.
—No creo que quieras saberlo —le aseguró la mujer, tratando que Hinata no sufriera más de lo que ya hacía. Aquella información no podía hacerle bien.
—Por supuesto que sí —afirmó rotunda mirando a una y a la otra.
—Adelante, Sakura —cedió con reticencia—. Cuéntaselo.
—Yo... —Se mordió el labio inferior—. Me enteré por unos amigos comunes que Naruto está en Londres.
— ¿Qué? —preguntó Hinata anonadada—. ¿Qué? ¿Desde cuándo?¿Dónde? —quiso saber de inmediato.
—Fue hace una semana, en casa de los Mallory.
— ¿Te encontraste con él? —Hinata lo negó—. ¿Entonces?
—Ellos me preguntaron por ti, suponían que estarías muy contenta. Al parecer, su hermana comentó fugazmente que estaba de regreso al país.
— ¿Estás segura?
—Eso fue lo que dijeron. Yo, por mi parte, me hice la tonta y cambié de tema. No pensaba contarles que el compromiso estaba roto, porque parece que él no ha dicho nada.
— ¡El muy cretino! —exclamó de repente, sulfurada—. Me deja mediante una miserable carta y todavía espera que sea yo la que lo haga público. ¡No tiene ni una pizca de vergüenza!
— ¡Es verdad, no la tiene! —se solidarizó con su amiga.
—Chicas, un poco de calma. —Sharon decidió que si no intervenía, ellas solas eran capaces de empezar una guerra, sobre todo si Sakura azuzaba; esa chica era un verdadero peligro.
—Tiene razón —respondió Hinata—. No vale la pena dedicarle un solo pensamiento más. A pesar de ello, tuvo un instante de reflexión y no pudo evitar evocar el momento exacto en que vio a Naruto por primera vez. Siempre había aceptado con resignación el hecho de ser fea, y más con el paso de los años, pero nunca perdió la pequeña esperanza de que alguien la valorara por lo que era, no por su aspecto. Solo debían molestarse en conocerla. En el momento que sus ojos coincidieron deseó con todas sus fuerzas ser un poco más agraciada, porque aunque tampoco era desagradable a la vista, distaba mucho de ser bella. Cuando rechazó a Toneri, le dijo que era una mujer sin encanto alguno, fea y que ningún hombre en su sano juicio pensaría en ella seriamente para ser la madre de sus hijos, y aunque sabía que esas palabras eran expresadas desde el resentimiento y el orgullo herido, le habían calado hondo, por lo que no tenía la autoestima muy alta cuando conoció a Naruto. Pero lejos de lo que se podía esperar, se comportó como todo un caballero. Aquella noche habían asistido a una concurrida velada musical y coincidieron con Karin Anderson, que les presentó a su hermano, el comandante segundo de la Kyubi Navy.
Hinata todavía podía recordar lo que había sentido en esos momentos, la emoción, la euforia. Tenía la piel de gallina. Era tan guapo, tan encantador... y su sonrisa casi había conseguido que se fundiera. Todos se sentaron juntos y al final la casualidad hizo que Hinata y Naruto quedaran uno al lado del otro. Para ella fue como una señal del destino y dejó a un lado la timidez para enfocar su atención en él. Ahora o nunca. Aquello pareció funcionar y entablaron una animada conversación con un fondo de sonatas, pues era obvio que ninguno de los dos estaba atento a la música.
Le contó que desde los catorce años estaba en la marina y después de ir escalando puestos, ahora era comandante segundo del acorazado HMS Down, aunque creía que en dos o tres años ascendería a comandante y le darían su propio barco. Se notaba que amaba su trabajo en la forma de narrar su día a día o aventuras pasadas, en las descripciones e incluso en sus gestos. Sus palabras desprendían entusiasmo y pasión, por lo cual Hinata comprendió que era un hombre que se entregaba en cuerpo y alma. Si en ese momento no se enamoró de él, fue poco después, pero la alegría no le duró demasiado: estaba de permiso y ya no le quedaban más de diez días. En esa época Naruto no dio muestra de sentir nada más que amistad. Mantuvieron largas y profundas conversaciones y dieron paseos con carabina. Dado su historial amoroso, ella se daba por satisfecha. Su partida fue un trago amargo porque, aunque había intentado no hacerse ilusiones, su corazón lo anhelaba y no dejaba de latir por él, sin embargo, por un segundo dejó de hacerlo cuando le pidió permiso para escribirle. Si no hubiese sido toda una dama, en ese momento habría brincado de alegría como si fuera una niña de diez años. No volvió a verlo hasta ocho meses después.
Durante ese período, no dejaron de enviarse cartas donde él le contaba cosas sobre sus compañeros de barco, sobre Malta o sobre el mar y en las que ella solo podía corresponder con insulsas crónicas de sus quehaceres diarios, ya que su vida no era tan estimulante. Sin embargo, él decía sentirse muy a gusto con ello, pues añoraba estar encasa.
Verlo de nuevo fue lo mejor que le había pasado en la vida, porque durante esos meses su amor se había vuelto más fuerte. Según le dijo, ella había sido la primera persona a la que visitó después de desembarcar y eso la llenó de orgullo. No obstante, volvió a recordarse que aquello podía no significar nada; por si acaso. Por suerte, esta vez pudieron disfrutar de dos maravillosos meses juntos y antes de partir sele declaró. Aunque Hinata lo quería con todas sus fuerzas y deseaba casarse con él, la pregunta la pilló desprevenida.
— ¿Por qué? —fue lo único que se le ocurrió decir en aquel momento.
— ¿Me preguntas por qué quiero casarme contigo? —él parecía atónito—. ¿Acaso no es obvio? —Hinata negó con la cabeza—. Todo el mundo parece darse cuenta menos tú. —Entonces, la joven se permitió sonreír—. Mi hermana no deja de burlarse de mí y hasta Suigetsu Doyle ha sentido la necesidad de hablar, según sus palabras, "de hombre a hombre».
— ¿Que el Suigetsu ha hecho qué? No tiene sentido... además yo... ¿por qué? —volvió a repetir—. Mi dote es muy escasa y apenas poseo cualidades, eso sin contar con esto —señaló su cuerpo—. Soy de baja estatura, mi pelo es oscuro... de lo más vulgar y yo... soy fea. —No había nada en su rostro que fuera digno de admirar: ni su boca, ni su nariz o pómulos. El conjunto era bastante decepcionante y ella lo sabía .
En ese instante, él le cogió las manos y le lanzó una mirada adorable.
—Hinata... —susurró— yo te encuentro de lo más cautivadora. Ella se soltó de golpe.
— ¿Te estás burlando?
— ¡Por supuesto que no! —De repente, su rostro se ensombreció—.Si te soy sincero, me gusta lo que veo, pero sobre todo me gusta lo que eres y solo sé que me encanta estar a tu lado. ¿Crees que yo soy perfecto? —Ella pensó que sí—. Además, en estos momentos no tengo ni un penique. Mi sueldo no es muy alto y lo que tenía lo invertí en unos negocios con mi cuñado. Deberemos esperar a que me nombren comandante para casarnos, solo así podré comprarte una casita con la que empezar nuestra vida juntos. —Hizo una pausa—. Ya vez —levantó las palmas de las manos en un gesto de impotencia—, si me aceptas, yo seré el afortunado, el que saldrá ganando, porque te quiero.
Así la convenció y así la engañó, porque dos años después sus promesas se las había llevado el viento.
