Todos los personajes pertenecen a Sthephenie Meyer, y la historia a Kasie West.
Los mensajes comenzaron a la mañana siguiente mientras estaba en mi cama, cogiéndome un día libre por mi salud mental. O quizá fuera un día libre por mi corazón roto. De cualquier manera, necesitaba tiempo libre y mi madre estuvo de acuerdo.
Angela: ¿Dónde estás?
Yo: No me encuentro bien, me quedaré en casa durante unos días.
Angela: ¡Ay, no! ¿Puedo llevarte sopa?
Yo: No, estaré bien pronto.
Angela: Espero que para el fin de semana, porque será épico.
Miércoles.
Mike: ¡Hoy he salido del hospital! ¿Puedes venir a verme? Estoy muy aburrido.
Yo: ¡Felicidades! No puedo ir hoy. He faltado al instituto. Pero quizá pueda pasar por tu casa mañana.
Jueves.
Angela: ¿Sigues enferma? Usaré una máscara si me dejas ir a visitarte.
Yo: No necesitas máscara. Me siento mucho mejor.
Angela: ¡Hurra! Justo a tiempo para el partido de mañana.
Yo: No estoy segura de que vaya a eso.
Angela: Mike estará allí.
Yo: ¿Tyler todavía quiere hacer esa fiesta el sábado?
Angela: Sí.
Yo: Intentaré ir. Probablemente falte al partido de baloncesto.
Angela: ¿Por qué?
Yo: Créeme, es una buena decisión.
Unas horas más tarde, mientras estaba recostada, envuelta en mi colcha viendo una película, recibí otro mensaje.
Mike: Pensé que vendrías hoy.
Yo: Me he quedado en casa otra vez.
Mike: ¿Estás bien?
Yo: Me encuentro mucho mejor.
Mike: Bien, te echo de menos.
Me tragué el nudo de mi garganta. Yo también lo extrañaba. Al igual que extrañaba a todos mis amigos. Pero eso era todo. Amistad. Y tenía que decírselo. Tal vez ese era otro motivo por el que me había quedado en casa toda la semana. Era buena evitando las cosas.
Viernes.
—¿Estás segura de que estarás bien aquí sola? —preguntó mi madre.
Estaba arreglada, lista para ir a la fiesta de su trabajo con mi padre.
—Soy positiva. —Crucé los dedos—. Lamento no ir contigo. Le prometí a papá que iría cuando él me permitió ir a la cabaña.
—Oh, por favor —sonrió—, esto sería como una tortura para ti. Además, no fuiste a la cabaña, así que no estás rompiendo ninguna promesa.
—Eso es verdad.
—¿Cómo te sientes?
—Mejor. Gracias por dejar que me quedara en casa esta semana.
—Por supuesto. Necesitas cuidarte a ti misma.
—Lo sé. Es por eso que hoy también me quedaré en casa durante el partido de baloncesto. Solo de pensarlo me da escalofríos.
—No hay nada de malo en eso. Creo que a veces te preocupas demasiado por lo que pensarán tus amigos si no vas a algún lugar, pero no lo suficiente por cómo te sientes.
—Lo sé. Bueno, ahora lo sé. Estoy trabajando en eso. —Edward estaba equivocado. No necesitaba hacerles un gran anuncio a mis amigos sobre mi ansiedad, solo necesitaba aprender a decir que no y a cuidar mejor de mí misma.
El timbre sonó a las 18.45 y pensé en no contestar. No estaba esperando a nadie y no quería hablar con un vendedor. Pero después volvió a sonar, así que suspiré y caminé hacia la puerta. Cuando la abrí, vi un segundo del rostro sonriente de Tyler antes de que él pusiera la funda de una almohada sobre mi cabeza.
Grité y traté de quitármela, pero después me sujetaron las manos a los costados con alguna clase de soga o cinta.
—Se ha solicitado tu presencia —dijo Tyler–. Estás siendo secuestrada.
—Tyler, por favor. No hagas esto. No es agradable. —Ya podía sentir cómo se me aceleraba el pulso, cómo se me cerraba el pecho. Solo es Tyler, me dije a mí misma. Estaré bien. Pero esa lógica no ayudaba. Era la funda sobre mi cabeza. Necesitaba que me la quitaran. Me sentía ahogada, atrapada, confinada—. Quítamela. Por favor. No soy uno de tus estúpidos amigos. —Sabía que le había hecho eso a Ben antes. En el cine. Solo estaba haciéndome lo mismo. Pero yo no podía soportarlo como Ben.
Tyler me llevó con mis pies inestables hasta un coche. Podía escuchar que ya estaba encendido. Se abrió una puerta y me metió dentro. No estaba segura de que los demás chicos estuvieran allí; Ben o Eric.
—¿Alguien puede quitarme, por favor, la funda de la cabeza? Me encuentro mal.
Hubo una ligera risa, pero nadie me ayudó. Se encendió la radio y el coche comenzó a moverse. Nadie me había abrochado el cinturón de seguridad.
—Necesito un cinturón —dije.
—¿Un cinturón? —La voz estaba justo junto a mi oído, después una voz detrás de mí dijo lo mismo. Eran fuertes, distorsionadas. Pero alguien me abrochó el cinturón.
Durante el viaje, las diferentes voces gritaron cosas estúpidas. Cosas como:
«¡No te pases la señal de stop!» y «¿Ese es un policía?», que en parte deseé que fueran ciertas. Tal vez los hiciera detenerse y estuvieran en problemas por tener a una chica con una funda en la cabeza en su coche. Creí reconocer la voz de Ben. Y obviamente la de Tyler, pero no estaba segura de quién más estaba allí. Bien podrían haber sido solo ellos dos. Más tarde o más temprano me quitarían esa cosa de la cabeza, así que traté de mantenerme bajo control.
Después de al menos otros diez minutos de comentarios desagradables, el coche redujo la velocidad. Yo no había logrado mantenerme para nada bajo control. Podía sentir el sudor y las lágrimas cayendo por mi cara.
Probablemente también hubiera mocos en mi nariz. Pero ellos no habían acabado. Un último grito hizo que se me detuviera el corazón. Era la voz de Tyler.
—¡Oye, mira, tu novio está aquí, Bella! No sabía que le gustaba el baloncesto.
—¿Estás señalando a Edward Masen? —preguntó Mike.
—Sí, deberías preguntarle a Bella por él. Se hicieron muy amigos mientras estabas en el hospital. —Deseaba golpear a Tyler. Entendía que debía odiarme por sus muchas irritantes razones en ese momento, pero ¿él no entendía de tiempos, no se daba cuenta de que estaba haciendo daño a su mejor amigo?
El coche se detuvo y me ayudaron a salir. Luché hasta que alguien me liberó y me quité la funda de la almohada. En todo lo que podía pensar era en salir de allí. Quería salir de allí.
—Bella —dijo Mike y me miró a los ojos. Estaba bajando en su silla de ruedas de la camioneta en la que debíamos haber venido—. Cálmate. Solo somos nosotros.
Miré alrededor y vi a Angela, Ben, Eric, Lauren y también a Jessica. Todos estaban mirándome como si estuviera un poco loca. Limpié mi rostro, aún pensando hacia dónde podría correr.
—Sabías que éramos nosotros, ¿cierto? —preguntó Angela.
—Ella me vio y nos escuchó todo el tiempo —dijo Tyler—. No sé por qué está volviéndose loca.
—Por nada. Estoy volviéndome loca por nada. Eso es lo que sucede cuando tienes un trastorno de ansiedad y alguien te pone una bolsa en la cabeza y te ata las manos. ¡Tengo ansiedad! —lo grité a toda voz—. ¿Eso te hace feliz, Tyler? ¿Saber que acabas de desatar un ataque?
Como una unidad, mi grupo de amigos se acercó a mí, cerrando el círculo.
—No puedo —les dije—. Solo necesito espacio. Solo dadme espacio. —Me abrí paso entre Angela y Jessica y corrí por el aparcamiento directa al invernadero, en donde me encerré y traté de pensar en cómo regresaría a casa.
