Todos los personajes pertenecen a Sthephenie Meyer, y la historia a Kasie West.
Sentí la ráfaga de viento que entró por la puerta antes de darme cuenta deque alguien la había abierto. Durante los últimos quince minutos había estado hecha un ovillo en el suelo de tierra del invernadero, analizando mi actuación de esa noche. Fue bastante épica. Yo, con aspecto alocado y salvaje, gritando sobre ataques de ansiedad, mientras mis amigos se preguntaban cómo era posible que su broma hubiese terminado con una reacción tan exagerada. Sabía que estaba exagerando en el momento, pero no era algo que pudiera detener. Y entonces, fuera de todo eso, cuando mi cuerpo se había calmado y mis lágrimas se habían secado, lo supe con más claridad. Me pregunté quién más me habría visto en ese aparcamiento, rodeada de mis amigos como si fuera alguna clase de gato enfurecido al que intentaban amansar. Habían dicho que Edward estaba allí. ¿Ya habría entrado al gimnasio entonces? No me importaba. No iba a pensar en Edward. Hasta ese momento, en que la puerta se abrió y por un momento en que se me detuvo el corazón, pensé que podía ser él.
Pero no lo era. Era Mike. Estaba de pie, su silla de ruedas abandonada detrás de él. Una sola luz del exterior reflejaba la neblina en el césped y creaba un inquietante resplandor sobre las plantas muertas a mi alrededor.
—Oye —dijo él, mientras avanzaba despacio. No estaba segura de si lo hacía porque aún estaba inestable o si lo hacía por mí.
—Hola. —Me levanté y sacudí mis pantalones.
—¿Estás bien?
—Estoy en ello.
Él se detuvo junto a mí y se apoyó contra una mesa larga.
—¿Así que tienes ataques de ansiedad?
—Sí.
—¿Por qué no nos lo dijiste?
—Porque no quería que me tratarais diferente.
—¿Querías que te tratáramos igual? —Señaló hacia la puerta con la cabeza.
—Pensé que sí. —Reí un poco—. Pero supongo que no.
—Lo siento.
—No es tu culpa —respondí—. Debí habértelo dicho. Debí decírselo a todos.
—Te he estado buscando durante los últimos quince minutos. —Apoyó una mano sobre mi hombro—. Angela también quería venir. Estaba preocupada por ti. —Me miró a los ojos, los suyos eran suaves e inquisidores—. ¿Debí dejar que viniera?
—No. Tenemos que hablar. —Ya no podía retrasarlo más.
—¿Es sobre Edward Masen?
—Edward es… era… un buen amigo. Esperaba que fuera algo más. Él me importa. Pero él no quiere nada conmigo.
—¿Así que soy una segunda opción?
—No. Mike, tú me importas, pero no de ese modo.
—Ay. —Él rio, algo que me sorprendió—. Así que ni siquiera soy una opción.
Su eterna sonrisa estaba presente en su rostro y no pude distinguir si era para esconder que estaba herido o porque esto realmente no lo afectaba para nada.
—Lo siento —dije.
—Quiero enfadarme mucho ahora mismo, porque la verdad es que querría gustarte.
—¿Pero?
—Pero sería algo ingrato de mi parte. Tú has sacrificado mucho tiempo por mí en las últimas semanas. Mi madre me ha contado cuánto has estado en el hospital y lo mucho que ayudaste. Así que, a pesar de que quisiera gustarte tanto como te gusta Edward, voy a comportarme como un adulto, a tragarme mi orgullo y dolor y a decirte que seas feliz… después de besarte.
—Eso… espera, ¿qué?
—Si me lo permites, claro. Hemos estado coqueteando durante meses y solo quiero ver si eso podría cerrar el trato a mi favor. Soy excepcional besando.
—Yo… —¿Estaba hablando en serio? No podía saberlo con Mike. Habíamos coqueteado durante meses y tal vez eso ayudaría. Que me gustara Mike haría que mi vida fuera mucho más fácil—. No quiero perderte como amigo. ¿Eso no haría que las cosas se volvieran incómodas entre nosotros?
—¿Y si prometo que no será extraño después?
Más reglas. Y al parecer ninguna de ellas duraba. Sabía que no le debía eso a Mike, pero tal vez me lo debía a mí misma. Para no mirar atrás y preguntarme qué habría pasado.
Él cerró los ojos y yo me acerqué a él, después me detuve. Esto no era lo que quería. Estaba haciéndolo otra vez, intentaba hacer feliz a alguien más.
Estábamos tan cerca que tuve que poner un dedo sobre sus labios para evitar el beso.
—No puedo —susurré—. No quiero esto.
—Valía la pena intentarlo. —Él apoyó su frente sobre la mía.
Me alejé.
Sus ojos miraron por encima de mi hombro, fijos en algo detrás de mí.
Miré también, pero solo vi la puerta aún abierta y su silla de ruedas vacía.
—¿Qué ha sido eso? —le pregunté.
—Fue… —Negó con la cabeza—. Nada. No ha sido nada.
—Siento no haber sabido lo que quería hasta ahora. Y por haber estado dando vueltas contigo durante meses —dije al recordar lo que Tyler me había reprochado.
—¿Dando vueltas? —preguntó él—. No lo has hecho. Creo que ambos estábamos analizando nuestros sentimientos. Solo parecías ir en la dirección opuesta a mí.
—Me alegra que estés mejor, Mike. —Lo miré frente a mí, tan alto, fuerte y estable.
—A mí también.
—¿Seguimos siendo amigos?
—Por supuesto —asintió—. ¿Crees que el resto de nuestros amigos saldrán del partido temprano para ir por unos batidos con nosotros?
—Creo que nuestros amigos hacen lo que sea que digas.
—Pensaba eso también, pero tú comprobaste que esa teoría era falsa esta noche. —Me sonrió—. O puedo llevarte a casa. ¿Prefieres ir a casa?
Pensé en eso, analicé cómo me sentía. Mis hombros y mi pecho estaban liberados de un gran peso y me sentía mejor de lo que me había sentido en un tiempo.
—No, quiero ir a Iceberg.
Una hora más tarde, todos estábamos sentados alrededor de una mesa larga bebiendo batidos y comiendo patatas fritas en Iceberg. Yo golpeé mi vaso contra la mesa para conseguir atención.
—Siento no habéroslo contado.
—Debiste hacerlo. —Angela colocó una mano sobre mi brazo—. Te queremos sin importar lo que pase. —El resto de mis amigos dijo lo mismo, de una u otra manera.
—Gracias. —Era difícil recordar de qué tenía miedo. ¿De que me trataran diferente? ¿De que no me aceptaran? Yo era la que no me había aceptado a mí misma tal como era. Yo era quién necesitaba sentirse cómoda en su propia piel. Esperaba poder lograrlo en adelante.
Angela se aclaró la garganta a mi lado y dijo por lo bajo:
—Mira quién acaba de entrar.
Miré. Era Edward. Yo estaba atrapada en el medio de la mesa, del lado del reservado, sin posibilidades de salir. No es que estuviera deseando hacerlo.
Edward pasó junto a la mesa en la que nosotros nueve estábamos sentados hacia la caja.
—Tengo una confesión que hacer —dijo Mike en voz baja desde mi otro lado.
—¿Qué?
—Él nos vio antes en el invernadero.
—¿Qué?
—Cuando casi nos besamos. Probablemente pensó que nos besamos desde ese ángulo. Pensé que estaba protegiéndote al no decir nada.
—¿Protegiéndome?
—He oído rumores sobre él.
—Mike. —La ira subió por mi pecho.
—Lo sé. No te enfades. Estoy diciéndotelo ahora porque he visto cómo lo mirabas cuando ha entrado. Es más que una atracción pasajera.
Edward pagó por algo que tenía en una bolsa de papel y estaba caminando hacia la puerta. Yo estaba atrapada, dos personas a mi derecha, dos a mi izquierda.
—Yo te cubro —dijo Mike y después lo llamó—. Edward.
Él se dio la vuelta y Mike le hizo señas para que se acercara. Y lo hizo. Mike, incapaz de mantener a su bromista interior a raya por mucho tiempo, pasó su brazo sobre mi hombro.
—¿Estabas mirando a mi chica?
Le di un codazo a su costado y me reí nerviosa. Pensé que Edward lo negaría, se mofaría de Mike y se iría, con la sensación de que era el blanco de una broma, pero él se quedó en su sitio y miró a Mike con la cabeza en alto.
—Sí. Lo estaba haciendo.
Eso llamó la atención de todos en la mesa, incluso la mía. Pero no me sentía excepcionalmente compasiva hacia Edward, considerando nuestra última interacción.
—Me alegro de que estés mejor —le dijo a Mike. Después a mí—. Me alegro de que todo haya vuelto a la normalidad.
Definitivamente no le debía a Edward una explicación, no después de cómo me había tratado. Unas semanas atrás, a pesar de lo que Edward había hecho, habría estado tentada de explicarle todo, de asegurarme de que aún le gustaba.
—Aún tienes la pulsera —dije en lugar de responder a su afirmación. Yo me había quitado la mía después de la pelea en el coche.
—Me recuerda a una relación que no quiero perder. —Sus ojos fueron hasta mi muñeca desnuda.
—Pero te has declarado independiente. Sin compromisos. —Mi corazón dejó de latir por un instante.
Él me hizo una señal con la cabeza, después se despidió del resto de la mesa.
—Nos vemos.
—¿No vas a ir tras él? —preguntó Angela mientras Edward atravesaba la puerta.
Miré a los demás rostros de mis amigos en la mesa, los que no sabían de mi historia con Edward. Sus caras solo mostraban confusión. No estaba segura de querer ir tras él. Sabía que mi corazón estaba acelerado. Sabía que él me importaba. Pero la idea de volver a dejarlo entrar me aterraba.
—Si no lo haces, lo haré yo —agregó Mike—. Esto ha sido hot.
—Dejadme salir. —Reí. Necesitaba al menos escuchar qué tenía que decir.
Empujé a Angela y a Jessica a su lado. No se movieron lo suficientemente rápido, así que pasé por encima de la mesa.
—¿En serio? —preguntó Tyler al tener que mover su batido y sus patatas para que no acabaran sobre su regazo.
—¡Vete a la mierda! —le dije, sin importarme ni por un segundo lo que él pensara en ese momento. Mike rio detrás de mí.
Había tardado demasiado en salir. La acera estaba vacía. Miré a un lado y al otro de la calle, con la esperanza de que hubiera una parada de autobuses.
No la había. Edward no estaba a la vista. Di la vuelta y caminé hasta el final del edificio, después me asomé por la esquina. Edward estaba allí, recostado contra la pared.
Me quedé sin aliento y me detuve a pocos pasos de reunirme con él, lo suficientemente lejos como para estar fuera de su alcance.
—Hola —le dije.
—Hola. Gracias por salir.
Asentí y froté la piel de gallina que se había extendido por mis brazos. Él se quitó la chaqueta y me la ofreció.
—Está bien. Estoy bien. —Ni siquiera estaba segura de cuánto tiempo estaría allí afuera. No necesitaba estar envuelta en su aroma mientras intentaba pensar con claridad.
Él no volvió a ponerse su chaqueta, solo la sujetó en sus manos.
—Fui al partido esperando verte, pero no fue un buen momento. Sabía que tus amigos y tú normalmente venís aquí después, así que pensé que podría venir, porque necesitaba hablar contigo. Me siento… —Levantó la vista hacia mí, en lugar de seguir mirando al suelo—. Me siento fatal por cómo te traté el otro día. Lo siento. No lo merecías. Sé que tenías buenas intenciones. Quisiera decir que actué así porque estaba impactado por haber visto a mi madre o porque estaba asustado por lo que estaba sintiendo por ti, pero no hay excusa para el modo en que me comporté.
—Gracias. —Quería que él se acercara, que diera el primer paso, porque yo no podía. Él me había lastimado y, esta vez, era yo la que había levantado un muro.
—No debí haberte besado.
—¿Qué?
—Me advertiste lo que pasaría si te besaba y no te escuché.
Solté una risa ahogada.
Él sonrió. Era una sonrisa triste, no a la que me había acostumbrado, pero de todas formas logró estrujar mi corazón.
—No, eso es mentira. Ya estaba involucrado antes del beso. Mike es un chico agradable y un afortunado HDP, de verdad.
Edward se apartó de la pared y supe que estaba marchándose, ya que había dicho lo que tenía para decir. Pensé en dejarlo ir, porque el recuerdo de ese día en el coche aún me dolía físicamente.
Pero no pude. A pesar de que sabía que eso podría terminar en desilusión, que él podría volver mi vida aterradora, complicada e impredecible, sabía que no podía dejar que se fuera. Porque él también podía hacerla feliz, reconfortante y completa.
—Mike y yo no estamos juntos.
Se detuvo, un pie por delante, la chaqueta aún en sus manos.
—¿No?
—Resulta que yo tampoco sigo las reglas.
—¿Cómo es eso?
—Me involucré con alguien con quien dije que no lo haría.
—Espero que te estés refiriendo a mí.
Asentí. Él dio tres largos pasos para acercarse a mí y me elevó en un abrazo. Podía sentir su corazón latiendo contra mi pecho, rápido y con fuerza.
Cerré los ojos y hundí mi rostro en el espacio entre su hombro y su cuello.
Un escalofrío bajó por mi espalda, él se separó de mí y envolvió mis hombros con su chaqueta, después volvió a aferrarme contra él, sus labios a milímetros de los míos.
—¿Estás seguro de que estás listo para esto?
—¿Para qué?
—Compromiso.
—Tú lo haces fácil —respondió sonriente.
