Capítulo 5

El ambiente festivo impregnaba los salones de la majestuosa mansión y se extendía hacia los jardines. Todo había sido decorado con esmero y sofisticación en un escenario que recordaba a un espectáculo veneciano: las telas y los tapices con estampados típicos del Renacimiento, la música e incluso la comida trasladaban a otra época donde la festiva suntuosidad y el desenfreno no parecían tener Londres se había congregado en aquella fiesta y aunque todavía no había unanimidad en la opinión sobre el anfitrión, al final nadie se había podido resistir a conocerle. La primera impresión había sido buena, pero los prejuicios seguían siendo muy invitados echaban furtivas miradas al hombre en lo alto de la escalera y murmuraban entre sí. Desde su posición podía estar pendiente de todo, pero su puesto debería estar junto a su esposa,recibiendo a los invitados; sin embargo esa tarea la había reservado para ella sola. Hinata enfocó la vista, limitada a causa de la máscara, y se tomó del brazo del duque de Dunham para recorrer las estancias junto a él y a la familia Doyle. Su acompañante, en cambio, aunque había llegado con una máscara, parecía incómodo con la idea del anonimato y prefería llevarla en la mano en lugar de en el joven se había prometido disfrutar aquella noche, olvidar todo lo que estaba mal en su vida. Así que aquella especie de juego que consistía en adivinar quiénes eran los invitados le parecía de lo más ahora había reconocido a diversas ían tacharlo de un pasatiempo frívolo, pero era lo que necesitaba, al fin y al cabo. Kiba, en cambio, parecía demasiado serio para eso.

—Nunca había asistido a una fiesta con tanta opulencia —comentó a Ino, hermana de Sakura.

—Parece ser que el señor Tobirama Senju no ha escatimado en gastos.

—Se nota que quiere hacer gala de sus riquezas —comentó Kiba con cierto desprecio en su voz.

—¿De qué les va a valer tanta fortuna cuando mueran si no tienen un heredero a quién dejárselo? —opinó Sharon mientras se abanicaba.—Conozco a alguien, que conoce a alguien, que tomó amistad con ellos en América y me contó que los señores Senju tienen un hijo con el que no se se sorprendieron ante la revelación del padre de Sakura, el conde de Millent. La familia Doyle comenzó a especular sobre la certeza de ese hecho,pero Hinata pronto dejó de escuchar la conversación. Tenía una sensación extraña que no supo cómo definir. Un punto de incomodidad y nerviosismo del que era imposible encontrar el origen. Y venía arrastrando aquello desde que habían entrado en aquel salón en dio la vuelta y curioseó entre la multitud. No buscaba a nadie en especial, pero notaba como si la estuvieran observando o cuchicheando sobre ella. Una tontería, se dijo. O a lo mejor no, se contradijo. En el último mes había levantado decenas de cotilleos por su estrecha relación con el duque de Dunham y aunque nadie se había dirigido a ella para preguntarle acerca de su compromiso o falta de él,dado el comportamiento que mostraba, no pudo dejar de notar que era objeto de í que debía de ser eso. Kiba iba con el rostro descubierto y rodeado de la familia Doyle. Era lógico que pensaran que era debido a Hinata. La joven seguía preocupada por que de repente se convirtiera en el centro de atención, sin embargo, toda su vida había soportado que hablaran de ella de forma despectiva por el simple hecho de ser fea.¿Qué le importaba ahora?Sonrió para sí, más convencida que nunca de hacer caso omiso a aquella sensación, pero entonces se dio cuenta de que un hombre no le quitaba ojo

.El vello se le erizó y sintió un escalofrío. No supo qué era, pero había algo extraño en él y en la forma en que la observaba. Estaba contemplándola fijamente, como si la vigilara a ella en particular.«¿Por qué?», se preguntó arrugando el entrecejo. Aquello no era debido a los cotilleos. El hombre no parecía tener acompañante y estando solo no tenía con quién conversar. Así que era posible que pensara que era cualquier otra mujer. Hinata no se había quitado la máscara y era muy probable que su figura o incluso su vestido lo hubieran confundido. Hinata también se permitió observarlo. Era alto y vestía un traje de noche oscuro, como la mayoría de los invitados, pero el antifaz negro le daba un aire de peligrosidad y misterioso. Advirtió que se apoyaba en un bastón y en aquel instante se le ocurrió pensar que se trataba de un anciano, aunque desechó la idea. No parecía un hombre lanzarle unas miradas directas con las que pretendía que él se diera cuenta de que lo había cazado y que su comportamiento demostraba su mala educación, comprobó con azoro que el desconocido ni siquiera pestañ aumentó el misterio y estuvo tentada a acercarse, aunque por suerte se refrenó.

«¿Desde cuando eres tan intrépida?», se dijo, y al instante se sintió ridícula. Con ello solo conseguiría que pensaran que era una ó que ya era mayor para ese tipo de juegos e iba a darse la vuelta cuando el hombre de la máscara esbozó una sonrisa burlona,giró sobre sus talones y desapareció entre la quedó petrificada por lo que acababa de ocurrir y se dio cuenta de que debía conocerle, porque de otro modo, ¿por qué iba a comportarse así?Con un ímpetu que no había percibido antes en ella, Hinata dejó a los presentes sin mediar palabra; se recogió la falda de los lados para no pisarse el dobladillo y casi corrió por el abarrotado salón persiguiendo al una fuerza poderosa la que la empujaba a actuar y no tenía tiempo de ponerse a razonar consigo misma sobre lo mal que lo estaba hombre se movía rápido a pesar de su cojera. Pero ella má alcanzó justo cuando cruzaba las puertas abiertas del próximo salón.

—¡Señor, necesito hablar con usted! —gritó por encima de las fue suficiente para que él la oyera; la música amortiguó sus palabras. Si él dejó de andar y se dio la vuelta para enfrentarla fue gracias a que Hinata lo había detenido posando la mano sobre su el instante en que sus miradas se cruzaron Hinata se dijo que había perdido el juicio. Total y absolutamente. Como descubriera que se trataba de un pervertido octogenario al que le encantaba perseguir jovencitas, la humillación sería épica y la vergüenza que sentiría la acompañaría por el resto de su vida.¿Qué explicación iba a dar? ¿Que su corazón anhelaba a un príncipe azul? ¿Que por eso corría?¡Habrase visto semejante bobada!Sin embargo, en el fondo no lo era tanto. La desilusión que comportaba darse cuenta de la clase de hombre que era Naruto había dado alas a la versión más romántica y emotiva de Hinata.«Imposible», se dijo un poco después con escepticismo. Si en verdad existiera un príncipe azul y llegara hasta ella, saldría huyendo tan pronto le viera el rostro. Ella no era un patito feo que se convertiría en cisne. No, ella seguiría siendo un patito toda su desconocido alzó una ceja tras el prolongado silencio de la joven y eso la hizo reaccionar.

—¿Nos conocemos? ¿Quién es usted? —le preguntó, tratando deque su voz no sonara temblorosa.Él sonrió del mismo modo que había hecho antes de marcharse, con pereza, cinismo y sensualidad. Hinata quedó cautivada. Esos ojos ejercían poder sobre ella y consiguieron que sus pies se quedaran clavados en el suelo. Y esos labios... ¡Dios! Le eran tan familiares que le produjeron recuerdos que la lastimaron.¡Naruto! Era como si estuviera frente a é ó una risita floja que se apresuró a dijo que su imaginación le jugaba malas pasadas. Estaba tan obsesionada con lo que le había hecho su antiguo prometido y al mismo tiempo seguía tan enamorada de él, que su mente había creado aquella fantasía nada propia en una dama podía ser Naruto .Cuando la mirada del desconocido recorrió su boca y su mentón,luego descendió por la clavícula para finalmente posarse en su escote,Hinata sintió cómo dejaba de respirar. Jamás había sentido el fuego interior que estaba notando en aquel instante. Ni siquiera con Naruto. Él había despertado muchos sentimientos en Hinata: el amor el más importante. Se había mostrado cálido y cercano, al mismo tiempo que respetuoso con su virtud. Por eso daba tanta importancia al hecho de mantener las distancias. Un cortejo clásico y en toda regla. Y sí,Hinata había suspirado millones de veces por él. En ocasiones le daba la sensación de que no hacía otra cosa, pero su corazón no había experimentado esa expectación y delirio que parecían acompañarla en aquel emociones aumentaron a medida que el desconocido tomaba su mano enguantada y depositaba un beso en el dorso que duró más de lo debido y de lo apropiado.¡Cielo Santo! Lo que debería ser motivo de azoro y repulsión se había convertido en... en... Dudó. Por supuesto que estaba simple contacto a través de la tela había causado un tremendo efecto sobre ella. ¿Repulsión? En absoluto. Podían condenarla, pero se sentía más viva y coqueta de lo que pensaba que a una mujer soltera le correspondería.¿Quién lo iba a saber? Al fin y al cabo ambos llevaban máscaras.Él debió notar su falta de resistencia, porque a continuación la tomó de la cintura con la misma libertad que lo haría un amante y la pegó a él. Como respuesta, Hinata soltó un suave jadeo que no era indicativo de miedo; a pesar de que el desconocido era cada vez más bastón no fue impedimento para nada.

En un intento por averiguar de quién se trataba y ante su falta de respuesta verbal, trató de quitarle la máscara. Sin embargo, su embiste fue interceptado y él le apartó la mano con brusquedad. Fuera quien fuera deseaba seguir en el anonimato y Hinata seguía demasiado fascinada como para enfadarse. Tampoco hizo ningún intento por deshacerse de su abrazo, a pesar de saber que aquel salón concurrido era el lugar menos adecuado para una demostración pasional.

—Se está tomando demasiadas libertades y yo sigo sin saber quié entonces dijo nada. Solo pasó el dedo índice por el interior de su escote mientras la observaba circunspecto.¡Inaudito!En aquel punto sí que estaba , Hinata miró a ambos lados rogando por que pudiera salir airosa de aquel espectáculo que había propiciado ella. Y comprobó, con alivio, que nadie estaba prestándoles atenció , ¿por qué sentía sus mejillas inflamadas y su corazón latía desbocado? ¿A qué se debía tanta agitación?

—Quíteme las manos de encima, sinvergüenza —exclamó entredientes. Su ofensa se debía más a su falta de comunicación que a sus actos descarados. Pero a pesar de tanta fascinación por aquel desconocido,que se movía y actuaba como un hombre joven, Hinata no iba a permitir que se sobrepasara más de lo que ya había su sorpresa, él le obedeció al instante y dejó caer los és, se marchó sin que ella hiciera nada por detenerlo.¡Demasiado había hecho ya!Mientras seguía percibiendo el aroma masculino que había dejado aquel desconocido, Hinata se sobresaltó al notar una mano en el un pequeño ó ligeramente el rostro con fastidio por tener que renunciar al pequeño placer que había supuesto su aventura y se encontró mirando directamente a los ojos de su pretendiente: Kiba Inuzuka, duque de Dunham.

—Hinata, ¿estás bien? —le preguntó en ese momento, tomándola del codo con delicadeza y observándola con preocupación. Había salido en su busca—. Nadie sabía a dónde habías parpadeó y le prestó atención.

—Lo siento —se excusó—. Me pareció ver a un conocido. Kiba la escoltó hasta el lugar en el que estaban los demás. Y a partir de aquel instante su intención consistió en olvidarse de lo que acaba de ocurrir y centrarse en la conversación que se seguía manteniendo sobre la familia Senju, pero a pesar de sus esfuerzos por disfrutar de la velada, su mente parecía divagar en el cercano recuerdo de aquel cuanto la rodeaba dejó de tener importancia. Estaba ajena a és de someterse a decenas de cavilaciones, cada una más singular que la otra, empezó a ponerse nerviosa por no poder dar con la respuesta adecuada y pensó seriamente en marcharse a casa adormir.

Si no lo hizo fue porque no quería estropear la noche a los demás. Y mucho menos a Kiba, que se estaba portando de maravilla con en un momento en el que no quería seguir llorando por Naruto; él no lo merecía. Además, el duque le tenía aprecio y Hinata a él. Se trataba de un caballero gentil y sincero, con una reputación intachable... por lo menos en cuanto a su conducta. Si bien, desde su punto de vista, aquello no suponía una base sólida para el matrimonio.O por lo menos no era tarde anterior, en una de sus salidas, Hinata decidió sincerarse.Él parecía ilusionado con unos planes que la incluían y eso la hacía sentir culpable, puesto que ella no estaba preparada para ellos. Así que se adelantó a sus intenciones. Siendo más atrevida de lo que había sido nunca y esquivando cualquier atisbo de vergüenza, le dijo que una unión entre ambos era del todo imposible. El amor que sentía por Naruto no había disminuido ni un ápice y sería muy injusto someterlo a una eterna comparación.Él debía de saber de qué hablaba, ya que también le habían roto el corazón, justo el día de su boda .Kiba no aceptó su rechazo de buenas a primeras. Le aconsejó que esperara, pues el tiempo era una buena cura para sanar las heridas. Le prometió que él, por su parte, tendría paciencia y que no la abrumaría con sus atenciones. Así que al final no había sido tan rotunda como se había propuesto y él seguía teniendo esperanzas. Hinata se pasó la mano por la nuca, dándose un suave masaje que la liberara un poco de la tensión que sentía. Le habían ocurrido demasiadas cosas en los últimos tiempos y ahora comprendía que debería haberse quedado en Surrey junto a sus padres. Por lo menos ahí solo le perseguiría el tormento de Naruto. Ahora debía lidiar con su presencia, la recién descubierta verdad, la negativa de Kiba a aceptar su decisión y el hombre enigmático.