Autora POV

Había oído acerca de los horrores de la guerra tanto en relatos de sus mentores como en libros de historia… Pero era realmente distinto oír acerca de ello que vivenciarlo en su propia carne. El escenario que la rodeaba era realmente lúgubre.

Las ramas del árbol del Juubi se extendían por todas partes, los capullos colgaban de ellas conteniendo en su interior a los que habían caído bajo los efectos del Tsukyiomi infinito. Los que no habían sido atrapados por el poder del genjutsu habían muerto, sus cadáveres se esparcían por todo el campo de batalla. Algunos ya comenzaban a descomponerse, soltando un aroma realmente putrefacto.

A unos metros de distancia de dónde se encontraba, la imagen de la gran diosa conejo se hacía visible, observándolos con una sonrisa llena de malicia y soberbia que dejaba en claro que ante sus ojos no eran más que simple insectos.

Unos pasos por delante de ella estaban Sasuke y Naruto, listos para empezar una nueva ofensiva, decididos a hacerle frente a la diosa. Aún tenían esperanzas de poder ganar.

A cada lado de ella, Kakashi y Obito también yacían de pie a duras penas, cada uno con sus respectivas heridas. Dispuestos a hacer su parte para, por lo menos, sobrevivir.

– Debo admitir que es impresionante que puedan seguir vivos… –la suave voz de Kaguya se hizo presente en todo el campo de batalla, calando en lo más hondo de sus seres, provocándoles escalofríos, algunos más notorios que otros. – Es una gran hazaña que merece su premio… Por eso, los dejaré vivir. –sentenció. – Sin embargo, es realmente problemático para mi que permanezcan en este lugar… Así que los enviaré lejos. Espero que disfruten de este regalo.

Los tomoes en el tercer ojo de la diosa parecían comenzar a girar, y antes de que cualquiera de ellos pudiese hacer algo, una luz cegadora los envolvió completamente… Lo último que había logrado oír antes de que desapareciesen por completo, eran los gritos desesperados de sus compañeros.

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– Oye… Oye, ¿te encuentras bien?

Una mano se posaba sobre su hombro sacudiéndola levemente en un intento de despertarla… Hmm… ¿Cuándo se había quedado dormida? Su cuerpo dolía por completo ¿Qué le había sucedido?

Arrugó el entrecejo en una expresión de dolor mientras intentaba recordar lo que había sucedido.

Habían estado luchando contra Kaguya, la mayor parte de la alianza shinobi estaba bajo los efectos del Tsukyiomi infinito, el resto se encontraban muertos. Entonces, Kaguya les había hablado acerca de dejarlos vivir en otro lugar… y luego esa luz blanca apareció… ¿Y luego? No podía recordar nada más.

– Oye, no sé lo que te pasó… Pero mis padres vienen en camino para ayudar… ¿Puedes abrir los ojos? ¿O hacer algún ruido para hacerme saber si me estás escuchando? –la persona que estaba a su lado habló. El timbre de la voz dejaba entre ver que se trataba de una niña, probablemente rozaba los diez años.

¿Por qué se encontraba junto a una niña? Más importante aún… ¿Dónde se encontraba?

El ambiente… incluso si no podía verlo, podía decir con certeza que ya no se encontraba en el campo de combate.

Con gran dificultad abrió sus ojos, cerrándolos casi al instante cuando los fuertes rayos de luz golpearon sus ojos. Pudo escuchar como un pequeño jadeo escapaba de los labios de la niña a su lado.

– A-Ah, lo siento… No me di cuenta… –se disculpó torpemente. Pudo sentir como se movía a su alrededor antes de que una sombra se sirniese sobre ella, protegiendo de esta forma sus ojos. – Ahora, ya puedes abrirlos.

Haciendo caso a las palabras de la niña, intentó volver a abrir sus ojos, esta vez obteniendo mejores resultados. Parpadeó un par de veces intentando acostumbrarse a la luminosidad del lugar. Con algo de dificultad intentó incorporarse quedando sentada en el suelo.

Tomó un par de respiraciones profundas antes de finalmente decidirse a examinar el lugar en el que se encontraba.

Era claro que estaba al aire libre, en lo que parecía ser una especie de parque. Eso no era tan extraño, sin embargo, había una gran cantidad de objetos que nunca antes había visto. Lucían realmente extraños, como sacados de un libro de fantasía…

Su vista entonces se dirigió hacia la niña a su lado. Su cabello era de un castaño anaranjado, recogido en dos coletas altas a cada lado de su cabeza. Sus prendas eran totalmente distintas a cualquier cosa que haya visto antes.

– ¿Te encuentras bien? ¿Puedes decirme qué te pasó? –empezó a preguntar la niña al notar que la estaba mirando. – Mi nombre es Yuiki Yaya. Te encontré aquí tirada en medio del parque… Realmente me asusté cuando te vi. Por un momento pensé que estabas muerta o algo.

– E-Estoy bien… –se las arregló para contestar. Su garganta se sentía realmente seca, y su voz se escuchaba ronca.

– ¿Segura? He llamado a mis padres, ellos estarán aquí pronto y te llevarán al hospital para cerciorarse de que te encuentres bien.

– En verdad, estoy bien. Aprecio tu amabilidad, pero puedo cuidarme yo sola… Soy médica…

– ¿Eh? Pero si eres una niña. No te ves mucho más grande que yo. –expresó con asombro la pequeña castaña.

Parpadeó una, dos, tres veces, sin saber realmente como tomarse las palabras que acababa de escuchar ¿Acababa de llamarla "niña"? Sabía que tenía el pecho plano, pero creía estar lo suficientemente desarrollada como para no ser confundida con una niña pequeña. Después de todo, tenía diez y seis años, en su oficio era considerada ya como toda una mujer joven.

Aunque… Su cuerpo se sentía ligero y más pequeño… Casi como cuando tenía once años…

El simple pensamiento la abrumó ¿Acaso Kaguya había hecho algo más que simplemente enviarla a un lugar completamente desconocido? Y ahora que lo pensaba… ¿Dónde estaban Naruto y los demás? No estaban en ningún lugar visible, y no podía sentir sus firmas de chakra… Mejor dicho, no podía sentir ningún chakra en absoluto.

Mientras más pensaba, más pequeñas realizaciones surgían. Realizaciones que la abrumaban y hacían que comenzara a hiperventilar, asustando a la niña, Yaya.

– O-Oye, por favor tranquilízate. Respira lento. Vamos… Inhala, exhala… ¿O era exhala y luego inhala? –empezó a balbucear Yaya con evidente nerviosismo. – ¿Dónde están papá y mamá? Soy demasiado pequeña para encargarme de estas cosas. –lloriqueó.

– Cálmate, dechu. –una nueva voz llamó su atención.

Si antes se había sentido abrumada, ahora podía decir con total certeza que había perdido por completo la cabeza, pues un pequeño bebé chibi flotaba al lado de la cabeza de Yaya.

– ¡O-Oye! –fue todo lo que pudo escuchar antes de perder la conciencia nuevamente.