SENTIMIENTO INMORTAL
Disclaimer: Los personajes de Candy Candy no son de mi autoría. Esta historia fue escrita sin fines de lucro solo para fines de entretenimiento.
CAPITULO I
La silueta se encontraba ubicada bajo la mortecina luz de uno de los faroles que guiaban hacia la entrada principal del Hospital Saint-Jeane.
No perdía detalle alguno de la gente que entraba y salía constantemente del nosocomio, esperando observar a cierta mujer que había llamado su atención, como no sucedía desde hacía mucho tiempo atrás.
La había conocido al salir en su defensa, cuando enfrentaba a un violento grupo de delincuentes, mientras que él paseaba casualmente por el mismo lugar:
Cinco maleantes se habían acercado sigilosamente a la muchacha, con las intenciones más oscuras en su mente y él lo había intuido desde un principio, así que esperó su turno para entrar en acción.
Dos de los sujetos habían salido desde un oculto rincón, esperando a que se acercara y rápidamente se hicieron de ella. Mientras la sujetaban con fuerza e ignoraban los gritos y las súplicas femeninas, otro hombre trataba de arrancarle la parte superior del vestido; el líder solo se había limitado a sonreír de forma maliciosa, explotando en una carcajada al observar como una fuerte mano cruzaba el bello rostro. Aquello fue demasiado para el solitario testigo:
- ¡Qué cobardes! Cinco idiotas contra una indefensa mujer. No merecen ser tratados como seres humanos.
Si bien, dada su propia naturaleza, habría podido matarles en un abrir y cerrar de ojos, se tomó el tiempo necesario para confirmar que la chica ya se hallaba inconsciente sobre el suelo, a causa del fuerte golpe que le había propinado el lascivo sujeto. Un destello rojo brilló en sus ojos, a consecuencia de la rabia que se iba apoderando de su ser.
Dos filosos colmillos aparecieron en sus encías, preludio del festín sangriento que le brindarían aquellos sucios cuellos.
- ¡Santo cielo…! – la frase no pudo ser finalizada ya que la garganta había sido cercenada tan velozmente como el paso casi imperceptible de la enorme garra que había emergido de la nada.
Los delincuentes se buscaban con la mirada, confundidos, tratando de huir del invisible atacante. Solo fueron capaces de percibir el borroso paso de un hombre, envuelto en una profunda oscuridad.
- ¡Rápido, huyamos…argh! – la espalda de otro había sido letalmente abierta.
No hubo piedad en aquellos temibles golpes. Uno a uno, fueron cayendo los miembros de aquella peligrosa banda conforma iba drenando el líquido vital de sus cuerpos.
Había bebido tanta sangre que la misma escurría de sus labios hasta el pecho, haciéndole ver como un siniestro personaje tomando parte en una sangrienta escena de terror. Los colmillos se hundían con demasiada facilidad en las yugulares expuestas y el frenesí que le acompañaba en tan suculento manjar se volvía incontrolable a ratos, desquiciándole y conminándole a seguir matando sin piedad. Era algo que difícilmente podría controlar.
Aunque algunos vampiros habían podido dominar el difícil llamado irresistible de la sangre, a causa de dolorosos procedimientos tan antiguos y dudosamente eficaces, tal conocimiento para lograrlo, era desconocido para muchos de sus congéneres, por no decir, una gran mayoría. Estos últimos tenían que aprender a domar a la Bestia basados en el ensayo y error. Con el paso del tiempo, tal vez algunos podrían haberlo apaciguado un poco, pero no todos poseían la misma mentalidad.
Había grupos de vampiros más sangrientos que otros. Varios asesinos seriales pertenecían a este rango y dada su extrema fuerza y brutalidad, no escatimaban en aplicar los métodos más sanguinarios y crueles sobre sus víctimas con el fin de procurarse la sagrada vitae.
Por tratar de evitar una despiadada cacería, situación altamente condenada dentro de las leyes establecidas por la Estirpe, había decidido permanecer lo más lejanamente posible de cualquier otro ser igual a él. Las presentaciones en territorio ajeno no iban con su forma de ser, por lo tanto, el cumplimiento de las leyes vampíricas era algo que evitaba todo el tiempo. Sabía que los altos "líderes" asignados a cada ciudad acabarían por ponerle a su servicio y eso le implicaría en la eterna guerra que libraban los de su especie, desde siglos inmemoriales. Estaba harto de seguir tomando parte, aun en contra su voluntad, en el estúpido intento de los vampiros por evitar el fin de su sangriento mundo, tal como lo estipulaban antiguos rumores y sagrados escritos; aunque en su interior, el temor de poder encontrarse con Caín, su Padre, frente a frente para acabar con su miserable existencia, seguía tan latente como la sed de sangre. Mejor era permanecer oculto ante los demás.
Todos estos pensamientos habían sido olvidados, justo en ese instante en que luchaba por proteger la vida de una simple mortal. Un ser humano tan común y corriente que formaba parte de su menú alimenticio. ¿Por qué lo había hecho? Ni siquiera él pudo explicárselo. Era como si un chispazo de humanidad emergiera desde lo más profundo de su pecho, al ser testigo de tan violenta escena: una indefensa mujer siendo agredida por unos rufianes.
¿Acaso le había impactado su personalidad?
Cuando hubo finalizado con el último de ellos, se volteó hacia ella, quien yacía tirada en el frío asfalto con las ropas maltrechas y el terror en su inconsciente rostro. Retazos de injertos, hueso y piel rodeaban la espigada figura, enmarcando siniestramente el campo de batalla. Revisó que no tuviese heridas de algún tipo y se cercioró de que el golpe no hubiese sido mortal.
La tomó entre sus brazos y se fundió con la oscuridad.
- ¿Qué… sucedió?
La joven se llevó una mano a la sien mientras sus ojos trataban de acostumbrarse a la pálida luz de la pequeña lámpara de aceite que se hallaba a su lado, dispuesta sobre una vieja mesita de madera.
- ¿Cómo te sientes?
La verde mirada de la chica se posó sobre él, con desconfianza. Su mente estaba aturdida a causa del fuerte golpe y vagamente recordaba lo acontecido por lo que su intuición le hizo acurrucarse en la esquina de la cama, de espaldas a la pared, en un intento por alejarse de aquel misterioso hombre.
- ¡Yo… ellos… me atacaron… querían… hacerme daño!
- Tranquila. No te voy a hacer nada. Vi lo que ocurrió. Afortunadamente he podido sacarte de ahí. No temas, que no pienso atacarte.
La voz sonó a la vez tan segura y fuerte que sus defensas bajaron un poco. Era como si solo en ese instante existiera ese sonido que le reconfortaba desde lo más profundo de su ser. Su voz estremeció su cuerpo. Sus ojos no podían despegarse de los de aquel hombre y mucho menos, de los labios tan brillantes y rojizos. Se perdió en el contorno de su boca, imaginándola en su cuello. Poseía un encanto tal que le hizo caer rendida ante la personalidad de su misterioso salvador. Sabía que no le haría daño alguno. Ni siquiera pensaba en lo que le había ocurrido momentos atrás. "Es tan… seductor", se dijo en su mente, creyendo que el muchacho no se daría cuenta de tan atrevido pensamiento. No se percató de la disimulada sonrisa en el rostro de su defensor. Había caído presa del influjo hipnótico de aquel vampiro.
Entonces, la sutil pero poderosa orden de olvidar todo temor relacionado con ese hombre se instaló inmediatamente en su mente y ella sonrió un poco. La sangre se agolpó en sus mejillas haciéndolas sonrojar y aquello fue demasiado para él. Tuvo que hacer un sobreesfuerzo para no poseerla en ese mismo instante. Era tan virginalmente excitante y la viva imagen de la rubia desnuda sentada sobre una cama de color carmesí ofreciéndose ante él, se grabó en su cabeza.
Había olido su exquisita sangre. Tan embriagadora como el más fino de los vinos. Anhelaba perderse en su piel mientras la iba degustando pausadamente.
- ¿Te encuentras mejor? - ambos se separaron, tratando de recobrar la compostura.
- Eh…sí… yo…
- Debes descansar. Te has desmayado en la calle y te he traído hasta aquí. No recuerdas nada mas, solo este momento en que has despertado y mañana te sentirás más tranquila. No desconfíes de mí. Solo soy tu amigo.
- Amigo…
- ¿Cómo te llamas, hermosa joven?
- Mi nombre es…Candice White…
Él repitió el nombre como si fuera una oración y cerró los ojos, grabando en su mente su bella cara.
- Y yo soy Allen Lesnik. Es un placer.
Candy volvió a perderse en la imagen de su interlocutor, delineando con un imaginario pincel cada trazo de su apuesto rostro. De ojos tan inquietantemente castaños y lacio cabello a los hombros y oscuro, el hombre de apariencia juvenil, aunque de mirada madura, le había despertado un incesante deseo de conocerlo a profundidad. Lo ansiaba tanto y no entendía por qué.
En un acto reflejo, abrió un poco los labios humedeciéndolos con la lengua, sin quitar la vista de la masculina boca y él no aguantó más. Se fue acercando peligrosamente a ella, mientras ambos cerraban los ojos y se fundían en un sutil beso. El contacto de la fría lengua sobre la suya le ocasionó tal estremecimiento que abrió de golpe los ojos… para observarle salir del cuarto.
- Descansa y no te preocupes, la habitación esta pagada y he dado orden de que se te envíe ropa nueva. Te olvidaras de mí, cuando me veas cerrar la puerta. No volveremos a vernos nunca.
Le hizo una señal con la mano y desapareció, con el muerto corazón mortificado por las palabras que acababa de pronunciar.
Sabía que esto último no sería verdad.
Y de eso ya habían pasado varios meses; mismos que había aprovechado para visitarla anónimamente en el hospital, acompañándola invisiblemente durante el trayecto hasta su apartamento, rodeados de la luna y las estrellas.
Ella jamás podría verle y mucho menos, recordarle. Su condición de no-muerto le permitía pasar desapercibido a ojos de los mortales y eso le facilitaba la labor de indagar en sus más profundos pensamientos para así, obligar a los mortales a obedecerle y a su vez, conocerles. Y así supo que ella sufría aun por un hombre, que nunca podría corresponderle.
" Terrence Granchester, el primer actor de Broadway… ¿Quién lo hubiera pensado?", pensó para sí mismo, en una ocasión, mientras caminaba a cierta distancia de la triste enfermera. El simple hecho de saber que su corazón pertenecía a otro hombre le enfureció. Inclusive, acarició la idea de matarle para hacerle olvidar su recuerdo, a pesar de que personalmente admiraba sus brillantes representaciones.
No cesaba de pensar en su rostro, su figura y sobre todo, su forma de ser. Muchas noches transcurrieron mientras vigilaba recelosamente sus sueños, tratando de contener el lujurioso ímpetu de vaciar su cuerpo.
Había permanecido apostado en la oscuridad de la recámara, - cual centinela nocturno cuya misión encomendada era la de vigilar un preciado tesoro -, observándole dormir, envuelta en un fino camisón ceñido a sus femeninas formas con una angelical expresión en el rostro, perdida en sueños. Su belleza le tenía embelesado, como a un niño frente al más suculento de los dulces.
La quería completamente para él, aunque en varias ocasiones no podía evitarlo: la necesidad de beber su sangre y sentirla recorriendo sus venas, llenándole de energía y vitalidad, formando parte de su ser. Un orgasmo vampírico, una incomunicación total y perfecta en la que ambos se fundieran en un solo cuerpo a través de la sagrada vitae. Ella aferrada a su desnudo torso y él perdido en su suave cuello.
El ruido de su respiración hizo volar su imaginación, delineando en su mente la desnuda figura de la chica. Era la viva estampa de pureza y lujuria reunidas en su inquietante ser lo que le habían atraído como un poderoso imán. La excitación al pensar en sensaciones añejas relacionadas con cierta parte oculta entre las blancas piernas de Candy, ocasionó que sus colmillos asomaran involuntariamente y se maldijo al instante. El murmullo emitido hizo que la chica se moviera un poco entre las sabanas y temeroso de que despertara, recuperó el control evitando así, que ella saliera de su sueño.
La joven enfermera se quedó nuevamente dormida y él aprovechó para acercarse más al lecho y admirar de cerca el níveo cuello. La palpitante vena le hipnotizó de tal forma que el vampiro fue dirigiéndose inconscientemente hacia ella para aspirar el dulce aroma de la sangre, pero las lágrimas que caían de aquellos verdes ojos le impidieron ir más allá.
"¿Aun lo amas, Candy?" le observó con melancolía y decidió alejarse de ahí, herido en su orgullo propio, al saber que el recuerdo del actor seguía tan arraigado como siempre, en lo más profundo de su pecho, haciéndole parecer imposible el hecho de querer ganarse su corazón.
La obsesión hacia ella se había hecho evidente desde la primera vez en que la había visto. Anhelaba tanto su compañía como a su sed se sangre. Había considerado la idea de hacerla su eterna compañera, sin embargo, sabía que el precio muchas veces era muy alto. Podrían estar juntos un tiempo, pero al final, se separarían, con un inmenso sentimiento de aborrecimiento, de por medio. "Abrazar el amor" era un arma de dos filos que por lo general, solía tener un final trágico.
Él mismo lo había hecho con su "creador". El odio que le consumía era tal que inclusive, había decidido jamás atravesarse en su camino, jurando que si alguna vez lo hacía acabaría con él en ese instante, aunque se echase encima a los justicieros de la Mascarada, un sanguinario grupo del que había que tomar distancia, cuando de hacer respetar las reglas vampíricas se trataba. La estaca era uno de los métodos más dulces empleados por ellos y el solo hecho de imaginarlo, le estremeció.
Salió de inmediato del pequeño apartamento y se internó en la noche. Tenía que idear la forma de meterse en los pensamientos de la muchacha y aunque matase al famoso actor - que a esas alturas debía haberse olvidado de ella dados los constantes rumores sobre su vida privada y su gusto por regocijarse con la compañía de mujeres de moral dudosa -, no resolvería en nada su problema.
Debía ganársela con atenciones, estar ahí solo para ella, volverse su confidente, su amigo. Tomaría tiempo pero después, la recompensa sería celestialmente divina. De nada serviría utilizar sus dotes hipnóticas, cuando el sentimiento que podría forjar en ella sería más falso que alcanzar la Golconda[1]. Se procuraría su atención y halagos por sus propios esfuerzos.
Eso era.
Se haría presente en su vida de ahora en adelante.
Y todo empezaría con un casual encuentro.
Sonrío para sus adentros. Una lejana sensación de esperanza asomó en su muerto pecho.
Historia original.
Saludos chicas, despues de varios años regreso con este fanfiction que nunca publique en esta pagina. Espero lo disfruten. Esta basado en el juego de rol de Vampiro La Mascarada y lo comparto con motivo de esta celebración terrorífica.
[1] Mítico estado del ser en el que un vampiro puede trascender la sed de sangre y la furia eternas. (Vampiro La Mascarada)
