CAPITULO II

- Candy, has trabajado sin descanso en los últimos….veamos…. catorce meses - el ligero reproche en labios del director le hicieron sonreír aquella fría tarde del jueves. Era famoso en el hospital por su habitual mal genio aunque con ella, el trato era diferente. Le había animado durante los difíciles momentos que había pasado después de la muerte de su amada esposa, acontecida muchos años atrás. Se había vuelto su más cercana amiga.

- No lo necesito. Créame, estar al lado de mis pacientes me hace sentir tan bien al igual que una agradable vista frente al mar - le guiñó un ojo pícaramente, anticipando el sermón que ya venía escuchando meses atrás.

- No es sano para tu salud, Candice White. Si Mary Jeanne hubiese sobrevivido a ese infarto, seguramente volvería a morir de saber que todo intento por hacerte obedecer ha sido en vano. ¡No cambias! – el anciano hombre se dejó caer sobre el enorme sillón de su despacho, con la vista perdida en el retrato pintado de su difunta mujer. La tristeza nubló su mirada por unos momentos y volteó a verla – ¿No te gustaría regresar al hogar de Pony? Seguramente muchas personitas allá estarían más que felices de volver a verte. O tal vez querrías viajar por un tiempo. Piénsalo Candy. Con la afortunada familia adoptiva que posees, yo no estaría trabajando de más en este hospital. Cuánto daría por visitar Florida y perderme unos días en el calor y la brisa marina – carraspeó un poco, antes de proseguir. Ella le observaba divertida y resignada a escucharle. La fortuna de los Andrey le tenía sin mucho cuidado, puesto que el contacto con sus miembros, excepto Albert, no era del todo frecuente – he decidido darte un par de meses libres, aunque no estés de acuerdo. Tienes el mes próximo para poner al día tus asuntos pendientes y el personal que ya he designado para suplir tu ausencia esta al tanto de lo que deberá hacer. No hay réplicas ni pretextos ni nada. No quiero verte aquí por un buen tiempo además de que quiero verte, al menos, más morena y sin tantas pecas – la alusión hizo que Candy pusiera un mohín de desacuerdo.

- Pero doctor Martin, yo me siento muy a gusto aquí. No quiero estar lejos. El hogar de Pony puede esperar y viajar sola no es nada interesante para mí. Por favor… - fue interrumpida de nueva cuenta.

- Esta decidido jovencita impertinente y desobediente. No hay derecho a réplica. Si me disculpas, tengo cosas que hacer - las palabras fueron determinantes y la rubia no tuvo más remedio que obedecer. Salió acongojada del despacho.

Después de haber terminado sus labores ese día, se dirigió hacia un pequeño café, con la idea de reflexionar un poco sobre lo qué debía hacer. "No quiero estar sola. Albert no esta en el país y Annie se ha ido a Nueva York con Archie. No tengo ánimo de ir a visitarla. Tal vez Paty estaría disponible, sin embargo, sus obligaciones como maestra son incompatibles con mi tiempo libre y no quisiera estarla distrayendo. ¡Diablos, doctor Martin, es usted muy malo! " esto último lo dijo en voz alta y ciertas miradas acusadoras le hicieron recordar que se hallaba en un lugar concurrido.

Terminó de merendar su pastel y chocolate con la vergüenza plasmada en su rostro. No intentó siquiera voltear a ver a la gente alrededor. Su mente divagó por los mismos recuerdos de siempre y nuevamente trató de infundirse ánimos para poder superar tan triste pasado, prometiéndose internamente que trataría de darse una nueva oportunidad para conocer a alguien más.

Después, caminó un rato por el centro de la ciudad pasando por algunos de los escaparates que exhibían las colecciones de moda de la época. La tarde ya estaba por terminar y el cielo fue tiñéndose de negro al irse ocultando el sol. Ya habían pasado un par de horas desde que había dejado el hospital. "¿Qué puedo hacer?, ¡Dos meses!, ¡Es demasiado!", siguió andando hasta el final de la transitada avenida para posteriormente emprender el camino de regreso a casa.

Tan inmersa en sus pensamientos iba que no vio sobre el piso una baldosa ligeramente fuera de su sitio y un fuerte tropezón la hizo casi caer en los brazos de un joven que casualmente se cruzaba frente a ella, ocasionando que sus objetos personales salieran disparados de su pequeña bolsa y se regaran por el suelo:

- ¡Lo siento mucho, señorita! No la vi pasar. Por favor, déjeme ayudarle.

Candy le vio agacharse inmediatamente para ayudar a recoger sus cosas. Estaba tan apenada que habló hasta después de que él volteara a verla, para pedirle su bolsa:

- Yo… lo siento… caminaba distraídamente y no le vi pasar. Discúlpeme. He debido darle un fuerte pisotón – se hincó junto a él, so pretexto de levantar sus cosas, para observarle mejor.

Ambos se quedaron en silencio durante unos segundos, al verse el uno al otro. El hombre rompió el incómodo momento:

- No fue nada. Ni siquiera lo sentí. Aquí tiene sus cosas.

La chica abrió su bolsa y metió rápidamente los objetos, sin responder. Él estaba tan sonriente y ella avergonzada. Una ligera ráfaga de viento agitó su rizado cabello cuando su interlocutor le sonrió, tratando de mostrarse más confiable.

No había perdido detalle de lo apuesto que era el muchacho, dueño de un cabello tan lacio y negro como la noche recogido en una elegante coleta y unos ojos profundamente castaños que le observaban, perplejos. El resto de su rostro, a pesar del semblante pálido, era arrebatador, con una nariz tan fina y unos labios medianamente delgados de un discreto matiz rojizo:

- ¿Se encuentra bien?

- ¡Oh! Disculpe… es solo que… estoy muy apenada por lo sucedido - se quedó callada al escuchar su risa tan seductora. "Como la de Terry", y al instante su mirada se ensombreció.

- No tiene por qué estarlo. No me he presentado, mi nombre es Allen Lesnik - le tendió amistosamente la mano.

- Y yo soy Candice White - ella percibió algo lejanamente familiar en el extraño nombre pero no supo definirlo.

El frío contacto le hizo retirar rápidamente su mano y él se disculpó:

- Lo siento, no traigo guantes y las manos se me han helado. Venga, prosigamos con el camino.

- ¿No iba usted para el otro lado? – le preguntó, con cierta desconfianza.

- Es correcto, sin embargo, da la casualidad que olvidé un documento importante en la oficina y estaba a punto de regresar. Permítame acompañarle – sonrió lo mas gentilmente posible, en un claro intento por despejar cualquier duda que tuviera.

- Gracias…creo que no debería molestarse. No vivo tan lejos de aquí. Puedo seguir sola.

Una parte en su interior le hizo sentirse inmediatamente en confianza a su lado, sin embargo, su mente, la racional, le alertaba de que era un completo desconocido y sus intenciones podrían ser diferentes. Recientemente habían aumentado los índices delictivos en la ciudad y por más amable que fuera la gente, uno nunca debía fiarse de ella.

- Una mujer tan hermosa no debería estar sola. Será un placer disfrutar de su agradable compañía.

La sonrisa fue tan sincera que la rubia aceptó el cumplido y la petición, sin contradecirle. Podía palpar su poderosa personalidad y algo en él incitaba a creerle. Tal vez, podría darle una oportunidad y si no era así, ya había podido demostrar que su método de defensa contra maleantes al menos le había sido de ayuda en algún momento, como cuando había defendido al inútil de Neil.

- Por favor. - el hombre extendió su antebrazo y ella lo tomó sin oponerse.

- Entonces, ¿a qué se dedica? - Allen inicio la conversación para romper el hielo.

- Soy enfermera especializada en pediatría. Me encantan los niños - respondió casi en un murmullo.

- ¡Vaya, interesante!, Le admiro por eso. En lo personal no tengo mucha paciencia con los pequeños, ¡sin embargo son tan adorables!, Y no dudo que usted haga maravillas con ellos.

El aroma de su fina loción la embriagó por un instante. Olía tan bien. Cerró levemente los ojos. Realmente era un tipo tan atractivo. No podía creer en su suerte. No había conocido a uno desde… y el nombre murió en su mente. Allen la acercó más hacia él al haber percibido en ella el doloroso recuerdo distrayéndola con su movimiento:

– Yo soy empleado de un aburrido banco, ya sabe, números, papeles, facturas, reclamos… a veces, quisiera tener un poco de tiempo para dedicarme a pintar. Es una de mis más grandes pasiones, junto a la lectura. ¿A usted también le agradan las artes, en general?

– No conozco mucho de eso, sin embargo, me gusta leer y antes solía asistir al teatro, aunque últimamente he pasado demasiado tiempo, inmersa en el trabajo - al oír aquello, el hombre se maldijo por su desatinada referencia. En efecto, era otro de los factores que tenía hundida a su musa, en la tristeza.

– Creo que podría interesarle una galería de arte que tiene una impactante exhibición de pinturas. No es muy concurrida y más bien está dedicada a pintores no muy conocidos. ¿Le gustaría asistir conmigo este próximo sábado?

Ella detuvo su camino y volteó a verlo en silencio. Ahí lo tenía frente a ella, con su oscuro traje fino e impecablemente arreglado, mientras que le observaba profundamente. Candy no comprendió el interés que una muchacha tan sencilla como ella, podría haber despertado en un personaje así. "Es tan irresistible. ¡Dios, esos labios se ven tan tentadores. Tal vez las mujeres no hacen falta en su vida. Elisa se moriría de la envidia de verlo conmigo. Tiene un porte tan elegante. Seguramente pertenece a alguna de las familias adineradas de Chicago. Lamento no haber asistido nunca con Albert a esas tontas fiestas. Tal vez lo habría conocido ahí y ya no tendría que estar sufriendo por lo mismo. Necesito olvidar", pensó para sí y Allen tuvo que contener una triunfadora sonrisa al ir leyendo lo que decía en su mente.

- ¿Me está invitando a salir tan pronto y ni siquiera me ha dado la oportunidad de conocerle? Es algo atrevido de su parte, ¿no lo cree así? - Candy intentó parecer muy seria y la galante respuesta la dejó inquieta.

- Creo que usted merece la más grande de las atenciones. Sencillamente, me ha cautivado con su persona - Allen había sido bastante directo.

- Eh… yo… bueno… quizá…es muy pronto…tal vez… - habló tan atropelladamente que terminó por reírse y él la secundó – esta bien, usted gana. No hace falta señalarle mi casa, es ahí enfrente – señaló hacia el modesto edificio de cuatro pisos.

- Ahí estaré tan puntual en la noche, querida Candice - la dejo seguir con sus actividades ¡Ha sido un placer conocerla! - le dio un beso en los dedos y la enfermera sintió una desconocida sensación en el vientre. Había sido tan… provocador. Se dio media vuelta y se alejó de ella.

"Me ha dejado impactada. Realmente se le ve tan adorable", se quedó un momento en la entrada del edificio mientras observaba a la galante figura perderse en la solitaria calle.

Momentos después, ya en su recamara, se dedicó a pasar sus impresiones en su diario. Ni siquiera se percató del extenso párrafo que describía el rostro que tanto le había impactado, sobre todo, sus labios tan poderosamente atractivos. Cuando hubo dormido, sus sueños fueron esta vez, más tranquilos con una castaña mirada siguiéndola a cada instante. En un rincón de su cuarto, él permaneció, acechante, velando el sueño de su amada.

Disclaimer: Los personajes de Candy Candy no son de mi autoría. Esta historia fue escrita sin fines de lucro solo para fines de entretenimiento.