CAPITULO IV

Y con el paso de los meses, una noche, sus deseos estuvieron a punto de hacerse realidad. En ese momento, la atracción entre ambos era más que evidente, aunque no lo expresaran de forma directa.

Después de una agradable velada en un rincón privado de un restaurante exclusivo, el silencio entre los dos se hizo presente, quienes se observaban fijamente a los ojos. Allen se había sentado un poco más cerca de ella y Candy fue, para su grata sorpresa, más rápida que él, al ir acercando lentamente su rostro hacia el suyo y darle un casto beso en esos labios que tan ocultamente deseaba. Seguramente el caro vino rojo que había estado bebiendo le había dejado en un estado mas desinhibido y Allen respondió más que gustoso a tan ardorosa muestra de cariño. Después, le miró con sentido de culpabilidad y él la tranquilizó:

- Yo… lo siento mucho. Me dejé llevar… - fue interrumpida.

- No temas. Realmente me gustas mucho.

- Estás tan frío. ¿Te sientes bien? – la chica se había sobresaltado al sentir su piel tan helada.

- Por lo general mi cuerpo es así. No te preocupes, ¿O es que acaso te molesta?

- ¡No! Fue solo, una observación – su verde mirada volvió a perderse en los seductores labios masculinos.

No dijeron nada más y las bocas se entrelazaron de nuevo, en un profundo contacto.

Los besos se fueron haciendo más y más apasionados. Las respiraciones cada vez más rápidas y jadeantes. Allen posó su mano por el borde del rostro y el gélido contacto, de alguna forma, excitó a Candy.

- Vayamos a otro lado - susurró Allen, en el breve instante en que sus labios se posaban sobre el cuello. Ella aceptó, excitada.

La llevó a un exclusivo fraccionamiento donde tenía rentado un lujoso apartamento. Después de que le mostrase el interior, Candy permaneció asombrada al ver el caro mobiliario y por un instante, dudó del empleo en el banco, aunque finalmente eso no le importó gran cosa. Había asuntos más urgentes que tratar.

Quiso comentar sus impresiones pero la boca de Allen fue más rápida y se apoderó de la suya, Sintió las masculinas manos recorrer delicadamente su espalda y fue entonces, que abrió los ojos y comprendió lo que estaba a punto de ocurrirle:

- Allen…yo… lo siento. Creo que debo irme. No es correcto lo que estamos haciendo.

Su voz temblaba y él tomó con delicadeza su mentón obligándole a verle directamente a los ojos:

- Antes que nada, soy un caballero, y por nada del mundo pondría en riesgo tu honor, mi hermosa dama y bendito sea el hombre que pueda disponer de ello. Eres todo para mí, Candy, créeme, no podría jamás hacerte daño. No te imaginas cuánto ardo en deseos de estar contigo, pero también, me he encomendado protegerte de todo aquello malo que pudiera ponerte en peligro. No temas de mí.

Su voz sonó tan deliciosamente ronca, que ella no pudo evitar besarlo nuevamente. Allen reprimió una sangrienta lágrima al confirmar que, tal como sus temores se lo venían indicando, ella nunca podría ser para él. No como un hombre tendría a una mujer. Su amor, aunque fuese eterno, no podría siempre gozar de las delicias físicas de su compañía ya que implicaba un gasto de sangre que finalmente tendría que compensar asesinando y esa noche, triste y reflexivo, comprendió que no se perdonaría el hecho de pervertirla solo para satisfacer sus ansias.

Mientras saboreaba sus labios, quiso gritarle cuánto la amaba, que lo había hecho desde aquella noche en que la había salvado y mostrarle su verdadera naturaleza, pero la severa restricción vampírica y el predecible efecto devastador que la noticia tendría sobre Candy, le obligaron a callar, como lo seguía haciendo a lo largo de todos esos siglos que llevaban vagando miserablemente bajo el manto de la oscuridad. Como nunca odió a su sire y le maldijo aun más de lo que solía hacerlo.

Candy recargó dulcemente su cabeza sobre su pecho y él la abrazó, acariciando suavemente los rizados cabellos de su nuca. Intentando adivinar el olor de su perfume, hundió su rostro en el cuello y entonces, el poderoso llamado de la sangre le hizo casi perder la razón. Dio un suave mordisco sobre la nívea piel y la chica se estremeció, emitiendo un sensual gemido de excitación. Allen no pudo contenerse mas y los colmillos, prestos a degustar su delicioso banquete, se fueron hundiendo en la cálida vena, mientras la recargaba contra uno de los muros.

La enfermera sintió una fuerte sensación placentera que fue subiendo desde el vientre hasta su cabeza. Se sentía completamente excitada y se aferró más a su acompañante. En un acto reflejo, abrió las piernas para rodear su cadera y él la condujo hasta la enorme cama. El furioso arrebato de la pasión le envolvió por completo y su pensamiento fue solo para él, quien seguía escondido en su cuello brindándole una sensación hasta entonces desconocida, misma que fue aumentando hasta nublar su visión justo en el momento en que un inmenso placer recorría todo su cuerpo. La sensación había sido tan fuerte que su mente se sumió en una agradable oscuridad, en la que solamente ella y Allen permanecieron juntos y unidos, formando parte de un solo ser. Los fuertes gemidos alertaron al vampiro de lo que estaba sucediendo y repentinamente se separó de ella, quien había quedado inconsciente entre sus brazos.

La revisó con delicadeza y con horror se dio cuenta de que había bebido una cantidad importante de sangre, pero que afortunadamente permitiría vivir a la chica. Con un sutil beso sobre la superficie herida, dejó que los dos orificios cerraran por sí solos y la observó, embelesado. Al día siguiente, ella solo recordaría parcialmente los hechos. Para su buena suerte, el vino que Candy había bebido sin parar sería de gran ayuda en sus argumentos. Dejaría la orden a su ghoul[1] de que se le brindaran todos los cuidados propios para que se restableciera rápidamente y ya tendría tiempo para disculparse por su pronta retirada. "Mañana no recordarás nada de lo sucedido después de haber salido del restaurante", la poderosa frase se instaló en la mente de la chica. Aquello bastaría para hacerle olvidar el amargo rato.

No le alcanzarían las palabras para expresar lo que había sentido al beber la vitae. Miles de imágenes habían pasado por su mente, entregándole sus pensamientos y su corazón. Comprendió todo el dolor que Candy había vivido a lo largo de su corta vida y la admiró aun más por la férrea y valiente actitud tomada, aun en periodos de terribles sufrimientos. Lagrimas de sangre rodaron por su rostro, mientras que se dirigía hacia la enorme ventana que ya iba anunciando la llegada del amanecer y su obligada retirada para permanecer muerto, por el día. Se sentía invadido de sentimientos encontrados.

"No podría atreverme a hacerte daño. No después de haber vivido y sentido a través de tu sangre todo lo que has pasado. Ahora comprendo porque él se enamoró de ti y sé que lo sigue estando, porque difícilmente podría suplir tus encantos con otras mujeres. Perdóname por lo que he hecho, Candy. Me has hecho comprender tantas cosas", la reflexión le hizo tomar una decisión determinada, en la cual se jugaría sus sentimientos, y dando un ultimo vistazo a la chica, quien ahora dormía profundamente, salió del departamento para fundirse con las sombras, que ya le esperaban.

Lo haría esa misma noche, dispuesto a correr el riesgo y asumir las consecuencias.

Disclaimer: Los personajes de Candy Candy no son de mi autoría. Esta historia fue escrita sin fines de lucro solo para fines de entretenimiento.


[1] Aliado humano de un vampiro que es alimentado por éste. Vampiro la Mascarada. Mundo de Tinieblas