CAPITULO VI
- Los muebles han sido empacados y ya se encuentran en camino, señor Lesnik. La habitación del hotel de esta noche está reservada a su nombre, tal como quedamos. Mañana, vendrán por usted en la noche para llevarle hasta su cabina privada en el tren. Tendrá un viaje discreto y placentero – el pequeño y sonriente hombre le entregó un documento para firmar y él se lo regresó, sin expresión alguna en el rostro.
- Entonces, solo resta arreglar un asunto pendiente y podré verle en Seattle como acordamos. Agradezco su valiosa colaboración. Una última pregunta: ¿ha canalizado suficientes fondos al orfanato del que le hablé hace tiempo?
- Todo ha sido arreglado en los términos previstos por usted, señor Lesnik. Sus beneficiarias no han cuestionado la identidad del benefactor. Nos hemos asegurado que esos pequeños no sufran de carencias, tal como usted lo solicitó. ¿Desea alguna otra cosa, antes de que me retire?
Allen negó con la cabeza y esperó a que el hombre se alejara, para poder dar una última caminata sobre las calles de aquella ciudad que tan dolorosos recuerdos le traía.
Hacía ya tres meses desde aquella fatídica noche en la que había visto por última vez a Candy y se había resistido al fuerte impulso de ir al hospital o a su apartamento, aunque fuese para verle de lejos. Aun estaba dolido por su reacción y evidente rechazo. Necesitaba olvidarla y el cambio de residencia se le hizo un recurso obligatorio.
Había llegado a esa ciudad en un afán por encontrar un refugio temporal, pero sus planes habían sido alterados por cierta rubia quien le había hecho permanecer por mas tiempo del inicialmente establecido, aunque dados los últimos acontecimientos dolorosos que le habían alejado de su lado, de nueva cuenta cambiarían.
Las calles se encontraban adornadas con alegres motivos navideños dadas las próximas festividades: coloridos árboles de brillantes esferas, figuras típicas decorando los anaqueles de los centros comerciales así como los diversos espectáculos navideños en algunas de las calles más transitadas, hicieron su visita más agradable a medida que se iba confundiendo entre el mar de gente.
Caminó sin rumbo fijo hasta llegar a un lujoso edificio de oficinas y comercios, deteniéndose brevemente para admirar los vistosos aparadores de finas vestimentas en venta. Un hermoso y atrevido vestido de seda en color verde oscuro llamó poderosamente su atención, haciéndole permanecer largo rato ante él; su imaginación voló hasta el esbelto cuerpo de cierta chica quien había logrado reavivar sus sentimientos meses atrás. Una fugaz idea atravesó su mente por lo que entró al establecimiento y compró la lujosa prenda.
Prosiguió con su paseo hasta llegar a la antigua entrada del hospital en el que laboraba su rubia obsesión. "Adiós Candy, ha sido un hermoso y a la vez doloroso placer el conocerte pero tal vez sea mejor así", pensó mientras se dirigía discretamente hasta la recepción del lugar. Una enfermera de edad avanzada y semblante severo le recibió sin mucho interés:
- Se encuentra en la sala de operaciones. No puede atenderle.
- ¿Podría darle este presente? Dígale que un viejo amigo quiso despedirse; encontrará la explicación en el interior – le extendió el paquete lujosamente envuelto, con un billete de alta denominación, oculto. La mujer cambió su rígido semblante al instante.
- Es usted muy amable. Siéntase seguro de que se lo haré llegar.
Se despidió con una sonrisa y salió del lugar. La noche le envolvió en su dolorosa oscuridad y se dedicó a cazar para alimentarse.
De regreso en su cuarto de hotel, permaneció frente al ventanal de la terraza, observando el rojizo tono que anunciaba la próxima llegada de un nuevo día. Corrió las pesadas cortinas antes de que el sol saliese.
El sopor le venció finalmente, entregándolo al profundo sueño de la muerte.
Despertó a la hora acostumbrada y se dedicó a ultimar detalles antes de partir. Alguien llamó a su puerta indicando que su carruaje estaba listo para llevarle a la estación de tren.
Durante el trayecto hizo memoria de todos los momentos que había compartido con su único amor. Al igual que la mayoría de sus congéneres, confirmó una vez mas que su existencia siempre estaría acompañada de la soledad y el dolor entre otras desgracias.
El precio a pagar por la inmortalidad era alto.
- ¡Hemos llegado!
Allen pagó al cochero y se introdujo rápidamente en la estación.
Dada la época, el lugar estaba atestado de gente, por lo que le tomó mas tiempo del considerado para realizar las gestiones correspondientes en la oficina de boletos; después encaminó hacia el andén.
Uno de los trabajadores del tren se acercó hasta él y le condujo hacia la entrada del vagón que le correspondía. Allen lanzó una ultima mirada hacia el mar de personas que se arremolinaban alrededor de las puertas de acceso, despidiendo a sus seres queridos.
Nadie lo hizo por él.
Se introdujo en el largo pasillo iluminado, dirigiéndose hacia su camarote. Al entrar, colocó su gruesa capa y su valija sobre la mesita de noche instalándose posteriormente en el confortable sofá cercano a la pequeña ventana.
No habían pasado siquiera cinco minutos cuando escuchó un desesperado grito femenino, llamándole.
- ¡Allen! ¡Allen.
Con el rostro desconcertado, se asomó por la ventana y escudriñó su alrededor buscando a la dueña de aquella voz. La ansiedad se apoderó de su ser al creer reconocerla:
- ¡Allen!
"¿Candy?", el nombre le hizo inclinarse aun más hacia el exterior de la ventana, recibiendo una llamada de atención de uno de los vigilantes del andén:
- ¡Por favor, señor, regrese a su camarote. Es peligroso permanecer en esa posición!
- ¡Allen!
El grito le hizo salir apresuradamente del camarote hacia la entrada del vagón. Aun faltaban diez minutos para la partida por lo que caminó rápidamente entre la gente, evitando llamar la atención.
La vio de pie frente a la puerta de entrada contigua al vagón en el que él viajaría. Llevaba puesto el vestido verde que le había regalado. ¡Se veía tan arrebatadoramente hermosa!
- ¡Candy!
- ¡Allen!
Con las lagrimas en los ojos, la rubia corrió hasta él, dejándose caer en sus brazos:
- ¡Por favor, perdóname!
- ¡Candy! ¡Perdóname tú a mí! ¡Nunca podré compensar todo el mal que te he hecho!
- ¡Te he echado tanto de menos! ¡Perdóname!
El silbido del tren anunciando la salida les distrajo y Allen observó el triste rostro con pesar:
- Debo partir ya, Candy. Gracias por todo el bien que has traído a mi vida. Tu tienes un brillante futuro y no dudo en que encuentres a un hombre que realmente pueda merecerte.
Le dio un rápido beso y se dio la vuelta, dispuesto a irse. La súplica le detuvo:
- ¡No te vayas, Allen!
- ¿Por qué, Candy? – él respondió sin voltear a verla.
La enorme maquina inició su marcha lentamente cuando ella habló:
- ¡Quiero estar contigo, no me importa lo que seas! ¡Me has demostrado tu amor y eso me basta! ¡Por favor, no me dejes... tú también! – las ultimas palabras le tomaron por sorpresa.
- ¿Te das cuenta del alcance de tu petición? ¡Somos seres diferentes, Candy! ¡Esto que me pides es muy delicado!
El fuerte y ultimo silbido les distrajo y Allen le lanzó una ultima mirada, antes de marcharse:
- ¡Allen! ¡No!
La muchacha le vio correr con anormal agilidad hasta el vagón y desaparecer tras la puerta.
La total desolación se abatió sobre su corazón. Durante todo ese tiempo había reafirmado sus sentimientos ante ese hombre y ahora que acababa de enterarse de su partida a través de la nota dejada en el hospital, tarde había comprendido la triste consecuencia de su impulsiva decisión.
- ¡Maldita sea!
Candy regresó a su departamento, con el semblante deprimido y el animo decaído.
"Decidí buscarle cuando ya era muy tarde, Me costó tanto comprender lo mucho que significaba para mí. Justo ahora que creía haber hallado una nueva ilusión en mi vida. Siempre llego en el momento menos preciso", la imagen de Terry y Susana llegó a su mente, oprimiéndole aun más el corazón.
Se desvistió y se metió en las cobijas, donde dio rienda suelta al llanto. A ratos apretujaba la almohada desahogando así su rabia y lamentando su mala suerte.
- Allen, ¿por qué? – ahora ya era otro el nombre que había asomado a sus labios.
Una ligera ráfaga de viento ocasionó un sobresalto en su cuerpo, haciéndole incorporarse de su cama. Ahogó un grito de espanto al percibir la silueta de un hombre al lado de la ventana.
Se tranquilizó al reconocer la voz:
- ¡No te asustes, soy yo Allen!
El inesperado visitante se acercó a ella, quien le observaba incrédula:
- ¡Regresaste!
- No pude dejarte, Candy. Tu rechazo me había dolido en el alma, pero no pude hacer lo mismo. ¿Estas segura de lo que dijiste en el andén?
- ¡No quiero seguir viviendo sin ti! ¡No soportaría de nuevo el perder a alguien tan importante en mi vida! ¡Fui una tonta, perdóname! ¡Quiero estar contigo siempre!
Permanecieron abrazados, brindándose mutuamente palabras de cariño y amor durante un tiempo indeterminado, lo que culminó en una apasionada entrega. Las caricias arrancaron sendos suspiros y gemidos a la rubia conforme fue sintiendo aquellas manos tan firmes sobre su cuerpo. Las prendas cayeron lentamente, quedando esparcidas alrededor de ellos. Los masculinos labios se posaron sobre cada centímetro de su piel perdiéndose en el generoso pecho de la muchacha. Al palpar los rosados y erectos pezones no pudo evitar recorrerlos con su boca, mientras iba acariciando el resto de su figura.
Allen fue tierno cuando llegó el momento crucial de aquel amoroso encuentro, en el que ella le lanzó una significativa mirada para hacerle saber que se encontraba lista para recibirle en su interior.
- ¿Estas segura de lo que quieres, Candy?
- ¡Sí, Allen! Ahora mas que nunca te necesito.
Se aferró a su espalda en un intento por tolerar mejor el dolor que aquello le estaba causando y él la colmó de besos, estrechándole mas entre sus brazos, esperando a que se acostumbrara a él.
Aquella unión se convirtió en el mas puro acto de amor que jamás habría podido realizar en toda su vida. Cuando el malestar físico hubo pasado, se dejó llevar por el deseo largamente contenido entrando y saliendo de ella en una cadencia incesante, arrancándole sendos gemidos de placer, culminando con una breve degustación de su embriagante sangre lo que contribuyó a calmar su sed un poco.
Después del acto, los desnudos amantes permanecieron despiertos aclarando sus dudas y temores. Ella estaba recargada sobre su pecho, con los rubios rizos esparcidos a su alrededor. El hombre jugaba distraídamente con un sedoso bucle, mientras intentaba dar un sentido a su oscura existencia después de aquella experiencia:
- ¿Quieres seguir conmigo, a pesar de todo?
- Nada me haría más feliz en el mundo.
- ¿Puedes imaginar lo que tu decisión implicaría?
- Si y no me importa si tengo que enfrentarme al rechazo de mi familia adoptiva Albert lo comprenderá. Ahora mas que nunca no dejaría escapar una segunda oportunidad.
- Candy... yo no sé qué decir al respecto. El solo hecho de pensar que eres susceptible al tiempo me ocasiona una profunda tristeza. Estaríamos juntos durante varios años pero después, te vería envejecer y al final... – se calló al imaginar tan triste desenlace.
La rubia le observó sin añadir mas comentarios al suyo. Desvió la conversación al ver que la mañana no tardaría en llegar:
- Debemos descansar, Allen. Tengo una habitación adicional y la acondicionaré para que permanezcas ahí durante el día. Nadie viene a visitarme por lo que puedes estar tranquilo de que no serás molestado en todo ese tiempo. Podremos conversarlo mañana por la noche.
Él le dio un abrazo y le acompañó hasta el lugar.
"Abrazar el amor".
La idea cobró fuerza en su mente.
Disclaimer: Los personajes de Candy Candy no son de mi autoría. Esta historia fue escrita sin fines de lucro solo para fines de entretenimiento.
