Disclaimer: Los personajes de esta historia no me pertenecen. Son propiedad de Rumiko Takahashi, autora de: "InuYasha, un cuento feudal de hadas".
III.
—Date prisa, Kikyo…
Algo está mal…
Por la forma en la que su madre sonrió antes de cerrar la puerta tras de ella era obvio que no notó como sus palabras le recorrieron la espina dorsal y la clavaron en el suelo, giró su cabeza de nueva cuenta hacia el espejo de manera tan brusca que casi se rompió el cuello. El reflejo que le devolvía la mirada ahora lucía tremendamente pálido, como si acabase de ver a un fantasma.
O como si hubiese escuchado nombrar a uno…
Ese pensamiento le volvió a llenar de escalofríos.
Yo no tenía pensado despertar otra vez…
Sacudió su cabeza de un lado a otro tratando de despejar su mente, tratando de ignorar aquella voz que recordó haber escuchado en su sueño y volvió a mirarse en el espejo, entonces lo decidió: esta era ella, esta era su vida, trataba convencerse de ello con todas sus fuerzas. Apretó sus puños y se motivó a olvidar todo lo que había soñado esa noche.
Sintió nuevamente la ligereza en sus pies y se preparó para comenzar su día: su uniforme color verde, sus libros, su mochila, todo estaba en orden. Se miró por última vez en el espejo sí, definitivamente ésta era ella, ésta era su vida, se repitió por millonésima vez y salió de su habitación.
Pero siempre deseé ser…una mujer normal.
Esa voz retumbó por toda su cabeza una vez más haciéndola frenar bruscamente su marcha cuando bajó por las escaleras. Podía escuchar el ruido de la televisión en el salón, así como el canto de las aves fuera de la casa, podía escuchar todo aquello por horas, quería convencerse de que todo estaba bien, que todo era normal.
Pero…esa voz.
Trató de ignorar los escalofríos que le causaba todo esto, aunque al final todo parecía indicar que tendría que acostumbrarse a ellos. Exhaló un pesado suspiró y caminó hasta la puerta para ponerse sus zapatos.
—¡Me voy a la escuela! —anunció desde el umbral de la puerta, su madre le vio desde la cocina.
—¿No desayunarás nada, Kikyo? —ella simplemente cerró los puños y se forzó a sonreír.
—Ya es tarde —trató de sonar lo más natural posible—, comeré algo en el almuerzo.
No esperó la respuesta de su madre y salió rápidamente cerrando la puerta tras de ella.
Una mujer normal, con una vida normal…
Comenzó a caminar a pasos apresurados con la intensión de atravesar el templo familiar lo más pronto que pudiese, pero una fuerte sensación le hizo girar su mirada hacia el enorme árbol que formaba parte de los sitios de oración del santuario a cargo de su familia. Lo observó por un momento que le pareció eterno; el viento soplaba apacible meciendo las hojas de aquel imponente árbol, llenaba el espacio de paz y recordó cómo ese lugar siempre le transmitía seguridad. Exhaló un pesado suspiro y se permitió cerrar los ojos por un momento que deseó fuese eterno. Podía recordar sus días de infancia, su recién comenzada juventud, los cortos quince años que había vivido con tranquilidad, jamás una preocupación más grande que los exámenes del instituto.
Una vida tranquila, donde ya no hay peligros, en la cual no tendría que luchar nunca más…
Volvió a llenar sus pulmones del mismo aire puro que mecía aquel árbol y jugaba con su cabello; exhaló otro suspiro agotador, esa voz hacía eco en cada rincón de su cabeza y no entendía por qué o a quién pertenecía esa voz. Abrió los ojos sintiendo una gran pesadez en sus párpados y alzó su mirada hacia las ramas más altas del árbol.
Goshimboku, siempre que me encontraba perdida tú me ayudabas a regresar a casa…
Pensó con todo la fe que pudo juntar en su pecho, y sintiéndose más perdida que nunca caminó firmemente hasta encontrarse cara a cara con el ancho tronco del árbol sagrado, respiró profundo y lo contempló en silencio por un momento hasta que fijó su mirada sobre la cicatriz en el tronco de madera.
En la cual no tendríamos que luchar nunca más…
Acercó su mano izquierda hacia aquel sitio marcado con intenciones de tocarlo, por alguna razón esa herida en la madera le robaba toda la atención. Aquella era una herida donde la corteza del árbol no le cubría como si…como si algo hubiese permanecido clavado ahí por mucho tiempo.
¡Pero tú me traicionaste, yo fui una tonta al creer en tus palabras!
El simple toque de su mano en aquella cicatriz le provocó una fuerte descarga obligándola a alejar rápidamente su palma al mismo tiempo que dio chillido por el dolor, observó su mano enrojecida por el calor que había desprendido la madera e inmediatamente miró hacia las más altas copas de aquel árbol. El Goshimboku la había rechazado pero…¿por qué?
Algo está mal…
Tú y yo nunca debimos encontrarnos de nuevo…
Algo está jodidamente mal.
De pronto la presencia de aquel árbol le llenó de pavor, como si el permanecer ahí le fuese a ocasionar un mal irremediable y corrió lejos de ahí, con dirección a las escaleras del templo.
Por sólo un momento…creí que quería estar contigo.
CONTINUARÁ…
Honestamente, este capítulo era más largo pero decidí que era mejor dividirlo a la mitad, siento mucho haber demorado en subir este capítulo pero el trabajo me quitó mucho de mi tiempo (y ayer pasé todo el día en cama por estar enferma). Muchas gracias por sus comentarios, estoy muy contenta de que este fic esté gustando, poco a poco me voy adecuando más a mi antiguo ritmo de escritura (con sus evidentes mejoras) y eso me sube mucho los ánimos. ¡Nos leemos en el siguiente capítulo :)!
