V.
KA
GO
ME
Sintió como si golpearan fuertemente su estómago dejándola sin un vestigio de aire, alzó su cabeza hacia el cielo y abrió la boca como si fuera un pez fuera del agua tratando de tomar una enrome bocanada de vida. Una fuerte corriente de energía jaló su cuerpo hacia atrás con una velocidad tan absurdamente alta que temió estrellarse con una dura pared y romperse en cientos de pedazos.
Pero no fue una pared lo que detuvo su cuerpo, sintió su espalda golpear de lleno en el tronco de un árbol, el dolor tan intenso le hizo jurar que se había roto más de una costilla pero milagrosamente logró incorporarse y mantenerse en pie. Giró su cuerpo entero para enfrentarse al árbol con el que había chocado. Frente a ella lucía imponente Goshimboku, el árbol sagrado de su templo.
¿Vas…vas a ayudarme?
Su pregunta fue casi una súplica al mismo tiempo que acercaba ambas manos a la herida en la corteza que intentó tocar momentos atrás. Al principio el árbol pareció aceptarla pero entonces poderosas descargas eléctricas le invadieron el cuerpo entero, haciendo su sangre hervir y temblando su cuerpo de la cabeza a los pies.
—¿Q-qué es esto? —preguntó en voz alta apenas logrando formular palabras con sus labios sintiendo sus manos aún pegadas a la corteza del árbol arder en fuego intenso. Intentó alejarse del árbol pero le resultaba imposible.
Pero, ya es tarde…
Abrió los ojos lo más que le permitían sus cuencas, de nuevo esa voz. Incluso sonaba mucho más furiosa que antes. De nuevo el dolor invadió su corazón mientras sentía su cuerpo desvanecerse por el tormento que le provocaba su contacto con el árbol sagrado.
Esa voz…es…¿es Kikyo?
El reconocer a la verdadera dueña de esa voz y ese nombre sólo incrementó el agónico dolor que recorría su cuerpo haciéndola gritar con tanta fuerza que su garganta se desgarró, por fin pudo sentir sus liberarse de la tortura a la que la había sometido Goshimboku, miró sus manos y las notó enrojecidas y en carne viva. Jamás vio en sí misma quemaduras tan graves.
Te detesté al momento de mi muerte.
Kikyo…ya basta.
Mi alma no pudo llegar al más allá.
Por favor, detente.
Sus ojos se inundaron en lágrimas y bañaron todo su rostro, miró suplicante a aquel majestuoso árbol deseosa de ayuda. Sin importarle el terrible daño que le había ocasionado antes, acercó de nueva cuenta sus chamuscadas manos hacia la herida en la corteza. Esta vez sin ningún daño. De un momento a otro lo sabía: mientras el recuerdo de Kikyo no encontrara su armonía, ella jamás podría regresar.
Sin más remedio cerró los ojos y dejó sus lágrimas correr.
¡Siempre y cuando tú vivas, InuYasha, mi alma no estará en paz!
Abrió con tal violencia sus ojos que temió se saltaran de su cara.
Inu…Yasha.
—¡No! —soltó en un grito tan claro que no parecía que su garganta se había rasgado momentos atrás, se separó del árbol sagrado y lo enfrentó con furia—. Tú no puedes hacer eso, Kikyo, ¡no tienes derecho!
No tiene caso, a menos que mi odio desaparezca, mi alma no regresará a ese cuerpo…
Lo sabía, permitir que Kikyo lastimara a InuYasha significaba manchar y condenar sus almas para siempre.
Sí, sus almas.
Le pertenecían a ella, desde el momento que su cuerpo existió en el mundo.
No importaba ni un poco que en el pasado respondieran al nombre de la legendaria sacerdotisa Kikyo.
No importaba si quiera que ella fuera su reencarnación.
Eran suyas.
Era su propia vida. Y Kikyo no tenía autoridad para adueñarse de ella, no importa que tanto anhelara una vida así.
Era su nombre, y jamás permitiría que quedara nublado entre la sombra de su vida pasada.
Kagome, Kagome.
Cantó en su cabeza y, decidida, postró nuevamente sus manos sobre el árbol sagrado.
—Esta vida, estas almas, Kikyo, todo eso me pertenece. No puedes quedártelo —sentencio con firmeza, no sabía si alguien era capaz de escucharla—. Lo único que te pertenece es este dolor, este rencor. No lo quiero, llévalo contigo.
¡InuYasha, sólo con tu muerte!
Pájaro enjaulado.
Concentró sus pensamientos en entonar aquella canción infantil pensando en formular sus siguientes palabras.
—Todo lo demás... —las palabras en su garganta chocaban unas con otras obligándose a salir— todo lo demás…¡tienes que devolvérmelo!
¿Cuándo, cuándo saldrá?
Fue casi un segundo lo que le tomó al enorme árbol frente a ella desintegrarse en luz y energía que la arrastraron con ella en una poderosa corriente de viento que golpeaba con fuera su cuerpo.
La luz la envolvía y revitalizaba, ya no le provocaba ningún dolor.
Entre las ráfagas de viento incontrolables pudo escuchar el grito desesperado que lanzó aquella mujer llamada Kikyo.
¡No! ¡Aún no!
Sus suplicas estaban llenas de desesperación, confusión y una rabia terribles, pero no había nada que ella pudiera hacer. No iba a detenerse.
¡Mi alma está siendo arrastrada!
No, estaba volviendo a su verdadero lugar.
¡No!
Sintió de nueva cuenta cómo su cuerpo era atravesado por potentes ráfagas de energía pero en esta ocasión no lastimaban ni rasgaban su carne. Eran energía cálida que la abrazaba y sanaba su dolor. Cada flechazo de energía que entraba a su cuerpo era como un suspiro de aire limpio que se filtraba en sus pulmones.
Cerró los ojos y volvió a llorar pero esta vez de alivio. Se dejó llevar por aquel reconfortante silencio que se hizo presente a su alrededor y que le arrastró como por aguas tranquilas.
Se sentía a salvo, ya no tenía miedo, o rencor.
Aquella sensación la había abandonado.
Ahora sólo le hacía falta…encontrar el modo de despertar.
Continuará.
Vale, son casi las cuatro de la mañana pero es que no podía detenerme hasta terminar este capítulo, el cual debo confesar que me ha agotado por su intensidad. Seguro el próximo trataré de llevarlo más ligero.
Agradezco un montón el tiempo que dedican a leerme.
Un beso enorme.
