Recordó tener un sueño…
Uno en el que se veía a sí misma: su cuerpo, sus ojos, su cabello: un perfecto reflejo en el espejo.
Pero por alguna razón estaba segura que no era ella del todo…era como si le hiciera falta algo, como si se lo hubiesen robado.
Apretó con más fuerza sus ya cerrados ojos cuando recordó sentirse aprisionada dentro de sus propios huesos, como si estos fueran una jaula.
...Y ella el pájaro enjaulado.
Dio una gran bocanada de aire, como la que se da cuando logras sacar tu cabeza del agua después de haber sido arrastrado por la violenta corriente que por poco te mata, y sintió su pecho jadear violentamente rogando por más oxigeno. La propia naturaleza pareció compadecerse de su suerte pues una ráfaga de viento le rozó la cara y jugueteó con los mechones de su cabello.
¿Era correcto llamarlo sueño? Por como lo recordaba le dejaba en sus labios el amargo sabor de una pesadilla.
Cerró sus manos en puños a sus costados, llevándose entre los dedos tierra y hierba fresca del manto verde donde se encontraba sentada con las piernas cruzadas, soltó todo el aire que había reunido en sus pulmones y enderezó su espalda.
Le gustaría decir que fue esa la única vez que se sintió como en aquel sueño, pensó, pero la verdad es que no era así. Esa asfixiante sensación regresaba a su cuerpo de vez en cuando.
Sobre todo cuando esa mujer estaba cerca…
Kikyo…
Como un golpe directo al pecho, regresaba para recordarle su propia existencia. Para intentar devorarla con sus propios demonios internos, aquellos que le cortaban la respiración, le apretaban el corazón y le llenaban la boca con el pesado sabor de la sangre.
Se mordió violentamente los labios y su corazón pareció detenerse por una fracción de segundo.
Ese golpe al pecho se intensificó aún más cuando admitió los profundos celos que le provocaba la dueña de aquel nombre.
Pero también, curiosamente, reconocer dentro de sí misma aquellos sentimientos le otorgaba la voluntad de enfrentarse a esos demonios.
Una voluntad que la ayudó a reconocer entre ese tifón violento de sentimientos el más sincero amor que jamás había conocido. Uno que se alejaba de los egoísmos, uno que solamente deseaba ver a esa persona alcanzar la felicidad.
Tan fuerte se volvió aquel deseo que poco o nada le importó sacrificar su propia seguridad con tal de salvar la de Kikyo cuando se vio ante la posibilidad de hacerlo.
Porque sabía que eso haría a InuYasha feliz. Y ese era su mayor anhelo en el mundo, incluso más fuerte que tener algún día la oportunidad de ver sus sentimientos hacia él correspondidos.
Aún si InuYasha jamás le correspondía…ella lucharía para que llegara el día en el que él no tuviera que hacerlo más. Para que en su vida solo hubiera paz y alegría.
Ese era su propósito. La razón por la que había nacido.
El canto de las cigarras nocturnas susurró en sus oídos una melodía que parecía entonada por voces infantiles.
Kagome, Kagome...
Desde que era una niña, el sólo escuchar esa canción podía hacerla sentir como si le cortaran el aire. Detestaba con toda su alma escucharla, porque eso sólo podía significar una cosa: que había perdido de nueva cuenta su libertad.
Curioso fue cuando, una vez se hizo mayor, esa canción le ayudó a soltar sus cadenas en más de una ocasión.
Ya no era más el pájaro enjaulado y no lo sería nunca más.
—Kagome —su nombre en aquella voz era como si escuchara una canción, disfrutaba con alegría cuando aquel tono masculino susurraba su nombre con paz en su alma.
Abrió despacio sus ojos, parpadeó suavemente un par de veces para poder enfocar su vista ante el manto azul oscuro de la noche, con suaves destellos blancos sirviendo como la única fuente de luz. Muy cerca de su rostro se topó con un par de ojos dorados como la miel que se enfocaban en su mirada, solo entonces fue consciente de su propia existencia: ambos estaban sentados de frente y a pocos centímetros uno del otro, los árboles del bosque rodeaban el pequeño claro iluminado por la luna llena en el despejado cielo de esa noche de verano, sus cabellos plateados bailaban bajo la misma brisa que movía sus mechones de azabache.
Sintió como su mano buscó la suya en el suelo y las entrelazó, a él pareció no importarle que sus dedos estuvieran sucios por el lodo. Volvió a cerrar los ojos cuando lo vio acercarse a ella, sintió el peso de su frente sobre la suya, sus narices rozaban cariñosamente y podía sentir su cálido aliento soplar colándose entre sus labios.
Reconocer su propósito en la vida fue tan difícil como doloroso...
—Inu...Yasha —susurró sin abrir los ojos, él no apartó sus frentes ni soltó sus manos. Ese nombre en sus labios le sabía como la propia miel de los ojos del hombre frente a ella.
Ese nombre...
Habían pasado unos cuantos años desde aquella ocasión en la que sus almas le fueron arrebatadas, y desde ese momento sus sentimientos solo se hicieron más y más profundos: su confusión, sus sentimientos encontrados, su más sincero amor.
—Tuviste pesadillas otra vez —no era una pregunta, la firmeza en que lo sentenció no le daba espacio a ninguna mentira.
No se atrevió a abrir los ojos, sabía que la esperaba una mirada inquisitiva esperando por su respuesta.
—No son recientes —confesó con apenas un hilo de voz—, pero por alguna razón volvieron a mi cabeza.
—¿De qué se tratan? —lo escuchó preguntarle sin dejar ese tono serio y un poco autoritario.
—… —se mordió los labios, recordó que en aquel entonces le mintió diciéndole que sólo se trataba de una prueba de matemáticas. Ahora quizá no colara tanto esa excusa.
—Kagome —exigió firmemente, el escucharlo nombrarla es como si una corriente eléctrica le recorriera el cuerpo entero.
Quería escucharlo decir su nombre, una y otra vez por lo que le quedaba de vida...
—Perdía todo… —se escaparon sus palabras de su garganta, sin detenerse a pensar mucho en cómo explicarse—. perdía hasta el nombre…
Él se quedó en silencio por un breve momento, sintió como reafirmaba el agarre de sus dedos entrelazados, aprovechando para acariciar sus nudillos.
—¿Por qué dices que no es reciente?
—Es difícil de explicar —se justificó rápidamente.
—Intentalo —su tono de voz fue mucho más suave pero parecía que simplemente no podría zafarse de InuYasha esa noche. Abrió despacio sus párpados, el par de soles que el chico tenía por ojos se fijaban firmemente en ella, tragó saliva tan lentamente que le quemó la garganta.
—Fue cuando la bruja Urasue me robó mis almas para...para resucitar a Kikyo —empezó temerosa, él no respondió permitiéndole continuar—. Fue muy doloroso, no sólo físicamente sino que me hizo vivir un mundo en el que mi nombre se había perdido para siempre. Sólo recuperándolo fui capaz de obtener mis almas de vuelta también.
—¿Entonces te despertaste cuando las recuperaste? —preguntó tratando de entender a lo que se refería y quizá recordando su propia experiencia aquel día tan crucial para ambos.
—No —respondió con la garganta tan seca que su voz fue apenas un seco hilo, llenó sus pulmones de todo el aire que pudo y dejó ir el exceso en un pesado suspiro—. Había otra cosa que debía recordar, el mayor motivo por el que decidí enfrentarme a los dolorosos recuerdos y a la furia de Kikyo.
—¿Qué era? —preguntó despacio, tal vez con demasiada cautela. ¿Tenía miedo de escuchar la respuesta?
—Tu nombre —soltó sin detenerse a pensarlo dos veces, sintió el tiempo detenerse, incluso el cantar de las cigarras de esa noche pareció apagarse.
InuYasha alejó su frente de la suya, de pronto el frío de la noche le rozó las mejillas, un escalofrío le recorrió la espalda cuando se dio cuenta que ahora también soltaba el agarre que mantenía en sus manos, sus dedos se enroscaron temblorosos por el repentino vacío. Abrió despacio sus párpados, el medio demonio la miraba fijamente con el ceño fruncido.
—En aquel entonces dijiste otra cosa —InuYasha rompió el silencio, muy probablemente recordando su mentira.
—Discúlpame por favor pero...no sabía si ibas a entenderlo, quiero decir, en aquel entonces ni siquiera yo estaba segura de entender qué fue todo eso —le respondió serenamente sin apartar su mirada de la suya pero pronto se sintió intimidada obligándose a bajar su vista hacia el suelo—. Lo único que tenía claro, lo que me hizo despertar fue...un enorme deseo de salvarte.
Fue una fracción de segundo cuando los brazos de InuYasha la rodearon y la atrajeron hacia él, instintivamente hundió su rostro en el amplio pecho masculino y correspondió su abrazo. El aroma que desprendía su cuerpo siempre la ayudaba a relajarse, le recordaba al de las tranquilas noches de lluvia en primavera.
—Lo hiciste —lo escuchó murmurar con su barbilla sobre su cabeza, también sintió como sus brazos la rodeaban más posesivamente—. Me salvaste.
Reconocer su propósito en la vida fue tan difícil como doloroso, recordó, pero valió la pena.
Abrió tan violentamente sus ojos que temió se le escaparan de sus cuencas, podía sentirlos arder por las lágrimas que sin esperar su permiso comenzaron a empapar el pecho de InuYasha.
InuYasha…
Quería decir su nombre, una y otra vez por lo que le quedaba de vida...
Recordó tener un sueño…
Uno en el que su nombre y el de la persona que tanto amaba se entrezalaban en uno solo.
Como un arma de doble filo.
Moroha.
N/A: Sí había tenido la intención de cerrar esta corta historia con un epílogo. Pero la verdad es que no encontraba la manera correcta de dárselo y terminé por dejar este proyecto de lado, pero en mi compromiso de terminar TODAS las historias que tengo inconclusas pude por fin encontrar un poco de inspiración y otro poco más de tiempo para conseguirlo. Y, bueno, quise aprovechar que ahora mi OTP tienen una hija canon para regalarle una pequeña mención.
Tengo muchas ganas de escribir más InuKag así que quizá sepan de mí muy pronto.
Les agradezco mucho que leyeran hasta acá!
Un beso
-Kao
