Nunca había sentido alivio más grande que cuando su padre apareció por la puerta sano y salvo. Tras un apresurado abrazo el Dr. Briefs relató a su familia lo que había pasado en aquel lugar, su aceptación como científico en el imperio saiyayin y de lo que aquello significaba.
— Debemos empacar lo más importante y tenerlo listo mañana a primera hora del siguiente día, ya que partiremos hacia Vegitasei —dijo el anciano llegando al fin de su relato.
De inmediato Bulma protestó, gritó y lloró al enterarse que serían transladados a un planeta desconocido.
— Guarda silencio mocosa —ordenó el soldado asignado a supervisarlos lanzándole una mirada asesina.
— Esta es mi casa, puedo hacer lo que quiera —respondió la adolescente sin pensar en lo que hacía.
Ante la brusca respuesta recibida, el guerrero alzó su mano y la apuntó hacia la joven.
— Ella también trabajara para el príncipe y su imperio —le recordó al sujeto el Dr. Briefs lo más tranquilo que le fue posible.
El soldado hizo una mueca y bajo su mano, bien sabía que si dañaba a alguien que resultara de utilidad para su soberano terminaría pagando las consecuencias él mismo.
— Su cría deberá mejorar su comportamiento cuando este en Vegitasei —advirtió el guerrero volviéndose al científico— De lo contrario ninguno de ustedes sobrevivirá mucho ahí —finalizó con una media sonrisa que provocó escalofríos en la familia Briefs.
Bulma comprendió de inmediato el significado de aquella amenaza, y a pesar de sentirse furiosa se obligó a mantenerse lo más serena posible por el bien de sus padres. Las siguientes horas la familia se dedicó a empacar sus pertenencias más indispensables bajo la mirada atenta del soldado que vigilaba cada movimiento que hacían, interviniendo de vez en cuando para desaprobar objetos que consideraba inútiles.
Ninguno de ellos protestó ante las negativas del hosco guerrero, simplemente siguieron guardando todas las cosas que pudieron hasta que amaneció. A primera luz del día y sin importarle el cansancio de los terrícolas, el hombre les comunicó que era hora de dirigirse al punto de reunión. La familia abordó su nave cargada solo con unas mochilas que contenían las cápsulas con los vestigios de lo que hasta el día anterior fuera su vida.
Después de unas horas llegaron al mismo sitio que el Dr. Briefs había visitado anteriormente, la mitad de las esferas blancas ya no se encontraban ahí, en el área vacía había una nave espacial redonda y grande cuya forma ovalada se asemejaba ligeramente a la de un cangrejo, por un costado de la misma descendía una rampa metálica por la cual subían algunas personas, sintiendo un nudo en el estómago la joven y su familia obedecieron las instrucciones del soldado de abordar de inmediato.
A lo lejos Kakarotto observó a la joven de cabello celeste dirigirse a la nave, y como sucediera la primera vez que la vio una sensación extraña e indescriptible se apoderó nuevamente de él.
— Seguramente en cuanto estemos en Vegitasei tendremos que escuchar al engreído príncipe alardeando de su éxito en esta misión —masculló Bardock a su hijo sin recibir ninguna respuesta de su parte, cosa que no era inusual. Sin embargo después de unos minutos sin obtener la mínima reacción de su vástago el guerrero se exasperó— ¡Hey muchacho, estoy hablándote! —lo reprendió al notar que toda la atención de aquel se encontraba puesta en la nave que transportaría a los científicos.
La ruda voz paterna devolvió a Kakarotto a la realidad.
— Es cierto, fue una misión bastante aburrida —respondió el joven sin apartar la vista.
Aquella respuesta incongruente así como la actitud de su hijo llamó la atención de Bardock, quien curioso se volvió de nuevo a mirar hacia la nave. Su boca se torció en una sonrisa maliciosa al advertir esta vez el motivo de la distracción de su hijo.
— Esa si que es una hembra atractiva —señaló refiriéndose a la terrícola de cabello celeste que subía en esos momentos por la rampa de abordaje— Es bueno que por fin demuestres algo de gusto por el sexo opuesto, comenzaba a preocuparme —añadió riendo mientras palmeaba la espalda del joven.
La broma de su padre lo incomodó, con gesto adusto Kakarotto fijo sus ojos azabaches en el guerrero frente a él.
— Si te gusta puedes solicitarla como tu esclava cuando cumplas con alguna misión importante —sugirió solo para ver su reacción, pero el joven no mostró ningún cambio en la expresión de su rostro.
— Debemos partir ahora padre, nos estamos atrasando —dijo el adolescente al tiempo que señalaba las naves esféricas que comenzaban a abandonar la tierra, dando así por finalizada aquella conversación entre ellos.
Ni siquiera la inmensidad y belleza del espacio pudo distraer a la joven de sus sombríos pensamientos mientras los días transcurrían y la nave en la que viajaba se dirigía a su destino. Bulma seguía sin poder comprender como en un pestañeo había pasado de tener un futuro prometedor como la hija del dueño de la Corporación Cápsula, a estar al servicio de los alienígenas que invadieron su planeta.
Mentalmente exhausta miró a su alrededor, el semblante de sus pocos compañeros de viaje era similar al de ella, sin rastro de esperanza. Pensar en lo indefensos que se encontraban a manos de aquellos seres violentos que los habían esclavizado, la llenó de furia, en vano hizo un intento por no derramar ninguna de las lágrimas que amenazaban con abandonar sus ojos celestes, pero al final el asco y la indignación la superaron y el llanto se apoderó de ella.
— Todo estará bien cariño —escuchó decir a su madre, mientras sentía la mano de la mujer cubriendo la suya.
Aquella dulce caricia la reconfortó, y tal y como solía hacer cuando era muy pequeña, se recostó en el regazo de su madre, quién comenzó a pasar sus dedos por el cabello celeste de Bulma hasta que esta se quedó dormida.
Una voz resonó por las paredes metálicas de la nave indicando que pronto llegarían a su destino, la peliazul se incorporó lentamente, su cuerpo estaba adolorido lo que indicaba que había gozado de varias horas de sueño. Casi de inmediato sintió la mirada de sus padres sobre ella y se esforzó por mejorar su expresión descompuesta y sonreírles un poco para disminuir su preocupación.
Apenas las compuertas se abrieron y Bulma puso un pie fuera de la nave sintió que su corazón se estrujaba, el nuevo planeta tenía una apariencia fría y desértica, el cielo tenía tonos rojizos contrastando completamente con el azul de la Tierra y ella no supo decir a ciencia cierta si era de día o de noche.
El alienígena que comandaba la nave comenzó a dar algunas instrucciones a los recién llegados para que tomaran sus cosas, luego de eso les indicó que se mantuvieran en silencio y aguardaran.
— ¿Son todos? —preguntó un hombre cuya armadura parecía ser la de un soldado de mayor rango a los que había visto en la tierra.
— Así es —respondió el alienígena mientras hacia una ligera reverencia.
Aquel los miró despectivamente, con su dedo enguantado señaló un punto y les dio una orden.
— Colóquense en una fila, vamos aprisa.
La joven obedeció de mala gana, poco después y ante un gesto del que parecía estar a cargo se acercó un extraterrestre color verde con algo parecido a una agenda electrónica en la mano.
— Nombre —decía mientras sus largos y pegajosos dedos tecleaban con rapidez en la pantalla. Al terminar su registro volvía a indicar— Coloque su mano aquí —una vez que concluía con el escaneo de las huellas dactilares, este enviaba a las personas a una nueva fila donde se les entregaba un pequeño escudo metálico.
— Escuchen bien —dijo el soldado cuando el breve proceso concluyó— Ustedes trabajarán aquí protegidos por el rey, y se distinguirán de la población de esclavos gracias a esa insignia que les fue otorgada, deben portarla en todo momento para evitar cualquier confusión y están obligados a usarla incluso en el área que les será asignada para vivir.
El soldado siguió dando instrucciones mientras la joven de cabello celeste observaba aquellos escudos, el de su padre y ella eran idénticos, pero el de su madre era diferente, comprendió que los estaban clasificando, la placa metálica de color gris que sostenía en sus manos solo había sido dada a los científicos y temió que eso pudiera significar el valor que representaban para el imperio y la facilidad con que podrían ser desechados.
No pudo seguir pensando mucho en eso, poco después de que el soldado terminó de hablar los condujeron por las calles de Vegetasei hasta una zona que se encontraba en los límites de la misma, la diferencia entre las casas de sus captores y el lugar donde vivirían era evidente, en aquel sitio habían edificaciones de todo tipo, lo cual mostraba la diversidad de razas que debían habitar ahí.
— Estas son sus casas —indicó el soldado antes de marcharse.
— Quedará bien, la arreglaré —prometió el anciano al ver la expresión de su familia mientras entraban a la edificación que les fue asignada.
No les tomó mucho tiempo a los Briefs llenar la pequeña casa con sus pertenencias, así que una vez completamente instalados, los tres se reunieron a disfrutar de la cena familiar, y por primera vez desde que todo había iniciado pudieron olvidarse por unos instantes de lo sucedido y relajarse un poco.
Al día siguiente los científicos debían presentarse al centro de investigación, donde fueron clasificados de acuerdo a sus habilidades y a su área de conocimiento, afortunadamente el Dr. Briefs y Bulma lograron permanecer en el mismo piso, a solo un laboratorio de distancia, lo cual representó cierta tranquilidad para ambos, pues bastaba con alzar la vista para asegurarse de que el otro se encontraba bien.
Después de analizarlo, padre e hija concluyeron que el centro científico no era por entero una prisión, quienes ahí laboraban podían andar con entera libertad por el resto de las áreas gracias a la tarjeta lectora que poseían y que les garantizaba el acceso a todo el lugar, lo que les permitía observar los avances que ahí se producían e intercambiar ideas, quizá de ser otras las circunstancias ambos habrían adorado estar ahí.
Las semanas fueron transcurriendo y con ello la tensión inicial se aligeró también, a pesar del recelo de los soldados parecía que temían lo suficiente a su rey como para no desafiarlo, por lo que respetaban a todos los que laboraban en el centro científico y sus familias, la cordialidad de esa raza no era su fuerte pero sabían obedecer órdenes y no se portaban agresivos con ellos, el trato era frío e indiferente en su mayoría lo cual a la joven le parecía bien. "Mientras más lejos de esos asesinos mejor", pensaba cuando desde la ventana de su laboratorio los veía partir a sus misiones.
Con el tiempo la joven peliazul comenzó a saberlo todo sobre sus opresores, los saiyayin eran una raza autoproclamada como suprema, con una fuerza física inusitada, primitiva y salvaje, que tenía un ansia inagotable por la sangre y las batallas, su poder de pelea era suficiente para provocar el más profundo temor en todos aquellos que les conocían, y gracias a ello es que ahora dominaban la galaxia.
Por eso, escuchar en ese momento a sus colegas científicos hablando de la suerte que tenían al ser reclutados por los saiyayins, la joven de cabello celeste sintió que el estómago se le revolvía. Para ella nada había de suerte en que un día, de la nada, aparecieran unos bárbaros y te sacaran de tu planeta para llevarte a un mundo desconocido.
— Se lo que piensas —murmuró el Dr. Briefs a su hija al ver la expresión de su rostro tras oír aquellos comentarios— Pero estamos juntos y eso es lo único que importa —añadió tomando la mano de la joven unos minutos, antes de volver a enfrascarse en el trabajo.
Ella asintió levemente, y continuó con su investigación después de secarse algunas lágrimas rebeldes que corrieron por su mejilla, sabía que su padre tenía razón y que debía mantenerse serena, pero no terminaba de aceptar su situación actual. Tratando de componerse recordó a su madre que siempre le decía, que debía agradecer que al menos ellos estaban en mejores condiciones que el resto de los humanos que se quedaron en la Tierra, y que ahora eran esclavos de los saiyayins.
— Impresionante —exclamó el Dr. Rhyu sacándola de sus pensamientos.
— No es nada —dijo ella con falsa modestia volviéndose a mirar al científico, al hacerlo reparo en su sonrisa y pensó que desde que llegaron a Vegetasei nunca lo había visto con otra expresión que no fuera esa— ¿Doctor, puedo preguntarle algo? —dijo después de unos segundos de meditación.
— Lo que quieras.
— ¿Cómo hace para mantenerse tan sereno y de tan buen humor siempre? —inquirió la joven en voz baja para que nadie más la escuchara.
El hombre se pasó una mano por su cabello castaño como acostumbraba hacer cuando estaba pensando, pasaron unos minutos y tras lanzar un suspiro respondió.
— Al principio me sentía como tú, a nadie le gusta perder su libertad… pero poco a poco traté de ver los beneficios de estar aquí.
— ¿Beneficios?... no tenemos nada, somos tan esclavos como los otros, la única diferencia es que no llevamos cadenas —exclamó la joven comenzando a alterarse de nuevo.
— Es una manera de verlo —aceptó él— Pero ¿ves a ese pequeñín de allá? —dijo señalando un animal de extraña apariencia que se encontraba en una jaula a unos metros de ellos— Es un leighsber, lo trajeron del planeta Xtamai hace unos días. Si aún estuviéramos en la Tierra jamás habría tenido la oportunidad de estudiarlo, ni siquiera hubiese sabido de la existencia de Xtamai, pero aquí todo es posible.
La joven no pudo responderle, el Dr. Rhyu fue llamado por el jefe del área en ese momento y ella volvió a su trabajo. Mientras revisaba sus últimos cálculos la voz del científico seguía dando vueltas en su mente y por primera vez en el tiempo que tenía de habitar Vegetasei, miró al laboratorio de manera diferente.
Hasta ahora había trabajado en lo que le solicitaban de mala gana, siempre sintiéndose obligada por el temor de que de no hacerlo, su vida y la de sus padres correría peligro, pero no había pensado en todo lo que significaba su estancia en aquel planeta y las oportunidades que le brindaba.
De regreso al área donde habitaban el Dr. Briefs observó a su hija sumida en sus pensamientos, la conocía lo suficiente como para saber lo que cruzaba por su mente, con la misma delicadeza que empleaba al trabajar con microcircuitos, tomo su mano y la envolvió en la suya mientras caminaban en silencio. Horas más tarde, cubierta en las sábanas de su cama la joven pensaba en su conversación de esa tarde con Rhyu.
— Vamos, ya es hora de dormir —escuchó decir a la figura que la miraba desde la puerta.
Ella fijo su vista en la mujer por varios segundos antes de atreverse a hablar.
— Mamá… ¿eres feliz aquí? —preguntó finalmente la joven al tiempo que se incorporaba.
— Te tengo a ti y a tu padre, eso me basta para ser feliz —exclamó de inmediato la rubia con su voz dulce de siempre.
— Pero somos prisioneros —protestó la de cabello celeste.
— Lo somos —admitió su madre— Aún así agradezco que estamos en mejor situación que muchos otros por aquí. Tal vez tú no te das cuenta porque pasas el día en el laboratorio —añadió al ver la expresión de disgusto de su hija— Pero aquí, escucho historias horribles…
— ¿Qué tipo de historias? —preguntó la joven con expresión asustada.
— No quiero repetirlas, son demasiado espantosas —dijo la rubia notablemente afectada— Solo quiero que sepas que a pesar de todo somos afortunados porque estamos juntos y a salvo —finalizó acariciando la mejilla de su hija.
— Papá siempre dice lo mismo —murmuró ella volviéndose a recostar.
— Porque es la verdad —afirmó su madre con tal convencimiento que logró tranquilizar su atormentada alma.
Despertar a la siguiente mañana fue menos difícil que otras veces, incluso una pequeña sonrisa apareció en su rostro cuando entró al comedor y vio a sus padres abrazados, los había visto hacer eso millones de veces durante su vida pero nunca lo había apreciado realmente, concluyó a pesar de sí, que sus padres tenían razón, estaban juntos y eso era lo único que importaba.
Hasta ese momento, nunca se había permitido pensar en su estancia en Vegetasei, como una oportunidad, pero ahora su visión había cambiado, mientras recorría el enorme laboratorio por donde quiera que dirigiera su vista se encontraba con diferentes especies, había pocos de cada raza, solo las mentes más brillantes del universo estaban ahí, la mejor tecnología era creada en el entorno del que ella formaba parte.
Sintiendo un extraño alivio después de tantos meses de frustración, miró los planos en los que había estado trabajando, después de unos minutos y muy a su pesar, aceptó que le habría tomado al menos veinte años lograr un diseño semejante si aún habitara en la Tierra. "Rhyu está en lo cierto, aquí todo es posible", pensó mientras sus labios se curvaban en una sonrisa.
Al otro lado del planeta un muchacho entrenaba con su padre. En vano, Bardock había empleado cuanta idea se le cruzó por la mente para lograr que su vástago se centrara en sus ataques, él parecía estar pensando en otra cosa, después de asestarle un tercer golpe en la mandíbula al despistado muchacho, el mayor de los guerreros abandonó la sala de entrenamiento mascullando maldiciones.
Kakarotto se sentó en el piso de la habitación, esa mañana se había encontrado con la terrícola de cabello azul justo antes de que ella ingresara al centro científico, como en ocasiones anteriores la joven ni siquiera notó su presencia, y eso le causaba malestar, al principio se había alegrado cuando supo que viviría en Vegetasei, creyendo que así podría acercarse a ella, pero la joven llevaba más de un año en su planeta y apenas si habían coincidido unas cuantas veces y en esas raras ocasiones jamás cruzaron palabra.
Él se encontraba fuera la mayor parte del tiempo, su hermano Raditz presionado por su padre, acostumbraba solicitarlo como parte del escuadrón en todas sus misiones, aunado a eso, el notable aumento de su poder lo colocó en la mira de los guerreros de élite, quiénes acostumbraban invitarlo a sus entrenamientos. Su padre por su parte no lo perdía de vista jamás, cada segundo de su tiempo libre lo hacía ejercitarse y practicar sus técnicas de combate.
El muchacho sabía que podía rebelarse y negarse a seguir obedeciendo, pero Bardock desde que era pequeño, encendió en él un ansia sin fin por volverse más poderoso, por ser el mejor guerrero que sus fuerzas le permitieran. Así que constantemente se debatía en la contradicción de querer abandonarlo todo y a la vez amaba cada hueso roto y cada herida que recibía, porque eso lo acercaba más a su meta.
Solo existía algo en el universo que podía hacerle olvidar su objetivo, y era la joven de cabellos azules, una sola mirada y se encontraba incapaz de sacarla de su pensamiento, su concentración desaparecía y se pasaba el resto del tiempo pensando en cómo sería si pudiera tocar su rostro o escuchar su voz.
— Deja de soñar despierto Kakarotto —dijo una voz a sus espaldas— Tu nave esta lista, preséntate de inmediato con tu escuadrón.
Levantándose del piso como impulsado por un resorte, el muchacho abandonó la habitación. Al tiempo que salía sintió la necesidad de mirar hacia el centro científico, para su sorpresa la joven de cabello azul se encontraba mirando por una de las ventanas y parecía sonreír.
Hola a todas (os), espero que la actualización les haya gustado, y espero que no se desesperen por la tardanza, como comenté anteriormente llevo escribiendo esta historia al menos una década, puesto que en ocasiones me olvidaba de seguirla o las ocupaciones diarias de la vida adulta me hacían abandonarla por varios meses, o simplemente la inspiración se estancaba y no podía seguir.
En todos estos años he modificado el desarrollo de esta trama cientos de veces, y cada que escribo un capítulo no lo publico hasta no estar segura de la dirección que la historia va a tener, es por eso que las actualizaciones vendrán a su propio tiempo, no quiero sacrificar la calidad de este trabajo ya que siempre creí que este fanfiction será el último que escribiré y por eso es que quiero esforzarme lo más posible para darles una historia digna.
Dicho eso, les mando mis mejores deseos y agradezco su paciencia.
Hasta una próxima entrega.
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