Capítulo I
Fue solo un momento, eterno, infinito y ahora camino sola
(No me despedí – Julia Medina)
Abrí los ojos cuando escuché cerrarse la puerta con muchísima fuerza. El miedo abandonó mi cuerpo dejando una falsa sensación de victoria. No volvería a derramar ni una sola lágrima más por Edward Cullen.
—Sería mentir si dijese que no lo veía venir.
No voltearía a ver a mi madre y su típico rostro de asco por mi nuevo fracaso. Me levanté de la cama únicamente para cerrar mi puerta con llave. Abrí el grifo y dejé correr el agua por todo mi cuerpo adolorido.
—Mamá, déjala en paz.
Mi hermana pequeña era la única que tenía algo de criterio en este tipo de situaciones, siempre era así.
—Yo le advertí que casarse con un hombre que a penas conocía era imposible…
No podía seguir escuchándola. Me vestí adentro del armario lo más rápido que pude, dejé mi celular en la mesa de noche junto con mi anillo de matrimonio, recién ahí le di una vista a mi habitación. Todo era un desastre, era la viva imagen de lo ocurrido anoche.
Me gustaría simplemente desaparecer de esta habitación y reaparecer en la que estaba hacia cinco meses. En la casa de mis padres mi cuarto estaba pintado de color blanco con puntos de varios colores, yo misma había pintado un mensaje que decía 'Hello, gorgeous', mi cabecera era ploma al igual que algunas de mis almohadas, mi cobertor era rosa y tenía una mesa de noche con un espejo encima; está en cambio, no la reconocía o, mejor dicho, no me reconocía en esta … era la de un adulto…. Y yo me sentía tan niña aún.
Salí del departamento sin prestar atención, revisé mi billetera, solo tenía treinta dólares que no me servirían para comer ni un plato decente así que me dirigí a mi heladería favorita. Entrar ahí era volver a mi niñez, tenían en medio de la entrada un freezer circular donde podías ver los helados dar continuas vueltas.
—¿Ya decidió su sabor?
La amable señorita me sirvió una copa grande de tres bolas de helado: chocolate, vainilla y chicle. Después de varias semanas me sentía emocionada por algo. Me senté en la esquina, justo en donde ambos espejos convergían. Luego de unos segundos una cuchara completa ensució mi falda, en mi afán de limpiarlo terminé chorreando casi todo… ahí me di cuenta que lo único que sentía en verdad era frustración. Mi reflejo se hizo presente desde dos ángulos, no sabía a cuál detestar más. Eché a correr dejando toda la mesa echa un desastre.
¿Qué pasaba conmigo? ¿En qué punto me había perdido?
Me escondí detrás de un árbol. Tanto mi blusa como mi falda estaban sucias, uno de los lazos de mis balerinas había caído en el camino.
— En esta fiesta no se permiten tristezas señorita. ¡Venga!
Un extraño arrastró mi mano hacia la entrada de una feria.
—Una chica tan bonita como usted no debe llorar. Tome.
Me aferré a ese ticket como si mi vida dependiese de eso. El chico no hizo cola, saludó y pasó directamente. Estuve a segundos de irme, pero me emocionaba ver a tantas personas tan felices… yo no me sentía así.
—Un agua por favor… una botella de agua.
Estaba completamente agitada y exhausta, con los veinte dólares que me quedaban había recorrido un montón de juegos. Tal vez estaba hecha ruinas, pero estaba feliz. Nuevamente un espejo se cruzó en mi camino para mostrarme que mi realidad no era la de niños con sus padres en una feria; mi realidad era completamente distinta.
Crecí con cuentos de niñas. Ella era una princesa hermosa que al momento de ser atacada por un dragón aparecía mágicamente un príncipe que la salvaba. Este príncipe la amaba, él veía a través de sus ojos y no dudaba en pedirle matrimonio delante de todo el pueblo. Luego contraían nupcias en una ceremonia majestuosa.
Lo único que no te explicaban era que a veces la princesa no entendía exactamente que sucedía a su alrededor y que confundía a un dragón vestido de príncipe.
—Baja en la siguiente estación, por favor.
Era extraño verme tomar el transporte público, hacía casi un año que me movilizaba en autos carísimos, pasaba de avioneta en avioneta para siempre estar junto a mi esposo. De tan solo recordar nuestra familiaridad me inundaba una angustia inexplicable.
Para llegar al pequeño pueblo de Forks debía tomar el autobús número 32 o 36. Tenía lo justo para un billete, luego tendría que caminar lo más rápido posible para que no me diese la noche en la mitad de la carretera.
Luego de más de tres horas vi mi pequeña casa, mi padre estaba a punto de subirse al auto de policía. No tuve ni que cruzar la calle, él vino corriendo hacia mí para envolverme en sus brazos; no pude evitar llorar.
—Mi niña. Me has tenido muy asustado, tu hermana ha salido a buscarte, pero no te encontró. Pasa, pasa…
Traía casi toda la ropa húmeda de la llovizna que estaba empezando a caer. Mi padre me llevó hasta mi antigua habitación, todo seguía tal como lo recordaba.
—Cámbiate, llamaré a tu madre y a Billy para que cubra mi turno.
Entré descalza a mi habitación, me desnudé completamente y me vestí con mi pijama de cuadros. No tuve necesidad de bajar porque mi papá me esperaba afuera con una taza de té.
—Cariño, no importa lo que haya pasado. Sabes que esta es tu casa.
Revisé el reloj, ya eran más de las 8 de la noche. Era evidente que ni mi hermana ni mi madre regresarían hoy así que me acosté en mi habitación envuelta por mi cobertor.
En la mitad de la noche empezaron a sonar truenos, uno de ellos me hizo saltar de la cama. Inmediatamente vi como mi papá prendió la luz del pasadizo, como cuando era niña.
Ni bien abrí los ojos me fijé en mi ventana, todo aún seguía oscuro. Seguí dando vueltas en mi cama hasta que los primeros rayos del sol se asomaron.
Ese sería el primer día en mi vida donde la princesa se convertiría en guerrera, dejaría atrás las faldas coloridas, las blusas de gasa para dar paso a su uniforme de batalla; dejaría atrás el llanto para convertirlo en fortaleza. Trazaría un plan que seguiría paso por paso.
El primer paso: deshacerse de esta habitación. Una guerrera no vivía envuelta en colores rosas, con una habitación color blanco humo sobraría.
Al término del primer día lo único que seguía igual era la ausencia tanto de mi madre como la de mi hermana.
Mi papá inventó varias excusas durante la tarde, pero yo sabía que mi madre no podía contener la decepción que sentía hacia mí. Me había tirado a una piscina que no solo estaba vacía, sino que era tan profunda que no se veía el final.
—Pondré en el garaje todo esto, en unos días lo donaremos a la iglesia.
Agradecía infinitamente que mi padre no sacara el tema a colación. Tanto Charlie como yo éramos muy parecidos, éramos la calma luego de la tormenta que significaban mi madre y mi hermana. Ambos teníamos problemas en comunicar lo que sentíamos, pero éramos personas de acción.
—Esta noche iré a trabajar, me llamas si te sientes mal o algo así.
Asentí.
Nuevamente la noche me inundó, pero esta vez me resultaba imposible dormir. Aunque esta habitación pertenecía antes de la era de Edward Cullen en mi vida mi mente lo regresaba de vez en cuando en detalles, pero no lo permitía, debía borrar este último año de mi vida para poder regresar a mi realidad y salir lo más victoriosa posible.
Era consciente que no estaba tan bien como me gustaría estarlo, pero lucharía para vencer, con esa última promesa pude quedarme dormida.
Isabella Swan, solo te tendrás a ti misma siempre.
Te presento a Isabella Swan.
Todos los personajes le pertenecen a Stephanie Meyer.
Saludos.
