Capítulo II
¿Quién le quito la palabra a este silencio que miente?
(Conmigo suficiente - Miriam Rodriguez)
—¿Su respuesta señorita Swan?
Dentro de mi pequeña guarida que habían creado mis brazos para dormir en paz me sentí extremadamente avergonzada.
—Nadie está obligando a nadie a estar en esta clase. Si gusta puede retirarse.
Negué en repetidas veces.
—Disculpe profesor. No volverá a pasar.
Estaba segura que no me había botado del salón porque ocupa los primeros lugares en su clase.
La asignatura que me tocaba este mes era de ciencias sociales y de comportamiento, específicamente 'Crecimiento y desarrollo de infantes'.
—Entonces la próxima clase empezaremos con las exposiciones. Recuerden consultar la bibliografía que les mandé, estoy bastante contento con el perfomance del grupo en general. Sí se puede jóvenes.
Decidí quedarme unos minutos más para poder disculparme nuevamente.
—Profesor Molina…
—Sé señorita Swan que trabaja además de estudiar todas las noches, pero este esfuerzo valdrá la pena.
Debía agradecer haberme cruzado en esta comunidad con personas tan nobles como él.
Ya que mi padre no podía recogerme tomé el último bus para llegar a casa. Usualmente estaba lleno pero esta vez solo ocupaban los primeros asientos, me senté a lado de una señora que se bajó en el siguiente paradero.
—Guapa
No tuve tiempo de reaccionar cuando un maloliente hombre se sentó a mi lado.
—Déjeme salir sino grito.
Le advertí, mientras él reaccionaba yo tenía en mi otra mano mis llaves para defenderme. No lo dejé decirme ningún otro improperio porque le di puñetazos con todas mis fuerzas.
—¡Muévete imbécil!
Le grité lo más alto que pude. Estaba él tan borracho que no podía coordinar bien. Logré salir y me senté detrás del chófer.
Estaba harta de que los hombres pasaran por encima de mí simplemente por ser mujer.
Mi parada llegó a los minutos, acomodé mi mochila y bajé para ver a mi hermana menor envuelta en la casaca más gruesa que tenía.
—Bella… Edward está en la casa.
Hablando de hombres que pasaban por encima de una…
—Mamá no ha querido hablarle, si quieres llamo a papá para que lo saque.
Casi sonrió. Mi hermana traía una imaginación digna de película.
Caminamos juntas hasta la casa, cuando entré Alice subió a su habitación.
En el medio de mi pequeña sala un imponente hombre con gabardina negra veía curioso todas las fotos de mi familia.
—No conocía tu casa.
Fue lo primero que me dijo. Hubiese deseado poder golpearlo como al hombre en el autobús, pero Edward era otro tipo de presa. Hacía meses que no lo veía así que noté inmediatamente sus ojeras en el rostro y el vendaje en su mano izquierda, el cual trato de ocultar inútilmente.
—Siempre te quise traer, pero los pueblos no son lo tuyo.
Dejé a un lado mi mochila.
—Necesito que regreses conmigo a Washington. Luego de eso no volverás a saber de mí.
Clásico de Edward, venir, tomar lo que necesita y luego irse. No esta vez.
—¿Es una clase de broma esto?
—Isabella, no tengo tiempo para tus niñerías. Necesito que regresemos, funjamos de pareja feliz y obtendrás el divorcio. Me imagino que, aunque no tengas el anillo recuerdas que estás casada.
—Ya mandé los documentos con mi abogado, yo no quiero seguir casada contigo.
—Debo admitir que me sorprendió que contaras con un abogado, aunque al revisar su perfil, enseña en la escuela comunitaria cerca acá; seguramente de ahí vienes.
Señaló mi mochila con desdén. Luego me estudió de pies a cabeza, era inútil evitarlo.
—Es la primera vez que te veo en pantalones y usando un color que no sea significado de felicidad.
Me paré lo mejor posible delante del monumento que era mi esposo.
—Estás perdiendo tu tiempo, vete. Eventualmente lograré divorciarme de ti.
No sé qué vio en mí, pero se apoyó en mi chimenea pensativo.
—Isabella, mi padre está en sus últimos días luego de un infarto. Le he prometido que llevaría mi esposa a verlo, literalmente pregunta por ti todos los días. Sé que no funcionamos y nunca lo haremos Isabella pero por mi padre soy capaz de subirte a mi auto a rastras.
Recordé al señor Carlisle Cullen presente cuando Edward anunció nuestro compromiso, él fue el único que mostró felicidad ante la noticia. Además, hablábamos constantemente, él aseguraba tener un matrimonio basado en el amor y el respeto, el pobre no podía ver a la arpía que tenía como mujer.
Antes que pudiese formular una oración decente mi padre entró como energúmeno con su arma apuntando a Edward, este ni se inmutó.
—No seamos dramáticos Charlie, yo tampoco quiero estar acá, pero le he ofrecido a Isabella un trato.
Mi padre cruzó miradas conmigo, lo intenté tranquilizar.
—Te quiero fuera de mi casa sino disparo.
Edward levantó las manos en señal de rendición.
—Esperaré a que tomes una decisión… pero afuera, no quiero incomodar con los disparos.
Lo único que había echo Edward desde que conoció a mi padre era provocarlo con su cinismo y su humor negro.
—Bella no puedes regresar con él, pequeña sé que hombres como él pueden…
Básicamente hombres como él con mundo podían deslumbrar a niñas de pueblo como yo.
—Papá, iré a solucionar un tema con él y volveré. No me vas a volver a perder. Edward no tiene el efecto en mi que tenía antes, esto será bajo mis condiciones.
Mi padre negó con la cabeza.
—Estás cometiendo un error… otra vez.
Subí a mi habitación, no tardé en tomar un par de mudas y mi neceser. Al bajar Charlie me esperaba en la puerta.
—Volveré papá, no lo hago por él, te lo aseguro.
Edward estaba parado a lado de su auto estacionado un poco antes de mi casa. Antes de abrirme la puerta me mostró un sobre amarillo.
—Aquí están los papeles, ni bien termine esto los firmaré y un auto te traerá.
—Necesito el anillo para hacer esto creíble.
Metió su mano al bolsillo de la camisa.
—Toma
Lo coloqué en mi dedo anular. Subí al auto junto a él lista para lanzarme nuevamente a la piscina, pero esta vez la princesa traía un chaleco salvavidas y muchas ases bajo la manga para no morir.
Edward Cullen no era un hombre paciente así que manejó por unas horas hasta que llegamos a un lugar descampado donde estaba su avioneta.
—Señor y Señora Cullen, todo está listo.
Había pasado mucho tiempo desde que alguien usaba mi apellido de casada.
Al inicio solía aferrarme al brazo de Edward cada vez que subía, este me dijo que eventualmente me acostumbraría, lo hice, pero igual siempre fue nuestro momento de intimidad.
Esta vez tendría que hacerlo sola, rogando que pasara rápido. Tenía en puños mis manos dentro de mi cazadora.
—Relájate Isabella, no será más de una hora.
Odiaba el tono autoritario de Edward, pero no me podía concentrar en algo inteligente que decir con la altura taponeando mis oídos.
—¿Sabes que si me muero serías una de las viudas más ricas de este país?
Solo Edward podría hablar de esto sabiendo que sí o sí lo escucharía.
—Pensé que tu padre me dispararía. ¿Sigue tu madre con las pastillas para dormir? Déjame decirte que no luce tan bien, estoy muy seguro que nunca tuvo una prescripción. Hablando de tu madre, no entiendo por qué se llevo mi cenicero… ojalá haya sido un impulso porque literalmente es lo único que no tiene valor en esa casa.
Cerré los ojos con fuerza.
—No te molestes, solo hago conversación. Hace meses que no te veo, siéntete libre de interrumpir cuando desees.
—¿Exactamente qué estudias en la universidad comunitaria?
Esta vez no iba a divagar, me tomé mi tiempo para contestar.
—Un millón de dólares por tus pensamientos.
Siempre había tenido a favor eso, Edward no era capaz de penetrar mi mente con tan solo verme, pero al resto le era tan fácil; se dedicaba unos segundos a estudiarlos y luego los destrozaba mentalmente.
—Estoy en un programa para el área de humanidades, son tres años con diversas asignaturas en esa área.
—Interesante, no sabía que querías ir a la universidad. Lo que uno se viene a enterar a puertas del divorcio.
Los documentos en el sobre manila yacían en el asiento a lado nuestro.
—¿No vas a preguntar cómo he estado yo? Un poco maleducado de parte de la niña perfecta de Charlie y Renne Swan.
—No me interesa, así que no preguntaré. No empieces a tocarme los nervios Edward, déjalo.
—Cuando regresé pensé que era otro capricho tuyo, pero dejaste todo.
Edward guardó silencio varios minutos.
—Para por favor, llevo meses olvidando mis errores del último año y medio. Por favor, para de hablar.
Levantó sus manos en señal de rendición. Tomó su celular y empezó a escribir.
Finalmente llegamos, estaba a punto de amanecer cuando bajamos, un auto nos esperaba. Tanto Edward como yo entramos en la parte trasera. El chófer manejó bastante más rápido que lo usual debido a la falta de tráfico.
—Pensé que iríamos de frente a la casa de tus padres.
Edward negó. —Sería bueno si te ves un poco más alegre Isabella. Mi esposa es conocida por sus coloridas vestimentas además debo tomar un baño, luego tengo que trabajar.
Subí reacia por el ascensor, al abrir las puertas de este el departamento que habíamos elegido juntos seguía intacto. Tenía un par de cuadros de nuestra boda encima de la chimenea, todo se veía pulcro.
—Tu ropa está en tu armario.
Cuando nos casamos decidimos tener baños y armarios separados, así que entré al mío. No pude evitar extrañar mi ropa, pero esa Bella feliz no podía regresar más que hoy día, por Carlisle Cullen.
Tomé una blusa color blanca con un lazo azul marino detrás, de todas las faldas colgadas escogí una floreada y un par de bailarinas rosado claro. Cuando me lo puse un detalle en el espejo llamó mi atención, se reflejaba la parte que cubría toda la ropa, un par de gotas de sangre se podían ver. Empecé a buscar más de ellas, pero no las encontré, no podía darle más tiempo a esos pensamientos. Doblé mi ropa para introducirla en mi mochila, luego cambié mi billetera y mi nuevo teléfono a una de mis bolsas.
Estábamos en pleno verano, pero igual llevé un chándal, recordaba que el padre de Edward me lo había regalado. Por unos minutos sentí que los últimos meses no habían existido, simplemente Edward y yo habíamos discutido otra vez, él había vuelto en la noche con un ramo gigante de rosas, yo lo perdonaría y volvería a entrar en mi burbuja feliz donde mi esposo y yo éramos perfectos.
—El auto nos espera.
Me sobresalté al verlo aparecer. Parecía que hubiese dormido sus ocho horas mientras yo rogaba por soportar el trayecto.
—Vamos entonces
Edward se excusó para ir por su teléfono cuando me percaté que un detalle no cuadraba en mi sala. Yo misma había escogido todo así que los detalles no me eran ajenos, no estaba el espejo cuadrado al frente del comedor, además el piano de cola negro carísimo de Edward brillaba por su ausencia.
—Tu piano… no está tu piano
Le dije ni bien nos sentamos en el auto, inmediatamente lo sentí tensarse.
—Tú decidiste empezar una carrera, yo decidí terminar mi relación con el piano. Seamos realistas nunca podría ser como mi madre.
Mentira, Edward no había sido pianista porque se encargaba de todos los negocios familiares no por su falta de talento. Estaba casi segura que tocaba mejor que su madre.
—Mi mamá y mi hermana saben que estamos en proceso de divorcio, mi padre piensa que estás con tu madre la cuál está delicada de salud.
—No creo que tu papá…
—Seguramente no, pero la he dicho tantas veces que hasta a mí me suena real.
La mansión de la familia Cullen derrochaba opulencia por todos lados, era como un vómito continuo de todo el dinero que tenían.
Esperé que Edward abriera mi puerta, cuando lo hizo me ofreció su brazo, lo acepté esperando que todo esto no fuese en vano. Al entrar nos esperaba su madre sentada en la sala principal, solo Esme podía ser una mujer que lucían tan dulce y ser la malévola que poco habíamos conocido.
—Madre
Dijo Edward en modo de saludo, no tenía la menor intención de acercarme así que me sorprendió cuando ella dio el primer paso.
—Gracias por hacer esto.
Me dio un beso en la mejilla.
—Carlisle hoy está de muy buen ánimo.
De camino a la habitación que habían acondicionado para él Edward me soltó de repente.
—Tengo que contestar esta llamada.
Seguimos caminando hasta que Esme abrió la puerta.
—Mira quién llegó cariño.
El hombre que yo recordaba había desaparecido, este señor se había consumido poco a poco. Le di mi mejor sonrisa.
—Señor…
Levantó su mano en señal de protesta.
—Carlisle, me da mucho gusto poder vernos.
Le di un beso en la mejilla, él logró sentarse.
—Bella, te llevo esperando buen tiempo. La última vez que viniste estaba indispuesto.
Tendría que cubrir los huecos de esta historia que Edward había inventado.
—No hay problema… ya te habrá dicho Edward que mi mamá ha estado bastante enferma.
Carlisle asintió.
—Querida lo siento muchísimo. Me imagino que dividir…
Empezó a agitarse.
—No debes hablar tanto papá.
Edward entró a la habitación y se sentó en la esquina de la cama.
—Por fin los veo juntos. Bella, este muchacho no ha venido tan a menudo tampoco.
Le sonreí.
—Edward siempre llama a preguntar por ti, soy yo la que ha estado algo desaparecida. ¿Cómo te sientes hoy?
Carlisle asintió.
—Bien, aunque hay días no tan buenos también
Le tomé la mano.
—Hay que disfrutar los buenos entonces. ¿Sigues leyendo?
Asintió feliz.
—Siempre he dicho que leer culturiza cariño. ¿Terminaste el libro que te mandé con Edward?
Fue mi turno de asentir.
—El final fue … sorpresivo.
Me despedí de Carlisle de la manera más sincera posible y aguantando mis lágrimas. Este aún en el estado en el que estaba lograba arrancarle una sonrisa a cualquiera. Nos hizo prometer regresar pronto, vi que quería conversar con Edward a solas así que salí junto con Esme.
—Carlisle no es ningún tonto, pero sabe que estos meses han sido difíciles para Edward, además lo de Rosalie se ha complicado.
—¿Qué tiene Rosalie?
Su arrepentimiento por lo dicho se notaba en su rostro.
—Pensé que Edward te lo había contado… internamos a Rose en un centro de recuperación días después que te fuiste. Mi pequeña no ha superado sus problemas.
Tenía muchas ganas de decirle que parte de estos problemas era las expectativas tan altas que ella tenía para con todos, incluida su hija. Yo había testigo de como Rose se había moldeado a todo lo que su madre quería.
—Total que no importa, ya saldremos de este bache. Lo bueno es que los negocios en manos de Edward son un éxito. Irá a recoger la próxima semana un premio o algo así.
Le sonreí, pero decidí no comentar nada.
—Tal vez no te vuelva a ver, pero muchas gracias por esto.
Abracé a Esme en señal de despedida, tenía razón, no planeaba volverla a ver.
—¿Vamos? —
Preguntó Edward al salir, se veía furioso. Avancé con él.
—Putamadre
Cuando levanté el rostro la entrada principal estaba repleta de periodistas.
—Mamá entra. Voy a hablar con la seguridad.
Vi a Esme cerrar la puerta detrás de nosotros, se le notaba preocupada. Edward me acompañó al auto.
—Espérame unos minutos
Abrí la ventana para verlo caminar hacia la caseta de seguridad, discutió unos minutos hasta que un periodista estiró tanto su brazo que le colocó el micrófono en la boca golpeándolo.
—¡Edward!
Me conocía lo que seguía al pie de la letra. Edward intentaría golpear al hombre como diese lugar, odiaba a los reporteros con su vida.
—¡Edward, ni se te ocurra!
Mi grito lo hizo detenerse en seco antes de estirar su brazo y llegar a ese periodista. Me dio el tiempo suficiente para tomarlo del rostro.
—Debemos hablar con ellos y luego nos iremos.
Su rostro denotaba que no era la solución en su cabeza, pero lo haría porque la mala publicidad para un hombre tan hermético como él era mala. Me sujeté de su brazo para darle cara a los carroñeros.
—Señora Cullen, ¿Cuál es el estado del señor Carlisle?
Preguntó una chica que estaba siendo aplastada por todas las cámaras.
—Mi suegro está en las mejores manos, su situación es aún delicada.
—¿Dónde ha estado usted? Se especulaba una separación…
Tenía ganas de gritarlo a los cinco vientos, pero Carlisle no se merecía esto.
—Para nada, simplemente hemos estado fuera de los focos ocupándonos de todo lo que apremia.
Edward pareció recuperar la compostura. Se irguió delante de todos y tomó mi mano.
—No nos dedicamos al espectáculo para andar proliferando nuestra vida íntima.
Añadió.
—Nos disculparán, pero pedimos privacidad en estos momentos familiares tan complicados, les agradecería desocupar mi cerca porque lo único que ocasiona es el nerviosismo de mi madre.
—Una última cosa, ¿cómo sigue su hermana después de ser internada por tercera vez?
La pregunta no fue del agrada de Edward, pero pasó saliva antes de ponerse parco nuevamente.
—Mi hermana está en un buen centro de rehabilitación y nosotros como familia apoyándola, como siempre. Disculpen.
Caminamos hasta el auto estacionado al frente de su puerta principal, al salir no había rastro de nadie. Pero igual Edward ordenó redoblar la seguridad y cercar el perímetro 24/7.
—Tu mamá me contó lo de tu hermana, lo siento. Debe ser difícil tener que lidiar con todo esto.
Soltó una risa sorna.
—Una bola de periodistas imbéciles son el menor de mis problemas ahorita. Tengo que trabajar para que todo el esfuerzo de mis padres no se vaya al carajo mientras cuido de ambos y mi hermana decidió que era un buen momento para consumir drogas de nuevo, eso sin agregar que debo salir en algunas semanas a publicar mi divorcio corroborando lo que muchos apostaron, que nuestro matrimonio fracasaría. Definitivamente es difícil Isabella pero no espero que lo entiendas ni que me tengas lástima.
Dicho esto, se centró en su trabajo con la computadora, yo decidí guardar silencio. Edward simplemente tenía que soltarlo cayéndole mierda a quien tuviese que caerle.
Debía ver a Rosalie antes de regresar. No era la persona más simpática del universo, pero tanto su hermano como su madre la trataban como un inconveniente.
—Al centro donde está la señorita Cullen, por favor.
Edward ni levantó la mirada.
—Es inútil, no estás registrada para visitas.
—El anillo de algo debe de servir.
Me limité a contestar. El camino tomó más de lo esperado, pero cuando llegamos salí del coche sin despedirme. Efectivamente fue complicado dejarme verla, pero alegué todo argumento que me llevara al apellido de mi esposo, ni bien lo escucharon me invitaron a un cuarto privado.
Rosalie Cullen se había dedicado al modelaje desde niña, usaba siempre ropa de diseñador y nunca la veías sin maquillaje así que cuando apareció con un polo largo blanco y unos pantalones grises de deporte me quedé sin palabas.
—Pensé que por fin te habías dado cuenta que mi hermano está casado con el trabajo y le habías dado una patada en el culo.
Se sentó delante de mí, se le veía algo desmejorada pero lo bonita no se lo quitaba nadie; aunque se notaba algo somnolienta.
—Estoy en un periodo de abstinencia, me duermen continuamente y el ojo me lagrimea cada dos segundos.
Reí. —Rosalie sé que no somos las mejores amigas, pero tienes que salir de esto, tu padre te necesita.
—Lo estoy haciendo… es difícil Isabella.
Asentí. Me acerqué para darle un abrazo.
—Es por eso que estás con él, ¿no?
Volví a asentir.
—Sonará estúpido, pero tampoco lo pasó bien, luego de internarme mi madre me contó que lo encontró en pésimo estado en su departamento. Me imagino que para ti también debe haber sido jodido, si cuenta para algo yo sí creí que lo harían funcionar.
Eran 2 personas contra el mundo entero.
—Ya eso no importa. Llámame cuando salgas para que tomes nuevos aires en Forks, incluso podemos hacer caminatas.
—Isabella, es imposible para ti caminar en línea recta, lo sé porque tuviste tres semanas los zapatos de tu matrimonio y aún así te tropezaste miles de veces.
Ambas reímos recordando como Edward me sostenía cada vez que estaba a punto de caer.
—Gracias por la visita.
Le sonreí antes de abrazarla nuevamente. Era cierto que no éramos las más cercanas, pero teníamos casi la misma edad y ver a donde nos había llevado la vida me hacía sentir empatía por ella. Estaba segura que detrás de esa Rosalie había otra princesa que lucharía contra sus propios monstruos para salir victoriosa.
Al salir del centro caminé hasta que pude tomar un taxi.
El día casi acababa así que me permitiría comer algo antes de regresar a mi casa. Al entrar el departamento había sido limpiado nuevamente, lo noté cuando entré a la cocina y vi que había dos almuerzos, tomé uno para recalentar.
Me paseé descalza por todo el piso. Era probablemente más grande que mi casa. Al entrar había una escalera de caracol que llevaba a la habitación principal, por el otro lado había dos habitaciones más. La cocina, la sala principal y la lavandería estaban en el primer piso. Recordaba haberme sentido abrumada con tanto espacio, pero Edward me calmó al decirme que me acostumbraría. Ese era siempre el término 'acostumbrarse', yo tenía que acostumbrarme a su estilo de vida; en cambio para él era imposible si quiera visitar donde yo vivía. Era como si me hubiese extraído de un lugar para colocarme en otro solo que con mejor vestimenta y una sonrisa tan blanca que podía romper cualquier reflector.
El sonido del microondas me regresó a la realidad.
Me senté en el sofá y prendí la televisión, eran casi las cuatro de la tarde así que me entretuve con un programa donde decoraban casas para venderlas a mayor precio. En algún momento me quedé dormida.
Al despertar estaba acolchada y me habían retirado todo el servicio. Levanté al rostro para encontrarme a Edward sentado frente a su computadora.
—Bella durmiente, siempre me ha sorprendido la capacidad que tienes para dormir en cualquier lado. Sabes que si no es mi colchón no duermo. ¿Recuerdas esa vez en Praga? Literalmente terminamos en el piso porque ese armazón estaba tan mal construido.
—¿Viste a mi hermana?
Añadió antes de que pudiera salir de mi estado grogi luego del sueño.
—Sí, no te manda muchos saludos.
Rió.
—La veo en proceso de recuperación, tal vez visitarla de vez en cuando y no echarle en cara todo lo que haces por ella sería bueno. Al final del día tú tienes todo esto y ella…
—No lo tengo todo Isabella, tú no estás en mi cama así que no lo tengo todo. El carro te recogerá a la hora que gustes, tú decides como te regresas.
Avanzó para sacar de su maletín de trabajo el famoso sobre manila.
—Están firmados.
Me quedé helada.
Todos los personajes le pertenecen a Stephanie Meyer.
Saludos.
