Capítulo III
Y, ¿qué haces que todos queramos formar parte de tu sinfonía?
(I que fas que tots vulguem formar part de la teva simfonia)
(Mireia – Judit Neddermann)
Pensé que el camino de regreso sería un alivio para mí, pero me dejó angustiada el último intercambio de palabras que tuvimos. Tomé mi mochila y a los minutos estuve de vuelta en el carro. Si deseaba llegar rápido tendría que regresar con la avioneta, pero no sabía si contaba con tanto valor para tomarla sola, detestaba utilizarla como medio de transporte.
—¿Señora tomará el bus o desea que le preparen la avioneta del señor Cullen?
Empecé a sentirme mareada.
—Lléveme de regreso por favor.
Ni bien se abrieron las puertas corrí hacia la cocina para vomitar en el lavabo. Cargaba en el cuerpo solo el almuerzo así que lo ideal era no vomitarlo.
Me sorprendió que luego de todo mi espectáculo Edward no hubiese venido. Me lavé los dientes y comí un paquete de galletas de chocolate antes de sentarme en el mueble. Al final del día el departamento era tan grande que tal vez ni me había escuchado.
Decidí quedarme para irme temprano al día siguiente, no podía moverme en este estado y menos aún volar así.
Edward bajó a los minutos con su conjunto de dormir.
—¿Qué pasó, le vas a dar una nueva oportunidad a nuestro matrimonio? O, ¿te has dado cuenta que te soy más rentable muerto y estás considerarlo hacerlo tú?
Rodé los ojos.
—No me siento bien.
—Hombre, que vamos varios en esa situación. ¿Llamo al doctor?
—No, simplemente no he comido mucho hoy y estoy mareada.
A los minutos Edward se sentó en otro mueble aledaño al mío y prendió el televisor.
—Puedes dormir donde desees, menos en el salón donde guardábamos todos los regalos de matrimonio, lo están pintando y con las pintas que traes ahorita te mueres antes que mi padre y lo triste será que lo único que me quedará de ti será un armario lleno de ropa. Debo recalcar que nunca me di cuenta que le dabas tan buen uso a la tarjeta.
Le tiré un cojinazo. Edward rió.
—No hables así de tu padre.
—No pasa nada, la muerte es una consecuencia natural de la vida. Yo lo sé, ojalá mi madre se haga la idea porque no creo que esté lista.
—Edward, tus padres llevan juntos más de 50 años. Perderse el uno al otro debe ser lo más difícil de sus vidas.
Se puso de pie.
—Me encanta estos nuevos argumentos que traes a la conversación… solo una cosa, ¿por qué no los aplicaste a nuestro fugaz matrimonio?
Fue mi turno de reír.
—Siempre he tenido opiniones, pero este estilo de vida me abrumó. Además, estos meses me han servido para entenderme mucho más.
—Y yo pagando psicólogos cuando lo único que necesito es perderme en un pueblo donde la señal de internet es restringida y su sistema de alcantarillado es dudoso. Increíble lo que hace la introspección, ¿qué crees tú que vería si me hago un examen interior?
—Mucha mierda
Edward sonrió mientras nos trajo un par de tazas de té. Él sabía lo mucho que adoraba tomar algo caliente antes de dormir.
—Aparte de lo evidente Isabella. Vamos, empuja tu mente al límite, ¿qué odias de mí? No vale repetir.
—Lo pones tan sencillo Edward
A estas alturas Edward lucía despreocupado con sus gafas para la lectura y sus pies sobre la mesa pequeña.
—Odio que no veas más allá de lo evidente con respecto a las personas que te rodean, odio que desprecies lo que para otros es importante, odio que no cuentes lo que te pasa y te lo tengan que sacar a cuenta gotas, odio que seas tanto trabajo para una persona.
—Lo último tiene solución, podríamos ser como esos programas que te gustan ver de ese hombre con cuatro esposas. Yo y mi harén que podrían soportar mis múltiples personalidades, básicamente dividiríamos mis problemas entre un número finito de mujeres.
Después de terminar de hablar estoy segura que se escuchó.
—Dios, hablo tantas estupideces.
Empezamos a reír ambos.
—En eso estamos de acuerdo.
Edward levantó sus manos hacia el cielo.
—Mira que yo lo tomo como un punto a mi favor, incluso luego del divorcio lo anotaré en mi diario.
—He decidido vender la propiedad que tiene mi familia en Aspen, creo que nunca fuimos. Tampoco te perdiste de mucho, aunque hubieses apreciado la vista en las mañanas al prender la fogata. Cuando mis papás se separaron mi madre nos llevó a Rose y a mí allí, mi madre no tenía ánimos de cocinar tampoco sabía hacerlo honestamente así que el servicio nos traía siempre la comida. A los cuatro o cinco días llegó mi papá y él nos llevó a esquiar, cuando regresamos mi madre estaba hecha un sol radiante… como cuando viste por primera vez la Torre Eiffel.
—Nunca me habías contado que tus papás se separaron.
Me limité a decir.
—Recuerdo un par de veces, no era nada oficial pero mi madre no soportaba que mi padre fuese tan ausente y para ella dos niños eran demasiado, creo que por eso es tan exigente con Rosalie. Mi madre necesita que Rosalie puede resistir todo lo que ella no pudo. Hablas de lo abrumada que te sientes por esta vida y me acuerdo de mi madre mientras se arreglaba para salir y nosotros no hacíamos más que hacerle todo complicado, la apuraban para irse y a veces ni se despedía. Otras salía corriendo de un sitio a otro para cumplir con la ajustada agenda que traía.
—¿Pensaste tú que yo podría resistirlo?
Tenía que preguntarlo. Podía vivir con que el resto del mundo no apostara a nuestro favor pero siempre asumí que él sí lo hacía porque yo le di mi vida a ese matrimonio.
—Esperaba que sí, si podías hacerlo por lo menos no acabarías ni como mi madre ni como Rosalie. No soy ciego Isabella, sé que todos tenemos nuestros defectos incluyendo a mi madre, no es la perra que pintas pero tampoco es la persona más simpática.
—Tu mamá no es… — me miró levantando una ceja—Bueno, vale, es muy antipática, ni bien nos comprometimos la tuve en mi oreja criticando cada paso que daba, lo mal que posaba para una cosa, lo mal que vestía para alguna ocasión…
Edward rodó los ojos.
—En verdad esperé que pudieses resistirlo, eres joven aún Isabella. Tienes el ticket de ida en ese sobre así que tú tranquila, el mundo continuará aunque Edward Cullen e Isabella Swan no estén juntos.
—Hablas como si me llevases más de una década. Tengo 22 años y tú tan solo 31, no seas dramático. Lo que yo esperé de ti fue que te pusieses de mi lado de vez en cuando, no siempre salir a favor de quien estuviese en mi contra.
Edward se paró para dejar en la mesa larga su taza de café.
—Puedo aceptar todo lo demás, pero no eso, yo siempre estuve en tu equipo, quien no lo vio fuiste tú que poco a poco te encerraste acumulando tantas cosas que yo no supe hasta que estallamos. Yo asumo mi parte en el fracaso de este matrimonio, pero era de dos esto, que no se te olvide Isabella. Si me disculpa ex esposa, tengo una reunión a las 3 de la mañana con un grupo de chinos que juran me van a ver la cara de estúpido y debo asegurarme de tenerlos agarrados de los huevos para cuando termine.
Lo vi subir estirándose antes de entrar a la habitación principal.
Debía salir de aquí, ya no era la Isabella que se deslumbraba por las palabras de Edward. Yo sí asumía mi parte de este matrimonio, permitiendo que todo se decidiese por mí y no imponer lo que yo pensaba; por ser joven me quisieron tomar de estúpida, pero eso no volvería pasar.
No fue sencillo conciliar el sueño, pero luego de un par de horas lo logré, me eché a andar a los brazos de Morfeo con la expectativa de que fuese un sueño largo sin interrupciones.
—Isabella, despierta. Son casi las 8 de la mañana.
Edward estaba parado en el umbral de la habitación de invitados. No me pude estirar como quisiera por el obvio invitado, pero sí estiré mis brazos.
—¿Terminó tu reunión?
Esbozó una sonrisa de victoria.
—Recién ha acabo, iré a descansar antes de pasarme por la oficina. Isabella, te he dejado encima de la mesa un paquete para tu hermana, dáselo si fueses tan amable. Buen viaje de regreso.
Se despidió con la mano para cruzar a su habitación, se le veía bastante agotado.
Me alisté en cuestión de minutos, fui a la cocina para servirme un vaso de yogurt y comer algo de fruta; al cabo de dos horas ya estaba lista para subir a la avioneta.
—Un gusto señora Cullen, hasta luego.
Sentí la necesidad de corregirlo, pero me detuve, Edward siempre había sido cauteloso con sus asuntos personales y se lo debía.
El viaje en avioneta se pasó bastante rápido esta vez, un nuevo chofer me esperaba para llevarme de regreso a mi casa.
Mi mochila pesaba un poco más por el paquete de libros que llevaba, me causaba curiosidad saber la temática, usualmente mi hermana no se mostraba emocionada por casi nada. Terminé pidiendo que me dejaran en el centro del pueblo para comprar un pastel antes de llegar a casa.
—¡Bella!
Jessica Stanley, compañera de la escuela comunitaria, me sorprendió con sus tres niños.
—Hola Jessica, ¿cómo estás?
Sus tres niños corrían alrededor de nosotros, pero ella no parecía inmutarse, tal vez al tener tres ya se cuidaban entre ellos.
—Algo atrasada con el trabajo de la próxima semana, pero todo bien. ¿Tú?
—Muy bien.
Jessica hizo chaqueó los dedos.
—Me acabo de acordar, Ben hará una reunión el sábado de la próxima semana, es más como un almuerzo para celebrar el final de ciclo.
¿Eso se hacía en la escuela comunitaria? Se me hacía extraño imaginarme un escenario donde la señora Cope compartiera más oxígeno del necesario con nosotros.
—Mi madre cuidará a estos demonios así que iré, anímate. Podemos pasarla bien un rato.
Agradecí sentirme incluida ya que por el tema del trabajo me era complicado compartir momentos con el grupo. Quedamos en que iría, me despedí de ella y seguí mi camino.
Al entrar a mi casa la primera que notó mi presencia fue mi madre.
—Llegó Bella— Anunció ella, inmediatamente mi hermana bajó corriendo, se tiró a mis brazos como de costumbre.
—Les traje pastel para el almuerzo.
Mi madre evitaba mirarme a los ojos desde que había regresado a vivir, pocas veces se dirigía explícitamente a mí. Terminamos comiendo las tres.
—No engullas la comida Bella, no se ve bien
—Lo siento mamá, tengo que llegar al trabajo. ¿Cubriste mi turno ayer?
Alice asintió feliz. —El dinero me va a caer a pelo.
En una hora me alisté para irme a cumplir mi turno en la librería de la familia Newton, luego iría a estudiar.
—Nos vemos en la noche.
Al llegar la señora Newton estaba fuera limpiando las ventanas.
—Buenas tardes.
Nos saludamos e inmediatamente fui a dejar mi mochila en la parte de atrás y a colocarme el mandil con el logo de la librería. En el cajón siempre apuntaban las tareas para el día así que me dispuse a empezar.
—Señorita, ¿tendrán este texto?
Tomé la lista que el pequeño me dio. Era un texto literario lleno de dibujos.
—Sí, dile a tu mamá que entre.
Estuve casi cuatro horas atendiendo y ordenando los nuevos materiales que habían llegado hasta que el señor Newton me avisó de la hora. Tuve que tomar taxi para no llegar tarde.
La clase de hoy me fue bastante entretenida hasta que profesor indicó que el próximo fin de semana visitaríamos le jardín botánico, varios compañeros soltamos risas, era típico de Forks tener que ir por lo menos una vez al mes al jardín botánico.
A la salida me disponía a comprar una butifarra para regresar a mi casa cuando Jacob Black se cruzó en mi camino.
—¿Cómo andas Bella?
Le sonreí. —Bien, hace tiempo que no nos veíamos— recibí mi pedido de la señorita.
—Oye, deberíamos quedar con Ángela, hace tiempo que no nos vemos los tres.
—Definitivamente. Avísame.
Mi camino de regreso fue sin sorpresa, llegué al mismo tiempo que mi padre.
—Tu madre me llamó para decirme que ya regresaste. ¿Qué tal la ciudad?
Mi padre no nombraría a Edward aunque fuese el último hombre en la tierra luego de él.
—Bien, ya tengo mis papeles del divorcio. Solo debo mandarlos al abogado para que los haga oficiales.
Mi padre sonrió. —Me alegra que no tener que volverlo a ver.
Entramos y un olor a pizza nos inundó, esa era la debilidad en la casa. Alice bajó corriendo.
—Mamá se animó a hacer dos pizzas.
Nos sentamos los cuatro a comer en la cocina. Ayudé a poner todo en orden incluyendo prender la televisión para que mi papá de reojo viese la repetición de los partidos de béisbol.
Alice se adentró en una charla con mi madre sobre lo último que rondaba en la preparatoria de Forks. Al parecer la elección de rey y reina del baile había ocasionado conflictos y un acoso cibernético brutal.
—Cielo, sabes que lo mejor que puedes hacer siempre es hablar las cosas cara a cara con los demás. La sinceridad es buena.
Dicho esto, mi madre se levantó.
—Buenas noches.
—Todavía no me perdona.
Mi papá asintió. —Es bueno ponerse en los zapatos del resto Bella, no es sencillo para ella aceptar que no seguiste sus consejos.
Terminamos trabajando en nuestras tareas académicas en la habitación de Alice, esta era un poco más espaciosa y contaba con la única impresora de la casa.
—¿De qué iban los libros que te mandó Edward?
Le pregunté de repente. Alice corrió a sacarlos de su biblioteca. —Uno es de diseño de interiores que vimos cuando nos llevó a esa gala en el ayuntamiento, ¿te acuerdas? — Asentí.
—El otro es una edición algo antigua que ordené para tu departamento, seguramente los ha tenido ahí desde hace meses.
Alice se sentó a lado mío en su cama.
—Bella, ¿acaso no le extrañas?
Mi pequeña hermana siempre había sido muy preguntona.
—No se trata de eso, hay veces que uno saca lo mejor del otro, pero nosotros sacamos lo peor. Además, irme con él tan rápido fue un error, sentí que entraba yo misma a la boca del lobo.
—Entiendo. Bueno, no soy nadie para juzgar lo que haces. Me alegre verte ahora más tranquila.
Recordé lo del libro de diseño de interiores.
—No sabía que te gustaba el diseño de interiores.
Mi hermana sonrió. —La verdad que sí, me gusta mucho el taller de carpintería en el colegio, además las clases de diseño que me pagaste este verano me sirvieron mucho.
Esa noche me fui a dormir contenta porque la tranquilidad que sentía ahora se podía transmitir, por momentos pensé que Edward volvería a perturbar mi mente, pero ya no porque esta princesa se quitaba su corona solo para limpiarla y que brillase mejor en su lugar. Definitivamente parte de mi extrañaba el humor tan característico de él además se sentía bonito que alguien te cuidase, pero todo tenía que estar en una balanza y en este caso los contras era muchos más.
El viernes llegó rápidamente así que ni bien acabé mi turno temprano, compré un pastel de zanahoria y me dirigí calles a bajo para la casa de Ben. Efectivamente resultó ser una tarde muy entretenida con todos mis compañeros, por fin sentía que encajaba a pesar de la diferencia de edades y las experiencias que cada uno traía.
—¡Bella!
Reconocí la voz de Jacob a la salida de la casa de Ben, este venía junto con Ángela. Los abracé a ambos.
—Que gusto verlos, ¿qué hacen por acá?
Terminamos caminando hacia el negocio de los papás de Ángela, un restaurante de piqueos muy agradable.
—La casa invita
Cuando revisé mi reloj eran casi medianoche, pero para Jacob evidentemente esto recién comenzaba.
—¿Se acuerdan lo que hizo Lauren por entrar al grupo de porristas?
Preguntó él en voz alta. Negué, recordaba vagamente ese episodio.
—Yo fui testigo de cuando amenazó a la entrenadora con decirle a todo el mundo el rollete que tuvo con un chico en el instituto.
Tanto Ángela como yo abrimos la boca por el asombro.
—Les juro que así fue. Oye, ¿pensé que vivías en Washington?
La pregunta me tomó desprevenida. —Estuve unos meses allá pero no funcionó así que regresé.
Esperaba con todo el corazón que mis amigos no vieran las revistas de cotilleo donde Edward y yo salíamos continuamente.
—Ahora sí, debo irme. Mañana tenemos una visita guiada al jardín.
Ángela y Jacob me acompañaron a tomar un taxi que me dejase en mi casa.
Esa fue la primera de muchas salidas entre los tres, quedábamos siempre en el restaurante, aunque después de la tercera empezamos a pagar como clientes usuales.
Mis vacaciones de un mes empezaron tachando otro punto, me inscribí en un curso online para aprender un poco más sobre el sistema nervioso, dentro de los cursos de psicología la información era la necesaria, pero la profesora nos había recomendado una página donde los costos eran bajísimo, además de vez en cuando cubría un turno extra en la librería y me alcanzaba.
—Estamos de vacaciones Bella, vámonos a Seattle, de paso compramos algunas cosillas.
Mi hermana me arrastró hasta la ciudad con las intenciones de pasearme de tienda en tienda, pronto llegaría su viaje de promoción y empezaría comprar desde ahora para tener todo listo. En algún momento me compré un helado, no era exactamente verano, pero siempre había espacio y tiempo para uno, al sentarme a esperar a Alice vi un puesto de revistas. En la carátula aparecía Edward sosteniendo un premio, se le veía elegantísimo con su traje, pero no vi el anillo de matrimonio; no tenía que reclamar absolutamente nada, el mío había dormido el sueño eterno dentro de mi velador de noche.
—La compraré
Dijo Alice al verme parada en frente. —Alice no lo hagas… no quiero saber de qué va.
Ambas sabíamos que lo que no quería saber era si iba acompañado, no era tan ilusa como para esperar que me guardasen un duelo de un matrimonio que duró tan solo 5 meses; pronto se sabría seguramente, pero yo estaría protegida por mis árboles gigantes y la maleza creciente del pequeño pueblo de Forks.
Con mi hermana regresamos justo a tiempo para mis clases online, el profesor compartía una pizarra en vivo y nosotros tomábamos apuntes, a veces Alice se unía a mí para que no me quedase dormida. Mi madre entró a la habitación para dejarme en la mesa un pedazo de keke y una taza de chocolate. Poco a poco ella me iba aceptando de nuevo.
Los días de vacaciones iban pasando entre mis estudios y la nueva feria que organizaría la Iglesia. Mis padres eran personas muy queridas en la comunidad así que siempre manteníamos una participación activa en todo lo que nos afectara.
—Me gusta este color de mantel, ¿qué te parece Bella?
Mi madre estaba emocionadísima por esto así que yo había sido arrastrada a elegir todo lo necesario.
—Está perfecto, si quieres elijo los ocho que necesitamos.
En pleno pasadizo de la tienda me encontré con Jacob. —¿De compras?
Asentí. —Yo también, Rebecca quiere una nueva pañalera. Hacia dos semanas que la familia de Jacob había recibido con muchísima ilusión la llegada de un bebé, ahora el tío Jacob babeaba por el pequeño.
—Oye, ¿iremos el viernes al cine o no?
—Obvio, Ángela confirmó también.
Estuve un par de horas más eligiendo todo y yendo a la Iglesia para que el pastor nos explicase la distribución que tenía en mente.
—Deberíamos pintar las mesas, tal vez tu amigo pueda ayudarnos. Su papá es dueño de una carpintería, ¿no?
Preguntó mi madre. —Sí, hasta donde tengo entendido, le puedo decir si nos puede apoyar si gustas.
Mi madre levantó una ceja. —Me agrada ese chico, se ve bastante correcto.
Rodé los ojos, —Mamá, no ando buscando novio. Jacob es un buen amigo.
Mi madre lo dejó pasar. Llegamos a la casa para encontrar a mi hermana dormida en el sofá. Terminé el día ayudando a mi madre a hacer un festín para la cena.
El viernes llegó rápido así que me alisté para ir al cine con Jacob y Ángela. Al llegar el único que apareció fue Jacob.
—Ángela me acaba de llamar, no podrá venir.
Recién ahí me cayó el veinte. Había notado ciertas atenciones de Jacob hacia mi persona, pero llegué a pensar que eventualmente se desvanecería.
—Bueno igual vamos a ir, ¿no?
Lo sentí nervioso casi toda la velada, eso me daba algo de risa porque si una cualidad tenía él era la fluidez y el ingenio para hacer bromas. A punto de terminar la película vi como su brazo se estiraba mirando para arriba, movimiento sutil pero que dejaba abierta su mano derecha, como pude me pegué más al lado opuesto; es que esto solo me podía pasar a mí.
—Te invito a cenar, ¿quieres?
Puse mi mejor cara. —Tengo que levantarme temprano mañana, tal vez otro día.
Pude ver su decepción, pero era mejor así, me encantaría darme una oportunidad con él pero no lo consideraba el mejor tiempo, además era arriesgar una amistad.
—Te llevo a tu casa entonces.
Jacob estuvo todo el camino contando historias que me hacían reír muchísimo, cuando llegamos a casa me dolía la panza. —Hemos llegado a la mansión Swan, espero haber alegrado el viaje, espero mis cinco estrellas como en Uber.
No tuve tiempo ni de lavarme las manos cuando Ángela me llamó.
—Fallaste esta noche
Le dije en modo de saludo. —Ay Bella, ¿qué tal te fue con Jacob?
Dios, Ángela estaba metida en esto. —¿Qué sabes tú que yo no?
La escuché reír, yo no estaba tan contenta como ella.
—¿Acaso no lo notas? Le encantas Bella, hace dos viernes le dijiste que esos jeans le quedaban bien y lo encontré comprándoselos en tres colores. ¡Tres!
Tuve que reír yo esta vez. —Pensé que se le pasaría, Ángela es muy difícil para mí si quiera considerarlo diferente a un amigo. Yo…
—Es por él, ¿no? Mierda, nunca se lo diría a nadie, pero te visto en algunas portadas con un chico y cuando regresaste me imaginé que no salió bien.
—En parte es eso…—dudé en seguir hablando.
—Mira yo creo que le podrías dar una oportunidad, al final si no se da, está bien. Lo superarán y todo normal. Te lo debes a ti dejarlo a entrar a tu vida con otro rol.
—Lo pensaré.
Tomé una ducha y me acosté. Nuevamente tardé bastante tiempo en dormirme.
Estar despierta tan temprano un domingo era la receta para mi mal humor, pero mi madre había decidido que hoy decoraríamos para Navidad, solo faltaban pocos días para Acción de Gracias y aunque siempre fuésemos cuatro en la mesa mi madre tenía que irse por lo grande; entre eso y la feria de la Iglesia parecía haber resurgido su espíritu.
Fue en la cena cuando los reportajes en la televisión local soltaron una noticia de último momento.
—Tenemos aún que ampliar la noticia, pero reportamos el sensible fallecimiento del dueño del Corporativo Cullen, el patriarca Carlisle Cullen sufrió hace algunos meses un ataque al corazón. Desde acá mandamos nuestras…
Mi padre que recién había levantado el tenedor lo dejó a un lado.
—¡Bella!
Giré al llamado de mi madre, en la televisión aparecían varias fotos del señor Cullen y en unas cuantas aparecía junto con Edward y yo. Inmediatamente el teléfono de la casa empezó a sonar.
—No contesten a nadie.
Subí rápidamente a mi habitación para llamar a Edward desde mi teléfono, pitó tres veces antes de contestarme.
—Edward, lo siento muchísimo.
Sabía que no hablaría, Edward se quejaba de mi caparazón, pero el de él era gigante cuando no quería mostrar lo que sentía.
—No sé qué decirte, no me puedo ni imaginar lo duro que debe ser para ti.
Las lágrimas inundaban mi rostro. —Por favor dime algo, sé que estás ahí. No es un buen momento para dejar de actuar, seguramente tu madre y tu hermana están destruidas…
—¡Mierda Edward habla!
Escuchaba su respiración entrecortada, además se escuchaba algo de bulla alrededor.
—Edward…
Luego cortó la llamada.
¿Qué podía hacer yo desde acá? Me senté en la esquina de mi cama, cuando Alice abrió la puerta me di cuenta que mis padres estaban afuera.
—Tú sabes que es la última persona que me gustaría ver, pero a nadie se le puede desear la desgracia que le ha pasado Bella.
Mi madre tomó mi rostro entre sus manos.
—Mi niña, tal vez sería bueno que lo acompañases, si gustas puedo ir contigo.
Busqué en mi teléfono al señor que arreglaba los viajes para Edward.
—Señora buenas noches.
—Necesito que me lleven de regreso a Washington, lo más rápido posible.
Todos los personajes pertenecen a Stephanie Meyer.
Saludos.
